miércoles, 16 de febrero de 2011

Una caja de Burdeos


Capítulo 12 “Una caja de Burdeos”
—¡Qué día más hermoso! —comentó Jasper a Edward mientras se alejaban de Edenby a caballo.
En efecto, era un bonito día de otoño, de los que podrían describir en éxtasis los poetas. El sol brillaba en lo alto, y sobre las colinas, prados y campos soplaba una suave brisa. Las hojas exhibían un arcoíris de colores, amarillos, naranjas, rojos y magníficos magentas. Era la estación de la siega y la abundancia, y los caballos lo sabían, lo mismo que las vacas y ovejas que pastaban en los campos, y hasta las abejas y aves que los sobrevolaban.
Edward se limitó a gruñir una respuesta y Jasper lo observó con detenimiento. Tenía una expresión sombría, como si un nubarrón hubiera provocado el ceño que le endurecía los rasgos.
—Recordad que se trata de una misión de buena voluntad, amigo —dijo Jasper—. Esa expresión ceñuda de tirano no habla exactamente de paz y armonía.
Edward se sacudió como si acabara de despertar y miró a Jasper.
—Así es, Jasper. Es un bonito día. El otoño ha llegado con todo su esplendor y todo lo que nos rodea habla de la grandeza de la naturaleza y de las bendiciones de Dios a los hombres. Los campos no parecen estar enterados de los críticos acontecimientos que han tenido lugar, que Ricardo ha sido asesinado y Enrique nombrado rey.
Jasper percibió una nota de amargura en la voz de Edward y no respondió. Volvió a picar el caballo con las espuelas y siguió cabalgando junto a su amigo y señor.
—Ahora quien frunce el ceño sois vos —comentó Edward.
Jasper se encogió de hombros y miró a Edward con curiosidad.
—Os he visto de todos los talantes, Edward. Os he conocido furioso y profundamente afligido. He oído vuestro buen criterio y contemplado vuestra bondad y compasión en plena acción. Os he visto desafiar a la muerte sin temor, y mostraros duro como el acero, frío y despiadado.
Edward adoptó una expresión implacable y en su semblante pareció instalarse la oscuridad de una tormenta mientras miraba con fijeza a Jasper, aguardando las siguientes palabras.
—Sin embargo jamás os he visto tan... inquieto, irritable y taciturno.
—Tengo muchas cosas en la cabeza desde que Enrique tomó el trono. El reino debe hallar la paz.
—Oh, sí. Y vos también.
—Los hombres sólo hallan la paz con la muerte —gruñó Edward—. Giraremos más adelante... donde se levanta aquella casa de campo.
Edward lanzó el caballo a medio galope y Jasper lo siguió con un suspiro. Llegaron a la casa de campo, de la misma estructura de barro, tejado de paja y paredes embadurnadas de pintura que las muchas que habían visto aquella mañana. El arrendatario, un hombre de cabello entrecano, corrió a su encuentro seguido de sus tres hijos, torpes y grandulones como cachorros de mastín. Hizo repetidas reverencias a Edward y la expresión de éste se suavizó mientras le comunicaba con tono afable que Enrique Tudor, Enrique VII, reinaba ahora en Londres, pero nada cambiaría aunque él, Edward Cullen, fuera ahora el duque y señor supremo de las tierras. No incrementarían los impuestos; trabajarían juntos por el bien de las gentes y de la tierra.
El campesino parecía perplejo, al igual que los muchachos. Miraron fijamente a Edward, pero ninguno tenía mucho que decir. Uno de los muchachos aseguró a Edward que pagarían sus impuestos, que sus tierras eran buenas y que estaban dispuestos a trabajar duro.
—Ricardo, Enrique, Fulano o Mengano... ¡Poco importa a la hora de cultivar las tierras! —murmuró el muchacho más joven. Y tuvo el valor de sonreír a los dos poderosos caballeros que permanecían ante él montados sobre sus grandes corceles.
Para sorpresa de Jasper, Edward se echó a reír y la tensión pareció abandonarle. El viejo campesino miró a su nuevo señor y la desconfianza también pareció desvanecerse. Jasper respiró hondo con extraño alivio. Edward jamás habría hecho daño al muchacho, pero agradeció que sus palabras le divirtieran, en lugar de irritarlo.
Edward dejó de pronto de reír.
—¡Ojalá hubiera pensado lo mismo ese tal Charlie Swan! —murmuró.
Una mujer asomó la cabeza por la puerta de la casa y se apresuró a salir a su encuentro. De busto generoso y mejillas rosadas, tenía unas manos arrugadas y nudosas, advirtió Jasper, que parecían más viejas que el rostro, tan hermosamente sonrosado, aunque el cabello le empezaba a blanquear.
La mujer volvió a ruborizarse al tiempo que hacía una reverencia en dirección a Edward y Jasper, reconociendo al primero como el señor de las tierras. Dijo llamarse Meg y que su marido era John. A continuación preguntó si llevaban mucho tiempo cabalgando, y si no les gustaría remojar el gaznate con su cerveza y calentarse con su estofado.
—No es gran cosa, pero os lo ofrezco de todo corazón.
—¡Madre es una excelente cocinera, milores! —exclamó el muchacho.
Edward miró a Jasper, cuyo rostro delataba hambre e interés.
—Gracias —respondió Edward—, aceptamos la oferta de buen grado. —Sonrió a Jasper y ambos desmontaron.
—¡Confiadme estos hermosos animales, os lo ruego! —imploró el muchacho a Edward.
—Desde luego, muchacho —respondió Edward—. ¿Cómo te llamas?
—Collin.
—Muy bien, Collin, llévate los caballos. Veo que te gustan.
—Así es.
Meg se ruborizó aún más al ver el interés que mostraba el nuevo señor por su vástago. Se aclaró la voz nerviosamente y se disculpó por su humilde vivienda. Edward la interrumpió con un gesto y entró en la pequeña casa. Con la hermosa capa color magenta, las lustrosas botas de cuero y las duras pero hermosas facciones de su rostro, Edward tenía un aspecto aún más regio que en su hogar. Se sentía a sus anchas y se apresuró a tranquilizar a la mujer. Jasper se sentía desconcertado y encantado al mismo tiempo, porque Edward por fin volvía a parecer joven, capaz de reír, sentarse y relajarse como no lo había hecho desde el día que llegaron a Edenby.
Les sirvieron cerveza y estofado en la tosca mesa situada frente a la chimenea. Los muchachos permanecieron fuera y el granjero de pie mientras Meg se apresuraba a servirlos sin dejar de charlar. Habló de la siembra de primavera y de la gente, y entonces, impulsivamente, murmuró:
—Lástima lo de nuestro querido lord Charlie, un hombre tan bueno, muerto en combate, como si...
Su marido la interrumpió bruscamente, alarmado. Meg se aclaró la voz, horrorizada, y derramó cerveza en la mesa, pero Edward le cogió la mano y habló con suavidad.
—La muerte de un hombre valeroso en combate debe ser lamentada, señora. Y lord Charlie era sin duda valeroso.
—Os ruego... —empezó Meg.
—No es preciso que os disculpéis. No me han dolido vuestras palabras.
Meg lanzó una mirada a su marido y suspiró con alivio. Se apresuró a coger un trapo para limpiar la mesa, luego regresó junto a la enorme olla negra de estofado y les ofreció más. Mientras llenaba los platos, miró a Edward con inquietud; pero la curiosidad pareció ser superior al miedo y preguntó:
—Vuestra hija, lady Isabella... ¿está bien?
Edward se irguió y Jasper se puso tenso, como si temiera que se volviera violento. Pero Edward se limitó a bajar la cabeza y mirar el bol.
—Está muy bien —respondió.
Sin embargo la tranquilidad se esfumó. Se apresuraron a terminar y se levantaron para partir. Edward dio las gracias a Meg con tono afable.
Cuando salieron, el joven Collin seguía contemplando maravillado los caballos. Edward se detuvo y dijo al muchacho que si lo deseaba acudiera al castillo para trabajar como mozo de cuadras. El rostro de Collin se iluminó como el brillante cielo de primavera.
—¡Iré, milord, iré!
—¿Has oído, John? —susurró Meg, perpleja.
—Sí —respondió John acercándose a Edward, quien acababa de montarse a su caballo—. Dios os bendiga, milord.
Edward meneó la cabeza sorprendido ante su gratitud, que le pareció excesiva.
—Entiende de animales. Hará bien su trabajo.
Edward dijo adiós con una mano enguantada y lanzó el caballo a medio galope. Riéndose, Jasper lo siguió y, una vez se alejaron, se puso a su lado.
—¡Habéis salvado a ese pobre muchacho! Le habéis sacado de los campos, de la privación, de...
—¡No vivían en la pobreza, Jasper! —gruñó Edward—. Son campesinos orgullosos que se ganan la vida cultivando las tierras. Y ahora dejadme tranquilo.
Jasper hizo una reverencia con fingida humildad.
—Habéis tropezado con la mayor lealtad, Edward. —De pronto se puso serio y añadió—: La verdad, ayer sacasteis a esa joven de la casa de su pobre madre viuda y le ofrecisteis trabajo de doncella. Y hoy a ese joven, de mozo de cuadras.
—Una hacienda debe tener trabajadores, Jasper.
—Sí, pero vos les habéis hecho un gran favor.
—Nada de eso, Jasper. Los criados del viejo Charlie se vieron sorprendidos en medio de una batalla. No es siempre bueno estar cerca de la grandeza. —Se interrumpió y guardó silencio.
El día otoñal perdió todo su encanto cuando ambos recordaron los asesinatos cometidos en Bedford Heath. Edward había pagado caro el estar cerca de Ricardo y pedir, con todos los respetos, una explicación acerca de la desaparición del príncipe. Había pagado con todo lo que poseía y nada podría compensarlo jamás, pensó Jasper. La brisa pareció volverse fría y Jasper se estremeció. A lady Isabella, que había asestado un golpe a un hombre ya afligido, tampoco le estaría permitido olvidar.
—Lo mismo da —murmuró Edward sombrío, picando con las espuelas a su caballo y lanzándolo a galope.
Jasper lo siguió con preocupación, preguntándose si debía intentar hablar de nuevo con él o esperar. No llevaban mucho tiempo allí. Tal vez Edward cambiara de humor a medida que pasaran los días.
Eso esperaba, porque sin duda ése era el momento para recuperarse. Ricardo III estaba muerto y Enrique había tomado la Corona de Inglaterra. Edenby también había sido tomado, lo mismo que lady Swan. Todas las aflicciones de Edward habían traído consigo cierta justicia. Debería haber sido el momento propicio para que Edward aprendiera a reír de nuevo. Pero, en lugar de ello, había empeorado. Ni en los momentos de mayor dolor lo había visto tan malhumorado y sombrío.
Edward tiró de las riendas al llegar a un acantilado que dominaba las murallas y el castillo desde el oeste. Jasper se detuvo a su lado.
Estaban reparando las murallas; los herreros habían vuelto al trabajo y los campesinos vendían sus cosechas. Edenby se estaba recuperando. Si el nuevo señor quisiera hacer lo mismo..., pensó Jasper.


—Treinta y ocho, treinta y nueve, cuarenta.
Cuarenta. Bella había dado exactamente cuarenta pasos desde la puerta de la alcoba hasta la pared. ¿Cuántas veces los había contado? ¿Cuántas veces podría volver a hacerlo antes de perder del todo el juicio?
Se encaminó hacia la repisa de la chimenea y alargó sus frías manos hacia el fuego. La alcoba estaba helada. Fuera brillaba el sol, pero allí, en aquella prisión de piedra, no llegaba su calor.
Bella se aferró a la piedra, rezando para que le infundiera parte de su fuerza y frialdad. Ya había perdido el juicio, decidió, porque estaba tan desesperada por ver a alguien —¡a cualquiera!— que habría recibido encantada la visita del propio Edward.
Sin embargo, él no había aparecido en los tres últimos días. Ni ninguna otra persona. Cada mañana, a primera hora, entraba una criada diferente para limpiar la habitación y traer agua y pan, luego se retiraba. Y cada noche uno de los hombres de Edward llamaba a la puerta para entregarle otra bandeja de comida. En aquellos tres largos días no había estado ni una hora en compañía de nadie que no fuera ella misma.
Se oyó un ruido abajo en el patio. Con patética ansiedad, Isabella corrió hacia la estrecha ventana. La suave falda de seda crujió cuando se subió a la silla y al mirar fuera se puso rígida. Jasper y Edward regresaban de alguna parte. Edward cabalgaba sobre su colosal semental. Se alzaron gritos a su llegada; un mozo salió a su encuentro para ocuparse de los caballos mientras los dos hombres con la cabeza descubierta desmontaban, las capas ondeando a la suave brisa de otoño.
Bella estaba a punto de retroceder un paso, casi olvidando que estaba sobre una silla, cuando Edward levantó la vista hacia su ventana. No podía verla porque era demasiado estrecha, pero ella sí vio su expresión sombría. Y aterrorizante. Bella se llevó la mano al cuello al comprender que no la había olvidado, ni se había ablandado en lo más mínimo.
Meneó la cabeza. Contra su voluntad reconoció que probablemente era el hombre más apuesto que jamás había visto, el más alto, fuerte, atractivo e intrigante. Era la imagen del noble. Podría haber sido el héroe de una leyenda, o un joven príncipe enviado a rescatar a una princesa.
—¡No, es el dragón! —exclamó, porque si bien era el hombre más atractivo que jamás había visto, también era el más despiadado.
—¡Jasper! ¡Edward!
Bella se sobresaltó al oír una voz infantil. ¡Era Anne! ¡Anne! «¡Oh, Anne, vuelve!», pensó Bella, mientras su pequeña prima salía corriendo por la puerta, las trenzas agitándose a sus espaldas. Jasper la cogió en brazos riendo y, para su asombro, Bella vio que Anne le decía algo a Edward y éste también reía. Luego cogió a Anne de los brazos de Jasper para ponérsela a horcajadas sobre los hombros, donde la niña acarició el suave morro del enorme caballo. Anne rió encantada, feliz de sentarse en los amplios hombros de Edward.
—¡Oh, Anne, hasta tú eres una traidora! —murmuró Bella. Luego se reprendió, pues debería alegrarse. Anne volvía a vivir como una pequeña dama.
Bella bajó de la silla con repentino frío. ¿Qué ocurriría cuando todo terminara? Cuando Jasper se cansara de Alice, cuando Edward se aburriera de su venganza y expulsara a todos de su propiedad...
Volvió al oír el picaporte de la puerta y el corazón empezó a latirle con fuerza, luego comprendió que no podía tratarse de Edward. Seguramente seguía en el patio. No podía haber entrado por la puerta principal ni subido las escaleras tan deprisa.
Llamaron a la puerta. Edward no solía llamar, sino que entraba cuando se le antojaba. —¡Adelante! —exclamó.
Entró una joven de grandes ojos marrones como de terciopelo, delgada y de estatura mediana. Miró a Bella con expresión ensoñadora; luego, como si de pronto recordara sus modales, hizo una pequeña reverencia.
—Me llamo Lauren, milady. Estoy aquí como vuestra doncella. Debo limpiar la habitación y traeros todo lo que necesitéis.
—Encantada, Lauren.
La joven parecía estarlo, pero Bella no. ¿Dónde estaba su querida Jess? La echaba tanto de menos.
Esa joven...
Bella deseaba tener algo con que entretenerse: un tapiz, un libro que leer... algo en lo que fingir interés, pero no tenía nada. Se acercó al fuego y se limitó a sentarse mientras Lauren se paseaba por la habitación, ordenando, doblando y suspirando sin cesar.
Finalmente Bella se volvió, intrigada. Lauren estaba de pie junto a su cama, extendiendo la colcha con una expresión extasiada en su hermoso rostro. Pareció advertir la mirada de Isabella y se volvió hacia ella con una sonrisa ligeramente pícara, como si se alegrara sinceramente de ser su doncella pero al tiempo fuera consciente de la curiosa posición de la dama.
—¡Aquí es... donde él yace! —murmuró la joven.
—¿Qué dices? —preguntó Bella.
—Lord Edward descansa aquí su cabeza... y aquí tiende su cuerpo, los hombros, el pecho, las piernas...
Bella sintió un martilleo en las sienes. Forzó una sonrisa. Oh, Dios, lo que le faltaba para volverse loca. ¡Que apareciera esa dulce joven campesina soñando despierta con Edward Cullen! ¿De dónde salía?
¿Era ella quien lo había mantenido alejado todos esos días? ¿La había abandonado y encontrado mejor ocupación en otra parte? No se dio cuenta de que había cerrado los puños hasta que sintió las uñas en las palmas, pero por alguna razón siguió sonriendo.
—Lauren, creo que la habitación ya está limpia.
—Oh, pero estoy aquí para atenderos...
—Deseo estar a solas, Lauren.
Disgustada, la joven apartó de las sábanas sus manos encallecidas por el trabajo y se volvió para marcharse.
—Pensé que os alegraríais de tenerme —murmuró.
La puerta se cerró con un pequeño golpe. Bella se sintió absurdamente tentada de arrojar algo contra ella. En el tocador le aguardaba la comida que aún no había probado. Se acercó a ella pensando en coger la bandeja y arrojarla al otro extremo de la habitación, pero se detuvo con la mano en el aire al reparar en la botella de Burdeos. El vino reconfortaba el espíritu. Se paseó por la habitación, maldiciendo, jurando escapar de allí. Sólo tenía que ser paciente y precavida. Si lograba esperar hasta que bajara el guardia, sin duda tendría algún lugar a donde ir, cosas que hacer. Había un convento al otro lado del paso de la montaña. Si lograra llegar hasta aquellas hermanas, pediría asilo y ni siquiera el rey osaría sacarla de allí. Hizo la promesa de llegar a Francia... o a Bretaña, donde vivía su tío. ¡Lo haría! Tenía que hacerlo.
Al rato le venció el cansancio. El cansancio... y la media botella de Burdeos que había bebido. Cayó de rodillas ante el hogar y luego se tendió en el suelo, descansando la caliente mejilla en el brazo. ¿Por qué, oh, por qué sentía esa tempestad en su interior? Lo detestaba, y lo que él sentía hacia ella era aún más oscuro e intenso. No quería que la tocara. Juró una y otra vez que no permitiría que volviera a tocarla... pero cuando lo hacía era algo mágico. ¡Y vergonzoso!
Aquel calor que experimentaba desde el principio, aquel dulce líquido que brotaba de él y le inundaba el cuerpo... Como si un alquimista hubiera creado para ellos un fuego que ardía y estallaba en llamas.
—¡Tengo que salir de aquí! —dijo, sintiéndose más desesperada de lo que jamás se había sentido.


Edward no acudió a cenar.
Jasper, Alice, Santiago y el padre Gerandy se hallaban sentados a la gran mesa del comedor. Podría haberse tratado de una reunión, pensó Jasper divertido, y el capellán no parecía censurarle. De pronto se preguntó, con el corazón ligeramente palpitante, si aquel hombre perspicaz sabía lo que él pensaba.
Estaba enamorado de Alice. De su dulce mirada. Dios mío, ¿había existido jamás algo tan azul? Estaba enamorado de sus susurros y de su sonrisa cuando abría los brazos por las noches para recibirlo. Era un poco mayor que él y viuda, además de una maldita yorkista, pero estaba enamorado de ella. Y el padre Gerandy parecía saberlo, así que todo era cordialidad en la mesa. Hablaron de trivialidades, y hubo risas y tranquilidad.
Sin embargo, Edward no se hallaba entre ellos. Y los ojos del padre Gerandy, así como los de Alice, a menudo se posaban en la puerta cerrada de la biblioteca, donde todos sabían que Edward trabajaba.
El padre Gerandy no era cobarde, se dijo Jasper, porque jamás había vacilado en decirle a Edward que el trato que daba a sus prisioneros era degradante. Este había respondido que si no toleraba la situación, podía abandonar su rebaño y buscarse la vida en otra parte. El religioso se había limitado a guardar silencio y reservarse su opinión... y condenarlo con la mirada.
Cuando terminó la comida el padre Gerandy dijo que debía ocuparse de un niño recién nacido cuya madre estaba enferma. Alice sonrió y murmuró que iba a dar un beso de buenas noches a Anne. Santiago anunció que se disponía a echar un vistazo a la guardia del castillo y a los prisioneros.
Jasper permaneció sentado y bebió un trago de cerveza. Miró fijamente la puerta de la biblioteca y vaciló, luego se levantó de la mesa. ¡Por el amor de Dios, conocía a Edward de toda la vida! Sin duda eso contaba. Y no podía soportar ver sufrir a su amigo.
Se dirigió con paso ligero a la puerta y llamó con los nudillos. Edward lo hizo pasar con un gruñido y Jasper entró.
Edward no levantó la vista. Estudiaba con ceño un pergamino, pero Jasper se preguntó si lo estaba leyendo en realidad. Finalmente levantó los ojos con las cejas arqueadas en un gesto de interrogación. Jasper sonrió con cierta timidez y se dejó caer en la silla frente al escritorio.
—No os habéis sentado a la mesa —dijo.
—He estado estudiando estos papeles. Mirad esto... —Edward empujó el pergamino hacia Jasper—. Hay granjas a un día a caballo de aquí que pertenecen a Edenby.
Jasper estudió los números y la lista de hectáreas y tierras, y asintió.
—Me pregunto qué sabe esa gente de los recientes acontecimientos. —Edward suspiró y se apartó del escritorio para estirar las piernas sobre éste.
—Partiré al amanecer para hacer una visita a esa gente. Hay por lo menos un centenar de granjas en esas lejanas tierras.
Jasper frunció el entrecejo, intranquilo.
—Será mejor que os acompañe con un pequeño contingente de hombres. En aquella región aún podría haber rebelión.
—Me llevaré a Santiago conmigo. Os necesito aquí. No estaré ausente mucho tiempo, uno o dos días a lo sumo.
—Volved pronto —repuso Jasper. Pareció vacilar antes de añadir—: Lo que realmente necesita Edenby es volver a la normalidad.
—Y una mano firme que los guíe —murmuró Edward. Volvió a descansar las piernas en el suelo y se sirvió una copa de vino de la botella situada a un lado del escritorio—. Sí, volver a la vida cotidiana, eso es todo lo que pide el hombre, ¡desde el más humilde campesino al rey más poderoso! ¡Vida, salud y felicidad! —Alzó la copa.
—¡Estoy preocupado por vos! —dejó escapar Jasper impulsivamente.
—¿Cómo? —replicó Edward, sorprendido por sus palabras.
—¡Por el amor de Dios, Edward! ¡Ha terminado! ¡Ricardo descansa entre gusanos! Tanya, vuestra familia... ha sido vengada. Tenéis Edenby y habéis castigado a todos los que os traicionaron. ¿Qué os preocupa ahora?
Edward se puso tan furioso que Jasper creyó que iba a golpearlo. Sin embargo, respiró hondo, lo miró y bebió un sorbo de vino antes de responder.
—No lo sé.
—Hasta la tenéis a... ella.
Edward sonrió muy despacio, recostándose de nuevo en la silla.
—Así es, la tengo.
—¡Y no habéis estado en su habitación en los últimos tres días!
Edward arqueó una ceja.
—Veo que me observáis de cerca.
—Os conozco —repuso Jasper.
Edward lo miró fijamente durante unos instantes. Luego se inclinó hacia él y sonrió con amargura.
—Pensé que lograría poner fin a esto, Jasper. Que debía conocer la venganza para hallar la paz. No matarla, sino utilizarla, como ella quería hacer conmigo. Pero... no ha terminado. Pensé que apagaría la fiebre, pero sigue aumentando. No puedo librarme de ella, ni acudir a ella.
Jasper meneó la cabeza, tratando de hallar una respuesta.
—Pero ella os pertenece —repuso en voz baja—. Si eso es lo que os preocupa, tomadla y amadla...
—No, amarla jamás.
—Entonces... —Jasper estaba confuso, pero logró sonreír—. Entonces no tenéis por qué amarla. —Se inclinó sobre el escritorio y se sirvió vino—. Lo que sea, milord, pero hacedlo. ¡Por Dios, perdonad a todos los que os sirven bien y poseed a la muchacha!
Edward se levantó con brusquedad.
—¿Qué...? —empezó Jasper.
Edward sonrió.
—Habéis dicho que posea a la joven, amigo mío. Me marcho mañana, así que será mejor que sea esta noche.
Se encaminó hacia la puerta. Jasper lo observó salir y permaneció inmóvil durante unos minutos, luego se sirvió otra copa de vino y sonrió. Las cosas no habían ido del todo mal.


Mientras subía por las escaleras Edward se asombró de los repentinos latidos de su corazón, de su respiración entrecortada, de su pulso acelerado. Ese deseo, esa lujuria, era un fuego que jamás se apagaba, un hambre que jamás se satisfacía.
Había permanecido lejos de ella porque no había comprendido y casi le asustaba ese impulso. No podía librarse de ella. Había tomado lo que creía que quería, pero seguía queriendo más.
Meneó la cabeza. Al llegar a la puerta hizo una señal al guardia y descorrió el cerrojo, luego se quedó inmóvil con una sonrisa. Esta noche no se molestaría en obtener respuestas. Sólo quería poseerla.
La puerta se cerró detrás de él. La habitación estaba a oscuras. No habían encendido las velas y los rescoldos de la chimenea apenas ardían. Al principio no la vio, pero de pronto pareció que se le paralizaba el cuerpo y dejaba de latirle el corazón.
Oh, Dios mío, Bella estaba tendida en el suelo, con la cabeza recostada en el brazo, los esbeltos dedos, blancos como la muerte en aquella misteriosa semioscuridad, colgando frágiles ante ella. El cabello, largo y castaño, se desparramaba como el de un ángel. Tendida de ese modo en el suelo, se parecía... a Tanya. Edward cerró los ojos, sintiendo que le abandonaban las fuerzas. Un miedo cerval se apoderó de él. Estaba muerta. A juzgar por el modo en que yacía, estaba muerta, se había quitado la vida. Recuperó las fuerzas y con repentina rabia salvó presuroso la distancia que lo separaba de ella. Cayó de rodillas a su lado y la rodeó con los brazos, atrayéndola hacia sí. Ella echó la cabeza hacia atrás. No tenía sangre en el cuello ni en las manos. Abrió los ojos despacio. Edward sintió un inmenso alivio y una sorprendente euforia. Quería reírse de sí mismo, pero no podía. La joven se había dormido, se había acercado al fuego y quedado dormida. Y al parecer el cansancio aún no la había abandonado porque abrió muy despacio los ojos y los posó como delicadas violetas en él, llenos de confusión.
—¿Edward?
El desconcertado susurro provocó en él un escalofrío, y rió con cierta aspereza.
—¿Quién si no, milady?
La levantó del suelo y Bella, instintivamente, le rodeó el cuello con los brazos. La llevó a la cama y la acostó, y al verla cerrar de nuevo los ojos y respirar con normalidad, pensó que sólo había interrumpido su sueño.
Se desnudó en la oscuridad y se acostó a su lado. Tiró del corpiño de seda y cuando éste se abrió, la acarició con ternura, evocadoramente, y alzó la cabeza para besarla con delicadeza en los labios.
Los labios de Bella eran dulces como el vino. Volvió a probarlos y sonrió, porque sabían realmente a buen vino de Burdeos. Y seguramente ella seguía dormida, porque respondió a su beso en sueños. Tal vez soñaba con otro hombre, otro lord que acudía a ella en la oscuridad de la noche.
Ella gimió, volvió a rodearle el cuello con los brazos y arqueó la espalda para atraerlo hacia sí; él ahuecó las manos sobre sus senos y los sopesó. A continuación la liberó de las demás ropas que la constreñían, la abrazó, reverenció la perfección de su figura, los redondeados senos, los exóticos pezones, la cintura delgada, las amplias caderas; todo era suave, tibio y sedoso al tacto...
Por unos momentos que le parecieron una eternidad no oyó nada ni fue consciente más que de aquella suavidad y de su pulso acelerado. Y de la respiración de Bella, cada vez más entrecortada; de los sonidos que brotaban de su garganta, de los jadeos profundos, repentinos, ásperos y dulces...
Y la fiebre aumentó, y pasó de la ternura a la tempestad y de ésta al esplendor, y el tiempo transcurría... Él seguía abrazado a ella, hallando por fin el alivio que había necesitado con tanto desespero.
Experimentó una casi olvidada paz cuando la tensión estalló en clímax y aplacó su cólera derramando en ella su semilla. Una paz tan absoluta en la oscuridad que él respiró hondo y volvió a abrazarla estrechamente con una mano debajo de sus senos, su espalda contra el pecho, las piernas entrelazadas y el cabello de Bella, aquel espléndido manto, envolviéndolos a ambos.
Era tan inmensa la paz que se quedó dormido.


Edward despertó al amanecer horrorizado, porque había jurado no dormir nunca con ella. Fuera, la luz empezaba a abrirse paso a través de los restos de la noche. Era una luz hermosa, rayos dorados y de tonos carmesí.
Se levantó de la cama y se vistió a toda prisa. Trató de apartar los ojos de ella, pero fue en vano. Seguía acurrucada de lado, desnuda e inocente a la luz de la mañana. A su pesar, Edward se maravilló de su belleza. Tenía la piel tan sedosa, los senos tan firmes y perfectamente moldeados, asomando tímidamente por debajo de los mechones de cabello marrón... Madejas castañas que le caían sobre los hombros, la curva de las caderas, la redondez de sus suaves nalgas. Brillantes filamentos de un sol de atardecer y esplendor desparramados sobre la cama donde él había yacido, enroscados sobre los delicados rasgos de la joven, cubriendo el suave rubor de sus mejillas.
Ella sonrió en sueños, curvando imperceptiblemente los entreabiertos labios. La boca seguía húmeda, suave y seductora.
Sintió deseos de volver a tenderse a su lado y despertarla con rudeza y brusquedad. Si permanecía más tiempo mirándola, lo haría, se dijo con ceño. Soltando una maldición, se volvió y empezó a vestirse.
Al salir de la alcoba saludó con un brusco movimiento de la cabeza al guardia. ¿Por qué cada vez que se aprovechaba de la joven experimentaba en su interior una tempestad mayor, una urgencia mayor? ¿Por qué no se sentía absuelto, liberado?
En el pasillo empezó a impartir órdenes. Pocos hombres se hallaban levantados, pero el resto lo estaría en un momento. Edward estaba impaciente por partir.
Santiago enseguida estuvo listo; los caballos esperaban en el patio. Jasper, con el cabello despeinado y todavía soñoliento, salió a despedirse con Alice, quien corrió hacia Edward una vez éste hubo montado.
—Por favor, Edward, ¿puedo verla? Sólo para llevarle unos libros.
Él vaciló, apretando los dientes con fuerza. Miró a Jasper por encima de Alice.
—Sacad a Isabella cada mañana una hora en mi ausencia. Dejadla pasear con Alice.
Volvió a echar un vistazo a la amante de ojos azules de Jasper. Ésta le besó la mano y Edward frunció el entrecejo, incómodo por su gratitud.
—Por el amor de Dios, Alice...
—Gracias, Edward —exclamó ella con ojos llorosos.
—Vigilad a tu sobrina, Alice. Es muy astuta.
—¡Lo haré! —exclamó ella alegremente.
Edward se sintió de pronto irritado. Había cedido por Alice, con esos ojos tan grandes, inocentes y carentes de malicia, y tan condenadamente agradecidos por tan pequeño favor. Y también porque Jasper parecía encantado con ella. Pero no estaba seguro de que Isabella mereciera tal concesión. Recordó la dulzura de la noche anterior, y la vida en sí, tan agridulce.
Antes de marcharse, se detuvo. Estaba enfadado consigo mismo, pero decidido a no demostrarlo.
—¡Ah, Jasper! Tengo que pediros algo —dijo, reteniendo el caballo, que estaba impaciente por partir.
—Adelante —respondió Jasper.
—Ocupaos de que lady Isabella reciba una caja de nuestro mejor Burdeos.
—¿Una caja? —Jasper frunció el entrecejo.
—Sí.
—Como quieras —respondió Jasper encogiéndose de hombros.
Edward sonrió mientras Alice le ofrecía la espuela. Bebió un largo sorbo, se despidió alegremente de ellos y se alejó, seguido de cerca por Santiago y el contingente de hombres.

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