martes, 26 de abril de 2011

La búsqueda continua

Capítulo 21 “La búsqueda continua”

Querida Marie,
Una palabra de sus labios y no me separaré de usted…
El desconocido se abría paso por las concurridas calles de Londres con una expresión tan amenazadora y unas zancadas tan enérgicas que hasta los mendigos y los rateros corrían para apartarse de su camino. No parecía importarle el penetrante viento de octubre que azotaba la capa de su abrigo de lana mientras las frías gotas de lluvia caían del ala curvada de su sombrero.
No era la rugosa cicatriz que le desfiguraba la cara lo que hacía que los transeúntes abrazaran a sus hijos y se apartaran a un lado. Era la expresión de sus ojos. Su mirada ardiente escrutaba todas las caras que pasaban, provocando en todo el mundo un escalofrío.
A Edward no se le escapaba esa ironía. Por fin podía ver, pero le seguían negando la visión que más deseaba. Cada amanecer, por impresionantes que fueran sus rosas y sus dorados, sólo iluminaba el oscuro camino que tenía por delante. Cada puesta de sol predecía la larga y solitaria noche que le esperaba.
Caminaba majestuosamente entre las sombras, consciente de que comenzaba a oscurecer un poco antes cada día. El año estaba envejeciendo, igual que él. Muy pronto no sería la lluvia la que caería sobre sus mejillas, sino la nieve.
A pesar de la generosa cantidad que Edward les había ofrecido para seguir buscando a Bella, Steerforth y sus hombres se dieron por vencidos. Después de eso Edward comenzó a recorrer las calles él mismo, regresando a su casa de Grosvenor Square por la noche sólo cuando estaba demasiado agotado para dar otro paso. Había visitado todos los hospitales de Londres, pero nadie recordaba a una antigua institutriz llamada Dwyer que había atendido a los soldados y los marineros heridos.
Sólo había algo que temía más que no encontrar a Bella. ¿Y si no era capaz de reconocerla?
El primer mes de su búsqueda arrastró a Marks con él. El tímido mayordomo se lo había pasado tan mal acurrucado en la esquina de una sórdida taberna como interrogando a los vendedores ambulantes de Covent Garden. Finalmente Edward se apiadó de él y lo mandó de vuelta a Masen Park.
Ahora, como los hombres que había contratado para buscarla, estaba obligado a confiar en descripciones que variaban dependiendo de a quién preguntara. Lo único que sabía era que estaba buscando a una mujer delgada de estatura mediana con el pelo castaño, unos rasgos delicados y unos ojos normalmente cubiertos por unas gafas muy poco atractivas. Algunos criados insistían en que eran azules, mientras que otros juraban que eran marrones. Sólo Alice creía que eran verdes.
Sabía que era una locura, pero Edward tenía que pensar que si se encontraba cara a cara con Bella algo en su alma la reconocería.
Bajó por una calle mal iluminada que conducía a los muelles. Cada vez que exploraba los barrios bajos de Whitechapel o Billingsgate le daba más miedo encontrar a Bella que no encontrarla. La idea de que pudiera estar vagando por un callejón oscuro embarazada le volvía loco. Le habría gustado empezar a derribar puertas y agarrar a la gente por el cuello hasta que alguien pudiera demostrar que no era un producto de su imaginación.
Su determinación para encontrarla no se había tambaleado, pero las dudas que tenía desde su visita a casa de los Hale seguían atormentándole. Se acordaba de la tarde lluviosa que le había leído Speed the Plough. Había representado todos los papeles con una gran convicción. ¿Y si también había representado el papel de mujer enamorada? Pero si había sido así, ¿cómo podía haberse entregado a él tan generosamente? ¿Cómo podía haberle dado su inocencia sin pedir nada a cambio?
Mientras cruzaba un callejón oscuro le llegó a la nariz una fragancia evasiva. Parándose en seco, cerró los ojos y respiró profundamente, abrazando la oscuridad en vez de huir de ella. Allí estaba otra vez ese olor inconfundible a limón sobre la mezcla de aromas de las salchichas quemadas y la cerveza derramada.
Abriendo los ojos, escrutó las figuras sombrías que había a su alrededor. Una mujer con una capa acababa de pasar por delante de él al otro lado del callejón. A través de la lluvia podría haber jurado que vio un mechón de pelo castaño rojizo saliendo de su capucha.
Corriendo detrás de ella, Edward la agarró por el codo y le obligó a darse la vuelta. Cuando se le cayó la capucha hacia atrás vio una sonrisa desdentada y un par de pechos flácidos que amenazaban con salírsele de su amplio escote. Edward retrocedió al notar el fuerte olor a ginebra de su aliento.
—Eh, no es necesario ser tan brusco con una dama. A no ser que le guste de esa manera. —Aleteó sus escasas pestañas con un gesto grotesco—. Por unos cuantos chelines más podría estar dispuesta a averiguarlo.
Edward bajó la mano sin poder resistir el impulso de limpiársela en su abrigo.
—Perdóneme, señora. La he confundido con otra persona.
—¡No tenga tanta prisa! —dijo ella mientras él se daba la vuelta y comenzaba a alejarse rápidamente, tropezándose con un deshollinador malhumorado en su intento de escapar—. A un tipo tan guapo como usted podría hacérselo gratis. Sé que no tengo demasiados dientes, pero algunos caballeros dicen que así es más dulce.
Cansado hasta el alma, Edward atravesó las sombras del callejón decidido a buscar refugio en el carruaje que había dejado aparcado a la vuelta de la esquina.
Levantándose el cuello del abrigo para protegerse de una fría ráfaga de viento y lluvia, cruzó la concurrida calle esquivando un coche lleno de bellezas sonrientes y un farolero de cara colorada que iba corriendo de una farola a otra, encendiendo el aceite con un breve beso de su antorcha.
Edward no se habría fijado en la andrajosa figura acurrucada en la acera debajo de una de esas farolas si no hubiera oído decir al hombre:
—¡Una limosna, por favor! ¡Medio penique para ayudar a los que no pueden valerse por sí mismos!
—¿Por qué no va al asilo y nos ayuda a todos? —gruñó un caballero pasando por encima de él.
Sin perder su alegre sonrisa, el hombre acercó su platillo a una mujer de nariz afilada a la que seguían una doncella, un criado y un paje africano cargado con un montón de paquetes.
—¿Podría darme medio penique para un plato caliente de sopa, señora?
—No necesita un plato caliente de sopa. Lo que necesita es un trabajo —le informó apartándose de él—. Así no tendría tiempo de acosar a los cristianos decentes.
Moviendo la cabeza de un lado a otro, Edward sacó un soberano de su bolsillo y lo echó al platillo del hombre al pasar.
—Gracias, teniente.
Ese tono suave y culto hizo que Edward se detuviera y se diese la vuelta.
Cuando el hombre levantó la mano en un saludo fue imposible no fijarse en su temblor incontrolable y en el brillo de inteligencia en sus ojos marrones claros.
—Martin Worth, señor. Servimos juntos a bordo del Victory. Probablemente no se acordará de mí. Sólo era un guardia marina.
Al mirar mejor Edward se dio cuenta de que lo que parecían harapos era en realidad un uniforme naval hecho jirones. La descolorida chaqueta azul caía colgando sobre un pecho casi esquelético. Los sucios pantalones blancos estaban recogidos sobre las piernas de Worth, o lo que quedaba de ellas. Ya no necesitaba ni calcetines ni botas.
Mientras Edward levantaba despacio la mano para devolver el saludo, una tos seca que salió del pecho de Worth estuvo a punto de doblarle. Era evidente que la humedad se le había metido ya en los pulmones. No sobreviviría al próximo invierno.
Algunos hombres no han vuelto aún de esta guerra. Y algunos no volverán nunca. Otros han perdido los brazos y las piernas. Están mendigando en las cunetas con sus uniformes y su orgullo hecho jirones. Les insultan, les pisotean, y la única esperanza que les queda es que un desconocido con una pizca de caridad cristiana en su alma les eche una moneda en sus platillos.
Mientras esa voz resonaba en su memoria, Edward movió la cabeza sin poder creérselo. Había estado buscando a Bella durante meses, pero fue allí, en la esquina de una calle cualquiera, mirando a un desconocido a los ojos, donde por fin la encontró.
—Tiene razón, guardia marina Worth. No me acordaba de usted —confesó quitándose el abrigo y arrodillándose para ponérselo sobre sus escuálidos hombros—. Pero ahora sí.
Worth le miró totalmente desconcertado mientras él hacía señas al otro lado de la calle y lanzaba un agudo silbido para que el cochero acercase el carruaje.


—No puedo creer que me hayas convencido para venir aquí —susurró Marie mientras ella y Rosalie bajaban por las pulidas escaleras que conducían al concurrido salón de baile de la mansión de Mayfair de lady Mallory—. Si en nuestra parroquia no hubiera un nuevo coadjutor no habría permitido que me arrastraras a Londres.
—¿Soltero? —preguntó Rosalie.
—Me temo que sí. Aunque si mi madre tiene algo que decir al respecto no será por mucho tiempo.
—Por tu tono deduzco que no te parece un buen partido.
—Al contrario. Tiene todo lo que mi familia cree que debería desear en un marido. Es aburrido, impasible, aficionado a dar largas disertaciones sobre las maravillas de criar ovejas de cara negra y curar salchichas. Les encantaría que pasara el resto de mis días zurciendo sus calcetines y criando a sus rechonchos hijos —suspiró—. Quizá debería dejar que me cortejara. No merezco nada más.
Ni siquiera los guantes que llevaba Marie hasta el codo pudieron suavizar el impacto de las uñas de Rosalie al clavarse en su brazo.
—¡Ni se te ocurra pensar algo así!
—¿Por qué no? ¿Cómo preferirías que pasara lo que me queda de vida? ¿Llorando sobre tu hombro? ¿Soñando con un hombre que no puedo tener?
—No puedo predecir cómo vas a pasar el resto de tu vida —dijo Rosalie mientras llegaban al pie de las escaleras y comenzaban a abrirse paso entre los invitados—, pero sé cómo vas a pasar esta noche. Sonriendo. Saludando. Bailando. Y charlando con jóvenes a quienes no les importa nada las ovejas o las salchichas curadas.
—¿Y qué estamos celebrando hoy? ¿Ha ganado el caballo de lord Mallory otra carrera en Newmarket? —Marie sabía tan bien como Rosalie que los anfitriones más famosos de Londres aprovechaban cualquier excusa para animar los largos y aburridos meses entre una temporada y otra.
Rosalie se encogió de hombros.
—Lo único que sé es que tiene algo que ver con que Napoleón siga amenazando con bloquearnos. Lady Mallory ha decidido organizar un baile en honor de algunos de los oficiales que embarcan mañana para salvarnos de los horrores de una vida sin encaje belga e higos turcos. ¿Por qué no consideras esta noche un sacrificio para apoyar una causa tan noble?
—Se te ha olvidado —dijo Marie alegremente para ocultar el repentino dolor de su corazón—, que yo ya he cumplido con el rey y con la patria.
—Es verdad. —Rosalie suspiró con tristeza—. Eres una chica con suerte. ¡Mira! —exclamó al ver a un criado de librea entre la multitud con una bandeja de plata llena de copas de ponche—. Como todavía no se ha fijado en nosotras ningún caballero, supongo que tendremos que ir a buscar nuestro ponche. Espera aquí. Ahora vuelvo.
Marie contuvo una protesta mientras Rosalie desaparecía entre la multitud con la cola de su vestido blanco de muselina resplandeciendo detrás de ella.
Luego miró alrededor del abarrotado salón de baile con una sonrisa forzada en sus labios. Rosalie había insistido en que se pusiera un lazo a juego con su vestido de color melocotón entre sus rizos sedosos.
Aunque el baile no había comenzado aún, un cuarteto de cuerda estaba ensayando al fondo del salón. Cuando un joven soldado acababa de fijarse en Marie, un violinista empezó a tocar las tristes notas de «Barbara Allen».
Marie cerró los ojos, recordando con toda claridad otro salón de baile, otro hombre.
Cuando los abrió el joven soldado se dirigía hacia ella entre la multitud. Entonces se dio la vuelta pensando sólo en escapar.
Había sido un error dejar que Rosalie la convenciera para ir allí. Miró a su alrededor, pero no vio a su amiga por ninguna parte. Tendría que buscar su carruaje y pedirle al cochero que la llevara a casa de los Hale inmediatamente. Luego podría volver a buscar a Rosalie.
Al ver por encima de su hombro que el soldado aún la perseguía, fue corriendo hacia las escaleras y pisó a alguien sin darse cuenta.
—¡Ten cuidado, jovencita! —dijo una señora mayor frunciendo el ceño.
—Lo siento —murmuró empujando al pasar a un hombre rechoncho con la nariz colorada.
Por fin consiguió salir de la multitud, temblando casi de alivio al encontrarse al pie de las escaleras. Sólo unos pasos más y sería libre.
Sintiéndose ya como si le hubieran quitado un peso de encima, al mirar hacia lo alto de las escaleras se encontró mirando directamente a unos ojos verdes como la espuma del mar.

1 comentario:

  1. MEE HA GUSTADO MUCHO EL CAPITULO ES GENIAL YA ESPERO EL OTRO MERCIII POR EL COMENTARIO
    POR CIERTO ACTUALIZE :D
    TE QUIERE LUNA DE AMANECER

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