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miércoles, 29 de diciembre de 2010

Epílogo


Epílogo
Sala de tripulantes del Sueño de Carmen.
Dos días después…
Bella alzó la mano para enseñarle a Ángela Weber, la directora del crucero, su anillo de compromiso.
—¡Es precioso! ¿Es una antigüedad? El diamante hace juego con tus ojos…
—Eso es lo mismo que me dijo Edward —sonrió Bella—. Sí, es una antigüedad griega. Las alas de la montura representan a Eros, el dios del amor.
—Tienes suerte —suspiró Ángela—. Edward es tan romántico…
—Cierto.
Sonaba una música de fondo. Ángela había convocado a los tripulantes y otros invitados para sorprenderlos con una fiesta: la del compromiso de Bella con Edward.
Bella vio a su madre y a Edward al fondo de la sala, sirviéndose del bufé. Después de todo lo que había hecho por su hija, Edward no había tenido que esforzarse mucho por ganarse el cariño de Renée.
Edward la sorprendió mirándolos y le hizo un guiño antes de reunirse con ella. Le ofreció su plato lleno.
—¿Tienes hambre?
—¿Hay aceitunas? —inquirió, bromeando.
Edward soltó una carcajada. El capitán apareció en aquel momento, del brazo de Kate Denali.
—Felicidades, señorita Swan y signare Masen…
—Gracias.
Grazie.
Hablaron los dos a la vez, y se echaron a reír. Garret también se acercó para felicitarlos. Tanya Denali, la hija mayor de Eleazar Denali, les dio un abrazo. Como jefa de relaciones públicas de la línea de cruceros, Tanya había volado directamente desde Londres, donde vivía, para atender a los medios de información. Carlisle Cullen también estaba allí, encantado ante la perspectiva de ejercer de padrino de Edward.
Alec Vulturi se acercó también a la pareja.
—Yo sólo quería decirles que… lo siento.
—Nada de disculpas —repuso Edward, tomando a Bella del brazo—. Una mujer inteligente me dijo una vez que uno no es responsable de los actos de sus padres.
—Eso lo sé por experiencia propia —añadió Bella—. Nadie te culpa, Alec —sonrió.
—¿Podrían prestarme un poco de atención, por favor? —pidió Eleazar Denali, alzando la voz y acercándose a Renée.
Eleazar le había ofrecido a Edward una lujosa suite para recuperarse durante el crucero. Edward había volado de Miami a Italia para rematar la investigación del caso antes de volver nuevamente al Sueño de Carmen. El propietario del barco se aclaró la voz.
—Quiero expresar mi más profunda gratitud a Edward y a Bella por su coraje y sacrificio a la hora de resolver un caso que me habría costado muy caro —se alzó un murmullo de aprobación, y Eleazar continuó—: Pero hasta aquí ha llegado la aventura —miró a Renée y luego a la joven pareja—. Felicidades. Les deseo que sean muy felices juntos —levantó su copa, mirando a todos los presentes—. Y a cada uno de ustedes… les deseo un tranquilo y feliz viaje.


Fin

miércoles, 22 de diciembre de 2010

¿Cuál es tu nombre?


Capítulo 16 ¿Cuál es tu nombre?

—¡Edward! —chilló Bella.
No se lo pensó dos veces. Descolgó uno de los salvavidas de la barandilla y se arrojó tras él.
La bofetada helada del agua le cortó la respiración mientras luchaba por mantenerse a flote. Agarró a Edward del pelo evitando que se hundiera.
—¡Respira! —gritó. No se movía—. ¡Edward, respira!
El corazón le dio un vuelco cuando lo oyó toser débilmente. ¡Estaba vivo! Pese al salvavidas, se hundían los dos por su peso. La sangre le corría por un hombro, por la cara… Había sangre por todas partes.
—Déjame. Peso demasiado.
—¡Deja de resistirte! No pienso abandonarte. ¡Y nada, por favor!
Tenía que pedírselo, porque ella misma no sabía nadar… A su alrededor, las balas se hundían en la superficie. Por fin consiguieron llegar a unas rocas cercanas y hacer pie. Poco después cesaron los disparos. Tal vez la agente Jane los había dado por muertos…
—Vamos, chico duro… un esfuerzo más.
Las olas los empujaban contra las rocas, pero consiguió arrastrar a Edward entre dos escollos. Estaba muy pálido. No sabía cómo frenar la hemorragia o evitar el shock que podía sufrir en cualquier momento.
—Todo saldrá bien, Edward. La caballería viene para acá.
—La chaqueta —murmuró—. Tiene placas de kevlar. Pesa. Quítamela.
Bella intentó quitársela.
—¿Por qué no me dijiste que eras policía? Estoy furiosa contigo.
—Tesoro… —susurró—. Perdóname —y se quedó inconsciente.
—¿Edward? —exclamó, desesperada—. Si te mueres en mis brazos, nunca te lo perdonaré, ¿me oyes?
Estaba intentando reanimarlo cuando un helicóptero apareció sobre sus cabezas. Dos lanchas surgieron también de la nada, con buzos que se apresuraron a lanzarse al agua. Estaban salvados.


Para cuando llegaron al puerto del Pireo, Bella había perdido la noción del tiempo. Los agentes de policía se la llevaron al hospital, donde la examinó un médico mientras Edward ingresaba en urgencias. Poco después entraba en la sala un hombre alto y delgado, de cabello rubio y rasgos suaves.
—Soy el coronel Carlisle Cullen, de la Guardia de Finanzá —le tendió la mano—. Estoy al mando de la fuerza multinacional de policía encargada de la operación.
—¿Cómo está Edward? Necesito saber cómo se encuentra. Por favor…
—Ahora mismo está en el quirófano. Yo soy un viejo amigo suyo, su mentor y su jefe. En este momento, la mejor manera de ayudarlo es que me cuente a mí todo lo que sabe. Le tomaré declaración personalmente.
—Está bien, pero… ¿podría llamar antes a mi madre?
Así lo hizo. Telefoneó a Renée para tranquilizarla y citarse con ella en la sala de espera del quirófano. Para entonces ya habría terminado de declarar.
Empezó entonces su relato. Estuvo hablando y respondiendo preguntas durante más de una hora… mirando el reloj a cada momento.
—Muy bien —dijo al fin el coronel—. Ya tengo todo lo que necesito.
Bella lo acompañó al módulo del quirófano mientras reflexionaba sobre lo sucedido.
—¿Desde cuándo conoce a Edward?
—Desde que era un niño.
Edward le había asegurado que no le había mentido sobre su pasado. Frunció el ceño, pensativa.
—Si fue su mentor… usted lo arrestó, ¿verdad?
—¿Él se lo contó? —el coronel Cullen la miró sorprendido—. Edward nunca le ha contado esa historia a nadie. Debe de confiar completamente en usted —al ver que se le llenaban los ojos de lágrimas, añadió—: Y lo ama.
—Más que a mi vida —sólo rezaba para poder decirle a su chico duro lo mucho que significaba para ella.
—Entonces es un hombre muy afortunado.
En la sala de espera, Bella encontró a Renée acompañada de un hombre mayor de aspecto distinguido que supuso sería Eleazar Denali.
—Mamá, ¿sabes cómo está Edward?
—Nadie nos ha dicho nada —la abrazó.
El coronel Cullen se marchó para conseguir información sobre el estado de Edward y enviar la declaración de Bella a la policía. Mientras tanto, Renée presentó a Bella a Eleazar.
—Lamento mucho todo lo que ha pasado. He encargado que nos reserven una sala privada en el módulo para que puedas hablar tranquilamente con tu madre.
Bella entró en la habitación. Temblaba por dentro. Renée se sentó a su lado en el sofá.
—Cariño, ¿quién es ese Edward por el que estás tan preocupada?
—Es un policía —y pasó a relatarle una versión resumida de lo ocurrido durante el último mes y medio—. Él me protegió —le falló la voz—. Las balas que ahora mismo le están extrayendo del cuerpo estaban destinadas a mí.
Eleazar entró llevando una bandeja con tres tazas de café. Bella vio a Cullen detrás de él y se levantó enseguida.
—¿Cómo está? ¿Qué noticias hay?
—Nos han informado de que Edward acaba de salir del quirófano —el coronel sacudió la cabeza—. En cuanto a la operación —se dirigió a Eleazar Denali—, Benjamín Kourti fue detenido intentando vender una antigüedad griega en un bar de Gazi. Utilizamos la declaración de Bella para amenazarlo tanto a él como al padre Connelly, en realidad Amun Antzas, con una acusación de complicidad en intento de homicidio… y cantaron más alto y mejor que Pavarotti. Jane y Heidi Vulturi pasarán una larga temporada en la cárcel.
Heidi Vulturi. La última pieza del puzzle encajaba en su lugar. Heidi había sido la enigmática H/V de las notas de su padre
—¿Heidi está involucrada en todo esto? —exclamó Eleazar, sobresaltado.
—Ella quería acusarlo a usted de tráfico de antigüedades robadas a bordo del Sueño de Carmen —le explicó Bella. Rechazó un café: el nudo de miedo que le atenazaba la garganta le habría impedido tragarlo. ¿Pero por qué nadie parecía saber nada concreto sobre el estado de Edward?—. Nos comentó que se había aprovechado de ella y que estaba furiosa porque se había negado a reconocer públicamente a su hijo Alec.
—Supongo que lo que no le comentó a nadie fue que había quedado embarazada a propósito con la intención de quedarse con mi dinero —suspiró Eleazar—. Ciertamente me equivoqué con Alec, pero los dos hemos llegado a un acuerdo —miró al coronel Cullen—. Creo que debería ser yo quien le contara lo de su madre.
—Muy bien —asintió Cullen, y se volvió hacia Bella—. El hospital le ha ofrecido la sala reservada a su personal. Puede que tengamos que esperar durante un buen rato. Allí podría ducharse y cambiarse de ropa.

Bella aceptó tras una ligera vacilación. Una enfermera la guió por el pasillo. Estaba desesperada. Recordaba bien las últimas palabras que le había dirigido a Edward: «Estoy furiosa contigo». ¿Y si…?
«No pienses en eso», se ordenó. «Se pondrá bien». Tardó menos de media hora en ducharse y ponerse la ropa que le había llevado su madre. Desde donde estaba vio al coronel Cullen hablando con una de las enfermeras del quirófano. La mujer le entregó una bolsa de plástico.
—Aquí tiene sus artefactos personales.
Bella se dirigió apresurada hacía ellos. ¿Artefactos personales? La bolsa contenía un reloj que conocía muy bien, junto con una cartera y una pistola. Cullen la aceptó con gesto grave, sombrío.
—¿Coronel? ¿Qué le ha pasado a Edward?
—Acompáñame, por favor, Bella —tomándola de un brazo, la llevó a una habitación vacía.
«Oh, Edward», exclamó para sus adentros, aterrada. El dolor le impedía respirar. Cullen cerró la puerta y la tomó suavemente de los hombros.
—Mira, hemos tenido que explicar a todo el mundo, prensa incluida, que Edward ha muerto. Se suponía que tú no tenías que haber escuchado la conversación que acabo de tener con esa enfermera.
—¿Qué significa…? —inquirió, levemente esperanzada.
—Edward llevaba mucho tiempo infiltrado en la Camorra. Su entrada en el hospital fue registrada con su nombre falso. La Mafia no puede tener la menor duda de que está muerto. Sólo así podrá mantenerse a salvo.
—Pero entonces… ¿está vivo?
—Sí. Lo hemos trasladado a un lugar secreto donde será atendido por personal médico de confianza.
—Quiero estar con Edward…
—Tranquila. Muy pronto te llevaremos con él.
Bella le explicó la situación a su madre, y poco después el coronel la llevaba a una clínica privada en las afueras de la ciudad. El médico encargado la informó de que Edward se había golpeado en la cabeza al caer por la borda del barco, pero que la herida era superficial. Su chaqueta con refuerzo de kevlar lo había protegido de los dos disparos que recibió en el pecho y que habrían sido mortales. La tercera bala se había alojado en su brazo izquierdo; la herida no era grave y podría recuperar el cien por cien de movilidad. Sin embargo, necesitaba descansar bajo el efecto de los sedantes.
Entró a toda prisa en su habitación. Edward estaba muy pálido, pero respiraba con normalidad. La lluvia empezó a caer durante la noche. Temblando de frío, Bella se acurrucó a su lado en la cama.


—Estoy hambriento —el ronco murmullo de Edward la despertó con un sobresalto.
—¿De veras? Es una buena señal.
—¿Bella? —miró a su alrededor—. ¿Dónde estamos?
—En una clínica privada. ¿Recuerdas lo que te pasó?
—Sí —respondió tras una ligera vacilación—. ¿Y tú? —le preguntó alarmado—. ¿Estás bien?
—Sí. Gracias a ti.
—¿Durante cuánto tiempo he estado inconsciente?
—Poco más de veinticuatro horas.
—Voy a levantarme.
—¡No! —pulsó el botón de llamada—. Déjame preguntarle primero a la enfermera.
Edward bajó las piernas de la cama y frunció el ceño al ver el camisón que llevaba puesto.
—¿Dónde está mi ropa?
Bella sacó de un armario una bolsa con ropa y artículos personales.
—Carlisle te trajo esto.
Va bene —se quitó el esparadrapo y la aguja del suero.
—¡No puedes hacer eso! —corrió hacia la puerta—. ¡Ayuda!
Justo en aquel momento entró una enfermera.
—¡Se ha quitado el suero!
—Vuelva a la cama, por favor.
—Ya he descansado lo suficiente —recogió su ropa—. Voy a ducharme y a afeitarme. Luego me marcharé —entró en el cuarto de baño y cerró la puerta.
—Parece que se encuentra bastante bien —la enfermera se volvió hacia Bella—. ¿Siempre es tan…?
—Sí.
—Pues le deseo suerte —la enfermera se dispuso a tramitar los papeles de salida.
Bella se puso a pasear por la habitación, nerviosa. Sí que iba a necesitar toda la suerte del mundo, porque se había despertado gruñendo como un oso y además le había dicho que se iba. Él, no ellos.
Quince minutos después salió del baño duchado, afeitado y vestido con unos vaqueros y una camisa blanca. Se sentó en la cama para ponerse los calcetines y las botas. Parecía perfectamente recuperado.
—¿Qué ha pasado con la operación? ¿Todo ha salido bien?
—La policía detuvo a Benjamín y al padre Connelly, que acusaron a Heidi, y ésta a su vez a Jane. Se han recuperado todas las antigüedades, incluidas las de la isla. En este momento están investigando el resto de los negocios de Heidi.
Se levantó y se puso la cazadora de cuero marrón.
—Entonces todo ha terminado.
—Er… —tragó saliva—. ¿De veras?
Edward le sostuvo la mirada con expresión inescrutable.
—Tenemos mucho que hablar. En privado.
Tomaron un rápido desayuno en la habitación. Luego el médico se entrevistó con Edward y le hizo firmar el alta.
Acto seguido tomaron un taxi, que los llevó a un hotel cercano. Bella no podía estar más nerviosa. Edward se registró como « Bryan Stirling » y pagó con dinero en efectivo.
Entraron en una lujosa habitación de la sexta planta, decorada con tonos pastel. Bella se acercó a la ventana y contempló pensativa el mar de tejados de barro, mientras se preguntaba cuántos nombres falsos tendría Edward…
—¿Cuál es tu verdadero nombre?
—Edward. Sobre eso, nunca te mentí.
Edward se quitó la cazadora para dejarla sobre una silla. Fue entonces cuando Bella vio, a través del cuello abierto de la camisa, el gran moratón que tenía en el pecho. Se le cortó la respiración.
—¿Qué es eso?
Bajó la mirada y se encogió de hombros.
—Las balas impactaron en el kevlar.
Se le acercó para desabrocharle la camisa. Le apartó las manos cuando quiso resistirse.
—No, déjame ver.
Eran dos los moratones que tenía en su pecho bronceado. Uno en su pectoral izquierdo, y el otro directamente sobre el corazón. Se lo acarició con ternura. Le temblaban los dedos.
—Lo siento —susurró. Las lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas.
—Schh —Edward la abrazó—. No llores.
—Es culpa mía.
—¿De qué estás hablando?
—Fue culpa mía que te dispararan. Y luego… creí que te habían matado… —sollozó—. Ya sé que todo fue un montaje para engañar a la Camorra, pero creí que estabas muerto…
Mía cara, lo siento tanto…
—Estuviste a punto de morir por mí.
—En todo momento fui plenamente consciente de mis actos —la acunó en sus brazos—. No tienes que reprocharte nada.
—Edward, si me decidí a hablar con el FBI para que te consiguieran un trato más favorable… fue porque quería lo mejor para ti. Porque te amo.
—¿Che cosa? —inquirió con voz ronca, repentinamente paralizado.
Ti amo, Edward. Siempre te he amado.
—Creo que… necesito sentarme.
Se dejó caer en el borde de la cama. Bella se arrodilló frente a él, nerviosa. No sabía si aquella reacción era buena o mala.
—¿Te encuentras bien?
—Pues ya no lo sé, la verdad —se pasó una mano por la cara—. Estoy furioso, bella. Pero no contigo, sino conmigo mismo —una expresión de angustia se dibujó en su rostro—. Todos los hombres de tu vida te han mentido, traicionado. Yo te mentí desde el primer momento en que nos conocimos. ¿Cómo puedes amarme después de todo el daño que te he hecho?
—Pero Edward, tú también me has dado la mayor de las alegrías…
—Durante todo este tiempo, no he vivido nada más que para mi trabajo. Un trabajo que a ti te desagrada. No tengo nada que ofrecerte —tragó saliva—. Ni siquiera un apellido legítimo.
—Te equivocas, chico duro. Posees virtudes inestimables. Integridad. Coraje. Lealtad. Honor —le acarició una mejilla—. Tú eres todo lo que quiero y necesito.
Edward le tomó la mano y le dio un beso en la palma.
—Ven —la hizo sentarse a su lado—. Tengo que decirte algo.
A Bella se le encogió el estómago. Todavía no le había dicho que la quería. Edward le tomó una mano.
—Desde el principio, Bella, no sólo te consideramos un testigo protegido, sino también… una sospechosa. Porque llevabas meses haciendo preguntas y entrevistándote con los antiguos contactos de tu padre.
—Oh. Entonces cuando estuvimos juntos en la isla…
—Sí. Me encargaron secuestrarte para protegerte de la Camorra, y de paso conseguir información. Pero te juro que yo no te hice el amor para sonsacarte nada. En eso no te engañé. Yo no quería que eso sucediera, pero no pude evitarlo. Fue algo superior a mis fuerzas. Perdí el control.
—Ya —le acarició el dorso de la mano con el pulgar—. Y eso es algo que siempre te ha asustado, ¿verdad?
—Me quedé desconcertado. Nunca me había pasado antes. Nunca me había involucrado de una manera tan personal en ningún caso. Pero no me arrepiento de ello.
Aquello le despertó a Bella un sentimiento de ternura. Ella no era la única que había asumido riesgos.
—Cuando descubrí que me habías quitado el iPod y el cuaderno de notas, pensé que me habías traicionado. Pero cuando leí tu nota, comprendí que lo habías hecho por mi bien.
—Detesto haberte tratado con tanta crueldad —frunció el ceño—. Lo que pretendía era que dejaras de correr riesgos. No quería que intentaras ayudarme —sacudió la cabeza—. Y mucho menos negociar un trato con el FBI en el que yo pudiera estar implicado. Nunca más volveré a cometer el error de subestimar tu tenacidad, tu inteligencia o tu lealtad.
Bella sonrió.
—Fue Elizabeth la que me denunció a la policía por robar y trabajar de chico de los recados para la Camorra. En muchos aspectos, me recuerdas muchísimo a ella.
—Gracias. Me habría encantado conocerla.
—Y a ella conocerte a ti —jugueteó con un mechón de pelo que había escapado de su trenza—. Elizabeth me presentó a Carlisle Cullen, un policía hijo de un amigo suyo. Él me dijo que los que pensaban como los delincuentes eran los mejores policías. Me propuso que, con el tiempo, si dejaba de meterme en líos, me proporcionaría un trabajo lleno de excitación y aventura… pero del lado de la ley.
—Claro. Creyeron en ti. Como yo.
—Y a excepción de esa breve duda que me asaltó cuando quemaste las cartas, yo también creí en ti. Algunos de mis superiores te consideraban culpable, pero mi firme defensa de tu inocencia les hizo cuestionarse su hipótesis. Yo tenía que terminar el caso. Y despejar definitivamente las dudas que otros tenían sobre ti —le besó los nudillos—. Cuando salí de prisión, Elizabeth me dijo algo que jamás he olvidado: que un hombre sin honor no tiene nada.
—Sí. Lo entiendo.
—Si entiendes porque yo no podía comprometer mi honor… es porque tú también lo tienes. Tú… me amas —parpadeó varias veces, como si todavía tuviera problemas para creérselo—. Precisamente por eso, cuando pensaste que estaba delinquiendo, me denunciaste para que acabara teniendo un trato favorable. Gracias por llamar al FBI.
—No me des las gracias por eso. Por mi culpa estuvieron a punto de matarte.
—Tú ignorabas que la agente Jane era una traidora. Me defendiste ante el FBI, pediste un trato favorable y demostraste tu integridad. Tú me salvaste, Bella. Saltaste al mar para salvarme… y eso que no sabías nadar.
—Después de que tú recibieras las tres balas que me estaban destinadas. Por favor, acepta mis disculpas. Yo arruiné tu trabajo como infiltrado en la Camorra mientras intentaba lavar el buen nombre de mi padre… que al final resultó ser un delincuente.
—En ambos casos, tú hiciste lo que consideraste necesario por alguien a quien querías —le acarició el pelo—. Tú no has hecho nada por lo que tenga que perdonarte, cara. Soy yo quien tiene que pedirte perdón por tanta mentira.
—No. Edward, yo me alegro de que no traicionaras tu honor revelándome tu identidad y la información que poseías sobre el caso.
—Te juro que eso ha sido lo más duro que he tenido que hacer en mi vida. Ti amo, Bella. Te quiero.
El corazón le dio un vuelco. Se sentía ebria de felicidad. Aquél era el momento que había esperado durante toda su vida.
—Yo también a ti, chico duro.
—Mi audaz bibliotecaria… —la tumbó en la cama—. Estoy loco por ti.
—¡Edward! ¡Tu brazo!
—Por suerte tengo dos —sonrió. Levantándola con su brazo sano, la sentó encima de él.
Bella se apoderó de sus labios en un largo y embriagador beso. Sólo se apartó cuando lo oyó gemir.
—¿Demasiado?
—No lo suficiente…


Un buen rato después, mientras descansaban en la cama, Edward murmuró:
—¿Bella?
—¿Mmmm?
—Tengo algo que decirte. Voy a dejar la policía.
—¿Cómo? —alzó la cabeza para mirarlo—. ¿Por qué?
—La vida de un policía no es nada fácil.
—Eso ya lo sé. Pero no quiero que renuncies a tu profesión por mi culpa.
—Ya le he dicho a Carlisle que lo de trabajar de infiltrado ya es historia.
—¿Quieres abandonar definitivamente el cuerpo?
—Lo que no quiero es vivir mintiendo. Preferiría trabajar como investigador, rastreando la pista de antigüedades robadas. Espero, sin embargo, que no tenga que trabajar demasiadas horas…
—No te preocupes. Yo voy a estar muy ocupada escribiendo esa novela que siempre he querido escribir —lo miró intensamente, como esforzándose por adivinar sus pensamientos—. Tú eres un buen policía, y te encanta tu trabajo. Sea cual sea tu sueño, quiero que lo cumplas. Que lo hagas realidad.
—Mi sueño, Bella, eres tú. Quiero hacerte el amor todas las noches y despertarme a tu lado cada mañana —le acunó la cara entre las manos—. ¿Me harías el honor de convertirte en mi esposa?
—¡Oh, Edward! —se le llenaron los ojos de lágrimas—. ¡Sí! —y lo abrazó.
—Soy el hombre más feliz del mundo. Dime, ¿cuánto dura tu compromiso con Liberty Line?
—Cuatro meses más. El siguiente destino es el Caribe.
—Tan pronto como esté en condiciones, te visitaré en cada puerto.
—Estupendo. Eso si no nos casamos antes. Sin embargo, er… —pareció vacilar— necesito que me hagas una importante revelación antes de que nos casemos.
Edward se temió lo peor. ¿Le preocuparía acaso algo que había hecho en el pasado? ¿Algo para lo que podría no tener una fácil respuesta?
—Tú dirás.
—¿Cuál es tu verdadero apellido?
Edward lanzó una carcajada. Vivir con Bella no iba a ser en absoluto aburrido, eso era seguro.
—Me llamo Edward Anthony Masen, a tu servicio —se puso serio—. Te prometo, Bella, que jamás volveré a mentirte. Ti amo.
—Y yo espero seguir oyéndote decir eso.
—Lo oirás. Al menos durante los próximos cincuenta años…

miércoles, 15 de diciembre de 2010

La trampa


Capítulo 15 “La trampa”

Benjamín bajaba las escaleras hacia los camarotes de la tripulación. Aquél era el segundo recado en el mismo día que le había encargado Megaera, y estaba inquieto. Habitualmente se ponía en contacto con Antzas, pero su socio no había contestado al teléfono. La noche anterior lo había sorprendido hablando con una atractiva rubia en un oscuro pasillo. Esperaba que no se hubiera encerrado en su camarote a dar rienda suelta a su libido, porque se suponía que ese día tenían que adquirir una nueva antigüedad en Atenas.
Se detuvo frente a la puerta del camarote de Bella. ¿Estaría ella mezclada en el asunto? Había regresado al barco en no muy buenas condiciones, alegando que la habían secuestrado. Lo había hablado con Amun y él había insistido en que llamara a Megaera. Su jefa había montado en cólera al enterarse, e inmediatamente le había encargado que le transmitiera su primer mensaje. Estaba claro que la chica había escapado a sus garras.
Le temblaba la mano cuando llamó a la puerta. Cuando Megaera se ponía furiosa, lo pagaba todo el mundo. Sin embargo, ahora quería ofrecerle un trato…
—La entrevista ya está preparada —informó a Bella nada más entrar en su camarote—. Dentro de dos horas, desembarca y toma el metro hasta el mercado de segunda mano de Monastiraki. Un Kia Picanto de color blanco estará aparcado en una calle lateral, al lado de una librería. En la guantera encontrarás las llaves y un mapa.
Si el mensaje le sorprendió, no lo demostró en absoluto. Lo despidió fríamente y Kourti se apresuró a marcharse. ¿Cuánto sabría? Involucrarse con Megaera no le parecía un movimiento muy inteligente por su parte. La gente que se atrevía a jugar con ella siempre perdía. No sabía si la jefa quería recompensarla por haberse escapado ofreciéndole un empleo… o darle una lección. Y tampoco quería saberlo. Una cosa era traficar, y otra muy distinta secuestrar o matar.
Alzó la mano para llamar al camarote de Antzas. Si no estaba allí, registraría el barco de arriba abajo. La puerta se abrió sola, y juró entre dientes: el muy canalla debía de haberse marchado a toda prisa, sin cerrarla con llave. Pero lo que más le sorprendió fue que el armario y el escritorio estuvieran abiertos, con los papeles revueltos y unas cuantas reproducciones desparramadas por el suelo. El corazón le dio un vuelco. La mayoría de las piezas no estaban. Las auténticas.
No le extrañaba que Antzas hubiera insistido aquel mismo día en retirar las piezas auténticas de las vitrinas de la biblioteca para «actualizar» su exposición. Abandonó el camarote y corrió hacia la pasarela reservada a los tripulantes.
—¿Ha visto al padre Connelly? —le preguntó al vigilante que estaba de guardia.
El oficial asintió.
 —Se ha marchado hace una hora.
—¿Dijo adónde iba?
—Llevaba una gran bolsa de viaje llena de reproducciones de antigüedades. Me comentó que lo habían invitado a dar una conferencia en la Casa de Cultura de Atenas.
Maldijo para sus adentros. Evidentemente, Antzas tampoco quería que lo implicaran en delitos de secuestro y asesinato. El cerco se estrechaba y Amun había decidido desaparecer. ¿Qué sabría el falso sacerdote que él no supiera?
Sintió una punzada de pánico. Cuando se enterara Megaera, tomaría represalias. Y él sería el primero de la lista.
—Gracias. Yo, er… me he olvidado de algo.
Corrió a la biblioteca y recogió la única pieza que quedaba de valor, el plato griego con motivos marinos, lo envolvió en una hoja de diario y regresó a la pasarela.
—Será mejor que le lleve esto ahora mismo —y se marchó a toda prisa. Apenas tenía suficiente dinero encima para tomar el metro y refugiarse en el bar de su amigo Aetos, en el distrito Gazi. Seis euros era todo lo que necesitaba para salvarse.


Bella terminó de escribir la carta y la escondió debajo de la almohada. Si algo le sucedía, la policía tendría una declaración firmada de su puño y letra relatando todo lo sucedido durante el último mes y medio. No quería dejar ningún cabo suelto.
Luego descolgó el teléfono para escuchar sus mensajes. Sólo había uno del profesor Riley, informándola de que el fragmento que había mandado analizar procedía de una pieza auténtica. Sus sospechas se veían confirmadas: el padre Connelly había estado ocultando piezas verdaderas entre sus reproducciones. No le extrañaba que se hubiera comportado de una manera tan extraña el día en que se lo encontró en una tienda de antigüedades de Alghero… sin alzacuellos.
Se sentó en la cama, abatida. Megaera era traficante, Benjamín trabajaba para ella y Connelly, su colaborador, traficaba también con antigüedades. No se trataba de una casualidad. Miró su reloj. Todavía disponía de unos noventa minutos antes de que tuviera que salir para su encuentro con Megaera. Planeaba ir, desde luego, decidida a descubrir su identidad y enterarse de la mayor cantidad posible de detalles sobre la operación… para luego contárselo todo al FBI. Sin involucrar o perjudicar a Edward.
Pero el hecho de que miembros de la tripulación del Sueño de Carmen se hubieran servido de la línea de cruceros para su operación de tráfico de antigüedades lo cambiaba todo. El capitán Garret, Peter y Eleazar Denali, el nuevo amor de su madre: todos estaban en peligro. La red era mucho más amplia de lo que había imaginado.
¿Y Edward? Él tampoco debía de ser consciente de la extensión de la red. Si intentaba parlamentar con Heidi, podrían atraparlo… Las palabras de su madre resonaron en sus oídos: «Sí hubiera sido más fuerte y generosa, quizá ahora mismo tu padre no estaría muerto». Empezó a temblar. Quizá su padre no había muerto en vano. Sabía lo que tenía que hacer. Pero era tan peligroso, tan arriesgado…
Sin embargo, el riesgo formaba parte de la vida. Del amor. Si algo malo le sucedía a Edward… jamás se lo perdonaría. Daría lo que fuera por él, incluso su vida. Pero no podía poner en riesgo a gente inocente. Descolgó el teléfono y marcó el número de Jane, de la Lnterpol. La agente Jane se mostró más que comprensiva con su situación. Bella le pidió que la pusiera en contacto con la oficina del FBI en Roma. Finalmente escuchó al otro lado de la línea la voz de un hombre que se identificó como el agente especial Demetri, del FBI. La conversación que siguió fue larga y dolorosa.
Tenía los ojos llenos de lágrimas cuando colgó el teléfono. Recordaba lo que le había dicho Edward después de pedirle que le cosiera la herida del brazo: que a veces había que hacer daño a la gente… por su propio bien. Sólo podía rezar para no equivocarse en sus decisiones. Edward había tomado las suyas: ahora le tocaba a ella.


Amun Antzas pisaba a fondo el acelerador de su viejo Fiat alquilado rumbo a Roma, donde vivía su primo Paulo. Paulo lo había ayudado a robar el tríptico albanés… sin ser consciente de ello, por supuesto. Su primo tenía contactos en el hampa romana que le habían facilitado la identidad falsa con la que se introdujo en el Vaticano. El dinero que le había dado había servido para acallar cualquier pregunta.
Y si alguien podía convertir la bolsa de viaje llena de antigüedades que llevaba en el asiento trasero de su coche en dinero en efectivo… ése era Paulo. Todavía no se había recuperado de la sorpresa de ver a Bella de vuelta en el barco. Él había informado a Megaera de que la había visto rondando en el yacimiento arqueológico de Nápoles antes de que desapareciera, lo que lo convertía en cómplice de secuestro. El FBI entraría en escena, y aunque Bella no sabía nada de la operación de Megaera, había robado aquel fragmento de cerámica de la biblioteca, con lo que a esas alturas tenía que saber que él había estado traficando con antigüedades.
Todo se había ido al diablo. Había retrasado el momento de la retirada a la espera de sacar el mayor partido posible. Había intentado ahogar sus dudas y sus temores con una botella de Jameson y la compañía de una exuberante rubia, pero cuando ni siquiera eso logró exorcizar sus miedos… se había largado. Había sobrevivido durante dos décadas en aquel negocio gracias a su intuición, y no estaba dispuesto a prestarle oídos sordos.
Miró por el espejo retrovisor: el sedán azul se hallaba a bastante distancia, con lo que suspiró aliviado. Estaba a unos siete kilómetros de Atenas y el tráfico era mucho más fluido. Había escapado a tiempo.
Encendió un cigarrillo y bajó a medias el cristal de la ventanilla. La dosis de nicotina acabó de tranquilizarlo. Había tenido que renunciar al tabaco por culpa de su disfraz de sacerdote. El padre Connelly se había metido en el servicio de caballeros de la Casa de Cultura de Atenas y había salido Amun Antzas, con el pelo teñido de color castaño y un bigote y una barba falsos. El bondadoso padre Connelly había pasado a la historia. Y sería Kourti quien acabaría pagando los platos rotos.
Volvió a mirar por el espejo. El sedán azul había ganado velocidad y se disponía a adelantarlo. Amun redujo la velocidad para dejarlo pasar mientras encendía la radio. De repente soltó una maldición al ver que el vehículo frenaba bruscamente, encendía las luces de emergencia… y le bloqueaba el paso. Tuvo que frenar en seco.
Un tipo alto y rubio bajó inmediatamente del coche y se dirigió hacia él con un arma en la mano.
Amun lo reconoció inmediatamente.
—Coronel Carlisle Cullen, de la Guardia de Finanza.
El hombre que a bordo del Sueño de Carmen se había presentado como Carlisle West le mostró una credencial de policía a la vez que lo apuntaba con su pistola.
—Amun Antzas, queda detenido por robo y tráfico ilegal de antigüedades.


Un trueno resonó en el cielo cuando Bella subió al pequeño coche blanco y estudió el mapa que Heidi le había dejado en la guantera. El agente Demetri se había puesto en contacto con la fuerza encargada de las investigaciones de contrabando en la zona. A Bella le había sorprendido la rapidez con que habían orquestado un plan, dándole las instrucciones oportunas. Una agente que se había hecho pasar por dependienta de una tienda se había encontrado con ella en el servicio de un centro comercial de Atenas, de camino al mercado de segunda mano. Allí le había enganchado un diminuto micrófono dentro del sujetador, después de asegurarle que la seguirían a prudente distancia, para no despertar sospechas.
Antes de que terminara aquel día, Megaera estaría entre rejas.
Siguiendo las indicaciones del mapa, tomó la carretera de la costa y recorrió unos cuarenta kilómetros hasta que llegó a una pequeña cala. Bajó del coche y contempló el pequeño embarcadero donde estaba atracado el yate. Si subía a bordo y el barco zarpaba, los agentes del FBI ya no podrían seguirla, al menos de inmediato. Empezaron a sudarle las palmas de las manos. Porque si no subía a bordo, nunca podría ayudar a Edward.
Cuadró los hombros y se dirigió al embarcadero. Un hombre que se presentó como el capitán del yate la invitó a subir a bordo y la llevó a un suntuoso camarote bajo cubierta. Reconoció el perfume de Megaera mientras se quitaba la chaqueta y la dejaba doblada sobre una silla. Segundos después oyó el motor del barco: zarpaban. ¿Dónde estaría la amante de su padre?
Una puerta se abrió a su espalda.
—Hola, Bella.
Se volvió al escuchar aquella voz familiar y se encontró con una impresionante castaña de ojos púrpura. O era mucho más joven que Charlie o se había conservado extremadamente bien. Sus pantalones de color ocre y su suéter de cachemir delineaban una figura perfecta, espectacular. La pulsera etrusca brillaba en su muñeca como un cruel insulto.
—Hola, Heidi —la saludó con forzado tono tranquilo—. ¿Adónde vamos?
—Simplemente a navegar un poco.
No era mucha la información para los agentes del FBI que la estaban escuchando. Posó la mirada en su pulsera. Mientras se dejaba colocar el micrófono, la agente emboscada le había dado algunas instrucciones sobre cómo sonsacar información.
—Veo que sigues llevando la pulsera que te regaló mi padre. O te encanta la joyería fina o él y tú estabais muy encariñados.
—¿Eso te molesta?
Heidi ni había afirmado ni negado. Bella conocía aquel juego.
—¿Debería?
—De hecho, tú eres la razón por la que Charlie me buscó. Naciste tan débil, tan enferma, que Renée sólo tenía tiempo para ti. El pobre Charlie se sintió muy solo. Demasiado.
Bella resintió el golpe. Aquella mujer sabía explotar las debilidades de la gente.
—Mi madre amaba a mi padre. Y él lo sabía.
—Sí. Fui yo la que sufrió —repuso Heidi con tono amargo—. Lo esperé durante años, me tragué incontables e irritantes excusas. Me pasaba las vacaciones de cada año sola, mientras él se quedaba con su familia.
—Eso es algo que suele suceder con las aventuras extramatrimoniales —replicó Bella, rabiosa.
Touché —Heidi la sorprendió lanzando una carcajada—. Eres encantadoramente sincera.
—¿Para qué querías verme?
—Sobreviviste a la isla, burlaste a la Camorra y convertiste a Edward a nuestra causa. Manipulaste a la policía y ocultaste los datos fundamentales —Heidi le lanzó una sonrisa que casi parecía amable—. Y destruiste además las pruebas acusadoras: las cartas. Eres digna hija de tu padre.
Lo cual era en realidad un cumplido a la duplicidad de Charlie. A su hipocresía. ¿Cómo había podido vivir con él durante tantos años sin darse cuenta de ello? Soltó un suspiro tembloroso. De repente se acordó de algo. ¿Cómo podía saber Heidi que había quemado las cartas? ¿Habría vuelto a la isla para recuperar las antigüedades, la prueba física de sus delitos?
Fue entonces cuando reflexionó sobre otra frase suya: «Convertiste a Edward a nuestra causa».
—¿Qué has…?
Heidi le indicó que esperara mientras descolgaba el teléfono.
—Acompáñame al salón.
Así lo hizo. Momentos después entró Edward. Iba vestido como la primera vez que lo vio: completamente de negro. Una sombra de barba oscurecía su mandíbula.
«¡Oh, no!», exclamó Bella para sus adentros. Edward había llegado a un trato con Heidi… para protegerla. Se había sacrificado por ella: estaba absolutamente segura.
—Edward…
Ciao, Bella —la saludó fríamente, con indiferencia. Como si nunca la hubiera besado, como si nunca hubieran hecho el amor.
Luchó contra una momentánea punzada de incertidumbre, de duda. ¿Sería Edward realmente un traidor? No. Creía en él. Creía en sus promesas. Debían de haberlo capturado por sorpresa y estaba fingiendo.
—Hola, Edward. Supongo que estamos aquí por la misma razón.
—El dinero.
Heidi asintió, satisfecha.
—¿Qué queréis tomar?
Bella rechazó el champán. Si pidió un café fue para mantener las manos ocupadas en algo. Heidi se alejó hacia el mueble del otro extremo del camarote para abrir una botella de champán y servir dos copas.
Edward aprovechó la ocasión para acercarse a Bella y murmurarle al oído:
—¿Qué diablos estás haciendo aquí?
Lo miró de cerca. La fatiga se reflejaba en sus rasgos.
—¿Esperabas que me quedara en los brazos de mi madre, llorando? —siseó a su vez.
—He subestimado tu testarudez.
—Pues aún no lo has visto todo —lo agarró de un brazo para susurrarle—: ¡Súbete a una zodiac, agarra un chaleco salvavidas, lo que sea, pero márchate!
—¿Qué estás tramando? ¡Conseguirás que te maten!
Dominó su ira mientras Heidi volvía con dos copas de champán y se sentaba con gesto elegante en el sofá de terciopelo. Le ofreció una a Edward y lo invitó a sentarse a su lado.
—Propongo un brindis —le dijo, rozándose descaradamente con él—. Por nuestra beneficiosa asociación.
Bella cerró los puños.
—¿Qué es lo que quieres de nosotros? —le preguntó Edward después de dejar la copa sobre la mesa.
—Hoy había concertado una importante compra en Atenas, pero por alguna razón no he podido comunicarme con mis agentes —un brillo de furia asomó a sus ojos—. Edward, sé que eres un gran agente comercial. En un principio tenía previsto pedirle a Bella que me ayudara a embarcar en el Sueño de Carmen. Pero el hecho de que no pueda comunicarme con mis contactos me ha obligado a replantearme el plan. No quiero correr riesgos. De todas maneras, tengo otro trabajo para Bella.
—¿Qué clase de trabajo? —preguntó ella, recordando el consejo que le había dado la agente del FBI acerca de realizar preguntas concretas.
—Dado que mis contactos parecen haberse evaporado… necesito que introduzcas una determinada documentación a bordo.
—No pienso hacer de recadera a ciegas.
Heidi sonrió.
—Me gustas. Serás una excelente socia de negocios.
—Y yo tampoco pienso trabajar con los ojos vendados —declaró Edward—. ¿Estás relacionada con la Camorra? ¿De qué se trata todo esto?
Heidi se levantó para acercarse a una pequeña caja fuerte y sacar unos papeles. Se los entregó a Bella.
—Facturas de compra de antigüedades… ¿a nombre de Eleazar Denali? —inquirió sorprendida antes de pasarle los documentos a Edward.
—¿Nunca te ha traicionado un amante? —le preguntó a su vez Heidi mientras volvía a sentarse.
Bella se quedó paralizada por un momento. Hasta que reaccionó.
—Soy mujer y respiro, ¿no?
Edward frunció el ceño y Heidi se echó a reír.
—Sabía que lo comprenderías —de repente se puso seria—. De joven trabajaba en la taberna que tenían mis padres en Corfú, y me enamoré de uno de los clientes, patrón de un barco. Era rico y de buena familia.
A Bella casi se le cayó la taza de café al suelo. ¡Heidi había estado relacionada con Eleazar Denali! ¿Estarían utilizando el Sueño de Carmen para traficar con antigüedades? Si ése era el caso, el destino no había podido ser más cruel con Renée.
—Cuando se enteró de que me había dejado embarazada… se marchó. No me juzgó merecedora de llevar su apellido. Y a nuestro hijo tampoco.
—¿Eleazar Denali te abandonó a ti y a tu hijo? —inquirió Edward, sorprendido.
—Oh, me pasó una pensión de mantenimiento, a través de sus abogados. Creyó que así podría contentarme, como si fuera una vulgar prostituta. Luego se casó con una mujer de su misma clase. Tuvo con ella dos hijas, antes de quedarse viudo —Heidi se volvió hacia Bella—. Y ahora tengo entendido que anda detrás de tu madre…
—Tú quieres vengarte de Eleazar —murmuró Bella.
—Sí, e imagino que eso te hará feliz, dado el amor que le tenías a tu padre. Eleazar se llevará un doble golpe cuando descubra que la hija de Renée trabaja para mí. Después de que muriera su esposa, Carmen, yo me tragué mi orgullo y acudí de nuevo a él para suplicarle que reconociera a Alec. Y Eleazar volvió a negarse.
—Yo… es increíble que rechazara a su único hijo —repuso Bella para disimular. Porque… ¿acaso no era eso mismo lo que Heidi le había pedido a Charlie que hiciera con ella? ¿Qué abandonara a su propia familia?
—Finalmente, accedió a entrevistarse con él, es cierto… pero sólo porque Alec fue a verlo. Han desarrollado una cierta relación. Pero es demasiado tarde. El caso es que Eleazar será detenido y encarcelado por tráfico de antigüedades.
—¿Alec aprueba esa venganza contra su padre? —quiso saber Bella, esforzándose por disimular su horror. No sólo Eleazar se quedaría destrozado, sino también sus hijas y su nieta. Y Renée.
—Alec es demasiado honrado para aprobar todo esto. No sabe nada —se encogió de hombros—. Hace poco que conoció a su padre. Él no está tan resentido como yo.
Edward se volvió hacia Heidi:
—Eres una mujer paciente. Y muy inteligente también, por haber esperado durante tanto tiempo. Nadie sospechará de ti, ¿verdad?
—Amigo Edward, sabía que eras mucho más que una cara bonita —miró a Bella—. ¿Te acuerdas de la cerámica griega que se rompió en la biblioteca del crucero? En realidad no era una reproducción. Mis contactos han estado introduciendo en el adorado barco de Eleazar un conjunto de antigüedades robadas, auténticas, que disimulaban mezclándolas con imitaciones. La pieza que pensaba adquirir hoy era la última del lote… y la mejor. Un busto de Aristóteles descubierto durante las excavaciones realizadas para levantar el nuevo museo de la Acrópolis. Da la casualidad de que Eleazar contribuyó generosamente al financiamiento del museo. La posesión de una pieza como ésa, junto a todas las anteriores, le reportará no sólo una condena de cárcel, sino el odio de sus conciudadanos —se interrumpió por un momento, sonriendo—. Los policías encargados de la investigación recibirán una información anónima. Encontrarán las facturas que tú, Bella, subirás a bordo. Mi primera intención había sido estar presente cuando se produjera la detención, pero con mis contactos desaparecidos, tendré que conformarme con enterarme a través de ti.
Bella la miraba consternada. Heidi se sirvió otra copa de champán.
—En Grecia, Eleazar es adorado como un dios por su generosidad a la hora de financiar instituciones culturales y por su defensa del patrimonio nacional. Pero ni siquiera su gran fortuna impedirá que su imperio marítimo y su reputación se hundan como consecuencia de su detención —se acarició su pulsera—. Y con Eleazar en la cárcel, Edward me ayudará a vender las antigüedades que guardo en mi isla: mi reserva de jubilación, digamos. A cambio de unos elevados honorarios, por supuesto.
En ese momento sonó el teléfono y Heidi se levantó para contestar.
—Tranquila —le dijo Edward a Bella, en un murmullo—. No cometas ninguna imprudencia.
Heidi colgó tras una breve conversación.
—El capitán requiere nuestra presencia a bordo para recibir una visita.
Bella contuvo el aliento. ¿Sería la caballería, acudiendo en su auxilio? Fue Heidi la que encabezó la marcha escaleras arriba, así que Bella pudo volverse hacia Edward para susurrarle al oído:
—Estoy esperando de un momento a otro a la policía. Llevo un micrófono oculto, y espero que lo hayan oído todo. He negociado un trato de favor para ti con el FBI. A cambio de nuestra cooperación conjunta y de nuestras declaraciones como testigos, te condenarán a una pena menor. De menos de un año de cárcel.
Edward se había quedado boquiabierto.
—¿Por qué los hombres se engañan cuando creen que pueden controlar a las mujeres?
—Escúchame bien: no ofrezcas resistencia cuando te detengan.
Heidi se volvió entonces para gritar por las escaleras.
—¿Qué estáis haciendo allá abajo?
—Lo siento —respondió Bella—. Me había olvidado la chaqueta —acto seguido, acunó el rostro de Edward entre sus manos. Aquélla podría ser la última ocasión que tuviera de tocarlo en mucho tiempo—. Te esperaré cuando salgas. Te juro que te esperaré.
Ya no se entretuvo más y subió rápidamente las escaleras. Una vez arriba, el barco se tambaleó y tuvo que agarrarse a la barandilla. Estaban anclados en una recoleta cala, batida por las olas. No había señal alguna de civilización. Ni de visitantes.
Edward subió también a cubierta y le cubrió una mano con la suya, al tiempo que le susurraba:
—Suceda lo que suceda, confía en mí.
¿Qué iba a hacer? Justo en aquel instante vio a la agente Jane abordando el yate. Acababa de llegar en una lancha rápida y empuñaba una pistola.
Bella frunció el ceño, asombrada.
—Es la agente de la Interpol. ¿Qué estará haciendo aquí?
—¿Qué significa todo esto? —le espetó Heidi a la recién llegada.
La agente Jane esbozó una sonrisa sin humor… y encañonó a Bella.
—Lo sabrías si te dignaras escuchar los mensajes de teléfono. Despierta, Heidi. Llevas a una traidora a bordo. Ustedes dos, muévanse —se dirigió a Bella y a Edward—. Y levanten las manos para que yo pueda verlas.
Edward juró ente dientes, y Bella sintió una punzada de terror.
—Pero… ¿tú no trabajas para la Interpol?
—Y desde hace años también para mí —le explicó Heidi—. Yo le pago mejor —se volvió hacia la recién llegada—: Explícate, Ivonne.
—La niña de papá se lo ha contado todo al FBI. Y ha negociado un acuerdo para su novio a cambio de venderte.
—Estoy tan decepcionada, Bella… —Heidi sacudió la cabeza—. Me caías bien. Por lo que se refiere a los hombres, parece que las mujeres nunca aprendemos a dejar de hacer tonterías.
—Me temo que tendrá que parecer un accidente en el mar —dijo la agente Jane—. La pobre señorita Swan sigue todavía bastante afectada por la muerte de su padre. Y su supuesto secuestro y las sospechas vertidas sobre su culpabilidad han conseguido alterarla hasta un extremo insoportable.
El corazón empezó a martillearle en los oídos. Sintió que Edward se movía ligeramente a su lado: estaba dispuesto a defenderla, fuera cual fuera el precio que tuviera que pagar.
Sin dejar de apuntar a Bella, Jane se acercó a Heidi.
—Todo el mundo en la oficina de seguridad del crucero pudo ver lo afectada que estaba. Un desmayo y una caída por la borda: nadie dudará de esa versión.
Edward se enfrentó entonces a las dos mujeres:
—¿Vais a añadir el asesinato a la lista de delitos que ya han cometido?
—Matarla a ella me parece demasiado drástico —reflexionó Heidi en voz alta—. Como hija de Charlie, su vida tiene un valor sentimental para mí. Tengo socios que me pagarían un buen dinero por sus… servicios. Y nadie volvería a saber nada de ella.
—No, es demasiado arriesgado —se opuso la agente Jane—. Ella tiene que desaparecer. Pero este otro todavía puede sernos útil —miró a Edward—. Anda, sé listo y aléjate de ella. Porque si te quedas a su lado, morirás. Tú eliges. Nadie te echará de menos.
—No —replicó Edward—. Soy agente de la policía italiana y estoy encuadrado en una fuerza multinacional. Por razones evidentes, no llevo ninguna identificación encima. En cuanto me den por desaparecido, tendrán a las policías de varios países detrás de ustedes.
—¿Eres un policía? —exclamó Bella.
Edward la ignoró y continuó hablando.
—Mis jefes saben lo de Kourti y el falso sacerdote. Tienen copias de los archivos del iPod y del cuaderno de notas de Bella, todo procedente de la documentación de Charlie. Y varias monedas de tu isla, Heidi, están en su poder en calidad de prueba material de tus actividades de contrabando. Llevo encima un mecanismo de localización y ya tienen nuestras coordenadas. Has perdido. Matándonos, sólo conseguirás aumentar tu pena de cárcel. Ríndete, es lo más inteligente. No tienes otra salida.
La agente Jane entrecerró los ojos, indignada.
—Nadie sabe de mi doble trabajo. Y nadie lo sabrá —estaba apuntando a Bella.
—¡Espera! Yo…
Apretó el gatillo. Una explosión blanca la cegó. Resonó un disparo como un trueno. Edward se abalanzó hacia ella para empujarla al suelo… interponiéndose mientras Jane disparaba tres veces.
El cuerpo de Edward se sacudió con cada tiro. Salpicando la cubierta de sangre, cayó por la borda directamente al mar.

viernes, 10 de diciembre de 2010

La última vez




Capítulo 14 “La última vez”

Renée se marchó después de aconsejarle que descansara antes de enfrentarse con la policía. Bella se obligó a comer medio bocadillo. ¿Qué les diría sobre Edward? El pensamiento de que pudiera verse acosado tanto por la Camorra como por la policía la ponía enferma.
Llamaron a la puerta.
—¿Benjamín? —no era a él a quien esperaba.
—Tengo que hablar contigo —miró por encima del hombro, como si no quisiera que lo descubrieran.
—Éste no es un buen momen…
—Los policías acaban de subir al barco, pero primero hablarán con Peter y con el capitán —bajó la voz—. Tengo que darte un recado de un conocido de ambos…
El corazón le dio un vuelco en el pecho. ¿Se trataría de Edward?
—Pasa.
Entró en el camarote. Nervioso, se pasó una mano por el pelo.
—¿Y bien?
—Si la policía te pone en aprietos y lo que estás buscando es una retribución por lo que le sucedió a tu padre… Megaera te ayudará.
—¿Tú trabajas para ella? —se lo quedó mirando de hito en hito. ¿Sería una trampa de la policía?—. ¿Y si me niego a aceptar su ayuda?
—Ella me dijo que… si lo que te preocupa es el bienestar de Edward, mejor será que no le cuentes nada a la policía. Por su bien.
—¿Ha amenazado a Edward? —inquirió, aterrada.
—Oye, que yo no tengo nada que ver con eso —Benjamín hundió las manos en los bolsillos de su pantalón blanco—. Si mantienes la boca cerrada, Megaera se entrevistará contigo. Dice que tiene una oferta que hacerte.
—De acuerdo —no lo dudó. Haría lo que fuera para proteger a Edward—. ¿Cuándo y dónde?
—Pronto. Ya te avisaré.
Benjamín se apresuró a salir del camarote. Bella pensó que hasta que consiguiera ponerse de algún modo en contacto con Edward y advertirle, hasta que pudiera hablar con Heidi, no tenía otra elección. Tenía que ganar tiempo con la policía, sin perjudicarse a sí misma. Al menos hasta que terminaran aclarándose las cosas. Pero la pregunta era… ¿cómo?
Volvieron a llamar a la puerta.
—¿Señorita Swan? —era la voz de Peter.
Contó hasta cinco y abrió. Peter la llevó al despacho del capitán. Allí la estaba esperando Garret, un hosco inspector de la policía griega llamado Zahakis y una pequeña de piel blanca y ojos azules: la agente Jane, de la Interpol. La doctora Ángela, la doctora del barco, también estaba presente y se disculpó por no estar inmediatamente disponible, ofreciéndose para examinarla después de «la entrevista».
Más que una entrevista, fue un proceso inquisitorial. La sentaron entre Peter y la doctora Ángela. La sesión empezó con un complicado preámbulo sobre las diferentes jurisdicciones implicadas. Bella era ciudadana estadounidense, pero trabajadora de una compañía extranjera; había sido secuestrada en Italia, pero liberada en Grecia. La sucursal más cercana del FBI se encontraba en Roma y no había ningún agente cerca disponible para una emergencia como aquélla. Dado que la Interpol había coordinado a los diferentes organismos, la agente Jane se había personado para recabar toda la información posible.
Después de anotar sus datos de filiación, el inspector Zahakis empezó la andanada de preguntas.
—¿Afirma usted haber sido secuestrada en Nápoles hace un mes y medio?
—Sí.
—¿Podría describir a sus secuestradores?
—Estaba tan asustada… —suspiró—. Tengo lagunas de memoria —era cierto. En realidad no recordaba todos los detalles.
—¿No recuerda cuál era su aspecto?
La doctora Ángela aprovechó para intervenir:
—Las lagunas de memoria son frecuentes en las víctimas que han sufrido algún tipo de trauma. Sobre todo durante un lapso prolongado de tiempo.
—Señorita Swan, cuando usted desapareció, en el barco corrió el rumor de que se había fugado con un amante. Si la aventura terminó mal, no tiene por qué sentir ninguna vergüenza en admitirlo. No necesita fingir ningún secuestro.
—¡Yo no me estoy inventando nada! —las paredes de la habitación parecían cerrarse en torno a ella—. ¡Yo no abandoné Nápoles voluntariamente!
Pero sí que había tenido un amante: Edward. Y se habría quedado con él si él se lo hubiese pedido. Tenía que salir de allí antes que pudiera cometer algún error y Megaera le hiciese algún daño. A la hora de protegerlo, no podía confiar en las autoridades. Ella era la única que estaba de su lado. La única capaz de ayudarlo en aquel momento.
—¿Señorita Swan? —la doctora se inclinó hacia ella—. ¿Se encuentra usted bien?
La culpa y el miedo le impedían respirar. Se estaba ahogando.
—Yo… lo siento —no tenía necesidad de simular los temblores—. Yo quiero colaborar, de verdad —eso también era cierto—. Lo que no entiendo es por qué me culpan a mí. Yo… estoy confusa…y asustada.
—Tranquilícese, señorita Swan —le dijo el capitán Garret—. Nadie la está acusando. Simplemente cuéntenos la verdad. No tiene nada que temer.
«Error», pronunció para sus adentros. La verdad mataría a Edward.
—Estoy en un país extranjero, y no quiero… que se me malinterprete. Me… gustaría… —se obligó a hiperventilarse— hablar… con alguien de la embajada americana, conseguir un traductor…y un abogado —se le saltaban las lágrimas, lo cual no le costó ningún trabajo—. Por favor, no quiero meterme en problemas…
—Está hiperventilando —la doctora Ángela se levantó de su asiento y se volvió hacia Peter—. ¿Tiene una bolsa de papel?
La doctora rebuscó en los armarios mientras Zahakis y el capitán Garret discutían. El inspector era partidario de desembarcarla y retenerla en Atenas. El capitán insistía en que no tenía motivo alguno y defendía enérgicamente a su empleada. La doctora, por su parte, entregó la bolsa a Bella y le dio instrucciones para que respirara dentro. La discusión fue subiendo de tono.
—¡Basta ya, por favor! —se levantó Peter—. Así no vamos a conseguir nada. No sólo tenemos que pensar en la protección de la señorita Swan, sino en la reputación del crucero. De ahí que lo más adecuado sea satisfacer su petición con la presencia de un abogado y un representante de la embajada. De hecho, yo habría preferido involucrar al FBI desde un principio en este asunto.
El inspector Zahakis se resistió, y la discusión prosiguió hasta que finalmente se impusieron Peter y el capitán. Zahakis se levantó para marcharse, no sin antes advertir a Bella que no debía abandonar Atenas sin permiso. Volvería tan pronto como se hubiera puesto en contacto con la embajada y conseguido un abogado.
En cuanto a la agente Jane, cuando pasó a su lado para marcharse, la miró con expresión amable y compasiva al tiempo que le entregaba una tarjeta:
—Llámeme si necesita ayuda —murmuró—. Puedo ponerla en contacto con la oficina del FBI en Roma.
Bella se dejó examinar por la doctora Ángela y por fin pudo regresar a su camarote, sorprendida de lo bien que había salido del apuro. Nunca había sabido mentir bien. Pero quizá tampoco había tenido una motivación lo suficientemente poderosa.
Necesitaba una buena ducha y empezó a desnudarse. Fue entonces cuando descubrió que había perdido su iPod y su cuaderno de notas. No estaban en el bolsillo de su pantalón. Registró todos los bolsillos. Nada.
¿Cómo podía haber…? De repente lo recordó. Aquel último beso apasionado. Edward la había acariciado… y había aprovechado para robarle sus pertenencias como si fuera un carterista. Con la misma facilidad con que le había robado el corazón.
¿Por qué? ¿Por qué le había robado las notas de su padre? ¿Para vender las antigüedades e integrarse en la red de traficantes?, se preguntaba, dolida y desconcertada. ¿Se lo habría inventado todo? ¿Las atenciones que le había demostrado, sus besos, su historia del pobre huérfano? ¿Habría sido todo una mentira calculada para servir a sus egoístas propósitos?
No. No quería creer eso. Pero… ¿cuántas pruebas necesitaba? Y ella había mentido a la policía para protegerlo.
Sintió una dolorosa opresión en el pecho. Cada hombre que había amado había terminado traicionándola. El único hombre en el que había creído y confiado… se había convertido en el peor de todos. Le había preguntado el nombre de la diosa del engaño. Debería haberle recordado que Apate tenía un trasunto masculino: Dolos, el dios de la mentira y la añagaza. Edward había fingido compadecerla por lo que le contó sobre Mike y su padre, con la intención de apuñalarla por la espalda. ¿Cómo podía haber sido tan crédula?
Se lo había entregado todo, y él la había utilizado. Su pretendido amor sólo había sido una enorme mentira. Mientras paseaba de un lado a otro del camarote, tropezó con la moqueta y cayó al suelo. Las lágrimas le servían de desahogo, pero el dolor era demasiado profundo.


Menos de veinticuatro horas después de entregar a Bella a los lobos, Edward se hallaba sentado solo en una taberna de Atenas, llena de humo. Entre su preocupación por Bella y la necesidad de ponerse al día en su trabajo tras su forzada ausencia, no había dormido. Se había obligado a comer un souvlaki y había pedido una cerveza.
De repente se abrió la puerta y entró un hombre alto y delgado, de unos cuarenta años. Vestía una camisa verde oscuro, unos viejos vaqueros y una gastada chaqueta de piel. Su cabello seguía igual de rubio que la última vez que lo había visto, aunque algunas canas asomaban en las sienes. Y Edward era el responsable de ello.
El hombre se sentó a su mesa.
Ciao, Carlisle.
Ciao, Edward. Otra vez metido en problemas, por lo que veo.
—Peores las he pasado.
—¿De veras? La Camorra y esa misteriosa mujer, Megaera, quieren tu cabeza en una bandeja.
—Me las arreglaré.
—¿Al igual que te las has arreglado con Isabella Swan? Te vi besándote con ella en el muelle. ¿A qué diablos estás jugando?
Edward se puso furioso.
—La manera en que hago mi trabajo es problema mío.
—Besar a un objetivo a plena luz del día y delante de todo el mundo no es la mejor manera de trabajar. No cuando podrías terminar perdiendo todo aquello que tanto esfuerzo te ha costado ganar.
—Insisto en que eso es mi problema.
La camarera se acercó en ese momento y Carlisle pidió una cerveza.
—No te olvides de todo el tiempo, dinero y vidas aparte de la tuya que hay en juego en esto.
—No me olvido, descuida —Edward bebió un trago de cerveza, más para tranquilizarse que por otra cosa. La furia no servía más que para ofuscar la mente—. ¿Qué es lo que tienes para mí?
—No te va a gustar.
—Hace tiempo que no me gusta esta misión. Sobre todo desde que me encargaste que secuestrara a Bella e hiciera de niñera suya durante semanas.
Carlisle sacó un sobre del bolsillo interior de la chaqueta y se lo entregó.
—Míralo por ti mismo.
Edward examinó con gesto sombrío las fotografías de Bella entrando en el camarote de Benjamín Kourti. La había visitado una hora después de que ella abordara el barco. La comida que había tomado se le revolvió en el estómago.
—¿Y?
—Kourti había frecuentado a Bella antes de su inoportuna aparición en el yacimiento arqueológico de Nápoles.
Edward se esforzó por dominar su rabia mientras le devolvía las fotos.
—Socializar con un compañero de trabajo no es ningún delito.
—Bella no le ha dicho nada a la policía griega. Dice que tiene «lagunas de memoria».
El corazón le dio un vuelco. Bella lo estaba protegiendo. Y quizá también a su padre. Se encogió de hombros.
—Es posible. Ha sufrido mucho.
—Eso es mentira, y tú lo sabes.
—Y tú sabes que desde el principio yo no quería involucrar a Bella en esto… —hizo a un lado su plato—. ¡Déjala en paz de una vez!
—No podemos. La señorita Swan ya estaba involucrada desde mucho antes. Hace semanas envío el fragmento de una presunta reproducción de una cerámica griega a una amiga suya de Estados Unidos, para que la analizara. Resulta que es parte de una pieza auténtica, robada en un yacimiento arqueológico.
—Esa pieza se rompió en la biblioteca de Bella. Probablemente el seguro exigió un análisis previo para tasar su valor.
—Bella habla un griego perfecto, y aun así reclamó un traductor a la policía. Podía tratarse de una táctica dilatoria mientras sus amigos escamotean las piezas.
—O quizá se trate simplemente de una medida de precaución —sabía que tenía que hacer caso a su intuición: Bella no lo había traicionado. Su reacción cuando descubrió lo de su padre había sido auténtica, sincera. Como también lo habían sido sus sentimientos por él cuando hicieron el amor, o su dolor cuando la dejó abandonada en el muelle—. ¿Sigues sin tener información alguna sobre esa tal Megaera que nos secuestró, y que al parecer había sido amante de Charlie?
—No tenemos más que su nombre.
—Ella es el cerebro de la organización. ¿Tienes a alguien vigilando la isla?
—Sí. La Camorra fue a buscar a sus hombres, pero todavía nadie ha recogido las antigüedades.
—Entonces Bella tampoco ha hablado con Heidi —Edward frunció el ceño—. Si hubiera estado coludida con ella, la habría avisado, ¿no?
—La gente de arriba está preocupada por ti. Si lo que pretende Isabella Swan es proseguir con el negocio de su padre… te arrastrará con ella. Tu carrera se irá al garete.
—Al diablo con mi carrera —Edward creía en Bella. Quizá demasiado tarde, se había dado cuenta de que Bella era mucho más importante que su sentido del deber, o que cualquier otra cosa en el mundo.
—¿Serías capaz de tirarlo todo por la borda?
—Pinturas, joyas, esculturas… todo lo que he dedicado toda mi vida a proteger no son más que cosas, Carlisle. No laten. No tienen alma.
—¿Qué te ha pasado? —inquirió, extrañado.
Edward miró a su amigo y mentor.
—Bella: eso es lo que me ha pasado —necesitaba estar con ella, pero no podía ir a buscarla con las manos sucias. Terminar con todo aquello era la única manera de mantenerla a salvo—. Me jugaría la vida por su inocencia.
—Hasta ahora, tu trabajo lo ha sido todo para ti —Carlisle se rascó la barbilla—. Si lo que quieres es arriesgar tu futuro y tu vida por esa mujer… entonces es que ya no puedes distinguir la realidad de la fantasía.
—Yo sé lo que es real y lo que no —y ése no era el reino oscuro en el que había vivido durante los últimos quince años. Bella no era una mujer cualquiera: se había apoderado de su corazón—. ¡Detesto utilizarla! Si ella sufre algún daño…
Carlisle frunció el ceño, pensativo.
—No había vuelto a ver ese fuego en ti desde que entraste en la cárcel.
Edward procuró dominarse.
—Si Bella resulta herida, los responsables lo pagarán caro. Del bando que sean.
—Ah. Sabía que tenía que ocurrir, tarde o temprano. Espero que la chica merezca la pena.
—Ésta es la última vez, Carlisle. Ya no soporto más mentiras. Éste será mi último trabajo.
—Ten mucho cuidado. Estás nadando en aguas peligrosas, Edward. No quiero que te ahogues —sacudió la cabeza mientras le entregaba un grueso sobre—. Aquí tienes datos, fotografías, todo lo que necesitas. Mientras el Sueño de Carmen estuvo atracado en Livorno, se descubrió un alijo de antigüedades robadas, pero la investigación no prosperó. Benjamín Kourti es ludópata y no le alcanza el salario para sus gastos: la única razón por la que conserva su trabajo es la relación de amistad de su padre con Eleazar Denali. Uno de nuestros agentes ha averiguado que un hombre que respondía a la descripción física de Benjamín intentó adquirir un ánfora robada en un yacimiento arqueológico cercano a Nápoles —Carlisle se interrumpió para beber un trago de cerveza—. El mercado del tráfico de antigüedades se ha revuelto con cada visita de Kourti y del sacerdote del barco. Al parecer, están muy unidos. Sospechamos que forman la avanzadilla de algo mucho más grande.
—Un crucero es una base de operaciones perfecta para una red de traficantes.
—Sí. He recogido una muestra de un antiguo icono que el padre Connelly conserva en su camarote. Pertenece a una pequeña orden de monjes albaneses que reside en el Vaticano. Al parecer el jardinero del convento habló hace cosa de un mes y medio con un tipo que respondía a la descripción de Connelly. Y cuando un agente nuestro le enseñó su fotografía a un camarero de Alghero, en Cerdeña, lo reconoció de inmediato: el tipo había estado bebiendo de firme en su establecimiento… vestido de civil.
—Connelly no es sacerdote.
—Según sus huellas dactilares, se trata de Amun Antzas, estafador profesional. El tipo sedujo a la condesa Valerio de Roma hace unos años y escapó con sus joyas. La condesa nos dijo que juntos habían visitado el convento de la orden albanesa y que Antzas sacó un buen montón de fotos del icono.
—Para después sustituirlo por una falsificación.
—Exacto. Los datos son los siguientes. Antigüedades a bordo del crucero y tensión entre nuestros tres personajes: el falso padre Connelly, Benjamín y Bella. El interés de Bella por investigar el fragmento de la cerámica. Su excursión a uno de los yacimientos arqueológicos que había visitado su padre. Las antigüedades escondidas en la isla, fruto de la rapiña de Charlie Swan y de Megaera, su amante. ¿Cuál es el común denominador?
Bella. A Edward se le cerró la garganta. Él sólo había querido mantenerla a salvo. En lugar de ello, la había enviado directamente a la boca del lobo. Se encontraba en un peligro mortal.
—Antzas y Kourti trabajan para Megaera.
—Eso es lo que tenemos que demostrar. Tenemos pruebas suficientes para desenmascarar a Connelly, pero ése es un jugador de poca monta. Quiero que Benjamín y él nos lleven hasta el jefe. Quiero acabar con Megaera —se interrumpió—. Y… lo siento, Edward, pero si Bella está implicada… también iremos por ella, como puedes imaginar.
Edward dejó el sobre en la mesa.
—Muy bien. Ahora, amico mió, debo pedirte un favor por el cual te estaré toda la vida agradecido…


Después de ducharse, Bella se puso un pantalón marrón y una blusa de seda color cobre. Se estaba calzando cuando llamaron a la puerta.
Era el asistente, con la bandeja del desayuno. A un lado había un grueso sobre.
—Ha recibido esto esta mañana. Y el operador de a bordo dice que tiene un mensaje telefónico para usted. Al parecer llegó mientras usted estaba, er… fuera.
Le dio las gracias y el asistente se marchó. Con el corazón acelerado, dejó la bandeja en la mesilla y recogió el sobre. Su nombre estaba escrito a mano en el dorso. Contenía su pasaporte, su cartera, sus llaves y su móvil.
No pudo sentirse más decepcionada: Edward le había devuelto sus cosas, tal y como le había prometido. Abrió la cartera: estaba su identificación personal y todas sus tarjetas de crédito, así como dinero en efectivo. De repente descubrió algo. Una hoja de papel entre los billetes.
Le temblaban los dedos mientras desdoblaba la nota. Estaba escrita en italiano.
Bella, mia cara, por favor, perdóname. Cuando más adelante recuerdes todo esto, sabrás que te dije la verdad. Yo hice lo que debía. Y ahora tú debes hacer lo que es mejor para ti. Espero que algún día vuelvas a creer en la magia de los cuentos de hadas.
No había firma. Tampoco era necesaria. Enterró la cara entre las manos y estalló en sollozos. Lo echaba terriblemente de menos. A esas alturas, todavía estaba dispuesta a creer en él. ¿Qué diablos le pasaba?
Odiaba lo que Edward le había hecho. Pero no podía odiarlo a él. Su madre tenía razón: el amor no era algo que se pudiera encender y apagar a voluntad. «El corazón ama, con defectos o sin ellos». Como su madre, que había amado a un traficante y a un mentiroso.
Releyó la nota, ya más tranquila. Ya en la isla él le había advertido que la asaltarían las dudas. Y le había aconsejado que se dejara guiar por la intuición para discernir la verdad. Un mensaje tácito, oculto, parecía recorrer aquellas palabras: «Espero que algún día vuelvas a creer en la magia de los cuentos de hadas».
En el mito que le había contado, tanto Eros como Psique habían creído que el otro lo había traicionado, cuando en realidad nunca había sido así. ¿Le estaría diciendo Edward que su traición no era lo que parecía? «Cuando más adelante recuerdes todo esto, sabrás que te dije la verdad».
Había visto pena y arrepentimiento en sus ojos cuando se despidió de ella. Había detectado un crudo dolor en su voz. O quizá había sido un efecto de su imaginación…
Dejó la nota sobre la cama. Edward le había devuelto sus cosas, tal y como le había prometido. Había cumplido todas sus promesas. Se había llevado una brutal paliza por protegerla de los dos matones. Se había expuesto a que lo mordiera una víbora para protegerla. Edward siempre había antepuesto su bienestar al suyo propio.
El pulso le atronaba en los oídos. ¿Sería posible que Edward se hubiera sacrificado para evitar que ella pudiera ayudarlo a su vez y por tanto ponerse en peligro? ¿Habría llegado a algún tipo de acuerdo con Heidi para asegurarse de que no le pasaría nada? Aquello encajaba con su carácter. Recordó sus palabras: «A veces, las mentiras esconden la verdad, pero no invalidan lo que es real».
—Sí, chico duro —musitó para sí misma—. Las palabras pueden resultar confusas. Pero los actos no mienten.
Edward era lo opuesto del clásico hombre egoísta e interesado. Si sólo hubiera estado interesado en salvarse, habría llegado a un acuerdo con Heidi en su barco y la habría dejado morir. «A veces, las mentiras son necesarias. A veces, las circunstancias fuerzan las decisiones de la gente».
Quizá el hecho de haberse llevado su iPod y su cuaderno de notas había sido otra manera de protegerla. ¿Habría pensado que estaría más a salvo si no tenía en su poder una información tan relevante? ¿O que interrumpiría su investigación si se quedaba sin pistas? Recordó de nuevo la frase de la nota: «Yo hice lo que debía. Y ahora tú debes hacer lo que es mejor para ti».
Ni su padre ni Mike habían sido lo que parecían. Edward podía ser un ladrón o un delincuente, pero era un hombre bueno y honesto. Ni siquiera sabía su verdadero nombre, pero lo amaba con todo su corazón. Edward tenía secretos que no consideraba seguro divulgar. Aquella nota era un mensaje secreto. Una promesa. Y Edward siempre cumplía sus promesas.
Había llegado el momento de elegir. Desecharía la lógica y se aferraría a la esperanza, a la intuición. Confiaría en Edward. Y escogería creer que la amaba tanto como ella a él.
Ya era demasiado tarde para su padre. Su misión ahora era salvar a Edward. Pero… ¿cómo?