viernes, 18 de febrero de 2011

Me quedo

Capítulo 6 “Me quedo”

Querida señorita Marie,
Aunque me considere perverso e impertinente, apostaría a que ésas son exactamente las cualidades que encuentra más irresistibles en un hombre…
—Es insufrible —murmuró Bella para sus adentros mientras metía una falda de satén en su baúl sin molestarse en doblarla. Luego enrolló unas enaguas raídas y las metió tras la falda hechas una bola—. No sé cómo he podido ser tan tonta para pensar que podría ayudarle.
Mientras iba y venía por su modesta alcoba recogiendo horquillas y zapatos, medias y libros, oyó un golpe muy familiar que venía del piso superior. El techo tembló, y le cayeron sobre la cabeza trocitos de escayola.
Ni siquiera miró hacia arriba.
—Puede que sea tonta, pero no volveré a caer en ese error —dijo negando con la cabeza—. Si quiere andar por ahí como un elefante en una cacharrería, tendrá que aprender a arreglárselas solo.
Mientras estaba guardando los libros en su maleta oyó el sonido amortiguado de una campanilla, tan breve y suave que podría haberlo imaginado. Metiendo una novela de Sir Walter Scott tras un volumen de sonetos de Shakespeare, resopló. El tonto era Edward si pensaba que podría persuadirla con ese patético tintineo.
Estaba tan preocupada recogiendo sus cosas del tocador que pasaron varios minutos más antes de que se diera cuenta de lo que estaba oyendo.
Un silencio mortal.
Con un espejo y un cepillo en la mano, Bella lanzó al techo una mirada vacilante. Una sensación de hormigueo le subió por la columna vertebral, pero la desechó enseguida. Probablemente Edward había vuelto arrastrándose a la cama.
Cuando fue a coger el frasco de colonia de limón se dio cuenta de que estaba dudando. Sentándose en el taburete del tocador, miró su reflejo. Era un espejo viejo, con el cristal picado y ondulado, y la mujer que la miraba parecía una extraña. Bella se quitó las gafas, pero siguió sin reconocer la expresión pensativa de sus ojos.
¿Estaba siendo valiente o cobarde? ¿Se estaba enfrentando a Edward porque era un tirano imposible de complacer, o estaba huyendo porque se había atrevido a ponerle las manos encima? Se tocó el pelo, la mejilla y los labios siguiendo el camino de su sueño. De algún modo, la arrogancia de Edward parecía más fácil de soportar que su ternura. Y mucho menos peligrosa para su castigado corazón.
Poniéndose de nuevo las gafas, se levantó para meter el frasco de colonia en la maleta.
Tardó menos de una hora en eliminar de la habitación todos los signos de su breve ocupación. Cuando se estaba atando los pequeños botones de cobre de su chaqueta alguien empezó a llamar a la puerta de su alcoba.
—¡Señorita Dwyer! ¡Señorita Dwyer! ¿Está ahí?
Cogiendo su sombrero, Bella abrió la puerta.
—Justo a tiempo, Marks. Estaba a punto de llamar a un criado para que bajara mi equipaje.
El aturdido mayordomo ni siquiera miró su maleta y su baúl.
—¡Tiene que venir conmigo, señorita Dwyer! ¡El señor la necesita!
—¿Qué ocurre ahora? ¿Tiene un picor que no puede alcanzar? ¿O se le han quedado los pañuelos flácidos por estar poco almidonados? —Se ató los lazos de su sombrero debajo de la barbilla—. Sea cual sea la estúpida treta que se haya inventado, puedo asegurarle que su amo no me necesita. Nunca me ha necesitado. —A Bella le sorprendió cuánto le dolía oír esas palabras saliendo de su boca.
Entonces Marks, el guardián de los buenos modales, le agarró el brazo e intentó sacarla de la habitación.
—Por favor, señorita —suplicó—. ¡No sé qué hacer! ¡Me temo que morirá sin usted!
Ella clavó los talones en el suelo, obligando a Marks a detenerse.
—¡Oh, por favor! No es necesario que sea tan dramático. Estoy segura de que al conde le irá estupendamente sin mí. Ni siquiera se dará cuenta de que… —Bella parpadeó al mayordomo, viéndole realmente por primera vez desde que había abierto la puerta.
Marks tenía el chaleco arrugado, y el escaso pelo que cuidaba tanto ya no estaba pegado a la cabeza, sino erizado en todas direcciones, revelando su brillante cuero cabelludo. Su mirada se centró en los dedos rechonchos que le agarraban el brazo. Dedos con un color rojizo que ya estaban dejando una mancha visible en la lana de su manga.
Se le subió el corazón a la garganta.
Torciendo el brazo para librarse de él, Bella se recogió la falda, fue corriendo por el pasillo y subió las escaleras de dos en dos.


La puerta de la alcoba de Edward estaba aún entreabierta.
Al principio Bella sólo vio a Edward tumbado boca abajo en el suelo, y se llevó una mano a la boca para sofocar un grito de impotencia.
La señora Cope estaba arrodillada al otro lado, presionándole la garganta con un pañuelo que ya estaba empapado de sangre. No era difícil deducir qué había ocurrido. A su alrededor el suelo estaba cubierto de fragmentos de barro y cristal.
Bella entró corriendo en la habitación y se puso de rodillas sin prestar atención a la punzada que sintió cuando un trozo de cristal atravesó los pliegues de su falda. Mientras levantaba el pañuelo para examinar la fea herida de la garganta de Edward, la señora Cope volvió a ponerse en cuclillas, ansiosa por cederle la desagradable tarea.
El ama de llaves se apartó un mechón de pelo de los ojos, dejando una mancha de sangre de Edward en su mejilla.
—Le encontramos al subirle el té. No tengo ni idea de cuánto tiempo ha estado así. —La mujer recorrió con su mirada la chaqueta y el sombrero de Bella sin perderse ni un detalle. Luego levantó la campanilla de Edward con huellas de sangre en el mango de madera—. He encontrado esto cerca de su mano. Debe haber intentado llamar para pedir ayuda, pero nadie le ha oído.
Bella cerró un momento los ojos, recordando el débil tintineo que había ignorado con tanta frialdad. Al abrirlos vio a Marks en la puerta retorciendo sus rechonchas manos.
—¿Hay un médico en el pueblo? —preguntó.
Marks asintió.
—Vaya a buscarle inmediatamente. Dígale que puede ser cuestión de vida o muerte. —Al ver que el mayordomo se quedaba allí parado, incapaz de apartar la vista de su amo, Bella gritó—: ¡Vamos!
Mientras Marks se libraba de su aturdimiento y se ponía en marcha, la señora Cope se levantó para coger uno de los pañuelos limpios que había sobre el espejo de cuerpo entero. Bella se lo cogió de la mano y se lo puso a Edward en la garganta. Aunque la herida seguía sangrando parecía sangrar cada vez menos. Bella sólo podía rezar para que no fuera porque se estaba muriendo.
Haciendo gestos a la señora Cope para que se ocupara del pañuelo, le agarró por los hombros decidida a asegurarse de que no perdía sangre por ningún otro sitio. Tuvo que emplear todas sus fuerzas, pero con la ayuda del ama de llaves consiguió darle la vuelta sobre sus brazos. Salvo por unas pequeñas manchas de sangre y el corte de su cicatriz, tenía la cara limpia.
—Estúpido testarudo —murmuró con la voz quebrada—. Mira lo que te has hecho ahora.
Entonces sus pestañas se separaron lentamente para revelar esos fascinantes ojos verdes. Mientras giraba la cabeza y la miraba con una claridad cristalina, Bella se quedó paralizada. Luego volvió a cerrar los ojos, como si se hubiera dado cuenta de que no merecía la pena molestarse.
—¿Es usted, señorita Dwyer? —susurró—. La llamé.
—Lo sé. —Le apartó un mechón de pelo de la frente—. Ahora estoy aquí. No pienso ir a ninguna parte.
Él frunció el ceño.
—Iba a decirle que se fuera al infierno.
Bella sonrió a través de una nube de lágrimas.
—¿Es una orden, señor?
—Si lo fuese no la obedecería —murmuró—. Fulana impertinente.
Mientras Edward volvía a perder el conocimiento con la cabeza colgando sobre su pecho, Bella decidió que fue su debilidad lo que hizo que su insulto sonara como una caricia.


Cuando el doctor Gerandy salió de la habitación de Edward casi dos horas más tarde se encontró a todo el servicio del conde esperando en el pasillo. La señora Cope estaba sentada en una silla de respaldo recto con su pañuelo de encaje sobre sus labios temblorosos. A su lado se encontraba Marks con una expresión muy triste, mientras el resto de los criados estaban apiñados en lo alto de las escaleras cuchicheando entre ellos.
Sólo Bella estaba sola. Aunque el médico había permitido a las criadas barrer los cristales y a los criados llevar a Edward a la cama y cortarle los pantalones empapados de sangre, se negó a que nadie le asistiera mientras examinaba a su paciente, incluida la enfermera del conde.
Mientras cerraba despacio la puerta detrás de él, Bella dio un paso adelante, llevando aún su arrugada chaqueta manchada de sangre, y contuvo el aliento esperando a que confirmara sus peores temores.
El médico recorrió con su mirada sus caras sombrías.
—Creo que he detenido la hemorragia por ahora. El cristal le cortó la yugular. Un centímetro más y habría otro nombre en la cripta familiar de los Masen. —El médico movió la cabeza con su blanco bigote, con el que parecía una cabra vieja—. Es un hombre con suerte. Alguien debería haber estado cuidándole hoy.
Aunque todos los sirvientes sintieron un gran alivio, ninguno de ellos podía mirar a Bella. Sabía exactamente qué estaban pensando. Era la enfermera de su amo. Se suponía que era ella quien debía cuidarle. Pero le había dejado solo justo cuando más la necesitaba.
Como si pudiera oír sus pensamientos, el médico vociferó:
—¿Es usted su enfermera?
Haciendo un esfuerzo para no vacilar, Bella asintió.
—Sí.
Él se aclaró la garganta para demostrarle lo que pensaba de eso.
—Las jóvenes como usted deberían estar por ahí intentando cazar un marido, no encerradas en el cuarto de un enfermo. —Abrió su maletín y le dio un frasco marrón—. Dele un poco de esto para que duerma toda la noche. Mantenga la herida limpia. Y que esté en la cama por lo menos tres días. —Las cejas blancas del médico se juntaron sobre su prominente nariz—. No será demasiado para usted, ¿verdad, querida?
Mientras una escandalosa imagen de ella y Edward rodando desnudos por un campo de rosas satinadas pasaba por su mente, Bella se dio cuenta horrorizada de que se estaba sonrojando.
—Por supuesto que no, señor. Me ocuparé de que cumpla todas sus órdenes.
—Si lo hace, ese robusto joven volverá a estar de pie enseguida.
El médico cerró su maletín y comenzó a bajar las escaleras. Los criados se quedaron un rato charlando de dos en dos con sus caras más animadas.
Marks, el alma de la discreción, esperó hasta que nadie pudiera oírle antes de acercarse a Bella.
—¿Sigue queriendo que un criado baje su equipaje, señorita?
Ella no pudo encontrar ni una pizca de burla en los suaves ojos marrones del mayordomo.
—Me parece que no, Marks. Ahora, si me disculpa —dijo dándole un apretón de agradecimiento en el brazo—, creo que su amo me necesita.


Bella pasó esa noche cuidando a Edward lo mejor que pudo: mirando su venda para ver si sangraba, dándole láudano cuando empezaba a moverse y a quejarse y comprobando si tenía fiebre. Para el amanecer el color estaba empezando a volver a sus mejillas. Sólo entonces se atrevió a apoyar la cabeza en el respaldo de la silla que había acercado a la cama y a cerrar sus ojos exhaustos.
Cuando sonaron unos tímidos golpes en la puerta se despertó sobresaltada. La luz del sol entraba por la ventana abuhardillada del fondo de la habitación. Miró alarmada a Edward, pero le encontró profundamente dormido, subiendo y bajando el pecho regularmente con cada respiración. Si no fuera por sus ojeras, nadie habría imaginado que había sobrevivido a una prueba tan dura.
Al abrir la puerta Bella vio en el pasillo a Collin con una palangana llena de trapos y una jarra de agua caliente. El joven criado lanzó una mirada nerviosa a la cama.
—Siento molestarla, señorita. Me ha mandado la señora Cope para bañar al señor.
Bella echó un vistazo por encima del hombro. Edward era tan impresionante dormido como despierto. Pero no iba a eludir más sus responsabilidades. Su negligencia había estado a punto de matarle.
Tragándose su nerviosismo, dijo:
—No será necesario, Collin.
—Brady —le corrigió.
—Brady —cogiéndole la palangana y la jarra, dijo con firmeza—: Soy su enfermera. Yo le bañaré.
—¿Está segura, señorita? —ruborizándose debajo de sus pecas, bajó la voz hasta susurrar—: ¿Será correcto?
—Por supuesto que sí —le aseguró cerrando la puerta con el pie.
Bella dejó la palangana en la mesa que había junto a la cama y luego vació la jarra en ella. Le temblaban tanto las manos que el agua le salpicó toda la falda. No era necesario que estuviese tan nerviosa, se regañó. Bañar a Edward era simplemente otra de sus obligaciones, como cambiar una venda o darle una medicina en la boca.
Calmó sus temores dedicando toda su atención a limpiar las manchas de sangre de su cara y su garganta. Pero cuando llegó el momento de apartar la sábana vaciló. Se suponía que era una mujer de mundo, una mujer que no debería asustarse ante la perspectiva de ver un hombre desnudo. En su actual estado, se dijo a sí misma con firmeza, atender a Edward era como bañar a un niño pequeño.
Pero mientras doblaba la sábana hacia abajo, dejando al descubierto su musculoso pecho y su terso abdomen, resultó evidente que no era un niño, sino un hombre, y extremadamente viril.
Metiendo el trapo en el agua caliente, Bella lo pasó por las colinas y los valles de su pecho, eliminando hasta el último rastro de sangre seca. Las relucientes gotas de agua se quedaban en los rizos dorados y cobrizos de su pecho. Cuando una gota especialmente atrevida se deslizó por debajo de la sábana enrollada sobre sus estrechas caderas, la siguió con la mirada, hipnotizada por el aliciente de lo prohibido.
Le había asegurado a Brady que era correcto que le bañara. Pero no había nada correcto en la repentina sequedad de su boca, su respiración agitada y el perverso deseo de levantar esa sábana y echar un vistazo debajo.
Lanzó una mirada furtiva a la puerta deseando haberla cerrado.
Mordiéndose el labio inferior, Bella cogió el borde de la sábana con el índice y el pulgar y lo subió hacia arriba centímetro a centímetro.
—¿Soy yo o hay corriente aquí?
Al oír esa oscura voz de barítono, un poco débil, pero tan burlona como siempre, Bella dejó caer la sábana como si estuviera ardiendo.
—Disculpe, señor. Sólo estaba comprobando su…
—¿Circulación? —dijo moviendo una mano hacia ella—. Siga, por favor. No quisiera que dejara de satisfacer su… curiosidad. Por mi salud, por supuesto.
—¿Cuánto tiempo lleva consciente? —preguntó Bella mientras aumentaban sus sospechas.
Él se estiró, haciendo que se ondularan los tersos músculos de su pecho.
—Oh, desde antes de que Brady llamara a la puerta.
Recordando cómo había acariciado los contornos esculpidos de la parte superior de su cuerpo, Bella quiso desaparecer.
—¿Ha estado despierto todo el tiempo? No puedo creer que fuera a dejarme…
—¿Qué? —parpadeando con sus ojos ciegos, parecía el vivo retrato de la inocencia—. ¿Que cumpliera con sus obligaciones?
Bella cerró la boca, sabiendo que no podía seguir discutiendo sin incriminarse, y subió la sábana hacia arriba de un tirón para proteger su pecho desnudo de su mirada.
—Si tiene problemas para descansar puedo darle más láudano.
Él se estremeció.
—No, gracias. Prefiero que me duela a no sentir nada. Así al menos sé que estoy vivo. —Mientras ella miraba la venda, esbozó una triste sonrisa que hizo que se le encogiera el corazón—. Sólo espero que no deje una cicatriz que estropee mi aspecto.
Apartándole el pelo revuelto, Bella apoyó una mano en su frente. Curiosamente, era ella la que parecía tener fiebre.
—Ahora mismo la vanidad debería ser su última preocupación. Tiene suerte de estar vivo, ¿sabe?
—Eso dicen. —Antes de que ella pudiera quitar la mano, le agarró la muñeca y la puso en medio de los dos—. Pero ¿qué hay de su suerte, señorita Dwyer? ¿No debería estar de nuevo en Londres mostrando su compasión a un marinero agradecido que la miraría con ojos de cordero y pediría su mano en cuanto se pusiera en pie?
—¿Y dónde estaría ahí el reto? —preguntó Bella suavemente incapaz de apartar la vista de esos grandes dedos masculinos curvados alrededor de su delicada muñeca, con el pulgar sobre su acelerado pulso—. Prefiero malgastar mi compasión con bestias desagradecidas con mal carácter. Si quería que me quedara, no era necesario que se cortara el cuello. Podría habérmelo pedido amablemente.
—¿Arruinando mi reputación de bestia? No lo creo. Además, sólo la estaba llamando para tener el placer de despedirla personalmente. —Pasó el pulgar por la palma de su mano en algo parecido a una caricia.
—Bueno, ahora no puedo irme —dijo ella animadamente—. Mi conciencia no me permitirá marcharme hasta que se recupere por completo de su caída.
Él suspiró.
—Entonces supongo que tendrá que quedarse. No quisiera mancillar una conciencia tan prístina como la suya.
Desconcertada por sus palabras, Bella dio un tirón para librarse de él. Sus dedos dejaron una marca roja en la piel de su muñeca.
—Aunque no es del todo perfecta —añadió señalando hacia la silla—. Ronca mientras duerme.
—Y a usted se le cae la baba —replicó atreviéndose a tocarle un instante la esquina de la boca.
—¡Touché, señorita Dwyer! Su lengua es tan afilada como su ingenio. Quizá debería llamar al médico antes de que empiece a sangrar de nuevo. —Bajó la sábana hasta la cintura y sacó las piernas de la cama—. Mejor aún, iré a buscarle yo mismo. A pesar de mi pequeño contratiempo, esta mañana me siento asombrosamente vivo.
—¡Oh, no! —Bella le agarró por los hombros y volvió a recostarle en las almohadas—. El doctor Gerandy dijo que tiene que estar en la cama por lo menos tres días. —Frunció el ceño—. Aunque no me dijo qué debía hacer para mantenerle en ella.
Acomodándose de nuevo entre las almohadas, Edward puso las manos detrás de la cabeza con un brillo de maldad en sus ojos.
—No se preocupe, señorita Dwyer. Estoy seguro de que se le ocurrirá algo.


La lluvia repiqueteaba contra las ventanas de la habitación de Edward. En vez de ayudarle a dormir, su incesante ritmo le alteraba aún más los nervios. Cualquier esperanza de escapar de su prisión en los dos últimos días había sido obstaculizada por la constante presencia de su enfermera.
Su creciente inquietud parecía amplificar los sonidos de la habitación: el crujido de la silla junto a la ventana cuando la señorita Dwyer se hundía un poco más en los cojines, el de sus dientes al morder una crujiente manzana, el del papel cuando pasaba la página de su libro.
Empleando la memoria y la imaginación, Edward casi podía verla allí, en el sitio que había ocupado con tanta frecuencia cuando era pequeño y ésa era la alcoba de sus padres. La lámpara de la mesa de al lado proyectaba un suave oasis de luz a su alrededor, manteniendo alejadas las sombras. Probablemente tenía los pies debajo de ella para protegerlos de la humedad que se filtraba por el zócalo los días de lluvia. Mientras daba otro mordisco a la manzana vio cómo clavaba los dientes blancos en su deliciosa piel roja y cómo sacaba su pequeña lengua para coger una gota de jugo en la esquina de su boca.
Probablemente llevaba uno de esos ridículos pañuelos de lino y encaje que las mujeres se ponían en lo alto de la cabeza. Pero por mucho que se concentrara no lograba ver su cara.
Tamborileó las sábanas con sus largos dedos mientras su frustración iba en aumento. Se aclaró la garganta, pero la única respuesta que obtuvo fue el crujido de otra página al pasar. Volvió a aclararse la garganta, esta vez con la fuerza de un pistoletazo.
Sus esfuerzos fueron recompensados con un suspiro de resignación.
—¿Está completamente seguro de que no quiere que le lea en voz alta, señor?
—Yo diría que no —respondió—. Me sentiría como si hubiese vuelto a la infancia.
Bella se encogió de hombros.
—Como quiera. No quisiera perturbar su mal humor.
Edward le dio el tiempo suficiente para volver a centrarse en la historia antes de decir:
—¿Qué está leyendo?
—Una obra de teatro. Speed the Plough, de Thomas Morton. Es una comedia de costumbres muy amena.
—La vi hace tiempo en el Teatro Real, en Drury Lane. Estoy seguro de que se sentirá identificada con la señora Grundy —dijo refiriéndose a ese bastión de la mojigatería que no aparece nunca en escena—. Yo habría pensado que le gustaría más una tragedia de Goethe. Un siniestro relato moral en el que un pobre desgraciado acaba condenado para toda la eternidad por vislumbrar una media o algún otro pecado imperdonable.
—Prefiero pensar que ningún pecado es imperdonable.
—Entonces envidio su inocencia —respondió sorprendido al darse cuenta de que lo había hecho.
El sonido de otra página al pasar le dijo que prefería leer a discutir con él. Cuando se estaba resignando a echar una larga siesta ella se rió en voz alta.
Edward frunció el ceño irritado y levantó una pierna sujetando las sábanas con cuidado sobre su regazo.
—¿Se ha reído o se le ha indigestado la manzana?
—Oh, no es nada —respondió ella alegremente—. Sólo un pasaje especialmente gracioso.
Tras otra risita, Edward vociferó:
—¿No cree que es de mala educación disfrutar sola de tanta brillantez literaria?
—Pensaba que no quería que le leyera.
—Considérelo curiosidad morbosa. Me muero por saber qué le hace gracia a una criatura tan sosa como usted.
—Muy bien.
Mientras seguía leyendo un divertido diálogo entre dos hermanos que estaban enamorados de la misma dama, Edward se quedó sorprendido al descubrir que su enfermera se había equivocado de vocación. Debería haberse dedicado al teatro. Sus perfectas inflexiones hacían que los personajes cobraran vida. Antes de que pudiera darse cuenta, Edward se encontró sentado en la cama inclinándose hacia el sonido de su voz.
En medio de una broma un poco picante, ella se detuvo a mitad de frase.
—Perdóneme. No pretendía interrumpir su descanso.
Ansioso por saber cómo acababa la escena, él hizo un gesto para desechar su disculpa.
—Puede terminar. Supongo que incluso su parloteo infernal es preferible al sonido de mis pensamientos.
—Me imagino que se cansará enseguida.
A Edward no le costó imaginar su sonrisa afectada mientras volvía a meter la cabeza detrás del libro. Pero al menos le hizo caso, continuando donde lo había dejado y leyendo la obra hasta el final. Al terminar el último acto, ambos lanzaron un suspiro de satisfacción.
Cuando Bella habló finalmente ya no había dureza en su voz.
—El aburrimiento debe ser su peor enemigo, señor. Estoy segura de que antes de la guerra disfrutaba de muchosplaceres.
¿Era su imaginación o había acariciado la palabra con su voz?
—El aburrimiento era mi peor enemigo hasta que llegó usted a Masen Park.
—Si me lo permite, podría ayudarle a aliviar un poco su tedio. Podría llevarle a dar largos paseos por el jardín. Podría leerle en voz alta todas las tardes. Incluso podría ayudarle con la correspondencia si quiere. Tiene que haber alguien a quien le haga ilusión tener noticias suyas. ¿Sus compañeros de la Marina? ¿Su familia? ¿Sus amigos de Londres?
—¿Para qué voy a estropear sus buenos recuerdos? —preguntó secamente—. Seguro que prefieren pensar que estoy muerto.
—No sea ridículo —le regañó—. Estoy segura de que todos se alegrarán al recibir una breve nota en la que les diga cómo le va.
A Edward le desconcertó el enérgico sonido de sus pasos cruzando la habitación, hasta que oyó abrirse el cajón del escritorio.
Actuando instintivamente, echó las mantas hacia atrás y se lanzó hacia el sonido. Esta vez la desesperación agudizó su puntería en vez de entorpecerla. Sus manos se cerraron sobre los contornos familiares del cajón y lo cerraron de golpe. Cuando estaba a punto de exhalar un suspiro de alivio, se dio cuenta de que el suave y cálido objeto atrapado entre sus brazos extendidos era su enfermera.

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