jueves, 3 de marzo de 2011

"Veremos cuánto tiempo puedes resistirte"

Capítulo 13 "Veremos cuánto tiempo puedes resistirte"

Una gota de sudor rodaba por la frente de Bella, que se mantenía agarrada con todas sus fuerzas a la chimenea que estaba a menos de cinco metros del balcón.
Su vista ya se había adaptado a la tenue luz de la luna, lo que le permitió distinguir el brillo de enfado en los ojos de su marido. En su cara se dibujaba esa enloquecedora expresión de ironía mientras descansaba las manos en la barandilla del balcón y la miraba con educado interés.
— ¿Qué estás haciendo ahí, querida?
—Ah, guárdate tus ironías —le suplicó furiosa, mirando con pavor la distancia indescifrable que la separaba del suelo, mientras seguía con los brazos abrazados a la torreta—. Me he quedado atascada aquí. Voy a morir.
—No seas exagerada, Isabella —dijo alegremente, quitándose el chaquetón y subiendo una de sus piernas por encima de la baranda—. Soy tu marido y tendré que salvarte.
— ¡Ten cuidado! —le dijo, adivinando en algún remoto lugar de su cerebro que tanta simpatía en esas circunstancias no podían significar sino que estaba enfadado con ella.
—Tonterías, les contaré a nuestros hijos todo esto —continuó, deslizándose con total agilidad por la curva del techo. Al llegar al borde, se detuvo, para calibrar su próximo movimiento—. Y a los hijos de nuestros hijos. Y a los hijos de los hijos de nuestros hijos. —Entonces saltó.
Bella ahogó un grito.
Aterrizó graciosamente, primero con el pie izquierdo y después con el otro, en el mismo pequeño apoyo que ella había utilizado. Isabella parpadeó, boquiabierta y con el corazón en un puño.
—De hecho —dijo mientras salvaba una pequeña depresión—, debería escribir esto en los anales de la historia de Ascensión. Mejor aún, lo declararé día nacional. El Día de la Escalada al Tejado, ¿qué te parece?
Ella ahogó de repente un grito de terror al ver que se tambaleaba sobre sus pies un momento, riéndose.
— ¡Estás borracho!
Pegándose a la torreta para poder acercarse a ella, la miró indignado.
—No lo estoy. Eso no sería muy galante de mi parte, ¿no crees? Siendo como eres una vestal virgen. ¿Cómo diablos has llegado hasta aquí?
— ¡Eres un lunático! ¡No puedo creer que estés borracho! ¡Vas a hacer que nos matemos los dos!
—Vamos, querida. He hecho cosas mucho más estúpidas en mi vida y siempre he salido ileso. ¿Por qué te has subido a esta chimenea? Pensé que lo que querías es ir hacia abajo.
Ella se mordió la comisura de los labios.
—Estaba tratando de volver.
— ¿Ah, sí? —le dirigió una afectuosa mirada.
—Por favor, alteza. No sé cuánto tiempo puedo seguir sujetándome.
Él hizo una mueca divertida con un brillo en los ojos que le recordó a las estrellas.
Ella cerró los ojos con fuerza.
—Es insoportable, señor. Insoportable. —Y le oyó reírse de ella, por lo que abrió los ojos—. ¡No tiene gracia!
—Está bien. Te diré lo que vamos a hacer. Dame un segundo. —Como tenía las piernas más largas que ella, pudo fácilmente salvar el hueco que a ella le había paralizado. Se aferró con el pie izquierdo al ángulo del tejado y con el derecho se apoyó en el estrecho borde que flanqueaba la torre. Balanceándose, estiró las manos hacia ella.
—Debes de estar bromeando —gruñó ella, mientras Edward la sujetaba firmemente por las caderas.
—Vamos —le ordenó, esta vez sin un rastro de humor en su voz.
—A ti nada te sujeta. ¡Te caerás! ¡Vuelve dentro!
—No tengas miedo, amor —la animó—. Vamos, ven conmigo. Lentamente.
—Edward.
—No pasa nada. Sólo déjate ir. No dejaré que te caigas.
Ella cerró los ojos al oír el tono dulce de su voz, pero aún cuando quería con todo su corazón obedecerle, sus brazos se negaban a soltarse de la puntiaguda chimenea.
—No puedo.
—Tranquila —le dijo—. Vamos, no dejaré que te pase nada. Tienes que confiar en mí, cariño.
Ella tragó fuerte.
—Está bien, voy a empezar a soltarme.
—Bien. Quédate quieta en mis brazos.
Sabía que el más mínimo movimiento podría hacerle perder el equilibrio. Maldiciéndose por ponerles a los dos en una situación tan peligrosa, aflojó los dedos del tejado al sentir como su apretón se hacía más fuerte alrededor de sus caderas, bajándola, poco a poco. No podía hacer otra cosa que rezar.
Podía sentir la fuerza en los brazos de Edward, en sus hombros y pecho, conforme iba atrayéndola hacia él. Sus movimientos eran lentos, cuidadosos y equilibrados, y ponían de manifiesto una agilidad que sólo podía ser resultado de sus años de entrenamiento en esgrima, un deporte que como todo el reino sabía, el príncipe dominaba a la perfección. Con la fortaleza de sus largas piernas pudo sujetarles a ambos, con una estabilidad milagrosa, sobre el abismo que se abría a sus pies.
Ella no podía hacer otra cosa que esperar, atragantada de miedo, mientras él quitaba uno de sus pies del borde de la torre, tentando el vacío, y se echaba hacia atrás con ella en brazos, de vuelta a la relativa seguridad del saliente del tejado.
Isabella se quedó allí tumbada, aliviada después del miedo que había pasado, y agradeciendo a Dios una y otra vez que les hubiera salvado.
—Me pregunto si me he ganado un beso —dijo, de repente, Edward.
Ella le miró, con los ojos entrecerrados. Edward le sonreía como un niño malo, con unos cuantos mechones de pelo cobrizo cayéndole por la cara.
— ¿Qué opinas?
—Todavía no estamos dentro.
—Al menos, tenía que intentarlo —señaló él—. Deben de ser esos pequeños pantalones tuyos. De verdad pueden atormentar la imaginación de cualquier hombre, si me permites que te lo diga. —Se tumbó en el tejado de espaldas, con los brazos flexionados bajo la cabeza—. Es una noche preciosa. ¿Sabes?, muchas mujeres han arriesgado su vida tratando de entrar en mi cama, no intentando salir de ella. Tú eres la primera. En realidad, eres la primera y la única —repitió en voz baja, con la mirada lejana y fija en la luna.
Ella contempló su perfil, sus increíbles pestañas, su imperiosa nariz y su despejada frente. Sintió una punzada de culpabilidad por haber sido tan cobarde.
—Lo siento, Edward.
—Bueno, mi caracolito, supongo que estás perdonada.
— ¿Lo estoy?
—Te dije que sólo había una cosa que podría enfadarme.
—La mentira.
—Sí.
— ¿Edward?
—Mi madre me llama Edward, ¿lo sabías? —La luz de la luna le iluminó la mejilla cuando giró la cara para mirarla. Tenía una incipiente barba dorada oscura, lo que hacía que sus facciones, ya de por sí hermosas, adquiriesen un aire mucho más masculino. Él levantó una mano y le acarició la cara.
—Tienes unos ojos preciosos. Dime, amor.
Ella no se apartó, pero al oír el piropo, olvidó de repente lo que iba a decir. Él cambió su intensa mirada por una sonrisa.
—Puedo sentir cómo te ruborizas bajo la palma de mi mano —murmuró, y después le dio un pequeño pellizco. Tratando de ser juicioso, retiró la mano y volvió a colocarla debajo de su cabeza.
Bella miraba a lo lejos, a la lejanía del mar.
— ¿Es así como conquistas a todas las mujeres?
Él se detuvo. Bella sintió que se ponía tenso, como si su inocente pregunta le hubiese pinchado. Su tono fue seco.
—Bueno, no siempre las rescato de una muerte segura, pero normalmente sí, las conquisto hablando.
—Entonces ése es tu método.
—No. No tengo ningún método. Seducir no es ninguna ciencia, ¿entiendes? Es un arte. Y tú, querida, estás en las manos de Miguel Ángel.
— ¿Vas a...? Vah, soy una estúpida, no me hagas caso.
— ¿Qué?
—No importa.
— ¿Qué es, Bella? —susurró, mirándola con una sonrisa de niño malo—. ¿Quieres saber si voy a seducirte?
— ¡No! ¡Ésa no era mi pregunta! —gimió, mortificada.
— ¿Qué es lo que estás pensando?
Ella bajó los ojos, avergonzada. Sin embargo, tenía que saber si sus intenciones con ella iban en serio.
—Vas... vas a mantener a tu amante, la señorita Denali, ¿verdad?
Ella sabía que Edward la estaba mirando, pero era incapaz de le vantar los ojos. Su voz sonó apagada y forzada, sus palabras cayeron con rapidez en la oscuridad de la noche.
—Quizás sería más fácil para mí si volviéramos dentro ahora y termináramos con todo esto... —empezó, pero cuando trató de levantarse una mano de hierro rodeó su cintura y lo siguiente que supo fue que estaba de espaldas sobre el tejado y una boca maravillosa la cubría de besos. Unos cuantos mechones de pelo le caían en la cara como si fuera seda, y la mano de su marido abarcaba toda su cara, acariciándole el cuello y el pelo. Era la gloria.
Aún peor. Le rodeó el cuello con los brazos como si se hubiesen puesto de acuerdo y ella le sujetase con una sensación indescriptible de dolorosa alegría. Lentamente, comprendió que quería que abriese la boca, y le complació, entregándosela.
Él suspiró su nombre y después la besó lenta y profundamente, enredando su lengua en la de ella. No había nada en el mundo aparte de Edward. Su boca sobre la de ella, sus manos en su piel y sus fuertes músculos bajo las palmas de sus manos.
El beso fue cada vez más profundo, y sentía cómo le partía el cuerpo y se colaba entre sus piernas, cálido y esbelto. Con el brazo izquierdo hizo una almohada para su cabeza y con el derecho exploró su cuello y el resto de su cuerpo. Un momento después sintió que le tocaba el estómago, y se preguntó si podría sentir los latidos de su corazón que parecía querer salírsele del pecho.
Estaba desabrochándole la camisa. Ella apartó la boca.
—Edward —suspiró al sentir una mano que se deslizaba por dentro de su camisa y abarcaba su pecho. Pero no pudo sino gemir, arqueando la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados.
Nunca hubiese imaginado que las caricias de un hombre pudiesen ser tan increíblemente cálidas y tiernas. El beso de Edward le llegó hasta la garganta, sus labios eran como de seda y la barba incipiente le rozaba como la arena de la playa. Sólo su mano se movía dentro de su camisa, acariciándole suavemente el pecho.
No se dio cuenta de que llevaba ya un tiempo conteniendo la respiración mientras él pasaba su pulgar por el pezón, provocándola antes de contener una vez más todo el seno en su cálida mano. Los minutos pasaban, pero ella había perdido toda noción del tiempo. Gimió de nuevo al notar que él retiraba la mano de su cuerpo.
—Pronto, amor. Paciencia. —El tono alegre de Edward le recordó que se suponía que ella debía resistirse.
Obediente, se abotonó la camisa. Él le puso la mano en el estómago y bajó la mirada. Jadeante, abrió los ojos y le miró ensimismada. Su sonrisa era franca, y había una especie de extraña sabiduría en sus ojos bajo la eternidad de sus pestañas. Arriba, en el cielo negro, se alzaba inmensa la luna fría y blanca, como una paloma posada en el hombro de Edward.
Apoyaba ahora el codo sobre el tejado y la mejilla sobre su puño. Isabella, a su vez, le rodeaba el cuello con los brazos, dándose cuenta de que no quería dejarle marchar.
— ¿Lo ves? —murmuró, haciendo círculos en su estómago con un dedo—. No hay nada que temer.
Ella no estaba segura de eso, pero le sonrió somnolienta. Era consciente de que sus besos la habían distraído.
—Has esquivado mi pregunta con gran maestría.
—No la he esquivado. Quería besar a mi esposa. ¿Tan malo es eso?
— ¿Y bien? ¿Cuál es la respuesta? ¿O no quieres decírmela?
Bajó las pestañas y jugó con uno de los botones de la camisa de Bella.
—Es una concesión que me resisto a hacer.
—Estás enamorado de ella —dijo, con un escalofrío en su interior.
—Ni lo más remotamente —declaró—. Es una cuestión de principios.
— ¿Qué principios? —preguntó ella dudosa.
—Bueno, si te obedezco en esto, entonces pensarás que puedes controlarme todo lo que quieras, como haces con esos pobres chicos tuyos...
— ¡Yo no controlo a nadie!
—Por otro lado, si la razón por la que me pides esto es por que me quieres todo para ti..., de una manera celosa, entonces no veo cómo podría negártelo —le dirigió una sonrisa traviesa, pero Bella entrecerró los ojos de nuevo.
— ¿Alguna vez te ha dicho alguien lo arrogante que eres?
— ¿Yo? —exclamó, burlándose de ella. Su voz se suavizó al acariciarle el pelo con la punta de sus dedos—. Ya la he hecho salir del palacio, Isabella. No avergonzaré a mi esposa.
Ella apartó los ojos, desilusionada de que él no se ofreciera a romper con ella definitivamente.
—Está bien, gracias por ser tan considerado —dijo tensa.
— ¿Estás segura de que no me quieres para ti sola? Será mejor que lo digas ahora o de lo contrario tendrás que olvidar el asunto. Lo digo en serio. Tendrás que pedírmelo, si es lo que quieres. —Le hizo una mueca, provocándola.
— ¿Qué sacaría yo con eso?
—Nunca se sabe.
«Podría querer también la luna», pensó, pero en vez de contestar, se limitó a pasar sus nudillos por la dura línea de su dorada mejilla. Él sonrió, seductor, y parpadeó con lentitud, visiblemente complacido con su caricia.
— ¿Edward?
El murmullo de su respuesta fue como una caricia para ella.
— ¿Sí, Bella?
— ¿Te sorprendió que intentara escapar?
—No.
— ¿Te sorprendió que intentara volver?
—No.
— ¿No? —repitió ella, sorprendida por su respuesta, porque ni siquiera ella sabía que iba a actuar de esa manera. Su buen juicio le dijo que no debía seguir haciendo más preguntas. El hombre le había perdonado la vida a ella y a sus amigos. Le debía mucho más que huir sin dar explicaciones, especialmente cuando sabía que ya le habían traicionado antes.
—Me diste tu palabra. Un momento de debilidad es comprensible, dadas las circunstancias, pero me hiciste un juramento y yo sé que no eres una cobarde.
Ella apartó los ojos, escondiendo su dolor.
— ¿Edward? —le preguntó aún más suavemente.
— ¿Sí, Bella?
—Siento haberte golpeado —susurró—. Y dado una patada. Dos. Aunque te lo merecieras.
—Siento haberte disparado —respondió él, mirándola con abatimiento.
—Bueno, tenías una buena razón —admitió gravemente—. Te había robado.
Él se volvió y la miró fijamente, desconcertado.
— ¿Qué? —preguntó.
Él sacudió la cabeza, y después empezó a reír, alta y toscamente.
— ¿Qué pasa? No entiendo qué puede ser tan divertido... ¿otra vez te estás burlando de mí?
—Calla. —Se inclinó y la besó en los labios, sin dejar de reír por lo bajo—. Creo que estoy locamente enamorado de ti, princesa Isabella Cullen.
— ¡Ahórrate tus galanterías conmigo, Edward! —le replicó avergonzada, pero su sonrisa indicaba que sus palabras la habían complacido.
Haciendo un esfuerzo, Edward se levantó y le tendió la mano con una inclinación.
—Vamos, entremos.
La idea de entrar al dormitorio con él casi la desconcertaba, pero pensó que no podía quedarse el resto de su vida en el tejado, por lo que se cogió de su mano. Los dos escalaron de vuelta con cuidado hasta el balcón. Edward no la soltó ni un segundo. Ella pensó que, en realidad, había sido una suerte que hubiese venido a rescatarla, porque aunque había sido fácil bajar por los curvos tejados de mansarda, volver hubiese sido imposible para alguien de su tamaño. Edward, sin embargo, medía alrededor de un metro noventa, y no tenía ninguna dificultad en superar la distancia, tanto si la impulsaba por delante de él o si pasaba primero él y tiraba después de la mano de ella. La subida ponía a prueba su forma física, que era espectacular.
Cuando por fin Bella llegó a la barandilla del balcón detrás de su atlético esposo, él le abrió los brazos, invitándola divertido a que se dejara caer. Intrigada por la enigmática sonrisa que vislumbró en la oscuridad de su cara, salvó la barandilla y se dejó caer, nerviosa por el riesgo. Él la cogió en sus brazos sin dificultad.
No la depositó en el suelo. En vez de eso, se dio la vuelta y le apoyó la espalda contra la pared del muro, bajando los labios para besarla. Su beso lento y sabroso le dijo alto y claro que iba a ser el comienzo de una noche memorable. Sin embargo, el temor se apoderó de ella. El peligro estaba cada vez más cerca.
La tenía agarrada por detrás con las dos manos y su apretón se hizo más fuerte junto con su risa, una risa ronca que la volvía loca. En ese instante, decidió que debía tomar medidas drásticas para no sucumbir al deseo. Estaban demasiado cerca del dormitorio, demasiado cerca de la cama, pero sus húmedos y cálidos besos eran como el caramelo, y ella sólo quería devorarlos. Era como si no pudiera evitarlo, no podía dejar de acariciar su pecho. Le soltó el pelo y deslizó sus dedos por él.
Le deseaba con todas sus fuerzas, quería tocar todo su cuerpo, como él había hecho con el suyo la noche anterior en la embarcación.
La tenía aprisionada contra la pared, levantándole los muslos a la altura de sus caderas, primero uno y después el otro, persuadiéndola para que le rodeara con las piernas. Desesperada, Bella obedeció, y sólo cuando él pareció sentirse satisfecho con el grado de seguridad con que ella le rodeaba, se despegó de su boca para tomar aire después de un agotador beso.
Respirando con dificultad, la miró.
—Hola —susurró.
—Hola —dijo ella, sonrojada.
—Tengo una idea —murmuró—. Vayamos a ver lo que hay dentro.
Con ella en brazos, Edward se apartó del muro y caminó lentamente hacia el dormitorio.
A ella se le secaron los labios.
—Edward...
— ¿Sí, cariño? —murmuró su esposo con suavidad, rozándole la mejilla.
El corazón le latía desbocado.
—Yo no... no estoy lista.
—Calla —respiró él, acunándola levemente en sus brazos como si fuera una niña pequeña que necesitase que la tranquilizaran—. Lo estarás.
—Edward.
Besó la punta de su nariz.
—Bella, ángel mío. Mi pequeña bandida castaña. No tengas miedo. Yo cuidaré de ti, te lo prometo. ¿Recuerdas lo que te di la otra noche?
—Lo recuerdo.
—Pues hay mucho más esperándote.
— ¿Ah, sí? —susurró, con una voz que se perdía en el deseo.
Él cruzó la habitación y llegó hasta la cama, donde la colocó debajo de él y empezó a besarla lenta, profundamente.
Le levantó las piernas e hizo que le rodeara con ellas la cintura, una vez más. Ella tembló al sentir la dura calidez entre sus piernas.
— ¿No te gusta? —le susurró contra su piel—. ¿La sensación de nuestros cuerpos juntos, Bella? No siempre es así, ¿sabes? Hay malas combinaciones y las hay buenas.
—Edward. —Apenas podía pronunciar su nombre, con una súplica en la mirada.
Ah, se estaba rindiendo demasiado pronto.
Él sonrió con ternura.
—Bella —mirándola intensamente a los ojos, empezó a quitarle la camisa negra con una mano—, nosotros somos una buena combinación. ¿Puedes sentirlo?
Se preguntó cuántas veces habría dicho lo mismo a otras mujeres. Lo peor era que ella quería creer que sólo se lo decía a ella.
Tragó fuerte y buscó un tono algo más razonable.
—Ahora, Edward...
—Bella —repitió él con voz ronca. Le desnudó el hombro y empezó a besárselo mientras sus dedos desabrochaban el resto de la camisa hasta dejarle al descubierto pecho y estómago—. Eres maravillosa. Tan inocente. No tengas miedo.
—Creo que deberías parar ahora.
— ¿Ahora? —Bajó la cabeza y le besó la garganta, moviéndose cada vez más hacia abajo—. No, ahora no, vida mía. Ahora te daré placer como nunca antes has conocido.
—Pero yo... no quiero. —Trató de apartarle, cogiéndole por los hombros.
Él se limitó a reír sobre su estómago, y después la mordió levemente junto al ombligo.
— ¡Me has mordido!
— ¿Lo he hecho? Bueno... —Su voz parecía perezosa, melosa incluso—. Podría comerte como si fueras un dulce melocotón, querida. De hecho, puede que lo haga.
—De verdad, pienso que es suficiente...
—En realidad, nunca podré tener suficiente. —Su cálida y húmeda boca se movió juguetona por su piel, lentamente, rodeándole la curva de su pecho, y después capturando su pezón, besándolo, chupándolo con una delicadeza que la hizo perder el sentido—. Mmmm —se deleitó al succionarlo.
Ella se retorció, con el corazón acelerado.
— ¡Por favor!
— ¿Por favor, qué, Bella? ¿Qué es lo que quieres que haga? ¿Esto, quizás? —Deslizó la mano por sus muslos, rozándola suavemente.
— ¡Para! —gimió ella, retorciéndose de forma frenética como si tratase de escapar de sus agradables caricias—. ¡Sabes que no es eso a lo que me refiero! ¡Aléjate de mí! ¡Por favor!
—Calla —le susurró—. Deja que te mime. Sólo quiero hacerte sentir bien. Bella, voy a hacerte sentir muy bien.
—Me siento bien. Sólo quiero que pares...
Edward cogió el cordón que le sujetaba los pantalones negros, deshizo el nudo, y vio como los pantalones caían libremente por sus caderas.
—Preciosa —susurró, tirando lentamente de ellos para ver palmo a palmo la piel que se iba mostrando. No podía dejar de mirarla—. Ah, Bella —respiró—. Te deseo con todas mis fuerzas.
Con movimientos pausados, besó su tembloroso vientre, y después se detuvo. Apartándole las piernas, se puso de rodillas sobre ella y empezó a desabrochar su camisa, un botón tras otro, como si se tratase de un ritual.
Había una breve oportunidad de escapar. Cuando Edward se desabrochó los puños de la camisa, Bella se giró boca arriba, con la intención de salir de allí. Entonces le vio quitándose la camisa lentamente, dejando primero sus hombros descubiertos y luego todo su torso. La fina tela de la camisa cayó sobre las mantas y Bella olvidó moverse, ensimismada al ver la desnudez de su cuerpo.
Era hermoso. Profunda y extravagantemente hermoso.
Se quedó sin respiración al ver la nobleza y majestuosidad de su piel sedosa y la fortaleza de sus brazos brillando a la luz de la luna como mármol caliente y pulido. Su mirada se deslizó sobrecogida por su pecho bañado por el sol y sus exquisitos abdominales.
Con un silencio reverencial, su corazón se detuvo. ¿Cómo iba a poder resistirse a algo así? No tenía la más mínima oportunidad, nada podría salvarla.
Era humana como las demás. Además, nunca podría escapar a su fortaleza. Si la deseaba, la tendría, y no había nada más que hacer.
Pero Edward Cullen nunca tomaría a una mujer en contra de su voluntad. Esto era algo de lo que ella estaba totalmente segura.
Levantó los ojos lentamente, aturdida, desde su monumental torso hasta su rostro anguloso. El la miraba.
Los dos se perdieron en esa mirada.
«No puedo arruinar su vida —pensó—. Eres demasiado maravilloso como para que lo arriesgues todo por mí.» Sintió el espontáneo impulso de decirle lo atractivo que era, la perfección y la masculinidad que irradiaba, pero se mordió la lengua. Él lo sabía, pensó sabiendo que estaba perdida. Ah, él lo sabía.
Sin dejar de mirarla, Edward tomó sus manos entre las suyas. Se las llevó a la boca para besar dulcemente sus palmas, primero una y luego la otra. Después, se las puso sobre su bien esculpido estómago, invitándola sin decir una palabra a que le acariciara.
Con un pequeño e imposible gemido de deseo, se entregó a la seducción de su belleza masculina, explorándole, maravillada del calor aterciopelado de su piel. Recorrió con sus manos el vientre hasta llegar a su pecho, conociéndole, agasajándole. Él temblaba como un semental al contacto de sus manos.
Su esculpido pecho se alzaba, el deseo tintineando en sus ojos, y su pelo cobrizo oscuro se esparcía como un lujurioso pecado hasta sus hombros. Tenía un aspecto salvaje y elemental, de lo más masculino.
Arrebatada, Bella introdujo los dedos en los recovecos de sus hombros, y arañó lentamente sus brazos con las uñas.
Él cerró los ojos, con la cabeza baja mientras ella seguía acariciándole. Las puntas de su cabello se precipitaban sobre las limpias y tersas líneas de su clavícula. Ella se incorporó un poco para colocarle el pelo detrás de los hombros, jugando con los mechones que se le escurrían entre los dedos mientras se incorporaba para besar la curva de su cuello. Tenía un cierto gusto salado y olía a brandy y a colonia cara.
Ella se quedó así, con los ojos cerrados y las manos enredadas en el caos glorioso de su pelo. Se prometió que se detendría un segundo después, sólo un segundo después...
No estaba muy segura de que aquello estuviese pasando. El príncipe Edward —en sus brazos, en su cama— su marido, aunque fuera sólo por un tiempo. Dejándose llevar por la sensualidad del momento, pegó los labios a la parte de su cuello en la que podía sentir el pulso de sus arterias.
Con los ojos cerrados, Edward echó atrás la cabeza completamente rendido a ella, su nombre en los labios.
Sólo tuvo que seguir su instinto para entornar los labios y besarle en el cuello como él lo había hecho sólo un momento antes, mordisqueando su piel tierna y cálida, chupándosela como si fuera a devorarle.
—Bella. Dios mío, Bella —suspiró—, qué estúpido he sido.
— ¿Por qué? —preguntó ella, rozándole la nuca y buscando otro lugar especial donde morderle.
—Pensaba que sabía lo que era el placer. Pero nada... nada me había preparado para esto, para ti. Tú me haces sentir... todo.
Separándose un poco, Bella levantó los ojos hacia él y supo que nunca había visto nada tan erótico como a él en ese momento. Sentía tanta desesperación como deseo. Cerró los ojos como si así pudiese apartar la necesidad de tenerlo dentro, de abrirse a él, en cuerpo y alma, de ser uno con él y llevarle a su interior para no tener que estar sola nunca más.
La soledad, salvaje y oscura, crecía en ella como una gran ola del océano. La vencía y ella se entregaba, odiándose por no oponer resistencia, pero le deseaba demasiado. Volvió a acariciarle el pecho mientras se tumbaba de nuevo, con el cuerpo tembloroso.
Edward bajó la barbilla y levantó sus largas pestañas, dejando ver el fuego que ardía en sus ojos verdes.
—Es mi turno —susurró. Le acarició la mejilla, y con los dedos recorrió la cara hasta debajo de su barbilla, debajo de la garganta y así hasta bajar al pecho. Le abrió la camisa ya desabrochada y examinó sus pechos. Los sostuvo en la palma de su mano por un momento, presionando después con el pulgar sus pezones, pellizcándolos tan suavemente que el deseo le subió por la garganta hasta hacerla gemir.
Entonces la cubrió con su cuerpo. Sin dejar de besarle en los labios una y otra vez, dejó que las pieles se encontraran, en un amasijo de carne desnuda, cálida y aterciopelada.
Pero al sentir la mano de él descender hacia el interior de sus pantalones, Bella se puso rígida. Pareció recuperar la razón al darse cuenta de que las cosas estaban yendo demasiado lejos. Tenía que salvarle. Tenía que pararle. Aunque iba a enfadarse muchísimo.
Le sostuvo por los hombros.
—Edward...
—Bésame —susurró con autoridad.
Ella sintió algo duro y misterioso que empujaba con fuerza en su abdomen, y cuando se dio cuenta de lo que era, apartó la boca de él, atrapada bajo su cuerpo.
—No, no —gritó con horror—. No hagas esto, cariño. No podemos.
—Podemos. Es más, debemos —respondió él, sonriéndole con libertinaje y con un brillo de fervor en los ojos. Reanudó sus besos y con ellos el movimiento de la mano dentro de sus pantalones.
Ella gimió.
— ¡No! Por favor, Edward...
—Sí, Bella. Dios mío, sí. —Acarició su vagina y trató de introducir un dedo en ella.
Ella gritó horrorizada, y sin saber cómo, encontró la fortaleza para resistirse a sus caricias.
—¡Bella, cálmate! No voy a hacerte daño, amor...
Pero no lo escuchaba, revolviéndose tan violentamente como aquella noche en el Camino Real, cuando él la capturó en el bosque. El podía con ella con tanta facilidad como entonces. Con su mano izquierda le sujetaba las dos muñecas como si fueran unas esposas, clavándole las manos por encima de la cabeza y sobre la cama. Con rapidez, inmovilizó sus piernas poniendo sus muslos sobre los de ella, adelantándose así a un posible golpe de entrepierna ya conocido.
—Tranquilízate —le ordenó con suavidad. Jadeaba levemente—. Bella, cariño, nunca te haría daño, ¿no lo entiendes? Ahora me perteneces. —Le besó cariñosamente en la frente, y ella hubiese deseado llorar, porque quería que fuese cierto—. Eres mía para protegerte, para tomarte. ¿Acaso no estoy siendo cuidadoso?
— ¡Eres un bruto y quiero que te alejes de mí! —dijo con los dientes apretados, para deshacerse de él. Luchando contra las lágrimas de frustración, empezó a forcejear de nuevo, aunque sin resultado.
—Bella, para ya —dijo enfadado, sujetándola con más fuerza—. Sabes que tengo todo el derecho.
— ¡Pero yo no quiero! —gritó. El rio suavemente, rozándole el cuello.
—Prometiste que nunca me mentirías, ma chére. Bella, amor, es nuestra noche de bodas y esto fue parte del trato. Una parte importante, como sabes muy bien. Entrégate a mí, cariño. Túmbate y deja que te ame —respiró.
— ¡No me hagas esto, Edward!
Su risa era baja y perversa.
—Me gusta cuando gimoteas mi nombre de esa manera —murmuró mientras empezaba a besarle el lóbulo de la oreja—. No intentes engañarme, Bella. Puedo sentir tu humedad bajo mi mano y puedo hacerme una idea bastante clara de lo mucho que estás disfrutando.
Ella cerró los ojos, mareada por la pasión de sus besos.
—Te odio.
El rio suavemente, con un sonido perverso y seductor.
—No dirás lo mismo por la mañana. Ahora, voy a decirte lo que vamos a hacer. Primero, voy a terminar de desvestirte. Y después voy a hacerte el amor lenta y maravillosamente, Bella —dijo, mientras empezaba a quitarle la camisa—. Lenta y maravillosamente para mi virginal esposa. Sólo te dolerá un poco la primera vez, mi amor, pero después, te prometo que se abrirá ante ti un mundo lleno de placeres desconocidos.
—Por favor, no —dijo, con un gemido callado.
—Calla —susurró—. Es normal que estés nerviosa la primera vez, porque no sabes lo que va a pasar, pero debes confiar en mí, querida. Puedo hacer que tus miedos desaparezcan si te dejas llevar...
— ¡Deja de tocarme!
Una expresión de enfado apareció en sus gruesas y doradas cejas.
— ¡Maldita sea, te debes a Ascensión y a mi persona! Deja de jugar conmigo.
—No estoy jugando, ¡no estoy jugando! —replicó, pero él no prestó atención, bajándole los pantalones hasta los tobillos. Ella dejó caer la cabeza sobre la almohada, impotente.
Edward empezó y fue tan cuidadoso como había prometido. Ella no podía pararlo, o quizás era ese oscuro y oculto deseo el que le impedía luchar contra él como debiese.
Con las dos muñecas inmovilizadas por su mano izquierda, Edward le quitaba el pantalón con la derecha, acariciándole todo el cuerpo al hacerlo. Sus finas y fuertes manos se movían cálidamente sobre su sensible piel, con un toque suave y firme. Se inclinó para besarla en la boca, pero tuvo al menos la fuerza moral de negarse a aceptarlo, apartando la cara. Después pronunció un gemido provocado mitad por la desesperación mitad por el placer, al sentir sus dedos explorando el pequeño y denso mechón de cabello que guardaba su feminidad.
¿Y si James estaba equivocado después de todo?, pensó desesperada. ¿Y si al Rey no le importase este matrimonio? Tal vez pudiese entregarse a Edward en alegre abandono y mantenerle sin ninguna consecuencia.
Estúpida.
Su contacto era suave y delicado, lleno de experimentada finura. Trató de apartarse, pero sus dedos sólo se introdujeron aún más profundamente mientras murmuraba.
—Calla, pequeña, calla.
Ella gimió enfadada al ver el placer que le proporcionaba, loca por dejarse hacer, pero a la vez desesperada por no fallarle. Su caricia era lenta, lenta, y rítmica. Sus dedos danzaban acompasadamente sobre sus terminaciones nerviosas hasta conducirla a la cima del placer. El corazón iba a salírsele del pecho en cualquier momento.
Respiró como el buceador que sale a tomar aire a la superficie, atrapada por el deseo, y él reclamó su boca con un beso arrebatador.
Entregado por completo, Edward la besó, temblando de pies a cabeza de deseo. Se movió un poco hacia abajo para alcanzar sus pechos, bajándole aún más los pantalones. Podía sentirla delirar bajo sus manos, y parecía que iba a tocarla entera. Tenía que tenerla. No podía esperar mucho más. Nunca había experimentado una necesidad de posesión tan bárbara por ninguna mujer, una necesidad tan total, urgente y desconcertante.
Tocándola tan profundamente como sus dedos pudieron alcanzar, quería hacerla llegar hasta el final al menos otras setecientas veces más. Quería tomarla, poseerla, amarla hasta estar vacío, y mientras la penetraba con los dedos, probándola, supo con temor que nunca podría verse saciado de ella. Supo que ella podría esclavizarle con el deseo que había en él de ser purificado y quemado en el fuego eterno de su amor.
Entonces ella tembló al ser acariciada con otro rabioso gemido de placer y trató de morder su lengua como reproche por lo que estaba haciéndola sentir. Era demasiado rápido para ella, rio por lo bajo, pero su resistencia no hacía sino encender aún más sus deseos más primarios.
— ¿Qué pasa, querida? ¿Te gusta más fuerte? —preguntó con un deje salvaje en la voz—. Puedo hacerlo tan fuerte como quieras.
— ¡Deja que me vaya! Te odio —gruñó ella, arañándole la espalda con una rabia que dejaba bien claro cuál era su opinión respecto a él. Su gato de pelo café había sacado las uñas.
—Ya me he dado cuenta —dijo con una media sonrisa mientras rozaba el centro de su vagina con su dedo mediano, como si fuera una pluma, una y otra vez—. ¿Puedo besarte aquí?
Ella protestó con un gemido, revolviéndose, sus esbeltas caderas elevándose por sus caricias, incluso cuando le rechazaba.
—Tienes razón. Debería dejar de perder el tiempo. —Se colocó encima de ella y se abrazó con las manos de ella, presionando la pelvis lentamente entre sus muslos. El éxtasis.
— ¿Sientes lo que me haces? —susurró, rozando su erección, como una gran columna de piedra, sobre su vagina con un rítmico movimiento de cadera.
Ella ahogó un grito, gimiendo al sentir el contacto.
—Por favor.
Posesivo, se arqueó sobre su pequeño cuerpo, sabiendo que su envergadura le procuraría finalmente la victoria. La caballerosidad y el honor no tenían cabida entre las violentas leyes del instinto. Nada importaba salvo hacerla suya de la manera más física posible, una y otra vez, una y otra vez.
—Te deseo. —Le soltó las muñecas, sin preocuparse de si ella le golpeaba, porque ningún golpe podría desviarle. Bajó las manos y liberó su dolorido miembro que temblaba, inmenso, bajo sus pantalones. Hasta que no estuviese dentro de ella, el tiempo pasaría como una eternidad de sufrimiento.
—No, no —gemía ella mientras él trataba de ponerse entre sus piernas y acunarla en sus brazos.
Trató de calmarla, acariciándole el pelo.
—Respira, amor, mi dulce esposa. Si luchas conmigo, te dolerá más —le susurró, pasándole la mano por la cabeza—. No quiero que te duela, cariño. Ah, Dios, deja que entre.
Su temor y su deseo, los dos sentimientos mezclados, hicieron que cerrara los ojos con fuerza, en una mueca de dolor.
— ¡Edward!
Mientras guiaba su miembro hasta su dulce destino, percibió que ella había empezado a llorar.
La miró, con el pulso acelerado.
No había llorado cuando había sido arrestada, encarcelada, interrogada, forzada a despedir a sus amigos de toda la vida, ni cuando el primer ministro le había gritado. Ni siquiera había llorado en su propia boda y, sin embargo, lloraba ahora. Su pequeña y brava forajida estaba llorando y temblando debajo de él.
De miedo.
Se detuvo durante sólo dos segundos, mirándola asombrado. Sin saber muy bien cómo, recobró su buen juicio, como si las mismas Erinias vinieran a castigarle. Dios mío, la había sencillamente sobreestimado y estaba a sólo unos segundos de...
El deseo le abrasaba todo el cuerpo.
« ¡No!», se reprendió en silencio, apretando furioso los ojos al proferir la negación. Con una maldición en los labios, se apartó de ella y se retiró de la cama, luchando por mantener su deseo bajo control. Era como si no se reconociese a sí mismo. ¿Qué era lo que le había hecho? ¡Maldita sea! ¿Qué le estaba pasando?
—Sal —le dijo ella con voz temblorosa, un momento después.
Con los brazos caídos y el pecho tembloroso, Edward dirigió hacia ella la mirada. Se había levantado de la cama y permanecía ahora de pie contra la pared más alejada, blandiendo su espada de gala, cubriendo sus pechos con la camisa negra abierta y los pantalones cayéndole bajos por la cintura, dejando a la vista su plano vientre.
Una sacudida de deseo le hizo querer arriesgarse al acero, pero en vez de eso, se limitó a mirarla. Si es que le quedaba algo de orgullo, esperaba no reflejar en su cara la vergüenza que sentía en esos momentos, aunque todavía estaba demasiado enfadado para arrepentirse.
No tenía ni idea de lo que le había pasado. Nunca había forzado a una mujer en su vida. De hecho, había matado a dos hombres en duelo por algo así en el pasado. No obstante, ninguna palabra de disculpa parecía querer salir por su boca.
¿Cómo podía haberla interpretado tan mal? Había escuchado su rechazo pero sabía que era simple timidez, y hubiese jurado que su cuerpo le había reclamado a gritos. Se sentía desconcertado, perdido. ¿Por qué no le quería? Era su esposa.
—He dicho fuera de aquí.
Se volvió hacia ella.
—No me voy a ningún sitio.
Era lo último que necesitaba: tener a toda la corte hablando de cómo su nueva mujer le había echado de la cama en la noche de bodas. No podía imaginar qué era lo que había pasado. Sencillamente, las mujeres no le decían no. Ella era legalmente de su propiedad, prácticamente su posesión. La había salvado de la horca y no tenía derecho a rechazarle. No se saldría con la suya esta noche.
No en el dormitorio. Nunca aquí.
— ¡Lo digo de verdad! ¡Sal de aquí! —Con los ojos echando fuego, se acercó a él, blandiendo la espada peligrosamente con ambas manos. Se subió a la cama y caminó sobre ella lentamente, bajando por el otro lado, hasta llegar a una distancia de él donde pudo ponerle la hoja bajo la barbilla.
Sonrió con suficiencia primero a la espada y después a ella.
— ¿Qué vas a hacer, Bella? ¿Matarme?
Ella temblaba ligeramente.
—Debería. Debería matarte ahora y hacer un favor a este reino y a todas las mujeres del mundo.
—No hables por las mujeres del mundo hasta que no te conviertas en una de ellas, pequeña Bella —le dijo con un tono suave.
—¿Qué se supone que significa eso? —gritó ella, con las mejillas coloradas.
Él miró despectivamente su aspecto de chico.
—Significa que sólo eres una muchacha asustada que no sabe lo que se está perdiendo. Pero no te preocupes —susurró—, yo haré de ti una mujer. ¿Cómo te atreves a rechazarme después de todo lo que he hecho por ti?
— ¡Estoy tratando de ayudarte! —le espetó.
— ¿Ayudarme? ¿Qué demonios significa eso?
— ¡Sé lo de tus cinco princesas! —bramó—. Si me resisto, entonces nuestro matrimonio podrá ser anulado cuando tu padre regrese. Podrás casarte con alguna de esas princesas y no tendrás que perder el trono. ¡Perderás el trono sólo por mi culpa, Edward! ¡No dejaré que eso suceda! ¡Ascensión te necesita!
Él la observó con una ira oscura e incrédula.
— ¿Quién ha estado hablando contigo? —preguntó como si fuera a matar al culpable.
—No importa quién me lo haya dicho. De verdad no quiero ser un problema para ti. ¡Lo que importa es que tú salvaste mi vida y la de mis amigos y ahora es mi deber protegerte a cambio!
— ¿Tu deber...? ¡Diablos, Isabella, eres mi esposa! ¡Obedecerme, acostarte conmigo, ése es tu deber! —explotó, dando un paso hacia ella, con una expresión severa—. ¡Por una vez en tu estúpida vida harás lo que yo diga! Y ahora, te ordeno como soberano y señor, ¡que me digas quién ha estado hablando contigo!
— ¡James! —gritó, y se echó hacia atrás, estremecida por su furia.
Él se quedó helado.
— ¿James?
—Dijo que no quería que hubiese otra disputa en el seno de la familia real. Me habló de la amenaza del Rey de ceder el trono de Ascensión al príncipe Alec si no hacías lo que él te pedía. Edward, si no te casas con una de esas mujeres, serás desheredado. No quiero que lo pierdas todo por salvarme a mí y a mis amigos. ¡No quiero ser la responsable de que arruines tu vida!
—Espera un momento. —Visto su historial con las mujeres, no estaba seguro de poder creer sus nobles excusas. Era ella, después de todo, la que había dicho que no se casaría nunca—. ¿Cuándo te dijo James todo esto?
Ella tragó fuerte.
—Ayer.
—Ayer —repitió al ver que sus temores se hacían realidad—. ¿Y ya sabías lo que ibas a hacer, rechazarme? ¿Lo sabes desde ayer? ¿Preparaste este plan con mi primo?
Ella le miró en silencio.
—Vamos, Bella. Échalo fuera. —El corazón le latía con fuerza y tenía un agujero en el estómago—. ¿Me estás diciendo que te presentaste ante Dios hoy y le diste tu palabra en la iglesia y delante de todo el mundo? ¿Me estás diciendo que me hiciste una promesa sabiendo que era mentira? ¿Fue todo una mentira?
— ¡No lo entiendes! —gritó, con lágrimas en los ojos.
—Creo que sí lo entiendo. —La miró fijamente.
Quizás el deseo y el orgullo le cegasen, pero todo en lo que podía pensar era en Lauren una y otra vez. Había caído en la trampa urdida por una mujer sin corazón.
Pero ella parecía tan inocente, tan joven.
Había sido un estúpido.
— ¿La anulación, eh? Estabas decidida a rechazarme incluso antes de poner un pie en la iglesia —dijo amargamente—. Quizás me has estado mintiendo desde el principio. Desde luego que sí. Desde la cárcel. Hubieses dicho cualquier cosa con tal de salvar tu bonito cuello, ¿verdad? Y el de Jacob —la espetó.
— ¡Eso no es cierto! ¡Hablaba en serio! ¡Estoy tratando de protegerte, Edward!
— ¡Estás protegiéndote a ti misma, pequeña ladrona mentirosa! —gruñó—. Me diste tu palabra. Todo el mundo me advirtió que no debía confiar en ti.
— ¡Me importas!
— ¿Ah, sí? —Levantó la barbilla, mirándola con furia. Su tono, sin embargo, era educado y tranquilo—. Entonces vuelve a esa cama y ábrete de piernas si quieres probar que no eres una mentirosa.
—No te atrevas a hablarme de ese modo —le advirtió—. Yo no soy una de tus prostitutas del teatro.
—Maldita seas —susurró con los hombros caídos—. Me has utilizado.
— ¿Que yo te he utilizado? —repitió ella asombrada—. ¡Tú eres el que me utiliza! Me lo dejaste bien claro. Me dijiste a la cara que la única razón por la que te casabas conmigo era para servirte de mi popularidad entre la gente. Ahora he averiguado que también me utilizas para rebelarte contra tu padre... Un hombre a quien yo de verdad admiro.
—No te estoy utilizando para enfrentarme a mi padre. Estoy harto y cansado de que me controlen. ¡Y tú tampoco vas a hacerlo, maldita sea! —le dijo angustiado—. Se suponía que tú debías estar de mi parte.
Ella abrió la boca para responder, pero no consiguió emitir ningún sonido.
—Veo que tú también me consideras un bufón, como todos los demás —dijo en voz baja—. Se suponía que tú eras la única que creía en mí.
—Yo creo en ti, Edward. Por eso es por lo que te detuve esta noche. —Las lágrimas llenaron sus ojos—. Si consumas nuestro matrimonio, nunca serás Rey. Soy yo o Ascensión. No permitiré que te equivoques en la elección.
— ¿En serio? —dijo con cinismo—. Bueno, todo lo que sé es que hice un juramento de honor ante mi Dios y mi país, y no pienso romperlo por ti.
— ¡Vuelve atrás! —le gritó al ver que él daba un paso hacia adelante.
—No voy a tocarte, esposa —murmuró con desprecio—. Solamente necesito utilizar la punta de la espada.
— ¿Para qué?
El no respondió. Mirándola con precaución, cogió la punta de la hoja con los dedos índice y pulgar. Sujetándola firmemente, levantó la mano izquierda y se pinchó el pulgar antes de que ella pudiera detenerle.
— ¿Por qué has hecho eso? —preguntó Bella.
Hizo una mueca al ver que la sangre salía de la pequeña herida. Apretando aún más la hoja para que sangrara más, caminó hacia la cama, levantó las mantas y roció con su sangre la sábana bajera.
Lentamente volvió a bajar la espada, mientras ella le miraba asombrada.
— ¿Te gustó? —preguntó irónicamente mientras cogió las sábanas de la cama y las llevaba hacia la puerta.
Ella se limitó a mirarle, con la frente fruncida.
Con una mirada victoriosa, Edward se fue a la otra habitación, abrió la puerta y entregó la sábana manchada al mayordomo de palacio que esperaba discretamente detrás de la puerta.
Dándose cuenta demasiado tarde de lo que estaba haciendo, Isabella corrió hacia él para detenerle.
— ¡Edward! ¡Detente!
Cerró rápidamente la puerta y la bloqueó con su cuerpo, cruzándose de brazos con una sonrisa irónica en la cara.
Ella le miró aturdida.
— ¡Eres un orgulloso y un necio! ¿Qué es lo que has hecho?
—Ahora no habrá anulación, amor mío. ¿Creías que iba a dejar que te rieras de mí ante toda Ascensión? Ahora no tienes escapatoria, querida. Todos sabrán que te he desvirgado, por lo que propongo que volvamos a la cama y continuemos con lo que habíamos empezado.
Ella ahogó un grito de asombro.
— ¡Eres un sinvergüenza arrogante y sin escrúpulos! ¡Serías capaz de hacerte daño a ti mismo por vengarte de tu enemigo!
Él arqueó una ceja.
Sin poder creérselo, sacudió la cabeza con desesperación.
—Eres un crío.
—Es cierto que tengo un encanto infantil —replicó, satisfecho al ver que había conseguido exasperarla tanto como ella a él.
Bella entornó los ojos.
—Esa prueba tuya no significa nada. Cualquier doctor podría probar que sigo siendo casta y pura cuando tus padres regresen, y la boda puede todavía anularse. ¡No pienso ceder! Si me quieres, tendrás que forzarme... y sé muy bien que no lo harás.
No, no lo haría.
Molesto por el giro que había dado la situación aunque sin dejar de sonreír, Edward consideró con cuidado su próximo movimiento. Al parecer, sólo le quedaba una alternativa.
Lentamente, caminó hacia ella, apartando con delicadeza la hoja de la espada.
Bella lo observaba, con unos ojos que se vieron grandes en la oscuridad, y dejó que se acercara, demasiado orgullosa para retroceder, supuso Edward. Él le cogió la cara con dulzura entre sus manos y bajó su boca hacia la de ella, dándole un lento, ligero y seductor beso.
—No tendré que forzarte, Bella —respiró meloso—. Veremos cuánto tiempo puedes resistirte.
Ella protestó con un gruñido apenas audible bajo su beso. Todo su pequeño y cálido cuerpo se derretía al tenerle cerca, muy a pesar de su voluntad. Ella se había quedado tan insatisfecha como él con este juego. El deseo le consumía, pero su mujer había dejado bien claro cuáles eran sus prioridades.
—Ya sabes dónde encontrarme, querida. Pero esta vez, no lo tendrás hasta que me lo pidas amablemente —susurró. Con una sonrisa de triunfo, Edward se alejó de sus brazos, se dio la vuelta y se alejó de ella hasta la habitación adyacente.
Ella siguió de pie, en el mismo sitio donde la dejó su esposo, perdida, con una mirada soñadora de angustioso deseo. Y en tonces escuchó el ruido de la puerta que se cerraba interponiéndose entre ellos.
No echó la llave.

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