martes, 14 de diciembre de 2010

Bella vale mucho

Capítulo 9 “Bella vale mucho”

Bella apenas había salido de la casa cuando Edward vio interrumpido su café matutino por una visita.
Charlie, afeitado, limpio y bien vestido, convertido casi en un caballero, se acercó a él con paso seguro y firme y la cabeza alta, abriendo y cerrando los puños junto a sus costados. Al detenerse alzó un poco el mentón.
—Buenos días, lord Cullen.
—Buenos días —contestó Edward sin levantarse.
Charlie parecía gozar de una salud inmejorable.
—No pretendo que ninguno de los dos pasemos por tontos —dijo Charlie al cabo de un momento.
Edward bajó la cabeza ligeramente.
—Me alegra saberlo —dijo.
Charlie cuadró los hombros y prosiguió:
—Vine aquí pensando que no echaría usted en falta alguna piececilla que pudiera costearme unos cuantos días de alquiler.
—Entiendo.
—Pero mi muchacha vale diez veces más que yo —dijo Charlie, y su voz se tiñó de ternura y humildad—. No permitiré que pague por mí. Así que…
—Usted conoce un poco los bajos fondos, ¿verdad? —inquirió Edward.
—Bueno, no suelo frecuentar las tabernas y los burdeles más míseros de la ciudad —contestó Charlie, irritado, y luego frunció el ceño—. Pero sí —reconoció con un suspiro cansino—. Conozco algunos sitios donde pueden encontrarse individuos de mala catadura.
Edward se recostó en la silla y lo observó. Era flaco y ágil, y Edward supuso que en sus buenos tiempos había sido un buen soldado.
—Siéntese, señor Swan. Hay café y comida, si no ha desayunado aún.
Charlie frunció el ceño con recelo.
—¿Quiere que me siente a su mesa?
—Se lo ruego.
Más receloso que nunca, Charlie empezó a servirse el café, pero le temblaban tanto las manos que Edward tuvo que sustituirlo en aquella tarea.
—Gracias —murmuró Charlie, tomando la taza, y se sentó en la silla que le indicaba Edward. Una vez acomodado, intentó volver a exponer su caso—. Verá, Bella lo es todo para mí —dijo con delicadeza.
Edward sonrió y bajó de nuevo la cabeza.
—No pretendo hacerle ningún mal a su pupila.
—Puede que lo que no sea malo para unos, condene a otros a la deshonra eterna —repuso Charlie.
—Ah, entiendo.
—Ella no es… No se la puede tomar a la ligera, milord.
Edward se inclinó hacia delante y lo miró fijamente a los ojos.
—Sir Charlie, le aseguro que ningún hombre podría tomarse a la ligera a su pupila.
—Francamente, señor, estoy confundido. ¡Y no puedo evitarlo!
—Bella trabaja en el museo. En el departamento de Egiptología. Y yo voy a acompañarla a un baile, a una fiesta de recaudación de fondos.
—Sí, ya me he enterado.
—Bella tiene muchos talentos.
—¡Señor!
—Para la Egiptología, sir Charlie. Y supongo que usted también tendrá los suyos.
El recelo y el temor se filtraron de nuevo en los ojos de Charlie.
—Al parecer, mis talentos ya no son lo que eran. Usted me atrapó —Edward se echó a reír suavemente—. ¿Cuáles son sus intenciones, lord Cullen? Porque sepa usted que, aunque estoy asustado, no pienso seguir escondiéndome tras las faldas de mi pupila.
—Pretendo hacerle una proposición de negocios.
—¡Señor!
—Que no tiene nada que ver con Bella —le aseguró Edward.
—Entonces…
—Quiero darle una pieza para que la venda por mí.
—¿Qué?
—Necesito que salga a la calle por mí.
Charlie bebió un sorbo de café, confundido.
—Vine a robar una pieza de arte antiguo, ¿y ahora piensa darme una para que la venda?
—Precisamente.
—¡Caramba, lord Cullen! Si lo que pretende es darme una lección y mandar a la policía detrás de mí en cuanto salga de aquí, no hace falta que se moleste. Ya he reconocido mi culpa.
Edward sacudió la cabeza.
—Charlie, no me está usted escuchando. Le estoy haciendo una oferta. Necesito que salga a las calles. Necesito que se introduzca usted en lugares que yo no conozco y que descubra si hay ciertas piezas a la venta en el mercado negro.
Charlie se puso rígido y un destello iluminó sus ojos.
—¿Habla en serio?
—Desde luego.
—¿Me está proponiendo que trabaje para usted?
—Supongo que usted y su criado, Waylon, están familiarizados con ciertos ambientes.
—Sé cómo manejarme en la ciudad, sí. Y también sé algo sobre arte egipcio, claro. Yo eduqué a esa muchacha, ¿sabe?
—¿Y le enseñó todas sus artes?
Charlie frunció el ceño, reacio a sugerir que Bella no fuera un dechado de virtudes.
Edward se sorprendió al sentir una repentina tensión. ¿Podía ser realmente Bella lo que parecía, no sólo inocente de cualquier conspiración, sino también inasequible a su espantosa máscara y a su reputación? Ella conocía su posición y su título. ¿Bastaba eso para cegarla? Sin embargo, se había mostrado ansiosa porque él conociera sus orígenes, a fin de que entendiera qué caja de Pandora podía estar abriendo al someterla al escrutinio de la alta sociedad. A él le importaba un bledo de dónde procediera. Claro, que al principio sólo había pretendido utilizarla. Y ahora…
Se levantó, temiendo de pronto que su máscara no lograra ocultar la repentina agitación que se había apoderado de él. La noche anterior había vuelto a sentirse vivo, humano otra vez, como no se había sentido desde que todo aquello empezara; desde que, al enterarse de la terrible noticia, entró en la batalla blandiendo su cólera y sintió cómo el acero desgarraba su carne. Nada había logrado disipar el frío inmutable que había caído sobre su corazón, hasta esa noche.
Hasta ese momento no había sido consciente de lo que sentía por Bella. Aquello había sucedido lentamente y, sin embargo, de forma repentina. Él no había vivido como un monje, pero tampoco había experimentado ningún sentimiento profundo.
La noche anterior había vivido instantes de absoluta lujuria. Y el deseo de tocar y abrazar a Bella, de olvidarse de todo y sumergirse en un mar de pasión carnal había resultado casi abrumador.
Dejó escapar un gruñido de irritación, enojado consigo mismo por permitir que sus emociones se le escaparan de las manos. Se volvió y miró a Charlie.
—Pase el día con Waylon, su criado. Hagan planes sobre cómo y dónde irán a cumplir su misión. Pero esta noche regrese a su cama. Quiero que todo el mundo piense que está herido al menos hasta mañana. Después de la fiesta, podrá levantarse, recuperado por fin. Y a nadie le extrañará que vaya a beber unas jarras de cerveza para celebrarlo.
Charlie se levantó.
—Averiguaré lo que quiere saber, lord Cullen —prometió—. Se lo aseguro.


Esa mañana, el tráfico de camino al museo era caótico. En Russell Square había volcado un carro, esparciendo por doquier su cargamento de verduras. A pesar de los esfuerzos de la policía, la gente se aglomeraba por todas partes. Los grandes carruajes, las bicicletas, los cabriolés y otros vehículos fueron desviados y quedaron atrapados en un atasco. Los curiosos se paraban a mirar, y los que tenían prisa por llegar a sus lugares de trabajo a pie intentaban sortearlos.
Bella asomó la cabeza por la ventanilla del carruaje para decirle a Emmett que haría andando el resto del camino. Antes de que el cochero pudiera detenerla, ella saltó del coche y se perdió entre el gentío.
Llegó tarde al museo, que ya había abierto sus puertas al público. Cruzó corriendo las salas de exposición y vio que una gran multitud se había amontonado alrededor del terrario. Félix acababa de dar de comer a la serpiente. Sintiendo un escalofrío, corrió a su oficina. Sir Jason estaba sentado a su mesa, pero no la recriminó por su tardanza. Se limitó a ofrecerle una débil sonrisa y a sacudir la cabeza.
—Ahí fuera hay montado un buen lío, ¿eh? ¡Y cada vez es peor! ¡Ay, el tráfico de la ciudad!
Luego volvió a fijar su atención en los papeles que tenía sobre el escritorio.
Bella intentó concentrarse en los jeroglíficos, pero se distraía constantemente. Hacía poco más de un año, todos los caballeros que formaban parte del departamento estaban de expedición. Al principio, había parecido que la campaña tendría un brillante final, coronado por un descubrimiento portentoso. Pero poco después el triunfo se había tornado en tragedia.
Bella abandonó su trabajo y salió del cuarto con cierto nerviosismo. Sir Jason, que seguía en su mesa, levantó la vista.
—¿Sí?
—Eh… sir Jason… ¿qué ocurrió cuando murieron los Cullen? —preguntó.
—¿Qué quiere decir?
—Todos ustedes estaban allí, ¿no?
Una nube cruzó los ojos de sir Jason.
—Sí.
—Los repatriaron para ser enterrados, pero el sepulcro acababa de descubrirse. Supongo que quedaban muchas cosas por hacer cuando murieron.
Él la miró fijamente y luego sacudió la cabeza y volvió a fijar la vista en sus papeles.
—No fue tan inmediato. Llevábamos algún tiempo trabajando en la tumba, catalogando las piezas. Las piezas más importantes ya se habían sacado, y muchas estaban listas para su embarque. Se le mandó un telegrama a Edward, quien al parecer se enteró de la muerte de sus padres justo antes de una escaramuza. Resultó herido, pero aun así logró llegar a tiempo a El Cairo. Los cuerpos habían sido conservados en hielo. Él se encargó de que fueran devueltos a Inglaterra. Estaba impaciente porque se les hiciera la autopsia, aunque Dios sabrá por qué. La causa de la muerte era muy evidente.
—¿Alguien encontró las serpientes?
—¿Cómo dice?
—Los áspides. Las víboras que los mataron —dijo Bella.
—Creo que no. Supongo que había un nido en sus habitaciones. Seguramente las serpientes se escabulleron después de matarlos. Mucha gente muere por mordeduras de cobra, Bella. Es un peligro que hay que asumir cuando se vive y se trabaja en el desierto.
—Desde luego —murmuró ella.
Sir Jason volvió a mirar sus documentos, haciendo caso omiso de ella, pero Bella se acercó a su mesa.
—¿Hubo investigación?
Él levantó la mirada de nuevo.
—Por supuesto que sí. Se pidió la intervención de las autoridades egipcias y de las británicas. ¡Por Dios, chiquilla, Carlisle era el conde de Masen!
—Sí, sí, claro.
—Tengo trabajo, Bella. Y usted también.
Ella asintió y volvió a su cuarto de trabajo, pero no logró concentrarse. Tradujo algunas líneas más de la advertencia de la tumba descubierta por los Cullen. Luego llegó a una tirada de signos que le produjo cierto desasosiego. Leyó lentamente en voz alta:
—«Sabed que la Gran Cobra, con sus ojos de luz y fuego, creada por la voluntad y el poder de Hethre, por obra de sus propias manos, hará caer el castigo sobre la más alta nobleza».
Miró con fijeza el texto, revisando cuidadosamente la traducción. Luego se levantó de un salto y salió corriendo hacia la mesa de sir Jason.
Él se había ido.
El recorte de periódico sobre la muerte de los Cullen estaba encima de sus otros papeles. Algo lo sujetaba. Bella rodeó la mesa. Una pequeña navaja clavaba el papel a la madera. Su punta atravesaba la cara de uno de los personajes de la fotografía. La cara de sir Jason.


Pese al clamor que se había alzado durante la época de los asesinatos de Jack el Destripador, el East End apenas había cambiado.
Chiquillos sucios, esqueléticos y de enormes ojos que empezaban a adquirir el aspecto de alimañas callejeras se sentaban en los portales y correteaban por las calles. Ninguno se acercaba a Edward. Miraban hacia él y se dispersaban. A pesar de que llevaba su disfraz de Jim Arboc, sus ojos tenían una mirada amenazante.
La idea de convertirse en Jim Arboc había surgido hacía más de tres meses, cuando quedó vacante un empleo en el museo. Había aceptado de buen grado barrer las oficinas de los conservadores de arte asiático, persuadido de que, andando el tiempo, podría pedir el traslado al departamento de arte egipcio sin levantar sospechas. Poco antes se le había ocurrido que debería haber reconocido a Isabella Swan al verla en el castillo. Pero, antes de conocerla, lo más cerca que había estado de su objetivo habían sido las veces en que había logrado escabullirse en los almacenes con intención de emprender una lenta y metódica búsqueda. Las acusaciones directas de nada servirían, habida cuenta de que no estaba seguro de a quién debía acusar. Así pues, debía armarse de paciencia.
Y en el papel de Jim Arboc había aprendido a ser paciente.
Costureras pobres pero honestas bajaban con premura por las calles junto con carniceros de delantales ensangrentados y obreros fabriles con las gorras caladas sobre los ojos. Los mercachifles vendían ginebra y empanadas de carne a las que les faltaba la carne, pero que, aun así, tentaban a los famélicos compradores con el barrillo de sus salsas. Los tenderos formales empleaban a inmigrantes por unos pocos peniques, y las caras largas y cansadas eran la norma. Prostitutas de ojos legañosos y dientes mellados pululaban alrededor de las tabernas, y el hedor de las calles bastaba para producir náuseas.
Renqueando con el paso torpe pero firme de Jim Arboc, Edward caminaba apresuradamente tras las figuras que iban delante de él, a cierta distancia. Las dos personas a las que seguía entraron en un establecimiento en cuyo cartel se leía Taberna McNally. Todos son bienvenidos. Esperó a que entraran y luego los siguió.
En la barra había un grupo numeroso, y la ginebra fluía a raudales. Las mujeres de la calle que ejercían allí su oficio habían dejado atrás hacía largo tiempo sus días de esplendor. Muchas lucían en las mejillas el arrebol de la ginebra, y a alguna le habían roto la nariz más de una vez. Unas pocas y desvencijadas mesas de madera se alineaban en la parte del local que se extendía frente a la barra. Edward se abrió paso a codazos entre el gentío, pidió una ginebra y se retiró a una de las mesas para observar.
Charlie Swan no era ningún tonto. Se había cambiado de ropa antes de emprender su expedición, y lucía ahora una chaqueta y una gorra propias de un estibador portuario. Waylon llevaba un atuendo parecido. Y, aunque no tenía las maneras joviales de Charlie, no desmerecía al lado de éste.
Charlie pidió ginebra, quejándose del precio, y se puso a coquetear con la única prostituta que parecía tener todos los dientes. Era menuda y algo delgada, y parecía contenta porque le invitara una ginebra.
—¿Hablamos de negocios, jefe? —le preguntó, jugueteando con el cuello de su chaqueta.
Charlie la miró. Era una morena bajita, de ojos oscuros y sonrisa atractiva.
—Sí, hablemos de negocios —dijo Charlie en voz baja al tiempo que sacaba una reluciente moneda.
Los que los rodeaban parecían ajenos a la transacción.
—¿Nos vamos? ¿O te apetece otra copa, guapo?
Charlie agarró a la mujer del brazo y, apartándola de la barra, la acercó a la mesa a la que estaba sentado Edward, con el sombrero calado sobre los ojos.
—Tengo entre manos un negocio importante, un negocio de mucho dinero —le dijo a la mujer—. Y te daré más de éstas si me das alguna pista.
La prostituta ladeó ávidamente la cabeza.
—¿Ah, sí?
—Tengo algo que vender.
Ella frunció el ceño.
—¡Caramba! Pues si son joyas que le has mangado a algún ricachón…
—Es mejor que eso. Pero necesito un comprador especial. Tengo algo de… —se detuvo y le susurró algo al oído.
La puta retrocedió un poco, sacudiendo la cabeza con fastidio.
—¡No me digas que tienes una momia o algo así! ¡Eso sólo sirve para encender el fuego! Un tipo vendió una hace poco, y ya le habían robado los amuletos y las cosas que tenía que haber entre los vendajes.
—Lo que tengo es oro puro —dijo Charlie—. Lo mejor que se pueda encontrar en el mercado.
—¿Y qué sabes tú del mercado?
Edward notó que la mujer empezaba a cambiar de acento y tuvo la impresión de que aquella dama de la noche iba a la taberna con más intenciones de las evidentes.
—Entonces… ¿hay otros vendiendo antigüedades de ésas?
—Pues claro. Y de las mejores.
—¿Quién las vende?
Charlie la había agarrado con fuerza de la muñeca. Ella luchó por desasirse, comprendiendo al fin que no se había topado con un vulgar borrachín.
—¡No está aquí ahora! —le espetó en voz baja.
—Volveré mañana —dijo Charlie y, deslizando la moneda en su mano, le cerró los dedos—. Quiero meterme en el negocio —dijo—. Puedes echarme una mano, presentarme a los compradores, mostrarme a mis competidores y ganar un buen pellizco. O bien…
—¿O bien?
—Bueno, la vida es dura, ¿no te parece? —dijo Charlie.
—Esta moneda no es suficiente —respondió ella llanamente.
El esbozó una lenta sonrisa.
—Ya veo que nos entendemos.
Charlie sacó otra moneda. Miró fijamente a la mujer y, tras hacerle una seña con la cabeza a Waylon, salieron los dos a la calle.
La prostituta regresó a la barra y le susurró algo al fornido camarero que había tras ella, secando vasos. El hombre le dijo algo en voz baja. La mujer hizo un mohín y sacó una de sus monedas. El hombre miró la puerta por la que acababan de salir Charlie y Waylon. Luego se acercó al otro extremo de la barra y le susurró algo a un individuo enjuto, de nariz aguileña y afilada.
El hombre se levantó y salió de la taberna. Edward hizo lo mismo.


Sir Jason regresó mientras Bella estaba aún junto a su mesa. Ella levantó la mirada.
—¿Qué está haciendo? —preguntó sir Jason.
—Yo… salí a hablar con usted.
—¿Qué hace ese papel en mi mesa? ¡Y mi navaja!
Ella sacudió la cabeza.
—Yo acabo de entrar. El papel estaba aquí. Y también la navaja.
Sir Jason frunció el ceño y se acercó a la mesa. Arrancó ésta de la mesa, enojado, la dobló y se la guardó en el bolsillo. Luego abrió el cajón central de la mesa y metió en él el recorte. A continuación miró a Bella.
—¿Quién ha entrado aquí?
—No lo sé.
Sir Jason la observaba con recelo.
—¿Cómo es posible que no lo sepa? —preguntó con aspereza. A Bella le pareció distinguir una nota de miedo en su voz.
—Yo estaba en mi cuarto, trabajando. He salido a hablar con usted y me he encontrado con esto —le dijo.
Él sacudió la cabeza y pareció preguntarse en voz alta, sin dirigirse a ella:
—Tenía una conferencia en la sala de lectura. No he estado fuera más de una hora —de pronto se tambaleó y estuvo a punto desplomarse sobre la silla, pero logró mantener el equilibrio y se apretó las sienes con las manos—. Me duele muchísimo la cabeza. Voy a irme a casa.
Se levantó y salió apresuradamente sin mirar a Bella.
Ella lo vio marchar, preocupada. Ni siquiera le había preguntado por qué había salido a hablar con él. ¿Tal vez porque tenía miedo?
Bella se dirigió a la puerta de su cuarto de trabajo, pero tropezó con algo. Al bajar la mirada, vio que sir Jason había perdido sus llaves. Las recogió y echó a correr tras él.
—¡Sir Jason!
Pero él se había ido. En realidad, todo el departamento parecía sumido en un inexplicable silencio. Bella no había visto a James en todo el día, lo cual no era extraño. Pero tampoco había visto a Félix Moreau, ni a Riley Biers. Ni siquiera había visto por allí al anciano que se encargaba de limpiar.
Se quedó un momento parada en medio del intenso silencio. Al parecer, estaba sola.
Apretó con fuerza las llaves. Era hora de echarle otro vistazo al almacén.


Edward comprendió enseguida que el individuo de nariz aguileña de la taberna estaba siguiendo a Charlie y Waylon. Éstos estuvieron deambulando un rato entre callejones y calles bulliciosas, y luego volvieron a salir a una zona de callejuelas, cerca del río y de la antigua muralla romana, y tomaron por fin una calle atestada de gente. Fue entonces cuando Edward vio que el tipo de la nariz aguileña se abalanzaba sobre Charlie por la espalda y lo arrastraba hacia un callejón estrecho y oscuro.
Edward corrió tras ellos. Cuando llegó a la plazoleta en la que desembocaba el callejón, aquel individuo estaba apuntando con un arma a Charlie y Waylon.
—¿Qué tenéis y de dónde lo habéis sacado? —preguntó.
Edward se acercó a él por la espalda y antes de que el otro pudiera volverse le asestó un fuerte golpe en el brazo derecho. La pistola salió volando y cayó entre las basuras del callejón. El otro echó mano del cuchillo que llevaba en la pantorrilla, pero Edward le dio un puñetazo.
En ese instante, el estampido de un disparo rasgó el aire.


Bella atravesó a toda prisa las salas de exposición con las llaves en la mano. No había mucha gente. La cobra, satisfecha con su reciente comida, estaba enroscada, dormitando. De Félix no había ni rastro.
Bella respiró hondo y deshizo el camino que había recorrido con sir Jason unos días antes, descendiendo hacia las entrañas del museo, rumbo a los almacenes.
La iluminación era muy débil, y tardó unos segundos en acostumbrarse a la semipenumbra. Recorrió los pasillos del almacén hasta que encontró las cajas procedentes de la última expedición de los Cullen.
Había cierto número de momias que no se hallaban en sus sarcófagos, ya fuera porque habían sido abiertas o porque procedían de un enterramiento masivo y no disponían de féretros separados. Bella observó las momias, notando que estaban envueltas con esmero y con materiales de la mejor calidad. Sin embargo, en ese momento no eran las momias lo que le interesaba.
Fue de caja en caja, leyendo la lista de su contenido, buscando una mención a una cobra de oro. Si aquella pieza había sido introducida en el sepulcro como un talismán fabricado por una bruja o una sacerdotisa reverenciada, tenía que ser una obra de valor excepcional. ¿De oro macizo? Posiblemente. ¿Y con los ojos de rubíes o de diamantes? De piedras preciosas, por lo menos.
Pero Bella no encontró mención alguna a aquella pieza, pese a que revisó todas las cajas. Y aunque intentó hurgar cuidadosamente en las que estaban abiertas, no encontró nada que encajara con aquella descripción.
Regresó a los cajones que contenían momias, preguntándose si tal vez la cobra de oro sería una pieza pequeña que quizá hubiera sido enterrada con la momia de la propia Hethre.
Pero no le pareció que ninguna de aquellas momias, desenvueltas con cierto descuido, pudiera ser Hethre. Ningún egiptólogo que se preciara de serlo habría abierto el sarcófago de un personaje tan eminente sin el debido cuidado. Frustrada, se quedó mirando una de las momias, algo entristecida al darse cuenta de que ningún esfuerzo humano podía detener el asalto de la muerte.
Al cabo de unos instantes, la escasa luz que ardía en el almacén empezó a debilitarse. Y, mientras permanecía en medio de las momias, todo se volvió negro.


—¡Agachaos! —rugió Edward y, tirándose al suelo, rodó para buscar refugio tras un abrevadero. Sintió una quemazón en el brazo y comprendió que una de las balas le había rozado.
Luego, bruscamente, cesaron los disparos.
Edward rodeó el abrevadero en cuclillas.
—¡Eh! ¡Eh, tú, amigo!
Era Charlie quien gritaba. Edward exhaló un suspiro de alivio. Miró con precaución más allá del abrevadero. Charlie y Waylon habían salido de detrás de las ruedas de un carro desvencijado.
El hombre que los había seguido estaba tendido en el suelo. Edward se acercó y se arrodilló junto a él. Una bala le había atravesado la frente. No había duda de que estaba muerto.
Edward hurgó rápidamente en sus bolsillos. Miró a Charlie y a Waylon, que estaban de pie a su lado, boquiabiertos.
—Rápido, largaos de aquí —dijo.
—¿Qué? —preguntó Charlie con voz densa.
Edward comprendió que ninguno de los dos había adivinado su verdadera identidad.
—Largaos antes de que llegue la policía y quiera saber qué hacíais aquí y qué teníais que ver con este tipo.
—Sí… sí… —murmuró Charlie.
—Pero ¿quién le ha disparado? —preguntó Waylon.
—Qué teníamos que ver con este tipo… —murmuró Charlie—. ¡Pero si no lo conocíamos!
—Estaba en la taberna —dijo Waylon con los ojos como platos—, sentado al otro lado de la barra, frente a nosotros.
—Pero, si la policía nos interroga, nosotros no sabemos nada —dijo Charlie.
—Exacto —convino Waylon.
—Pero ¿es que queréis que os interroguen? —preguntó Edward.
—¡Claro que no! —contestó Waylon.
Edward siguió hurgando en los bolsillos del muerto, pero sólo encontró un par de monedas y un manojo de tabaco.
Levantó la vista. Los otros dos seguían mirándolo embobados.
—¡Largaos! —insistió—. ¡Aprisa!
Se levantó y observó la plazoleta. Estaba rodeada por edificios de viviendas de los que en otros tiempos habían albergado a tejedores flamencos y en cuyas habitaciones se hacinaban ahora míseras familias de hasta diez miembros. Charlie y Waylon seguían inmóviles, esperando.
—¡En marcha! —dijo Edward.
Se dirigían al callejón cuando Edward oyó los silbatos de la policía. Al fondo, tras ellos, había un sendero entre dos casas.
—Por ahí.
Edward los empujó hacia el sendero y salieron a otro pequeño patio, delante de la fachada de la primera casa. Edward los empujó hacia la calle llena de gente y echó a andar en sentido contrario.


Bella se quedó inmóvil, agarrándose al cajón que contenía la momia de la que acababa de compadecerse, y aguazó el oído. Al principio, no oyó nada. Después sintió el sonido de un roce. Parecía proceder del interior de la caja.
¡No podía ser! Aunque el corazón le latía con violencia, se negaba a creer que una momia pudiera cobrar vida. Pero, si no era eso, entonces es que había alguien allí. Había alguien en la oscuridad, con ella, al otro lado del cajón, haciendo aquel ruido, intentando asustarla…
La visión de la navaja clavada en el recorte de periódico, sobre la cara de sir Jason, desfiló ante sus ojos.
Procuró guardar silencio y apartarse de la caja. Luego oyó una voz. Un susurro. Un chirrido.
—Bella…
No disponía de nada que pudiera utilizar como arma. Le repugnaba sentirse aterrorizada, y no creía en maldiciones, pero… aquella voz… Parecía atravesarla hasta la médula, desgarrarle la carne… Había en ella algo… perverso.
Tenía que huir, pero le resultaba imposible moverse entre las cajas en medio de la oscuridad. Y, si se quedaba inmóvil, ¿qué pasaría?
—Bella… —dijo de nuevo aquella voz, como papel de lija raspando el aire… Burlona. Amenazante. Mortífera.
Bella apretó los dientes y se giró a tientas. Al instante chocó con una caja. Oyó movimiento tras ella. Alguien estaba rodeando el cajón, buscándola en la oscuridad.
Bella palpó la caja y metió la mano dentro, esperando encontrar algo que le sirviera como arma. Agarró algo cubierto de polvo, largo y duro. Un cetro, quizá. Lo agarró con fuerza y rodeó la caja a tientas. Empezó a moverse sorteando los bultos. Oyó unos pasos fuertes tras ella. Y, de nuevo, aquella voz.
—Bella…
¡La puerta de salida! Podía verla delante de sí, nimbada por finas ranuras de luz. Corrió hacia ella.
Oyó pasos, sintió que unos dedos huesudos se tendían hacia ella y le agarraban el pelo.
Gritó, se giró, blandiendo su arma, asestó un golpe en la oscuridad y luego salió corriendo hacia la puerta y la luz que se extendía más allá de ella.

1 comentario:

  1. ola, me encango tu blog!!
    y el cap...!!! oh, Dios!
    aopenas empece a leer tu blog y este fic, me encanto, te sigo y te invito a mi blog:
    http://corazondecristal-brisacristal.blogspot.com/
    bii3!!! cdt y no leemos!
    ѼMaR CuLLeN BlaCkѼ

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