lunes, 28 de marzo de 2011

Me estás cegando

Capítulo 16 “Me estás cegando”

Querida Marie,
Aunque diga que soy persistente y persuasivo sigue resistiéndose a mis encantos…
Edward estaba sentado junto a la puerta de la torre escuchando el murmullo del arroyo sobre las rocas. El edificio sin techo había sido construido a semejanza del torreón en ruinas de un castillo antiguo. De niño había pasado muchas horas blandiendo una espada de madera para salvarlo de las hordas bárbaras que tenían un gran parecido con sus hermanas pequeñas.
Estaba sentado en un banco de piedra con la espalda apoyada en la pared y sus largas piernas extendidas delante de él. La brisa nocturna le agitaba el pelo, que se le había salido de la coleta y le cubría en parte la cicatriz. Además tenía las botas destrozadas y la manga de su camisa hecha jirones. También tenía un arañazo en el dorso de la mano y un doloroso nudo en la rodilla.
Pero la herida más profunda era la que había sufrido su corazón al oír la conversación entre su madre y Bella.
Después de vagar por el bosque durante horas utilizando una rama como bastón improvisado, decidió volver a casa. Pensando en entrar sin que le vieran, tanteó su camino alrededor de las paredes hasta que encontró una ventana abierta. Pero sus planes se frustraron cuando la voz de su madre salió por esa ventana.
habría sido mejor que mi hijo hubiese muerto en la cubierta de ese barco. Que su vida hubiese terminado rápidamente. De ese modo no habría tenido que seguir sufriendo. No habría tenido que seguir viviendo esta vida miserable.
Edward se desplomó contra la pared moviendo la cabeza de un lado a otro. Las palabras de su madre no podían hacerle daño. Sólo confirmaban lo que sospechaba desde hacía tiempo.
¡Qué oportuno habría sido eso para usted!
Cuando se estaba apartando de la ventana la voz de Bella le dejó paralizado. Levantó la cabeza hacia un lado, seducido por la furia y la pasión de sus palabras. Habría dado cualquier cosa por ver la cara de su madre en ese momento. Dudaba que nadie se hubiera atrevido nunca a hablar a Elizabeth Bells, marquesa de Thornwood, con tanta insolencia.
Porque sabe exactamente qué están pensando cada vez que le miran. Puede que su hijo esté ciego, señora, pero no es tonto.
Cuando Bella terminó tuvo que hacer un esfuerzo para no entrar en el salón y gritar ¡Bravo! con una sincera ronda de aplausos.
—Ésa es mi chica —susurró dándose cuenta de repente de que era cierto.
Ése fue el golpe que le dejó tambaleándose. El golpe que le hizo alejarse de la casa para buscar refugio en la fría torre.
Edward giró la cara hacia un cielo que no podía ver, con el alegre murmullo del arroyo burlándose de él. Parecía que había malgastado la mayor parte de su juventud adorando el altar de la belleza para acabar enamorándose de una mujer que no había visto nunca.
Entonces se dio cuenta de que ni siquiera le importaba el aspecto de Bella. Su belleza no tenía nada que ver con una piel cremosa, un hoyuelo en la mejilla o un pelo exuberante de color miel. Aunque no fuese guapa sería irresistible para él. Su belleza irradiaba de su interior: de su inteligencia, de su pasión, de su insistencia para hacer que fuese un hombre mejor de lo que había pensado ser.
Ya no estaba dispuesto a conformarse con menos. Incluso su querida Marie había resultado ser sólo un bello sueño que se había desvanecido con la intensa luz del amanecer. Aunque no pudiese ver, en el fondo de su corazón sabía que Bella estaría allí siempre que la necesitara.
Edward buscó a tientas su improvisado bastón. Ya podía volver a casa para aceptar su reprimenda. Sin duda alguna Bella se enfadaría cuando se enterara de que había escuchado su conversación. Pero puede que su humor se suavizara cuando le confesara que la quería más que a su vida. Mientras se levantaba esbozó una sonrisa. Cuánto le gustaría ver la cara de su madre cuando le informara que tenía intención de casarse con su enfermera.
Cuando estaba a mitad de camino oyó un ladrido familiar que venía del bosque.
—¿Qué diablos…? —consiguió decir antes de que algo pequeño y robusto chocara contra sus piernas y estuviera a punto de tirarle.
Ni siquiera la torpe exuberancia de Bells podía estropear el buen humor de Edward.
—Un día de éstos me matarás —dijo utilizando la rama para recuperar el equilibrio.
Mientras seguía andando hacia la casa podía oír al perro bailando a su alrededor, ladrando frenéticamente y haciendo que cada paso fuera un riesgo potencial.
—¿Qué intentas hacer, Bells? ¿Despertar a los muertos?
En respuesta, el perro cogió el extremo de la rama y estuvo a punto de arrancársela. Aunque Edward tiró hacia atrás el perro no se dio por vencido, y clavó aún más los dientes en la madera con un profundo gruñido.
Con un juramento exasperado, Edward se arrodilló en la hierba húmeda. En vez de saltar a sus brazos como esperaba, el collie agarró su manga ya rota con los dientes y empezó a tirar de ella gruñendo y gimoteando.
—Por el amor de Dios, ¿qué ocurre? —Edward intentó coger al perro, pero Bells luchaba para escaparse de él temblando y retorciéndose como un loco.
Edward frunció el ceño. El pequeño collie odiaba estar fuera cuando anochecía. A esas horas normalmente estaba ya acurrucado en su almohada, roncando felizmente. ¿Por qué decidiría de repente ir solo al bosque después de anochecer?
No lo haría.
Esa pequeña voz en su cabeza sonaba como una verdad absoluta. Bells sólo se atrevería a adentrarse en el bosque por la noche si estuviese acompañando a alguien. Alguien que podría estar buscándole a él. Alguien como Bella.
Ignorando sus frenéticos movimientos, Edward olió la piel del perro. Sin duda alguna tenía el inconfundible olor a limón pegado a su suave pelo. Pero su fresca dulzura estaba casi eclipsada por otro olor más intenso y amargo.
El del humo.
Edward se levantó bruscamente olfateando el aire. Cualquier otra persona podría haber atribuido el leve olor a ceniza al humo de una chimenea. Pero había invadido sus pulmones como una oscura niebla.
El perro saltó de sus brazos. Ladrando aún frenéticamente, Bells dio unos pasos hacia el bosque y luego volvió corriendo a los pies de Edward, como si le estuviera instando a seguirle.
Edward estaba allí parado, entre la casa y el bosque. Necesitaba ayuda, pero Bella le necesitaba a él, y no había forma de saber cuánto tiempo había perdido intentando interpretar las señales del perro.
Por fin se volvió hacia lo que esperaba que fuese la casa y gritó «¡Fuego! ¡Fuego!» con todas sus fuerzas. Casi habría jurado que oyó una puerta abriéndose y una voz femenina asustada, pero no tenía tiempo de quedarse a comprobarlo.
—¡Llévame con ella, Bells! ¡Vamos! —ordenó siguiendo los frenéticos ladridos del perro.
Sin necesidad de que le dijera nada más, Bells se adentró en el bosque. Edward fue corriendo detrás de él moviendo su rama como una espada.


Ignorando el roce de las zarzas y los latigazos de las ramas que le golpeaban la cara, Edward avanzó por el bosque como una especie de bestia salvaje. Se cayó más de una vez al tropezarse con troncos podridos de árboles y raíces expuestas. Pero se ponía de pie y continuaba andando, deteniéndose cada pocos pasos para escuchar el sonoro ladrido de Bells.
Si se retrasaba mucho el perro volvía saltando a su lado como si quisiera asegurarse de que estaba siguiéndole. Con cada paso que daba aumentaba el olor a humo.
Tras una penosa travesía a través de la maleza se detuvo en una especie de claro. Levantó la cabeza para escuchar, pero sólo oyó los pacíficos sonidos nocturnos del bosque. Venciendo el pánico, se concentró con más fuerza y por fin captó el ladrido del Bells: lejano, pero audible aún. Edward fue en esa dirección, decidido a encontrar a Bella antes de que el perro tuviera que volver sobre sus pasos.
El humo ya no era un olor, sino una presencia palpable, densa y sofocante. Mientras Edward lo atravesaba a ciegas su rama chocó contra algo inmóvil y se partió en dos. Después de tirarla, apartó una cortina de hiedra y puso una mano en la rugosa superficie. El muro de piedra estaba tan caliente que la retiró inmediatamente.
Debía haber llegado al viejo establo que estaba en el límite de la finca de los Masen. El edificio había sido abandonado mucho antes de que él naciera.
—¡Bella! —gritó buscando desesperadamente alguna abertura.
Bells estaba ladrando ahora frenéticamente, casi al borde de la histeria. Edward siguió el sonido hasta una puerta abierta. El perro entró corriendo en el establo, y Edward sabía que no le quedaba más remedio que seguirle. No podía esperar a que alguien de la casa les encontrase. Era la única esperanza de Bella.
Respirando profundamente, fue a toda prisa detrás del perro. Podía oír el crepitar de las llamas que acariciaban las viejas vigas de madera encima de él. El turbio humo se metía en sus pulmones intentando absorber todo el aire.
—¡Bella! —gritó esperando que pudiera oírle aún.
Cuando sólo había dado unos pasos oyó un fuerte crujido. Antes de que pudiera levantar una mano, algo pesado le dio un golpe en la sien.
Edward empezó a caer en el establo, pero cuando aterrizó estaba de nuevo en la cubierta del Victory con la metralla silbando sobre su cabeza y el intenso olor de los cañonazos penetrando en su nariz. La sangre le caía por la cara en los ojos y la boca, y al levantar la cabeza vio a Nelson desplomándose sobre la cubierta con una expresión de desconcierto en su cara.
Edward apretó los puños. Había visto morir a Nelson, pero no vería morir a Bella.
Reuniendo todo su valor, se puso de pie tambaleándose y levantó una mano para protegerse la cara de las ascuas que caían del pajar. El ladrido de Bells se había convertido en un agudo gemido que parecía casi humano.
Inclinándose o andando a gatas, Edward avanzó por el suelo siguiendo el sonido hasta que algo crujió debajo de su bota. Al agacharse y palpar la montura retorcida de las gafas de Bella su corazón estuvo a punto de detenerse.
Pero entonces sus manos tocaron algo cálido y suave. Cogió el flácido cuerpo de Bella en sus brazos y se estremeció de alivio al sentir el murmullo de su aliento contra su cara.
—Aguanta un poco, cielo —susurró dándole un ardiente beso en la frente—. Agárrate a mí y todo irá bien.
Llevándola como una niña, volvió corriendo por donde había venido, esperando que Bells lo siguiera. Mientras salía por la puerta el establo se derrumbó detrás de ellos, y la ráfaga de calor estuvo a punto de tirarle.
No aminoró el paso hasta que estuvieron lejos de la sofocante nube de humo y cenizas. Cuando Bella aspiró la primera bocanada de aire fresco empezó a toser con un sonido ronco y agonizante que salía de lo más profundo de su pecho. Arrodillándose en un lecho de hojas húmedas, Edward la recostó sobre su regazo. Tenía la mejilla caliente, pero no podía determinar su color. Muriéndose un poco con cada una de sus respiraciones tortuosas, esperó a que se le pasaran los espasmos.
De repente algo frío y húmedo le rozó el brazo. Edward tocó el pelo de Bells, y le dio un suave masaje en el cuerpo para intentar calmar su violento temblor.
—Eres el mejor perro del mundo, Bells —dijo rechinando los dientes por la reacción—. En cuanto volvamos a casa te daré todas mis botas. Qué diablos, te compraré unas si quieres.


Cuando Bella abrió los ojos vio a Edward sobre ella con la cara tensa de preocupación. Incluso con la cicatriz y manchado de hollín, era lo más bonito que había visto nunca.
—Te vi —dijo levantando la mano para quitarle una mota de hollín de la mejilla—. Sonriéndome bajo la luz del sol justo antes de que todo se volviera oscuro.
Edward intentó sonreír, pero en su boca se reflejó otra emoción. Escondió la cara en su pelo, agarrándola como si no fuera a soltarla nunca. Bella gimió suavemente por lo bien que se sentía de nuevo en sus brazos.
—¿Estás herida? —Bajando su espalda a su regazo, pasó frenéticamente las manos por sus brazos y sus piernas—. ¿Te has roto algo? ¿Tienes alguna quemadura?
—Creo que no. —Movió la cabeza de un lado a otro y luego hizo una mueca al sentir un dolor punzante en el cuello—. Pero me duele la cabeza.
—A mí también —reconoció él con tono arrepentido.
Por primera vez Bella vio el corte sangriento que tenía en la sien izquierda.
—¡Oh! —exclamó mientras se le llenaban los ojos de lágrimas al darse cuenta de lo cerca que había estado de perderle—. Estaba buscándote. Los murciélagos me asustaron y se me cayó la lámpara. Ha sido culpa mía.
Los ojos de Edward resplandecieron desde las sombras.
—Supongo que tendremos que descontar el coste del establo de tu sueldo. Probablemente tardarás varios años en pagar lo que me debes.
—¿Cómo me has encontrado? —preguntó ella comenzando a respirar con más facilidad.
—He tenido una pequeña ayuda.
Siguiendo su gesto, al levantar la cabeza Bella vio a Bells acurrucado en un nido de hojas a unos metros de ellos, olfateando aún el aire nerviosamente. Tenía el pelo cubierto de hollín y chamuscado en algunas zonas.
—Me dijiste que algún día podría ser mi salvación —dijo Edward—. Y tenías razón.
—Pero ¡podrías haberte matado! —Levantando un puño, Bella le dio un golpecito en el hombro—. ¿No te ha dicho nunca nadie que los ciegos no deben entrar corriendo en edificios en llamas?
—Supongo que ahora vas a regañarme por ser un idiota.
Ella negó furiosamente con la cabeza, ignorando el dolor que sintió al hacerlo.
—Un idiota no. Un héroe. —Se le saltaron las lágrimas de los ojos mientras levantaba la mano para acariciarle la mejilla y la rugosa cicatriz—. Mi héroe.
Tragando saliva, cogió su mano y llevó las puntas de los dedos a sus labios.
—La heroína eres tú, querida mía. Con un capitán la mitad de fiero que tú bajo su mando, Nelson podría haber empujado a Napoleón hasta París.
—¿Por qué dices esa tontería? Me vencieron una escalera podrida y una bandada de murciélagos.
—Yo estaba hablando de un adversario más temible. Mi madre.
Bella parpadeó al darse cuenta de lo que quería decir.
—¿Lo oíste?
—Todas y cada una de las palabras. Era lo único que podía hacer para no pedir una repetición.
Algo en la expresión de Edward estaba dejándola sin aliento de un modo diferente. Le había visto burlarse, irritarse y divertirse a su costa, pero nunca le había visto tan… resuelto.
—Ya sabes que escuchar escondido tras una ventana es de mala educación —señaló—. Aunque estés ciego.
Él movió la cabeza de un lado a otro.
—Sabía que no podría evitar ese reproche para siempre. ¿Te he dicho alguna vez cuánto te admiro?
A ella se le escapó una risa nerviosa.
—Creo que no. Pero tampoco es necesario. Estoy satisfecha con mi propia consideración. No necesito ni deseo que me admiren.
Edward le pasó una mano por el pelo.
—¿Y qué te adoren? ¿Te gustaría que te adoraran?
El corazón le estaba empezando a retumbar en el pecho. Puede que se hubiese dado demasiada prisa en hablar. Puede que estuviese mortalmente herida después de todo.
—¡Por supuesto que no! Sólo las jóvenes estúpidas con la cabeza llena de ideas románticas anhelan ese tipo de atención.
—¿Y qué anhelas tú…Isabella? —Antes de que pudiera reprenderle por usar su nombre de pila, su cálida mano encontró la curva de su mejilla—. ¿No hay nada que quieras tanto que te duela? —Le rozó con el pulgar sus carnosos labios, que estaban deseando que la besara.
—A ti —susurró con impotencia rodeándole la nuca con la mano y atrayendo su boca hacia la de ella.
A pesar del sabor a lágrimas y hollín fue el beso más dulce que Bella había disfrutado. Edward se entregó por completo. Mientras la abrazaba pasó su lengua por su boca, provocando un fuego más ardiente aún que del que acababan de escapar. Por probar sus llamas, Bella estaba dispuesta a quemarse.
Luego la tendió sobre el lecho de hojas moviéndose sobre ella como la sombra de un sueño. Bella cerró los ojos, ansiosa por unirse a él en la oscuridad.
Apartando su boca de la de ella, comenzó a besar la delicada columna de su cuello, inhalando profundamente como si oliera al perfume más exquisito en vez de a limón y humo.
—No puedo creer que haya estado a punto de perderte —dijo con voz ronca rozando con sus labios el pulso que latía a un lado de su garganta.
Ella se aferró a sus anchos hombros, dejándose llevar por un delicioso mar de sensaciones.
—Estoy segura de que Marks podría haber contratado a otra enfermera. Incluso podría haber convencido a la viuda Hawkins para que volviera a cuidarte.
Edward se estremeció contra su garganta, pero no sabía si era de risa o de espanto.
—Muérdete la lengua, mujer. —Levantó la cabeza con un brillo diabólico en sus ojos—. Mejor aún, déjame hacerlo a mí.
Mientras su boca se inclinaba sobre la suya, Bella le dio todas las oportunidades. Edward extrajo un dulce beso detrás de otro de sus labios hasta que se quedó sin aliento y él acabó jadeando. Apenas se dio cuenta de que sus caderas habían empezado a moverse sobre las suyas en un baile más provocador aún que el que habían compartido en el salón de baile.
Pero no podía ignorar las oleadas de placer que comenzaban a subir desde la parte inferior de su cuerpo. Jadeó en su boca mientras él se restregaba contra el montículo de su entrepierna. Era increíble y emocionante sentir por fin esa parte de él que había visto perfilada con tanta claridad debajo de sus pantalones, saber qué quería hacer con ella.
Sus rodillas se separaron debajo de su falda. Él puso ahí la mano, intentando llegar a ella a través de las gruesas capas de hilo y lana.
Bella gimió y se retorció bajo sus rudas caricias, sorprendida por su desvergüenza y el intenso deseo de que le tocara la piel desnuda. Cuando apartó la mano se quedó decepcionada. Pero luego sintió que la metía por debajo de su falda. Sus dedos se deslizaron por la lana de su media y su liga hasta la piel sedosa de su muslo con una urgencia que no podía resistir.
Cuando rozó con las puntas de sus dedos los rizos de su entrepierna Bella hundió la cabeza contra su cuello, invadida por una repentina sensación de vergüenza insoportable.
Su tacto ya no era rudo, sino exquisitamente tierno. Sus dedos acariciaban su piel hinchada como si fueran llamas, disolviendo todos sus recelos en un arrebato de pasión.
Edward gruñó.
—Sabía que si lograba llegar debajo de esas faldas recatadas podría demostrar que no estabas hecha de hielo. Derrítete para mí, cielo —susurró pasando la lengua por su oreja mientras introducía su dedo más largo en esa dulce suavidad.
Ella gimió mientras su cuerpo se estremecía con los movimientos de su dedo sin poder controlarlo. Siempre había sabido que tenía la reputación de ser un buen amante, pero no se había dado cuenta de que conocía su cuerpo mejor que ella, que era capaz de centrarse únicamente en su placer excluyendo el suyo.
El coste de su represión fue traicionado por su respiración agitada y la rigidez que sentía contra su muslo.
Luego añadió otro dedo a su exploración, ensanchándola suavemente mientras acariciaba con el pulgar el punto crucial de sus rizos húmedos y la hacía palpitar deliciosamente.
Sus dedos siguieron complaciéndola hasta que acabó retorciéndose y gimiendo, con una necesidad que no sabía que poseía. Una ola de oscuro placer se levantó sobre su cabeza. Mientras rompía, derramando una intensa sensación de éxtasis por todo su cuerpo en una marea incesante, la besó con fuerza para capturar su grito quebrado en su boca.
Su beso se suavizó poco a poco, como si quisiera calmar los deliciosos espasmos que sacudían su cuerpo.
—¡Lo siento! —dijo ella cuando por fin pudo hablar.
Edward le apartó un mechón de pelo de la frente.
—¿Por qué?
—No quería ser tan egoísta.
Él se rió entre dientes.
—No seas ridícula. A mí me ha gustado casi tanto como a ti.
—¿De verdad?
Él asintió.
Animada por su confesión, Bella deslizó una mano entre ellos y acarició la longitud de su constante deseo a través del fino ante de sus pantalones.
—Entonces probablemente te gustará esto aún más.
Edward se puso tenso.
—Seguro que sí —dijo entre dientes—, pero me temo que tendré que esperar hasta más tarde.
—¿Por qué?
Le dio un tierno beso en sus labios fruncidos.
—Porque estamos a punto de tener compañía inesperada.
Medio aturdida aún de placer, Bella se incorporó en sus brazos y oyó algo grande y torpe que se movía por la maleza.
Edward consiguió bajarle la falda justo antes de que Marks saliera corriendo del bosque con Collin y Brady detrás de él.
—¡Gracias a Dios que están bien, señor! —exclamó el mayordomo moviendo su lámpara sobre los dos—. Cuando vimos que el establo se había derrumbado nos temimos lo peor.
—¡Por todos los santos, Marks! —Edward levantó una mano para protegerse—. ¿Puedes apartar esa maldita luz de mis ojos? ¡Me estás cegando!
Un inquietante silencio cayó sobre el claro mientras todos ellos, incluido Edward, se daban cuenta de lo que acababa de decir.

1 comentario:

  1. Hola me facina la historia.

    Ahora si k se acabo todo rastro de pasion. Ahora todo cambia para Bella.

    Nos seguimos leyendo.

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