martes, 15 de marzo de 2011

Una cena y un baile

Capítulo 13 “Una cena y un baile”

Querida Mary,
Debería advertirle que está alentando mi valor por su cuenta y riesgo…
El hombre que estaba en la cabecera de la larga mesa podría haber adornado cualquier comedor o salón de Londres. Desde el reluciente alfiler de diamantes que aseguraba los pliegues de su impecable pañuelo blanco hasta las borlas de cuero de su segundo mejor par de botas, su imagen habría hecho que cualquier valet sonriera de orgullo. Los volantes de su pechera y sus puños estaban perfectamente acentuados por un frac y unos pantalones de color ante que envolvían sus estrechas caderas como una segunda piel.
Llevaba el pelo largo recogido en una coleta con una cinta de terciopelo negro, realzando la fuerte línea de su mandíbula y los impresionantes rasgos de su cara. La luz de la vela suavizaba los rugosos bordes de su cicatriz y encubría el vacío de su mirada.
La garganta de Bella se tensó con un anhelo que no podía permitirse el lujo de sentir.
—Espero no haberle hecho esperar, señor —dijo haciendo una reverencia que él no pudo ver—. Pensaba cenar en el comedor de los sirvientes, como me corresponde.
Él torció la esquina derecha de su boca.
—Eso no será necesario. Esta noche no es mi enfermera. Es mi invitada.
Edward se acercó a la silla de su derecha y la sacó con mucho cuidado, arqueando una ceja para invitarla a sentarse. Bella vaciló, sabiendo que estaría más segura a los pies de la mesa, fuera de su alcance. Pero la expresión de su cara era tan esperanzadora que se encontró rodeando la mesa para unirse a él. Mientras se inclinaba para meter la silla debajo de la mesa sin ningún esfuerzo, ella se fijó en los músculos de sus brazos y en el calor que irradiaba de su pecho.
Luego se sentó en su silla.
—Espero que no le importe comer con la vajilla Worcester. Me temo que la Wedgwood sufrió un desafortunado accidente.
—Vaya tragedia. —Al mirar a su alrededor se dio cuenta de que el aparador estaba vacío y de que en la mesa había varios platos de fácil alcance, entre ellos unas apetitosas fresas frescas—. No veo a nadie para atendernos. ¿También ha dado la noche libre a los demás sirvientes?
—Pensé que se merecían un respiro de sus obligaciones. Esta semana se han esforzado mucho.
—Ya lo creo. Han debido trabajar muchas horas sólo para hacer este vestido.
—Afortunadamente, la nueva moda lleva tan poca tela que Rachel sólo se ha pasado dos noches sin dormir para confeccionarlo.
—¿Y cuántas noches sin dormir ha pasado usted?
En vez de responder, Edward cogió la botella de clarete que había entre ellos. Bella levantó su servilleta preparándose para lo peor, pero su mano rodeó con cuidado el elegante cuello de la botella. Luego observó boquiabierta cómo echaba un chorro generoso en cada copa sin derramar ni una sola gota en el prístino mantel.
—Ya veo que los sirvientes no son los únicos que se han esforzado esta semana —comentó suavemente tomando un sorbo de vino.
—¿Puedo servirla? —preguntó él cogiendo la cuchara de una fuente de plata con un estofado de pollo.
—Por supuesto —murmuró ella observando fascinada con qué precisión servía la comida en los dos platos.
Desechando el cuchillo y el tenedor, cogió su cuchara y empezó a comer.
—Entonces, ¿debo suponer que le ha gustado el vestido?
Bella se alisó la falda.
—Es casi tan bonito como poco práctico. ¿Cómo ha conseguido Rachel calcular tan bien las medidas?
—Tiene buen ojo para esas cosas. Dijo que no era mucho más alta que mi hermana pequeña, Alice. —Esbozó una sonrisa—. Si le hubiera hecho caso a Marks podría haberle quedado como una tienda de campaña.
—¿Y las zapatillas? ¿También tiene un herrero tan habilidoso?
—Vivir tan cerca de Londres tiene sus ventajas, ya sabe. Al corazón de Marks le viene bien hacer un viaje de vez en cuando a las tiendas de Oxford Street. Y a la señora Cope no le resultó difícil entrar en su habitación y medir una de sus botas mientras estaba cenando abajo.
—Los sirvientes de Masen Park son tan listos como su amo. Pero me temo que no puedo quedarme con estas cosas tan bellas. No sería adecuado.
—Vamos, por favor. No he sido tan insolente. Se habrá dado cuenta de que no he incluido ninguna prenda interior.
—Eso está bien —respondió Bella con dulzura metiéndose un sabroso trozo de pollo en la boca—. Porque no llevo nada.
La cuchara de Edward resonó en la mesa. Tomó un gran trago de vino, pero parecía que seguía teniendo problemas para tragar.
—Le aseguro que nunca he lamentado más que ahora mi enfermedad —consiguió decir por fin. Luego se aclaró la garganta con una expresión seria—. Espero que acepte más que mis regalos. Espero que acepte mis disculpas por comportarme de un modo tan abominable la otra noche.
Mientras Bella le veía tantear el mantel para buscar pacientemente la cuchara su sonrisa se desvaneció. La cuchara estaba sólo a unos centímetros de sus dedos, pero podía haber estado en la habitación de al lado.
—Me temo que soy yo la que debe pedirle perdón. No me había dado cuenta de lo difícil que debe ser para usted algo tan simple como comer.
Él se encogió de hombros.
—El cuchillo y el tenedor son complicados de manejar. Si no puedo sentir la comida no puedo encontrarla. —Frunció el ceño con aire pensativo—. Se lo voy a demostrar.
Empujando la silla hacia atrás, se levantó con la servilleta en la mano y se puso detrás de su silla. El pulso de Bella se aceleró mientras se inclinaba sobre ella. Su cálido aliento erizó el vello de su nuca, haciendo que se arrepintiera de haberse recogido el pelo en un frívolo moño alto.
Antes de que pudiera protestar le había quitado las gafas. Guiándose únicamente por el tacto, enrolló la servilleta en una tira y se la puso sobre los ojos, atándosela detrás de la cabeza con un nudo flojo.
Sin la luz de la vela para orientarse, Bella dependía completamente de Edward; de su calor, de su olor, de su tacto. Mientras el dorso de sus dedos le rozaba la garganta, haciendo que se estremeciera, se dio cuenta de lo vulnerable que era para él.
—¿Va a vengarse de mí haciéndome comer el pollo con los dedos? —preguntó.
—No sería tan cruel. No cuando un ciego da de comer a otro ciego. —Oyó el roce de los platos mientras apartaba uno y acercaba otro—. Pruebe esto —dijo poniéndole un tenedor en la mano.
Sintiéndose un poco ridícula, Bella pinchó en el plato que tenía delante. No estaba segura de cuál era el objetivo porque se le escurría constantemente. Después de perseguirlo por el plato varias veces, finalmente consiguió ensartarlo. Mientras levantaba el tenedor le llegó a la nariz el suculento aroma de una fresa fresca, y se le empezó a hacer la boca agua. Cuando tenía el bocado bien merecido a unos centímetros de sus labios se le resbaló del tenedor y cayó con un golpe insolente en la mesa.
—¡Maldita sea! —blasfemó esperando oír la risa burlona de Edward.
Pero él simplemente le quitó el tenedor de la mano con suavidad.
—Ya ve, señorita Dwyer, que cuando uno está privado de su vista tiene que depender de otros sentidos. Como el olor… —Mientras la intensa fragancia de la fresa penetraba en sus fosas nasales, Bella habría jurado que la nariz de Edward le rozó el cuello en una suave caricia—. El tacto… —Sus cálidos dedos rodearon posesivamente su nuca mientras pasaba la fresa por sus labios para separarlos y su voz se hacía más profunda—. El gusto…
Embriagada por una languidez deliciosa, no pudo resistir la tentación de abrirse a él. Desde que la serpiente se acercó a Eva en el paraíso no se había sentido una mujer tan tentada por una fruta prohibida. Aceptando su invitación tácita, Edward deslizó la fresa por sus labios abiertos, donde su dulce pulpa explotó en su lengua antes de lanzar un gemido de satisfacción.
—¿Más? —preguntó él con una voz tan seductora como la del diablo.
Bella quería más. Mucho más. Pero negó con la cabeza y apartó la mano temiendo que pudiese despertar un apetito imposible de satisfacer.
—No soy una niña —dijo imitándole deliberadamente—. Y no necesito que me den de comer.
—Muy bien. Como quiera. —Le oyó mover los platos de nuevo, chasqueando los labios mientras probaba cada uno—. Ya está —dijo por fin volviendo a darle el tenedor—. Pruebe esto.
Aunque el suave tono de su voz debería haberle prevenido, Bella clavó el tenedor en el plato decidida a demostrar que era capaz de capturar lo que fuese al primer intento. Cuando su mano se hundió hasta la muñeca en un cuenco de una sustancia fría jadeó.
—Las natillas de Étienne son famosas —murmuró Edward en su oído—. Pasa horas removiendo la crema hasta que consigue la consistencia adecuada.
—¿Cómo puede ser tan perverso? —Bella sacó su mano del dulce pegajoso—. Lo ha hecho a propósito.
Mientras estaba buscando su servilleta Edward le agarró la muñeca.
—Permítame —dijo llevando la mano a su boca.
Bella no estaba preparada para que su dedo índice se deslizara entre los labios de Edward. El calor húmedo de su boca contrastaba con el frío de las natillas. Luego chupó la rica crema de su dedo con un abandono sensual que derritió sus defensas. Resultaba fácil imaginarle usando esa misma lengua en otras zonas más vulnerables de su cuerpo.
Bella volvió a apartar la mano con las mejillas ardiendo debajo de la venda.
—Cuando me invitó a cenar con usted, señor, no sabía que iba a ser el plato principal.
—Al contrario, señorita Dwyer. Sería un postre mucho más delicioso.
—¿Por mi carácter dulce? —preguntó con su tono más mordaz.
Él se rió en voz alta. Incapaz de resistirse a presenciar algo tan raro, Bella se quitó la venda improvisada. Edward se había vuelto a sentar en su silla con una sonrisa torcida acentuando las seductoras arrugas alrededor de sus ojos.
El resto de la noche fue un compañero de cena ideal, haciendo gala de ese encanto legendario que había llevado a tantas mujeres a competir por su afecto. Cuando terminaron las natillas, utilizando las cucharas en lugar de los dedos, él se levantó y le ofreció su mano.
Bella se pasó la servilleta por los labios temiendo que pudiera seguirle donde fuera.
—Se está haciendo tarde, señor. Debería retirarme.
—No se vaya todavía. Tengo algo que enseñarle.
Incapaz de resistir esa sincera súplica, Bella se levantó y puso su mano sobre la de él con cautela. Utilizando su bastón para orientarse, la condujo desde el comedor por un largo y sombrío pasillo hasta un par de puertas doradas en las que no se había fijado nunca.
Buscando a tientas las manillas de bronce, Edward abrió las dos puertas a la vez.
—¡Dios mío! —susurró Bella contemplando una visión que estaba más allá de su imaginación.
Era el salón de baile que había descubierto en su primera exploración de la casa. Pero en vez de verlo desde la galería se encontraba en el centro de su esplendor. Todas las velas de las lámparas de bronce estaban encendidas, dando un brillo reluciente a los azulejos venecianos. Una hilera de ventanales coronados por unos elegantes arcos acristalados daban al jardín iluminado por la luna.
Edward apoyó su bastón contra la pared. Allí no lo necesitaba. No había muebles grandes para tropezarse ni estatuillas delicadas para romper.
—¿Me concede el placer de este baile? —preguntó ofreciéndole su brazo.
—Ha estado practicando, ¿verdad? —dijo Bella con tono acusatorio recordando los misteriosos compases musicales y los golpes que había oído en el salón—. Pensaba que Marks y la señora Cope tenían una cita a medianoche.
Edward se rió mientras la llevaba al centro de la pista reluciente.
—Dudo que les quedase la energía necesaria. La cabeza de Marks y la mía se chocaron más veces de las que quisiera recordar, y los pobres dedos de la señora Cope no se habrían recuperado nunca si hubiera llevado botas en vez de calcetines. Enseguida nos dimos cuenta de que soy un desastre con los minués y las danzas campestres.
—Si no puede sentir a su pareja —comenzó a decir ella recordando sus palabras anteriores.
—… no puedo encontrarla. Por eso estuve ayer casi toda la noche bailando el vals con Marks —suspiró—. Es una lástima que la señora Cope no baile el vals.
—¿El vals? —repitió Bella incapaz de ocultar su sorpresa—. Pero si el propio arzobispo lo ha denunciado como el colmo del libertinaje.
Los ojos de Edward brillaron de alegría.
—Pues imagine lo que habría pensado si me hubiera visto bailar con mi mayordomo.
—Incluso el príncipe de Gales afirma que es una indecencia que un hombre se acerque tanto a una mujer. Tanta proximidad entre las parejas sólo puede conducir a todo tipo de incorrecciones.
—¿De verdad? —murmuró Edward sonando más intrigado que escandalizado. Luego entrelazó sus dedos con los de ella acercándola más a él.
Bella se quedó sin aire, como si ya hubiera dado varias vueltas por el salón.
—Puede que un baile tan progresista sea aceptable en Viena o en París, señor, pero lo han prohibido en todos los salones de Londres.
—No estamos en Londres —le recordó Edward cogiéndola en sus brazos.
Luego inclinó la cabeza hacia la galería. Mientras comenzaba a sonar un clavicordio tocado por un sirviente invisible, Edward puso una mano en la parte inferior de su espalda y comenzaron a moverse acompañados por los suaves acordes de «Barbara Allen». Esa triste balada, con su historia de oportunidades malgastadas y amores perdidos, siempre había sido una de las favoritas de Bella. No la había oído nunca como un vals, pero se ajustaba perfectamente a la cadencia de la danza.
Mientras su cuerpo se adaptaba al ritmo irresistible, Edward sintió que recuperaba su gracia natural. Al cerrar los ojos le vinieron otras sensaciones más deliciosas aún: la emoción de tener un cuerpo femenino contra el suyo, el suave susurro de su falda, la confianza con la que le seguía. Por primera vez desde Trafalgar no echaba de menos su vista. Girando por el desierto salón de baile con Bella en sus brazos se sentía completo de nuevo.
Echando la cabeza hacia atrás con una risa exultante, Edward le dio varias vueltas por la pista.
Para cuando sonaron los últimos compases de «Barbara Allen» estaban los dos riéndose sin aliento. Mientras el clavicordio comenzaba a tocar «Ven a vivir conmigo», una bonita melodía demasiado lenta para un vals, sus pasos se detuvieron. Edward agarró rápidamente a Bella, negándose a rendirse a ella y al momento.
—Si está intentando convencerme de lo civilizado que es, está fracasando miserablemente —señaló ella.
—Puede que debajo de nuestros modales refinados y nuestras sedas lujosas en el fondo todos seamos unos bárbaros. —Llevando su mano a su boca, le dio un beso en el centro de la palma permitiendo que sus labios acariciaran su piel sedosa—. Incluso usted, mi correcta y recatada señorita Dwyer.
El oscuro temblor de su voz era inconfundible.
—Si tuviera un carácter más cínico, señor, podría sospechar que ha preparado todo esto no para disculparse, sino para seducirme.
—¿Qué preferiría? —Incapaz de resistir más la tentación, Edward bajó la cabeza para buscar la respuesta directamente en sus labios.
Bella cerró los ojos, como si de ese modo pudiera negar la culpabilidad por lo que iba a ocurrir. Pero no podía negar el estremecimiento de deseo que estaba sintiendo mientras los labios de Edward rozaban los suyos en una suave caricia. No tenía nada que ver con el beso que habían compartido en la biblioteca. Eso había sido un ataque apasionado a sus sentidos. Esto era el beso de un amante, una pequeña muestra de todos los placeres que le podía ofrecer, aún más tentadores y peligrosos para su solitario corazón.
Edward acarició las curvas de sus labios para intentar separarlos y para que aceptaran la dulce persuasión de su lengua. Mientras su calor aterciopelado recorría su boca, profundizando cada vez más, Bella sintió que se derretía contra él y que su resistencia desaparecía. De repente estaba suplicando en una fiesta de los sentidos que a su cuerpo le habían negado durante mucho tiempo. Quería llenarse de él, saciar todos sus anhelos con la exuberante delicia de su beso.
Mientras su lengua se unía a la danza primitiva, saboreando su dulce sabor a vino, él lanzó un profundo gemido. No necesitaba su vista para deslizar la mano en su escote y encontrar la suavidad de su pecho a través de su combinación de seda, para pasar el pulgar por su pezón distendido hasta que gimió en su boca, invadida por un placer tan intenso como prohibido.
Avergonzado por ese gemido de impotencia y sin saber dónde podrían aventurarse sus ávidos dedos, Edward apartó su mano y su boca de Bella.
Haciendo un esfuerzo para recuperar el aliento, apoyó su frente en la de ella.
—No ha sido totalmente sincera conmigo, ¿verdad, señorita Dwyer?
—¿Por qué dice eso?
Suponiendo que la nota de pánico en su voz era el resultado de su indiscreción, se acercó a su delicada oreja y susurró:
—Porque, para mi decepción, lleva ropa interior.
La canción terminó en ese momento, y el brusco silencio les recordó que había alguien en la galería.
—¿Toco otra melodía, señor? —La animada voz de Marks llegó flotando sobre la barandilla, asegurándoles que el mayordomo no era consciente del drama que se estaba desarrollando en el salón de baile.
Fue Bella la que respondió después de reunir el valor necesario para librarse de sus brazos.
—No, Marks, gracias. Lord Masen necesita descansar. Mañana seguirá con sus clases a las dos en punto. —Su tono no fue menos tajante cuando se dio la vuelta hacia Edward y dijo—: Gracias por la cena, señor.
Divertido ante esa transformación, le hizo una reverencia.
—Gracias a usted, señorita Dwyer… por el baile.
Levantó la cabeza para escuchar cómo se alejaba, preguntándose, no por primera vez, qué otros secretos podría esconder su enfermera.


Al volver al comedor de servicio Marks encontró a la señora Cope sola delante de la chimenea saboreando una taza de té.
—¿Cómo ha ido la noche? —preguntó.
—Yo diría que ha sido un gran éxito. Justo lo que ambos necesitaban. Pero no hemos sido tan discretos como creíamos. Por lo visto la señorita Dwyer nos oyó anoche en el salón. —Se rió entre dientes—. Pensaba que teníamos una cita romántica.
—Imagínate. —La señora Cope levantó la taza de té a sus labios para ocultar una sonrisa.
Marks movió la cabeza de un lado a otro.
—¿Quién se podría imaginar a un viejo soltero quisquilloso y una viuda tan formal flirteando en la oscuridad como dos niños enamorados?
—Eso digo yo. —Dejando la taza sobre la chimenea, la señora Cope empezó a quitarse las horquillas del pelo.
Mientras los sedosos mechones negros le caían por los hombros, Marks bajó la mano para pasar los dedos por ellos.
—Siempre me ha gustado tu pelo, ya lo sabes.
Ella cogió su mano rechoncha y la apoyó sobre su mejilla.
—Y tú siempre me has gustado a mí. Al menos desde que reuniste el valor para llamar a una joven viuda «Lavinia» en vez de «señora Cope».
—¿Te das cuenta de que han pasado casi veinte años?
—Parece que fue ayer. ¿Qué canciones les has tocado?
—«Barbara Allen», y tu favorita: «Ven a vivir conmigo».
—Ven a vivir conmigo y ser mi amor —dijo ella citando el famoso poema de Marlowe.
—Y probaremos todos los placeres —concluyó él poniéndola de pie.
Ella le sonrió con los ojos brillantes como una niña.
—¿Sabes que el señor nos despediría si lo supiera?
Marks movió la cabeza antes de besarla con suavidad.
—Por lo que he visto hoy, yo creo que nos envidiaría.

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