jueves, 17 de marzo de 2011

Marqués de Thornwood

Capítulo 14 “Marqués de Thornwood”

Querida Marie,
¿Cómo se atreve a insinuar que mi familia la consideraría inferior a mí? Es mi luna y mis estrellas. Yo sólo soy polvo bajo sus delicados pies…
A las dos en punto del día siguiente Bella atravesó el vestíbulo con sus cómodos botines y una expresión tan resuelta que los demás sirvientes decidieron apartarse de su camino. Tenía el pelo recogido en un austero moño en la nuca y los labios apretados, como si hubiera estado chupando limones en vez de perfumarse con ellos. El severo corte de su vestido gris oscuro conseguía disimular todas sus curvas e incluso la forma de sus tobillos.
Mientras esperaba a Edward se paseó por el salón, haciendo crujir sus anticuadas enaguas como si las hubieran lavado con almidón. No le ayudaba saber que todos sus esfuerzos para parecer respetable no servirían de nada con Edward. Si por él fuera podía estar esperándole sólo con unas medias y una camisola de seda. Se abanicó con la mano mientras su perversa imaginación le proporcionaba una serie de imágenes vertiginosas de lo que podría hacerle en ese caso.
Por fin apareció en el salón a las dos y media arrastrando su bastón en un airoso arco por delante de él. Bells iba trotando a sus talones con una bota machacada en la boca.
Dando golpecitos con el pie, Bella miró el reloj de la chimenea.
—Supongo que no tiene ni idea de lo tarde que es.
—Ni la menor idea. No puedo ver el reloj —le recordó con suavidad.
—Oh —dijo ella desconcertada momentáneamente—. Entonces supongo que será mejor que empecemos. —Reacia a tocarle, agarró la manga de su camisa y le llevó a la entrada del improvisado laberinto.
Él gruñó.
—Los muebles otra vez no, por favor. Ya lo he hecho cien veces.
—Y lo hará cien más hasta que orientarse con el bastón sea algo natural para usted.
—Preferiría practicar el baile —dijo con un tono inconfundible en su voz.
—¿Para qué va a practicar un arte que ya domina? —replicó Bella dándole un empujoncito hacia un sofá.
Cuando Edward llegó al final del laberinto, refunfuñando algo sobre un minotauro, su bastón sólo encontró aire.
Frunciendo el ceño, movió el bastón en un arco más amplio.
—¿Dónde diablos está el escritorio? Habría jurado que hace unos días estaba aquí.
En respuesta, Bella se puso delante de él y abrió un par de ventanales para despejar el camino a la terraza. Ladrando escandalosamente, Bells soltó la bota y pasó por delante de ellos, corriendo como una bala detrás de una liebre imaginaria. Una suave brisa con olor a lilas entró en la habitación.
—Como parece dominar el salón y la pista de baile —explicó—, he pensado que esta tarde podríamos dar un paseo por el jardín.
—No, gracias —dijo con tono categórico.
Bella preguntó sorprendida:
—¿Por qué no? Si le aburre el salón, estará deseando disfrutar de una nueva diversión y un poco de aire fresco.
—Tengo todo el aire que necesito aquí dentro.
Desconcertada, Bella bajó la vista. Edward estaba agarrando el bastón como si fuera un salvavidas, con los nudillos blancos por la tensión. Tenía la cara rígida, con la esquina izquierda de la boca hacia abajo. El encanto de la noche anterior había desaparecido, dejando en su lugar una terrible máscara.
Se quedó un momento sin respiración al darse cuenta de que no estaba enfadado. Lo que pasaba era que tenía miedo. También se dio cuenta de que no le había visto enfrentarse a la luz del sol ni una sola vez desde que había llegado a Masen Park.
Bajando el brazo, le quitó el bastón suavemente y lo apoyó contra la pared. Luego puso la mano sobre su rígido brazo.
—Puede que sus pulmones no necesiten aire fresco, señor, pero los míos sí. Y no esperará que una dama salga a pasear una espléndida tarde de primavera sin un caballero que la acompañe.
Bella sabía que se estaba arriesgando al apelar a una galantería que ya no poseía. Pero para su sorpresa puso sus dedos sobre los de ella e inclinó la cabeza en una reverencia burlona.
—Que no se diga que Edward Masen ha negado algo a una dama.
Dio un paso hacia delante, y luego otro. El sol le bañaba la cara como oro fundido. Después de atravesar el umbral la hizo detenerse. Ella temía que se echara atrás, pero parecía que sólo había hecho una pausa para respirar profundamente. Bella hizo lo mismo, aspirando el olor de la tierra recién labrada y el perfume de las flores de una enredadera cercana.
Cuando Edward cerró los ojos, Bella estuvo tentada de cerrar también los suyos para centrar sus sentidos en la caricia de la cálida brisa y el gorjeo del petirrojo que estaba regañando a su pareja mientras hacían un nido en la rama de un espino cercano. Pero si lo hubiera hecho se habría perdido la expresión de placer que cruzó la cara de Edward.
Con su espíritu más animado lo instó a moverse, guiándole hacia una franja de césped de color verde esmeralda que descendía hasta un derruido muro de piedra en los límites de un bosque. Cada detalle de los meticulosos jardines, desde sus piedras talladas hasta los serpenteantes arroyos, había sido diseñado para imitar un paisaje silvestre.
Con sus dedos aún apoyados sobre los de ella, Edward seguía el paso fácilmente, con más gracia y seguridad a cada zancada.
—No deberíamos alejarnos demasiado de la casa. ¿Y si me ve alguien del pueblo? No quisiera asustar a los niños.
A pesar de su tono seco, Bella sabía que sólo estaba bromeando a medias.
—A los niños sólo les da miedo lo desconocido, señor. Cuanto más tiempo pase recluido en Masen Park más temible será su reputación.
—Desde luego no queremos que crean que soy una especie de monstruo que deambula en la oscuridad, ¿verdad?
Bella lo miró, pero era imposible saber si se estaba burlando de ella o de él. Puede que hubiera perdido la vista, pero sus ojos no habían perdido su extraño brillo. Con la luz del sol eran aún más espectaculares, con sus profundidades tan claras y transparentes como un mar cristalino. El aire trémulo daba a su pelo el tono de una guinea recién acuñada.
—No es necesario que permanezca encerrado en casa cuando tiene estos bellos jardines a su disposición. Tengo entendido que antes era muy activo. Tiene que haber alguna actividad al aire libre con la que pueda disfrutar aún.
—¿Qué tal el tiro al arco? —dijo sarcásticamente. Bells salió saltando del bosque y les obligó a andar más despacio mientras correteaba alrededor de sus pies—. Y siempre está la caza. Nadie podría culparme si confundo un cachorro con un zorro.
—Debería darle vergüenza —le regañó ella—. Bells puede ser algún día su salvación. Es muy inteligente.
Al oír su nombre, el collie se echó en la hierba y se retorció sobre su lomo con los ojos en blanco y la lengua fuera. Bella se levantó la falda y se acercó a él, esperando que su compañero no se diera cuenta.
Pero Edward parecía estar preocupado en otras cuestiones.
—Es posible que tenga razón, señorita Dwyer. —Bella lo miró, sorprendida de que se rindiera con tanta facilidad—. Puede que haya alguna actividad al aire libre con la que podría disfrutar. Algo que pueda igualar la diferencia, por así decirlo.


Edward ganó todas las rondas de la gallinita ciega.
No había forma de vencerle. Además de coger a los sirvientes más ágiles antes de que pudieran escaparse, podía identificarlos oliendo simplemente el pelo o la ropa. Sus reflejos eran tan rápidos que también podía esquivar a cualquiera que llevara la venda, escurriéndose de sus dedos extendidos un segundo antes de que intentaran atraparle.
Cuando Bella llamó a los empleados para que se unieran al juego se quedaron sorprendidos al ver a su amo apoyado sobre un codo en la ladera bañada por el sol, con el pelo suelto y una brizna de hierba entre sus labios. Y se sorprendieron aún más cuando su enfermera les explicó lo que debían hacer. Mientras los otros criados se alineaban en una rígida formación, como para saludar a un dignatario, Marks expresó su desaprobación y la señora Cope dijo que nunca había presenciado un espectáculo tan bochornoso.
Brady y Collin fueron los primeros en romper la formación. Encantados de librarse de sus obligaciones un día de primavera tan fabuloso, los gemelos evitaban las sutilezas del juego, prefiriendo agarrarse y pegarse con sus puños pecosos cada vez que podían. Cuando conseguía inmovilizar a su hermano, Collin lanzaba tímidas miradas a Leah para asegurarse de que la guapa criada estaba mirando.
Seducidos por la suave brisa y el buen humor de su amo, los demás sirvientes se fueron animando poco a poco. Cuando le tocó ponerse la venda, Sam, el enjuto guarda escocés, acabó persiguiendo a Rachel, la lavandera, con sus nudosas manos extendidas como zarpas. Chillando como una colegiala, Rachel se levantó las faldas y corrió por la ladera con sus robustas piernas dando vueltas a toda velocidad y Bells ladrando a sus talones. Entonces, al girar a la izquierda en vez de a la derecha, Sam pasó por delante de ella y bajó rodando por la cuesta hasta el arroyo.
—Como Sam no ha podido pillar a Rachel, le toca al amo otra vez —gritó Rebecca aplaudiendo con entusiasmo.
Mientras Rachel sacaba al guarda del arroyo chorreando y maldiciendo, Marks dirigió suavemente a Edward a lo alto de la ladera. Incluso la señora Cope había empezado a participar en el juego. Sin que nadie se lo pidiera, dio a su amo tres vueltas y luego se alejó de él con unos saltitos tan enérgicos que hicieron que las llaves de su cintura tintinearan.
Mientras Edward se orientaba, el resto de los sirvientes se quedaron paralizados en la soleada ladera. No podían moverse ni un centímetro si Edward no se acercaba lo suficiente para tocarles. Sólo entonces podían huir. Bella se puso deliberadamente en el borde exterior de su círculo, como cada vez que le había tocado a Edward. Estaba decidida a no darle ninguna excusa para que le pusiera las manos encima.
Edward giró despacio con las manos apoyadas en sus estrechas caderas. Hasta que el viento no removió el pelo de Bella, agitando un mechón rebelde de su moño, no se dio cuenta de que había cometido el error de colocarse a favor del viento. El aleteó su nariz y entrecerró los ojos con una expresión que conocía muy bien.
Entonces se dio la vuelta y empezó a avanzar hacia ella, arrasando con sus impresionantes zancadas el terreno que había entre ellos. Al pasar junto a Leah y Rebecca sin pararse, las criadas se llevaron una mano a la boca para intentar contener sus risitas.
Los pies de Bella parecían estar clavados a la tierra. No podría haberse movido si Edward hubiera sido una bestia de carga con intención de devorarla. Era plenamente consciente de las miradas atentas de los otros criados, del hilillo de sudor que le bajaba por los pechos, de que su sangre parecía espesarse en sus venas como si fuese miel.
Como siempre, Edward se detuvo un momento antes de abalanzarse sobre ella. Mientras sus manos rozaban su manga, Brady y Collin protestaron por su falta de resistencia. Era demasiado tarde para huir. Lo único que tenía que hacer era decir su nombre para que se terminara la ronda.
—¡Nombre! ¡Nombre! —comenzaron a cantar las muchachas.
Edward levantó la otra mano para pedirles que se callaran. Había identificado a los otros sirvientes por su olor a jabón o a humo. Pero también tenía derecho a identificarlos por el tacto.
Mientras la esquina de su boca se curvaba en una vaga sonrisa, Bella se quedó paralizada, incapaz de impedir que acercase su mano. Era como si los demás hubieran desaparecido, dejándolos solos en esa ventosa ladera.
Cerró los ojos mientras los dedos de Edward le rozaban el pelo y luego jugaban sobre su cara. Rodeó con suavidad el borde de sus gafas, trazando todos los huecos y las curvas como si quisiera memorizar sus rasgos. A pesar del calor que hacía sintió un delicioso escalofrío por todo su cuerpo. ¿Cómo podían ser sus manos tan masculinas y tan delicadas al mismo tiempo? Mientras las puntas de sus dedos rozaban la suavidad de sus labios, su miedo desapareció para convertirse en algo más peligroso aún. Se encontró deseando apoyarse sobre él, inclinar la cabeza hacia atrás y ofrecerle un dulce sacrificio sólo para complacerle. Estaba tan subyugada por ese escandaloso anhelo que tardó un rato en darse cuenta de que había dejado de tocarla.
Entonces abrió los ojos. Aunque Edward tenía la cabeza agachada, la agitación de su pecho le indicó que también le había afectado su breve contacto.
—No estoy seguro —dijo con una voz lo bastante fuerte para que se extendiera por la ladera—, pero a juzgar por la suavidad de la piel y el delicado perfume, yo creo que he capturado… —Hizo una pausa para aumentar la expectación deliberadamente—. ¡A Embry, el chico de los establos!
Los sirvientes se echaron a reír a carcajadas. Uno de ellos dio un golpe en el hombro al desconcertado Embry.
—Sólo le quedan dos oportunidades, señor —le recordó Emily.
Edward se dio unos golpecitos en el labio inferior con el dedo índice.
—Bueno, si no es Embry —dijo suavizando su voz—, entonces debe ser mi querida… mi devota…
Mientras ponía una mano en su corazón, haciendo reír de nuevo a las criadas, Bella contuvo el aliento, preguntándose qué iba a decir exactamente.
—… señorita Dwyer.
Los sirvientes rompieron en un sincero aplauso, y Edward extendió un brazo hacia Bella en una graciosa inclinación.
Ella sonrió e hizo una reverencia burlona hablando entre dientes.
—Al menos no me ha confundido con uno de los caballos de su carruaje.
—No sea ridícula —susurró él—. Su melena es mucho más suave.
Un Marks sonriente le dio un golpecito en el hombro y luego le puso un pañuelo de hilo en la mano.
—La venda, señor.
Edward se volvió de nuevo hacia Bella con una de sus cejas arqueadas en un gesto diabólico.
—¡Oh, no! —retrocedió mientras él se acercaba a ella dando vueltas a la venda de un modo casi amenazador—. Ya he tenido suficiente de sus ridículos juegos. De todos ellos —añadió sabiendo que captaría el énfasis.
—Vamos, señorita Dwyer —replicó—. No va a obligar a un hombre ciego a perseguirla, ¿verdad?
—¿Ah, no? —recogiéndose la falda, Bella echó a correr por la ladera, riéndose de impotencia al oír los pasos de Edward detrás de ella.


El humor en el pesado carruaje del marqués de Thornwood era triste y sombrío. Sólo Alice, de diecisiete años, se atrevía a mostrar algún signo de esperanza incorporándose para mirar por la ventanilla los setos que pasaban mientras el vehículo avanzaba por el ancho camino hacia Masen Park.
Sus dos hermanas mayores estaban practicando ese aire de sofisticado aburrimiento tan esencial para las jóvenes damas de cierta edad, belleza y posición social. Jessica, de dieciocho años, estaba disfrutando de una comunión amorosa con el espejo de mano que había sacado de su bolso de raso, mientras Lauren, de diecinueve años, puntuaba cada bache con un suspiro de resignación. Lauren estaba especialmente insoportable desde que se había comprometido con el hijo menor de un duque al final de la temporada anterior. Y fuera cual fuera el giro que tomara la conversación, comenzaba la mayoría de sus frases con «Cuando Tyler y yo estemos casados…»
Sentado enfrente de ellas, su padre se pasó un pañuelo con bordes de encaje por la frente.
Al ver que tenía la cara colorada su mujer murmuró:
—¿Estás seguro de que esto es una buena idea, Eddy? Si le hubiésemos avisado que veníamos…
—Si le hubiésemos avisado habría ordenado a los sirvientes que no nos dejaran pasar. —Como no estaba acostumbrado a hablar bruscamente a su mujer, Edward Masen padre suavizó su reprimenda dándole una palmadita en la mano enguantada.
—Yo creo que eso habría sido una bendición. —Jessica dejó de mirarse en el espejo de mala gana—. De esa manera no tendría la oportunidad de ladrar y gruñir como un perro rabioso.
Lauren asintió.
—Por su forma de comportarse en nuestra última visita, cualquiera diría que se ha vuelto loco además de ciego. Menos mal que Tyler y yo no estamos casados aún. Si hubiera oído cómo se atrevió a dirigirse a mí…
—¡Debería daros vergüenza hablar así de vuestro hermano! —Alice apartó la vista de la ventanilla para mirarlas con sus ojos verdes ardiendo de pasión bajo el ala de su sombrero.
Sorprendidas de que su hermana pequeña se pusiera tan seria con ellas, Lauren y Jessica intercambiaron una mirada de asombro.
Mientras el coche pasaba por una verja de hierro y comenzaba a subir por el empinado camino, Alice continuó.
—¿Quién te sacó del agua helada, Jess, cuando te caíste en el lago Tillman aunque te habían advertido que el hielo estaba demasiado fino para patinar? ¿Y quién defendió tu honor, Lauren, cuando ese chico tan desagradable dijo en la fiesta de lady Marbeth que le habías permitido que te robara un beso? Edward ha sido el mejor hermano mayor que cualquier chica podría desear, pero vosotras estáis ahí insultándole como un par de vacas desagradecidas.
Lauren apretó la mano de Jessica con sus ojos verdes claros llenos de lágrimas.
—Eso no es justo, Alice. Echamos de menos a Edward tanto como tú. Pero ese bruto malhumorado que nos echó con cajas destempladas la última vez que vinimos aquí no era nuestro hermano. ¡No era Edward!
—Vamos, chicas —murmuró su padre—. No es necesario empeorar una situación difícil discutiendo entre vosotras. —Mientras Alice volvía a mirar con tristeza por la ventanilla intentó esbozar una de sus alegres sonrisas—. Cuando vuestro hermano vea lo que le hemos traído puede que esté más suave con nosotros.
—Ése es el problema —dijo bruscamente lady Elizabeth—. Según tus preciados médicos no verá nada, ¿verdad? Ni hoy ni nunca. —Al arrugar su cara regordeta le cayeron unas lágrimas por las mejillas empolvadas. Cogió el pañuelo que le ofreció su marido y se lo pasó por los ojos—. Es posible que Lauren y Jessica tengan razón. Quizá no deberíamos haber venido. No sé si puedo soportar ver a mi querido hijo encerrado en esa oscura casa como si fuera un animal.
—¿Mamá? —Alice frotó el cristal de la ventanilla con una nota de asombro en su voz.
—No molestes ahora a mamá —dijo Jessica—. ¿No ves que está alterada?
Lauren sacó un frasco de amoniaco de su bolso y se lo dio a su madre.
—Toma, mamá. Usa esto si te vienen los vapores.
Lady Elizabeth lo rechazó, centrando su atención en la expresión aturdida de su hija pequeña.
—¿Qué ocurre, Alice? Parece que has visto un fantasma.
—Podría ser. Será mejor que eches un vistazo.
Mientras Alice abría la ventanilla, lady Elizabeth trepó sobre las rodillas de su marido, pisándole sin ningún miramiento para unirse a su hija. Picadas por la curiosidad, Lauren y Jessica se apiñaron detrás de ellas.
Al parecer había una especie de juego festivo. Los participantes estaban repartidos por la ladera cubierta de hierba que había frente a la mansión, con sus risas y sus gritos sonando como música por el aire. Estaban demasiado ocupados divirtiéndose para darse cuenta de que se acercaba un coche.
Estirando el cuello para ver por encima del muro de sombreros, el marqués se quedó con la boca abierta.
—¿Qué diablos hacen los sirvientes perdiendo el tiempo cuando se supone que deben estar trabajando? ¿Qué creen que es esto, el día de Navidad? Debería ordenar a Marks que los despida a todos.
—Tendrás que cogerle antes —señaló Lauren mientras el mayordomo corría por la ladera persiguiendo a la señora Cope.
Jessica se llevó una mano a la boca para sofocar una risita escandalizada.
—¡Mira eso, Lau! ¿Quién habría pensado que ese viejo estirado sería capaz de algo así?
Cuando la marquesa se dio la vuelta para reprender a su hija por hablar de un modo tan insolente su mirada se centró en el hombre que estaba rodeando los bordes del jolgorio. Se quedó tan pálida que parecía que después de todo iba a necesitar el amoniaco.
Mientras hacía una pausa en lo alto de la colina, con su imponente figura enmarcada por el deslumbrante cielo azul, se llevó una mano al corazón creyendo por un jubiloso momento que había recuperado a su hijo. Estaba allí bien erguido, con los hombros echados hacia atrás y su pelo cobrizo reluciente bajo la luz del sol.
Pero entonces se volvió y vio la cicatriz que estropeaba su belleza, recordándole que el Edward que había conocido y querido se había ido para siempre.


Bella sabía que no podría esquivar a Edward eternamente. Pero podía obligarle a perseguirla un rato, y eso es lo que hizo, corriendo por detrás de los otros sirvientes mientras continuaban jugando. Puede que estuviese ciego, pero sus pasos eran tan seguros como los de un puma, y por eso le sorprendió que se tropezara con una mata de hierba y se cayera al suelo.
¡Edward! —gritó utilizando su nombre de pila sin darse cuenta.
Levantándose la falda, fue corriendo a su lado y se arrodilló en la hierba junto a él, imaginándose ya lo peor. ¿Y si se había roto un tobillo o se había golpeado la cabeza con una piedra?
Atormentada por el recuerdo de su cuerpo manchado de sangre tendido en el suelo de su habitación, apoyó su cabeza en su regazo y le apartó con ternura el pelo de la frente.
—¿Puedes oírme, Edward? ¿Estás bien?
—Ahora sí. —Antes de que Bella pudiera reaccionar a ese ronco murmullo, le rodeó la cintura con los brazos y le hizo rodar sobre la hierba con las gafas torcidas.
No esperaba que fuese tan atrevido, que la tumbara en el suelo allí mismo delante de los sirvientes y de Dios, como si fuera un pastor y ella una pastorcilla dispuesta a todo. Pero lo hizo, enredándose las piernas con su falda mientras los dos se echaban a reír.
Lo siguiente que supo es que estaba tumbada boca arriba con el cálido cuerpo de Edward sobre el suyo. Cuando se relajó la tensión sus risas se desvanecieron.
Bella se dio cuenta demasiado tarde de que también los demás se habían quedado en silencio.
Miró por encima del hombro de Edward, parpadeando a través de sus gafas torcidas. Sobre ellos había un desconocido, un hombre robusto que llevaba unas medias de rayas verdes y doradas y unos anticuados pantalones hasta la rodilla. Tenía el pelo dorado ligeramente empolvado, lo cual hacía difícil determinar su edad. Unos puños de exquisitos encajes valencianos bordeaban sus gruesas muñecas. Mientras extendía una mano hacia ella, el rubí del enorme sello que llevaba en el dedo corazón brilló como una gota de sangre fresca con la luz del sol.
—Se… señor —tartamudeó Marks. Con la venda torcida sobre un ojo, parecía un pirata rechoncho—. No hemos recibido ningún mensaje. No les esperábamos.
—Eso es evidente —respondió el hombre con un tono imperioso que Bella reconoció inmediatamente.
Sólo entonces se dio cuenta de que estaba mirando el rostro severo de Edward Masen, marqués de Thornwood, el padre de Edward… y su patrón.

No hay comentarios:

Publicar un comentario