martes, 17 de mayo de 2011

La Verdad

Capítulo 24 “La verdad”

Querido Edward,
No hay ningún lugar donde prefiera estar que no sean sus brazos…
Marie estaba mirando por la ventanilla del carruaje los prados y los setos que pasaban, consciente de que cada vuelta que daban las ruedas del vehículo la alejaban más de Londres. Y de Edward.
Teniendo en cuenta que el último viaje a Middlesex lo había hecho en un coche público con un niño escupiéndole leche y un corpulento herrero pisándole el pie, debería haber agradecido los lujos extravagantes del carruaje de los Hale. Pero le importaban tan poco los cojines de terciopelo y los accesorios de bronce como la expresión preocupada de su amiga.
La exuberancia natural de Rosalie contrastaba con el velo de tristeza que la rodeaba. Mientras el carruaje pasaba por un puente de piedra parecía que las nubes bajas iban a comenzar a echar los primeros copos de nieve de la temporada.
—Sigo sin poder creer que te atrevieras a proponerle matrimonio —dijo Rosalie mirándola con admiración.
—No se lo propuse. Estaba aceptando su proposición, pero desgraciadamente se había retractado.
—¿Y si hubiera accedido a fugarse a Gretna Green? ¿Cuándo pensabas decirle que eras su añorada Isabella?
—No lo sé. Pero estoy segura de que algún día habría surgido el momento oportuno. Tras el nacimiento de nuestro tercer hijo, quizá, o al celebrar nuestro quincuagésimo aniversario como marido y mujer. —Marie cerró los ojos un instante, atormentada por las risas infantiles que nunca oiría y los días felices en brazos de su marido que nunca llegarían.
Rosalie movió la cabeza de un lado a otro.
—No puedo creer que vuelva al mar.
—¿Por qué es tan difícil de creer? —preguntó Marie amargamente—. Quiere ser un héroe para su querida Isabella. La última vez que embarcó estuvo a punto de costarle la vista. Me pregunto qué le costará esta vez. ¿Un ojo? ¿Un brazo? ¿La vida?
Apoyó la cara en la ventanilla mientras luchaba contra la desesperación. Había animado a Edward a ser un héroe cuando ella era una auténtica cobarde. Al principio había huido de su amor por miedo a confiar en la firmeza de su corazón. Luego huyó del hospital porque no podía hacer frente a las consecuencias de su cobardía. Había huido de sus brazos en Masen Park y ahora estaba huyendo de nuevo.
Sólo que esta vez tendría que seguir huyendo el resto de su vida, aunque eso significara no llegar nunca a ninguna parte.
—Ya basta —susurró Marie.
—¿Disculpa?
Marie se sentó en el borde de su asiento.
—Tenemos que dar la vuelta.
—¿Cómo? —preguntó Rosalie intentando seguirla.
—¡Dile al cochero que dé la vuelta! ¡Ahora mismo! —Demasiado impaciente para esperar a que su amiga reaccionara, Marie cogió la vara de la esquina y empezó a golpear el panel forrado de seda en la parte delantera del coche.
El vehículo se detuvo balanceándose. Cuando se abrió el panel apareció la cara desconcertada del cochero con la nariz roja de frío.
—¿Qué ocurre, señorita?
—Tengo que regresar a Londres. ¡Dé la vuelta inmediatamente!
El cochero lanzó a Rosalie una mirada cautelosa, como si le preguntara si debería llevar a su amiga derecha a un manicomio.
—Haga lo que dice —ordenó Rosalie con los ojos brillantes de emoción—. Diga lo que diga.
Él se dirigió a Marie de mala gana.
—¿A dónde, señorita?
—A los muelles de Greenwich. ¡Y dese prisa! ¡La vida de un hombre puede depender de ello!
Cuando el carruaje se puso en marcha Marie se cayó hacia atrás en el asiento. Necesitando desesperadamente un hilo de esperanza para agarrarse, estrechó la mano de Rosalie con una trémula sonrisa en sus labios.
—Y también la vida de una mujer.


El teniente Edward Masen estaba delante del espejo en el estudio de su casa de Londres con su uniforme. Mientras se ajustaba el lazo azul oscuro en el cuello el corte de su cicatriz inclinó hacia abajo la esquina de su boca, una boca que parecía que no había sonreído nunca.
No era una cara que a un enemigo le gustaría ver al otro lado de un fusil, una espada o un cañón. Era la cara de un hombre nacido para la guerra, no para el amor. Nadie habría imaginado que esos labios severos, esas manos poderosas, habían pasado la noche anterior haciendo que una mujer se estremeciera una y otra vez.
—¿Señor?
Al oír unas ruedas de hierro rodando por la alfombra Edward se dio la vuelta. Nadie habría reconocido al hombre que estaba sentado en la silla de ruedas como el mendigo demacrado que había encontrado bajo la lluvia hacía casi un mes y medio. Sus labios habían perdido su tono azulado, y su pecho y sus mejillas habían engordado. Con una caligrafía excelente y cabeza para los números, Riley Biers había resultado ser el mejor secretario que Edward había tenido nunca. Confiaba plenamente en el antiguo guardia marina para que administrase su casa mientras él estaba en el mar.
Edward se apresuró a rechazar la efusiva gratitud de Riley. Si no hubiera sido por un capricho del destino podía haber sido él quien estuviese allí sentado con la mitad de sus piernas, condenado a pasar el resto de su vida en una silla de ruedas.
Apartándose un brillante mechón de pelo de los ojos, Riley dijo:
—Aquí hay alguien que quiere verle, señor. —Antes de que a Edward le diera un vuelco el corazón añadió—: El señor Marks y la señora Cope.
Edward frunció el ceño, incapaz de imaginar qué recado urgente podría haber sacado a los fieles criados de Masen Park. Después de recorrer los barrios bajos de la ciudad con Edward para buscar a Bella, Marks juró que no volvería a pisar Londres.
—Gracias, Riley. Hágales pasar.
Un criado sacó a Riley mientras Marks y la señora Cope entraban corriendo en el estudio. Después de saludarle afectuosamente se sentaron en un sofá con brocados, haciendo un gran esfuerzo para mantener una distancia respetable entre ellos. Edward se quedó delante de la chimenea.
La señora Cope se quitó los guantes.
—No sabíamos si debíamos molestarle por este asunto…
—… pero usted nos dijo que le mantuviéramos informado si encontrábamos algo raro en la habitación de la señorita Dwyer —concluyó Marks.
La señorita Dwyer.
Ese nombre se clavó como una aguja en el corazón de Edward. Juntó las manos detrás de su espalda sintiendo cómo se le tensaba la mandíbula.
—Iba a decirles que podían quemar sus cosas. Es evidente que no tiene ninguna intención de volver a buscarlas.
Marks y la señora Cope intercambiaron una mirada consternada.
—Si eso es lo que desea, señor —dijo Marks con tono vacilante—, pero creo que antes debería echar un vistazo a esto. —Sacó un papel doblado del bolsillo de su chaleco—. Lo encontraron Claire y Leah cuando estaban dando la vuelta al colchón en la habitación de la señorita Dwyer.
Edward intentó no recordar la noche que había compartido en ese colchón tan estrecho con ella, que les había obligado a plegar sus cálidos cuerpos como dos cucharas en un cajón.
Miró el papel que tenía Marks en la mano sin ganas de examinarlo.
—No creo que me dejara otra nota. La primera era bastante elocuente. No necesitaba ningún adorno.
Marks movió la cabeza de un lado a otro.
—Por eso nos pareció tan raro, señor. No es una carta para usted. Es una carta suya.
Frunciendo más el ceño, Edward aceptó la carta doblada de manos de Marks. En el papel de color marfil había aún trocitos de cera antigua. Estaba más desgastada aún que las cartas que él había llevado junto a su corazón. Parecía que había sido acariciada a menudo y con cariño por unos dedos suaves.
Edward la desdobló y reconoció sobresaltado su propia letra, sus atrevidas palabras.

Querida Marie,
Ésta será la última misiva que recibirá durante mucho tiempo. Aunque no pueda enviarlas, debe saber que le escribiré palabras de amor en mi corazón todas las noches que estemos separados para poder leérselas cuando volvamos a reunimos.
Ahora que he seguido su consejo y he puesto mi vana e inútil vida al servicio de Su Majestad, espero que no se ría y me acuse de embarcarme sólo para demostrar a mi sastre lo elegante que puedo estar con uniforme.
Durante los largos meses en los que estaremos separados intentaré convertirme en un hombre digno de sus afectos. Nunca he ocultado mi afición al juego. Ahora estoy jugando para ganar el premio más preciado de todos: su corazón y su mano en matrimonio. Le ruego que me espere y sepa que volveré en cuanto pueda. Llevo sus cartas y todas mis esperanzas para nuestro futuro junto a mi corazón.
Siempre suyo
Edward

Edward bajó despacio la carta, sorprendido al descubrir que le temblaban las manos.
—¿De dónde han sacado esto? ¿Lo han encontrado en algún lugar de esta casa?
Ambos parpadearon como si hubiera perdido el juicio.
—No, señor —dijo la señora Cope lanzando a Marks una mirada preocupada—. Lo encontramos exactamente donde le hemos dicho. Debajo del colchón de la señorita Dwyer.
—Pero ¿cómo es posible que estuviera en su poder? No comprendo…
Pero de repente lo comprendió todo.
Cerrando los ojos para contener una oleada de emociones, susurró:
—No hay mayor ciego que el que no quiere ver.
Cuando los abrió todo en su vida estaba claro de repente.
Metiendo la carta dentro de su chaqueta, junto a su corazón, miró a Marks furiosamente.
—Dime, Marks, ¿cuándo vas a convertir a la señora Cope en una mujer honesta?
Aunque les daba miedo mirarse, los dos criados comenzaron a ruborizarse y tartamudear.
Marks sacó un pañuelo del bolsillo de su chaleco y se secó la frente.
—¿Lo sabe?
—¿Desde cuándo? —preguntó la señora Cope haciendo una bola con sus guantes.
Edward puso los ojos en blanco.
—Desde que tenía unos doce años y les vi besándose entre los manzanos. Estuve a punto de caerme del árbol y romperme el cuello.
—¿Podemos mantener nuestros puestos? —preguntó Marks atreviéndose a coger la mano temblorosa de la señora Cope.
Edward sopesó un momento la pregunta.
—Sólo si se casan inmediatamente. No puedo tenerles viviendo en pecado bajo mi techo corrompiendo la moral de mis hijos.
—Pero señor… usted no tiene hijos —señaló la señora Cope.
—Si me disculpan, voy a remediar eso. —Edward fue hacia la puerta decidido a no perder ni un minuto más.
—¿Adónde va? —dijo Marks detrás de él más desconcertado que de costumbre.
Edward se dio la vuelta sonriéndoles.
—Tengo que coger un barco.


Marie estaba fuera del coche incluso antes de que dejara de moverse.
—¡Corre, Marie! ¡Corre como el viento! —gritó Rosalie mientras se levantaba la falda y bajaba por la estrecha calle que conducía a los muelles. Estaba nevando con más fuerza, pero ella apenas sentía las punzadas de los copos. Había dejado la capa en el carruaje pensando que podría moverse mejor sin sus pliegues.
Mientras sus pies volaban sobre las tablas del muelle vio los mástiles de los barcos que estaban esperando para zarpar y rezó para que el Defiance estuviera entre ellos.
Pasó corriendo por delante de un grupo de hombres que estaban descargando la mercancía de un carguero. Al rodear un montón de cajas se chocó contra un marinero con un pecho enorme.
—¡Ten cuidado, muchacha! —vociferó cogiéndole el codo para sujetarla. Sus ojos azules no eran desagradables.
Marie se agarró a su brazo casi a punto de llorar.
—¡El Defiance, por favor! ¿Puede decirme dónde puedo encontrarlo?
—Naturalmente. —Al sonreír mostró una boca llena de dientes dorados y negros—. Ahí está, llevando a la batalla los colores de Su Majestad.
Con el corazón acelerado ya, Marie se volvió despacio para mirar hacía donde estaba señalando. Un barco a toda vela se deslizaba hacia el horizonte con sus majestuosos mástiles casi ocultos por las ráfagas de nieve.
—Gracias, señor —murmuró mientras el marinero se quitaba la gorra en un gesto de cortesía, se echaba una caja grande al hombro y se iba.
Ella se desplomó en un barril con los pies y el corazón entumecidos mientras veía cómo el Defiance —y todas sus esperanzas para su futuro— desaparecían en el horizonte.
—¿Busca a alguien, señorita Swan?
Al darse la vuelta Marie vio a Edward en el muelle unos pasos detrás de ella con el pelo suelto movido por el viento. Su corazón dio un salto de alegría. Era lo único que podía hacer para no correr a sus brazos.
Él arqueó una ceja cobriza.
—¿O prefiere que la llame señorita Dwyer?

7 comentarios:

  1. elia el capitulo de engaño de amor esta fantastico me estoy mordiendo las uñas esperando el siguiente capitulo felicidades eres una exelente escritora

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  2. dios me encanta eres genial y me dejas con la intriga de que pasara ,sigue asi que lo haces genial me encanta....Besos..

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  3. me estás enganchando, sigue así, estaría genial que lo continuaras más amenudo, tienes un gran don para la escritura, sigue así

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  4. Me encanta, estoy todos lo miercoles enganchada a tu novela, me encantaría saber como acaba ya, me tienes más que intigrada, por fa, escribe los capitulos de dos en dos, necesito el final ya :), de todas las que hay publicadas es la que más me gusta

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  5. ¿Cuántos capitulos quedan para el final? Me muero por saber como acaba, escribes genial, te dedicas a la escritura por jobie o eres escritora?

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  6. Tu novela está genial, pero tengo una duda, cómo se conocieron Marie y Edward? es que en la novela queda un poco en el aire y si conocía a Marie, cómo es que no conocía a Rose? realmente por qué se embarcó Edward? se lo pidió Marie? si se supone que es de familia media el siendo de clase alta no tiene que demostrarle nada, no sé, la novela está de puta madre pero creo que hay puntos que los dejas muy en el aire y es una pena, espero que no te hayan molestado mis preguntas, un abrazo y decirte que en mí tienes a una admiradora

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  7. Hola Elia, como has podido comprobar somos cuatro hermanas super adiptas a tu novela que por fin se han decidido a escribirte un comentarío. Yo quería preguntarte si sólo cuelgas la navela los miercoles porque me tienes todos los días mirando si has escrito un nuevo capitulo. Nos escanta tu novela, sigue así. Entre nosotras, nos encantaba cuando Edward estaba ciego y sería la excusa perfecta para no volver a enbargarse, por qué que escusa esperas emplear para que no lo haga, en aquella epoca le habrían matado de haber desertado, o esperas mandarlo de nuevo al mar. A lo dicho guapa, nos encanta tu novela. Mil besos

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