miércoles, 15 de diciembre de 2010

La trampa


Capítulo 15 “La trampa”

Benjamín bajaba las escaleras hacia los camarotes de la tripulación. Aquél era el segundo recado en el mismo día que le había encargado Megaera, y estaba inquieto. Habitualmente se ponía en contacto con Antzas, pero su socio no había contestado al teléfono. La noche anterior lo había sorprendido hablando con una atractiva rubia en un oscuro pasillo. Esperaba que no se hubiera encerrado en su camarote a dar rienda suelta a su libido, porque se suponía que ese día tenían que adquirir una nueva antigüedad en Atenas.
Se detuvo frente a la puerta del camarote de Bella. ¿Estaría ella mezclada en el asunto? Había regresado al barco en no muy buenas condiciones, alegando que la habían secuestrado. Lo había hablado con Amun y él había insistido en que llamara a Megaera. Su jefa había montado en cólera al enterarse, e inmediatamente le había encargado que le transmitiera su primer mensaje. Estaba claro que la chica había escapado a sus garras.
Le temblaba la mano cuando llamó a la puerta. Cuando Megaera se ponía furiosa, lo pagaba todo el mundo. Sin embargo, ahora quería ofrecerle un trato…
—La entrevista ya está preparada —informó a Bella nada más entrar en su camarote—. Dentro de dos horas, desembarca y toma el metro hasta el mercado de segunda mano de Monastiraki. Un Kia Picanto de color blanco estará aparcado en una calle lateral, al lado de una librería. En la guantera encontrarás las llaves y un mapa.
Si el mensaje le sorprendió, no lo demostró en absoluto. Lo despidió fríamente y Kourti se apresuró a marcharse. ¿Cuánto sabría? Involucrarse con Megaera no le parecía un movimiento muy inteligente por su parte. La gente que se atrevía a jugar con ella siempre perdía. No sabía si la jefa quería recompensarla por haberse escapado ofreciéndole un empleo… o darle una lección. Y tampoco quería saberlo. Una cosa era traficar, y otra muy distinta secuestrar o matar.
Alzó la mano para llamar al camarote de Antzas. Si no estaba allí, registraría el barco de arriba abajo. La puerta se abrió sola, y juró entre dientes: el muy canalla debía de haberse marchado a toda prisa, sin cerrarla con llave. Pero lo que más le sorprendió fue que el armario y el escritorio estuvieran abiertos, con los papeles revueltos y unas cuantas reproducciones desparramadas por el suelo. El corazón le dio un vuelco. La mayoría de las piezas no estaban. Las auténticas.
No le extrañaba que Antzas hubiera insistido aquel mismo día en retirar las piezas auténticas de las vitrinas de la biblioteca para «actualizar» su exposición. Abandonó el camarote y corrió hacia la pasarela reservada a los tripulantes.
—¿Ha visto al padre Connelly? —le preguntó al vigilante que estaba de guardia.
El oficial asintió.
 —Se ha marchado hace una hora.
—¿Dijo adónde iba?
—Llevaba una gran bolsa de viaje llena de reproducciones de antigüedades. Me comentó que lo habían invitado a dar una conferencia en la Casa de Cultura de Atenas.
Maldijo para sus adentros. Evidentemente, Antzas tampoco quería que lo implicaran en delitos de secuestro y asesinato. El cerco se estrechaba y Amun había decidido desaparecer. ¿Qué sabría el falso sacerdote que él no supiera?
Sintió una punzada de pánico. Cuando se enterara Megaera, tomaría represalias. Y él sería el primero de la lista.
—Gracias. Yo, er… me he olvidado de algo.
Corrió a la biblioteca y recogió la única pieza que quedaba de valor, el plato griego con motivos marinos, lo envolvió en una hoja de diario y regresó a la pasarela.
—Será mejor que le lleve esto ahora mismo —y se marchó a toda prisa. Apenas tenía suficiente dinero encima para tomar el metro y refugiarse en el bar de su amigo Aetos, en el distrito Gazi. Seis euros era todo lo que necesitaba para salvarse.


Bella terminó de escribir la carta y la escondió debajo de la almohada. Si algo le sucedía, la policía tendría una declaración firmada de su puño y letra relatando todo lo sucedido durante el último mes y medio. No quería dejar ningún cabo suelto.
Luego descolgó el teléfono para escuchar sus mensajes. Sólo había uno del profesor Riley, informándola de que el fragmento que había mandado analizar procedía de una pieza auténtica. Sus sospechas se veían confirmadas: el padre Connelly había estado ocultando piezas verdaderas entre sus reproducciones. No le extrañaba que se hubiera comportado de una manera tan extraña el día en que se lo encontró en una tienda de antigüedades de Alghero… sin alzacuellos.
Se sentó en la cama, abatida. Megaera era traficante, Benjamín trabajaba para ella y Connelly, su colaborador, traficaba también con antigüedades. No se trataba de una casualidad. Miró su reloj. Todavía disponía de unos noventa minutos antes de que tuviera que salir para su encuentro con Megaera. Planeaba ir, desde luego, decidida a descubrir su identidad y enterarse de la mayor cantidad posible de detalles sobre la operación… para luego contárselo todo al FBI. Sin involucrar o perjudicar a Edward.
Pero el hecho de que miembros de la tripulación del Sueño de Carmen se hubieran servido de la línea de cruceros para su operación de tráfico de antigüedades lo cambiaba todo. El capitán Garret, Peter y Eleazar Denali, el nuevo amor de su madre: todos estaban en peligro. La red era mucho más amplia de lo que había imaginado.
¿Y Edward? Él tampoco debía de ser consciente de la extensión de la red. Si intentaba parlamentar con Heidi, podrían atraparlo… Las palabras de su madre resonaron en sus oídos: «Sí hubiera sido más fuerte y generosa, quizá ahora mismo tu padre no estaría muerto». Empezó a temblar. Quizá su padre no había muerto en vano. Sabía lo que tenía que hacer. Pero era tan peligroso, tan arriesgado…
Sin embargo, el riesgo formaba parte de la vida. Del amor. Si algo malo le sucedía a Edward… jamás se lo perdonaría. Daría lo que fuera por él, incluso su vida. Pero no podía poner en riesgo a gente inocente. Descolgó el teléfono y marcó el número de Jane, de la Lnterpol. La agente Jane se mostró más que comprensiva con su situación. Bella le pidió que la pusiera en contacto con la oficina del FBI en Roma. Finalmente escuchó al otro lado de la línea la voz de un hombre que se identificó como el agente especial Demetri, del FBI. La conversación que siguió fue larga y dolorosa.
Tenía los ojos llenos de lágrimas cuando colgó el teléfono. Recordaba lo que le había dicho Edward después de pedirle que le cosiera la herida del brazo: que a veces había que hacer daño a la gente… por su propio bien. Sólo podía rezar para no equivocarse en sus decisiones. Edward había tomado las suyas: ahora le tocaba a ella.


Amun Antzas pisaba a fondo el acelerador de su viejo Fiat alquilado rumbo a Roma, donde vivía su primo Paulo. Paulo lo había ayudado a robar el tríptico albanés… sin ser consciente de ello, por supuesto. Su primo tenía contactos en el hampa romana que le habían facilitado la identidad falsa con la que se introdujo en el Vaticano. El dinero que le había dado había servido para acallar cualquier pregunta.
Y si alguien podía convertir la bolsa de viaje llena de antigüedades que llevaba en el asiento trasero de su coche en dinero en efectivo… ése era Paulo. Todavía no se había recuperado de la sorpresa de ver a Bella de vuelta en el barco. Él había informado a Megaera de que la había visto rondando en el yacimiento arqueológico de Nápoles antes de que desapareciera, lo que lo convertía en cómplice de secuestro. El FBI entraría en escena, y aunque Bella no sabía nada de la operación de Megaera, había robado aquel fragmento de cerámica de la biblioteca, con lo que a esas alturas tenía que saber que él había estado traficando con antigüedades.
Todo se había ido al diablo. Había retrasado el momento de la retirada a la espera de sacar el mayor partido posible. Había intentado ahogar sus dudas y sus temores con una botella de Jameson y la compañía de una exuberante rubia, pero cuando ni siquiera eso logró exorcizar sus miedos… se había largado. Había sobrevivido durante dos décadas en aquel negocio gracias a su intuición, y no estaba dispuesto a prestarle oídos sordos.
Miró por el espejo retrovisor: el sedán azul se hallaba a bastante distancia, con lo que suspiró aliviado. Estaba a unos siete kilómetros de Atenas y el tráfico era mucho más fluido. Había escapado a tiempo.
Encendió un cigarrillo y bajó a medias el cristal de la ventanilla. La dosis de nicotina acabó de tranquilizarlo. Había tenido que renunciar al tabaco por culpa de su disfraz de sacerdote. El padre Connelly se había metido en el servicio de caballeros de la Casa de Cultura de Atenas y había salido Amun Antzas, con el pelo teñido de color castaño y un bigote y una barba falsos. El bondadoso padre Connelly había pasado a la historia. Y sería Kourti quien acabaría pagando los platos rotos.
Volvió a mirar por el espejo. El sedán azul había ganado velocidad y se disponía a adelantarlo. Amun redujo la velocidad para dejarlo pasar mientras encendía la radio. De repente soltó una maldición al ver que el vehículo frenaba bruscamente, encendía las luces de emergencia… y le bloqueaba el paso. Tuvo que frenar en seco.
Un tipo alto y rubio bajó inmediatamente del coche y se dirigió hacia él con un arma en la mano.
Amun lo reconoció inmediatamente.
—Coronel Carlisle Cullen, de la Guardia de Finanza.
El hombre que a bordo del Sueño de Carmen se había presentado como Carlisle West le mostró una credencial de policía a la vez que lo apuntaba con su pistola.
—Amun Antzas, queda detenido por robo y tráfico ilegal de antigüedades.


Un trueno resonó en el cielo cuando Bella subió al pequeño coche blanco y estudió el mapa que Heidi le había dejado en la guantera. El agente Demetri se había puesto en contacto con la fuerza encargada de las investigaciones de contrabando en la zona. A Bella le había sorprendido la rapidez con que habían orquestado un plan, dándole las instrucciones oportunas. Una agente que se había hecho pasar por dependienta de una tienda se había encontrado con ella en el servicio de un centro comercial de Atenas, de camino al mercado de segunda mano. Allí le había enganchado un diminuto micrófono dentro del sujetador, después de asegurarle que la seguirían a prudente distancia, para no despertar sospechas.
Antes de que terminara aquel día, Megaera estaría entre rejas.
Siguiendo las indicaciones del mapa, tomó la carretera de la costa y recorrió unos cuarenta kilómetros hasta que llegó a una pequeña cala. Bajó del coche y contempló el pequeño embarcadero donde estaba atracado el yate. Si subía a bordo y el barco zarpaba, los agentes del FBI ya no podrían seguirla, al menos de inmediato. Empezaron a sudarle las palmas de las manos. Porque si no subía a bordo, nunca podría ayudar a Edward.
Cuadró los hombros y se dirigió al embarcadero. Un hombre que se presentó como el capitán del yate la invitó a subir a bordo y la llevó a un suntuoso camarote bajo cubierta. Reconoció el perfume de Megaera mientras se quitaba la chaqueta y la dejaba doblada sobre una silla. Segundos después oyó el motor del barco: zarpaban. ¿Dónde estaría la amante de su padre?
Una puerta se abrió a su espalda.
—Hola, Bella.
Se volvió al escuchar aquella voz familiar y se encontró con una impresionante castaña de ojos púrpura. O era mucho más joven que Charlie o se había conservado extremadamente bien. Sus pantalones de color ocre y su suéter de cachemir delineaban una figura perfecta, espectacular. La pulsera etrusca brillaba en su muñeca como un cruel insulto.
—Hola, Heidi —la saludó con forzado tono tranquilo—. ¿Adónde vamos?
—Simplemente a navegar un poco.
No era mucha la información para los agentes del FBI que la estaban escuchando. Posó la mirada en su pulsera. Mientras se dejaba colocar el micrófono, la agente emboscada le había dado algunas instrucciones sobre cómo sonsacar información.
—Veo que sigues llevando la pulsera que te regaló mi padre. O te encanta la joyería fina o él y tú estabais muy encariñados.
—¿Eso te molesta?
Heidi ni había afirmado ni negado. Bella conocía aquel juego.
—¿Debería?
—De hecho, tú eres la razón por la que Charlie me buscó. Naciste tan débil, tan enferma, que Renée sólo tenía tiempo para ti. El pobre Charlie se sintió muy solo. Demasiado.
Bella resintió el golpe. Aquella mujer sabía explotar las debilidades de la gente.
—Mi madre amaba a mi padre. Y él lo sabía.
—Sí. Fui yo la que sufrió —repuso Heidi con tono amargo—. Lo esperé durante años, me tragué incontables e irritantes excusas. Me pasaba las vacaciones de cada año sola, mientras él se quedaba con su familia.
—Eso es algo que suele suceder con las aventuras extramatrimoniales —replicó Bella, rabiosa.
Touché —Heidi la sorprendió lanzando una carcajada—. Eres encantadoramente sincera.
—¿Para qué querías verme?
—Sobreviviste a la isla, burlaste a la Camorra y convertiste a Edward a nuestra causa. Manipulaste a la policía y ocultaste los datos fundamentales —Heidi le lanzó una sonrisa que casi parecía amable—. Y destruiste además las pruebas acusadoras: las cartas. Eres digna hija de tu padre.
Lo cual era en realidad un cumplido a la duplicidad de Charlie. A su hipocresía. ¿Cómo había podido vivir con él durante tantos años sin darse cuenta de ello? Soltó un suspiro tembloroso. De repente se acordó de algo. ¿Cómo podía saber Heidi que había quemado las cartas? ¿Habría vuelto a la isla para recuperar las antigüedades, la prueba física de sus delitos?
Fue entonces cuando reflexionó sobre otra frase suya: «Convertiste a Edward a nuestra causa».
—¿Qué has…?
Heidi le indicó que esperara mientras descolgaba el teléfono.
—Acompáñame al salón.
Así lo hizo. Momentos después entró Edward. Iba vestido como la primera vez que lo vio: completamente de negro. Una sombra de barba oscurecía su mandíbula.
«¡Oh, no!», exclamó Bella para sus adentros. Edward había llegado a un trato con Heidi… para protegerla. Se había sacrificado por ella: estaba absolutamente segura.
—Edward…
Ciao, Bella —la saludó fríamente, con indiferencia. Como si nunca la hubiera besado, como si nunca hubieran hecho el amor.
Luchó contra una momentánea punzada de incertidumbre, de duda. ¿Sería Edward realmente un traidor? No. Creía en él. Creía en sus promesas. Debían de haberlo capturado por sorpresa y estaba fingiendo.
—Hola, Edward. Supongo que estamos aquí por la misma razón.
—El dinero.
Heidi asintió, satisfecha.
—¿Qué queréis tomar?
Bella rechazó el champán. Si pidió un café fue para mantener las manos ocupadas en algo. Heidi se alejó hacia el mueble del otro extremo del camarote para abrir una botella de champán y servir dos copas.
Edward aprovechó la ocasión para acercarse a Bella y murmurarle al oído:
—¿Qué diablos estás haciendo aquí?
Lo miró de cerca. La fatiga se reflejaba en sus rasgos.
—¿Esperabas que me quedara en los brazos de mi madre, llorando? —siseó a su vez.
—He subestimado tu testarudez.
—Pues aún no lo has visto todo —lo agarró de un brazo para susurrarle—: ¡Súbete a una zodiac, agarra un chaleco salvavidas, lo que sea, pero márchate!
—¿Qué estás tramando? ¡Conseguirás que te maten!
Dominó su ira mientras Heidi volvía con dos copas de champán y se sentaba con gesto elegante en el sofá de terciopelo. Le ofreció una a Edward y lo invitó a sentarse a su lado.
—Propongo un brindis —le dijo, rozándose descaradamente con él—. Por nuestra beneficiosa asociación.
Bella cerró los puños.
—¿Qué es lo que quieres de nosotros? —le preguntó Edward después de dejar la copa sobre la mesa.
—Hoy había concertado una importante compra en Atenas, pero por alguna razón no he podido comunicarme con mis agentes —un brillo de furia asomó a sus ojos—. Edward, sé que eres un gran agente comercial. En un principio tenía previsto pedirle a Bella que me ayudara a embarcar en el Sueño de Carmen. Pero el hecho de que no pueda comunicarme con mis contactos me ha obligado a replantearme el plan. No quiero correr riesgos. De todas maneras, tengo otro trabajo para Bella.
—¿Qué clase de trabajo? —preguntó ella, recordando el consejo que le había dado la agente del FBI acerca de realizar preguntas concretas.
—Dado que mis contactos parecen haberse evaporado… necesito que introduzcas una determinada documentación a bordo.
—No pienso hacer de recadera a ciegas.
Heidi sonrió.
—Me gustas. Serás una excelente socia de negocios.
—Y yo tampoco pienso trabajar con los ojos vendados —declaró Edward—. ¿Estás relacionada con la Camorra? ¿De qué se trata todo esto?
Heidi se levantó para acercarse a una pequeña caja fuerte y sacar unos papeles. Se los entregó a Bella.
—Facturas de compra de antigüedades… ¿a nombre de Eleazar Denali? —inquirió sorprendida antes de pasarle los documentos a Edward.
—¿Nunca te ha traicionado un amante? —le preguntó a su vez Heidi mientras volvía a sentarse.
Bella se quedó paralizada por un momento. Hasta que reaccionó.
—Soy mujer y respiro, ¿no?
Edward frunció el ceño y Heidi se echó a reír.
—Sabía que lo comprenderías —de repente se puso seria—. De joven trabajaba en la taberna que tenían mis padres en Corfú, y me enamoré de uno de los clientes, patrón de un barco. Era rico y de buena familia.
A Bella casi se le cayó la taza de café al suelo. ¡Heidi había estado relacionada con Eleazar Denali! ¿Estarían utilizando el Sueño de Carmen para traficar con antigüedades? Si ése era el caso, el destino no había podido ser más cruel con Renée.
—Cuando se enteró de que me había dejado embarazada… se marchó. No me juzgó merecedora de llevar su apellido. Y a nuestro hijo tampoco.
—¿Eleazar Denali te abandonó a ti y a tu hijo? —inquirió Edward, sorprendido.
—Oh, me pasó una pensión de mantenimiento, a través de sus abogados. Creyó que así podría contentarme, como si fuera una vulgar prostituta. Luego se casó con una mujer de su misma clase. Tuvo con ella dos hijas, antes de quedarse viudo —Heidi se volvió hacia Bella—. Y ahora tengo entendido que anda detrás de tu madre…
—Tú quieres vengarte de Eleazar —murmuró Bella.
—Sí, e imagino que eso te hará feliz, dado el amor que le tenías a tu padre. Eleazar se llevará un doble golpe cuando descubra que la hija de Renée trabaja para mí. Después de que muriera su esposa, Carmen, yo me tragué mi orgullo y acudí de nuevo a él para suplicarle que reconociera a Alec. Y Eleazar volvió a negarse.
—Yo… es increíble que rechazara a su único hijo —repuso Bella para disimular. Porque… ¿acaso no era eso mismo lo que Heidi le había pedido a Charlie que hiciera con ella? ¿Qué abandonara a su propia familia?
—Finalmente, accedió a entrevistarse con él, es cierto… pero sólo porque Alec fue a verlo. Han desarrollado una cierta relación. Pero es demasiado tarde. El caso es que Eleazar será detenido y encarcelado por tráfico de antigüedades.
—¿Alec aprueba esa venganza contra su padre? —quiso saber Bella, esforzándose por disimular su horror. No sólo Eleazar se quedaría destrozado, sino también sus hijas y su nieta. Y Renée.
—Alec es demasiado honrado para aprobar todo esto. No sabe nada —se encogió de hombros—. Hace poco que conoció a su padre. Él no está tan resentido como yo.
Edward se volvió hacia Heidi:
—Eres una mujer paciente. Y muy inteligente también, por haber esperado durante tanto tiempo. Nadie sospechará de ti, ¿verdad?
—Amigo Edward, sabía que eras mucho más que una cara bonita —miró a Bella—. ¿Te acuerdas de la cerámica griega que se rompió en la biblioteca del crucero? En realidad no era una reproducción. Mis contactos han estado introduciendo en el adorado barco de Eleazar un conjunto de antigüedades robadas, auténticas, que disimulaban mezclándolas con imitaciones. La pieza que pensaba adquirir hoy era la última del lote… y la mejor. Un busto de Aristóteles descubierto durante las excavaciones realizadas para levantar el nuevo museo de la Acrópolis. Da la casualidad de que Eleazar contribuyó generosamente al financiamiento del museo. La posesión de una pieza como ésa, junto a todas las anteriores, le reportará no sólo una condena de cárcel, sino el odio de sus conciudadanos —se interrumpió por un momento, sonriendo—. Los policías encargados de la investigación recibirán una información anónima. Encontrarán las facturas que tú, Bella, subirás a bordo. Mi primera intención había sido estar presente cuando se produjera la detención, pero con mis contactos desaparecidos, tendré que conformarme con enterarme a través de ti.
Bella la miraba consternada. Heidi se sirvió otra copa de champán.
—En Grecia, Eleazar es adorado como un dios por su generosidad a la hora de financiar instituciones culturales y por su defensa del patrimonio nacional. Pero ni siquiera su gran fortuna impedirá que su imperio marítimo y su reputación se hundan como consecuencia de su detención —se acarició su pulsera—. Y con Eleazar en la cárcel, Edward me ayudará a vender las antigüedades que guardo en mi isla: mi reserva de jubilación, digamos. A cambio de unos elevados honorarios, por supuesto.
En ese momento sonó el teléfono y Heidi se levantó para contestar.
—Tranquila —le dijo Edward a Bella, en un murmullo—. No cometas ninguna imprudencia.
Heidi colgó tras una breve conversación.
—El capitán requiere nuestra presencia a bordo para recibir una visita.
Bella contuvo el aliento. ¿Sería la caballería, acudiendo en su auxilio? Fue Heidi la que encabezó la marcha escaleras arriba, así que Bella pudo volverse hacia Edward para susurrarle al oído:
—Estoy esperando de un momento a otro a la policía. Llevo un micrófono oculto, y espero que lo hayan oído todo. He negociado un trato de favor para ti con el FBI. A cambio de nuestra cooperación conjunta y de nuestras declaraciones como testigos, te condenarán a una pena menor. De menos de un año de cárcel.
Edward se había quedado boquiabierto.
—¿Por qué los hombres se engañan cuando creen que pueden controlar a las mujeres?
—Escúchame bien: no ofrezcas resistencia cuando te detengan.
Heidi se volvió entonces para gritar por las escaleras.
—¿Qué estáis haciendo allá abajo?
—Lo siento —respondió Bella—. Me había olvidado la chaqueta —acto seguido, acunó el rostro de Edward entre sus manos. Aquélla podría ser la última ocasión que tuviera de tocarlo en mucho tiempo—. Te esperaré cuando salgas. Te juro que te esperaré.
Ya no se entretuvo más y subió rápidamente las escaleras. Una vez arriba, el barco se tambaleó y tuvo que agarrarse a la barandilla. Estaban anclados en una recoleta cala, batida por las olas. No había señal alguna de civilización. Ni de visitantes.
Edward subió también a cubierta y le cubrió una mano con la suya, al tiempo que le susurraba:
—Suceda lo que suceda, confía en mí.
¿Qué iba a hacer? Justo en aquel instante vio a la agente Jane abordando el yate. Acababa de llegar en una lancha rápida y empuñaba una pistola.
Bella frunció el ceño, asombrada.
—Es la agente de la Interpol. ¿Qué estará haciendo aquí?
—¿Qué significa todo esto? —le espetó Heidi a la recién llegada.
La agente Jane esbozó una sonrisa sin humor… y encañonó a Bella.
—Lo sabrías si te dignaras escuchar los mensajes de teléfono. Despierta, Heidi. Llevas a una traidora a bordo. Ustedes dos, muévanse —se dirigió a Bella y a Edward—. Y levanten las manos para que yo pueda verlas.
Edward juró ente dientes, y Bella sintió una punzada de terror.
—Pero… ¿tú no trabajas para la Interpol?
—Y desde hace años también para mí —le explicó Heidi—. Yo le pago mejor —se volvió hacia la recién llegada—: Explícate, Ivonne.
—La niña de papá se lo ha contado todo al FBI. Y ha negociado un acuerdo para su novio a cambio de venderte.
—Estoy tan decepcionada, Bella… —Heidi sacudió la cabeza—. Me caías bien. Por lo que se refiere a los hombres, parece que las mujeres nunca aprendemos a dejar de hacer tonterías.
—Me temo que tendrá que parecer un accidente en el mar —dijo la agente Jane—. La pobre señorita Swan sigue todavía bastante afectada por la muerte de su padre. Y su supuesto secuestro y las sospechas vertidas sobre su culpabilidad han conseguido alterarla hasta un extremo insoportable.
El corazón empezó a martillearle en los oídos. Sintió que Edward se movía ligeramente a su lado: estaba dispuesto a defenderla, fuera cual fuera el precio que tuviera que pagar.
Sin dejar de apuntar a Bella, Jane se acercó a Heidi.
—Todo el mundo en la oficina de seguridad del crucero pudo ver lo afectada que estaba. Un desmayo y una caída por la borda: nadie dudará de esa versión.
Edward se enfrentó entonces a las dos mujeres:
—¿Vais a añadir el asesinato a la lista de delitos que ya han cometido?
—Matarla a ella me parece demasiado drástico —reflexionó Heidi en voz alta—. Como hija de Charlie, su vida tiene un valor sentimental para mí. Tengo socios que me pagarían un buen dinero por sus… servicios. Y nadie volvería a saber nada de ella.
—No, es demasiado arriesgado —se opuso la agente Jane—. Ella tiene que desaparecer. Pero este otro todavía puede sernos útil —miró a Edward—. Anda, sé listo y aléjate de ella. Porque si te quedas a su lado, morirás. Tú eliges. Nadie te echará de menos.
—No —replicó Edward—. Soy agente de la policía italiana y estoy encuadrado en una fuerza multinacional. Por razones evidentes, no llevo ninguna identificación encima. En cuanto me den por desaparecido, tendrán a las policías de varios países detrás de ustedes.
—¿Eres un policía? —exclamó Bella.
Edward la ignoró y continuó hablando.
—Mis jefes saben lo de Kourti y el falso sacerdote. Tienen copias de los archivos del iPod y del cuaderno de notas de Bella, todo procedente de la documentación de Charlie. Y varias monedas de tu isla, Heidi, están en su poder en calidad de prueba material de tus actividades de contrabando. Llevo encima un mecanismo de localización y ya tienen nuestras coordenadas. Has perdido. Matándonos, sólo conseguirás aumentar tu pena de cárcel. Ríndete, es lo más inteligente. No tienes otra salida.
La agente Jane entrecerró los ojos, indignada.
—Nadie sabe de mi doble trabajo. Y nadie lo sabrá —estaba apuntando a Bella.
—¡Espera! Yo…
Apretó el gatillo. Una explosión blanca la cegó. Resonó un disparo como un trueno. Edward se abalanzó hacia ella para empujarla al suelo… interponiéndose mientras Jane disparaba tres veces.
El cuerpo de Edward se sacudió con cada tiro. Salpicando la cubierta de sangre, cayó por la borda directamente al mar.

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