lunes, 3 de enero de 2011

Usted vendrá conmigo


Capítulo 33 “Usted vendrá conmigo”

Bella dominó cuidadosamente sus emociones al decir adiós a Edward, lo mismo que el día anterior, cuando él le hablara de su partida. Pero en cuanto el barco partió estalló en lágrimas.

Sentía en el fondo de su corazón que pasaría mucho tiempo antes de que él volviera, porque no encontraría a James Gigandet. En algún momento Edward terminaría su viaje y volvería a casa, pero volvería a marcharse nuevamente para buscar a ese hombre que jamás encontraría. Pero Bella no deseaba que Edward tuviera éxito. Prefería sufrir sus largas ausencias y no que encontrara a James y tal vez también a su propia muerte.

Durante dos días, Bella se preocupó por James y el misterioso lugar donde estaría, interrogó a Emmett sobre esto, pero como Edward no le había dicho nada, tampoco se lo diría Emmett. Lo único que podría pensar era que tal vez James fuera el responsable de la cicatriz que Edward llevaba en la cara. Pero, ¿cómo podía Edward odiar tanto al hombre por la cicatriz que ni siquiera menoscababa su apostura?

Era como si al pensar tanto en James Gigandet, Bella lo hubiese atraído a la isla, porque en la tarde del segundo día entró audazmente en la pequeña bahía. Nadie sabía que había venido hasta que entró como una tromba por la puerta de la casa de Edward, seguido por doce hombres armados.

Bella lo vio mientras bajaba la escalera, y al ver a James, se sintió forzada a sentarse por un repentino mareo. C.S. estaba a la mesa con Renée, y se puso de pie rápidamente, listo a luchar aunque no estaba armado.

Renée miró con sus grandes ojos a James, reconociéndolo, porque recordaba la conversación que había tenido con Bella sobre Edward y podía adivinar muy bien la razón de Gigandet para estar allí.

James se quitó el sombrero e hizo una reverencia muy formal a Renée.

–Es un placer volver a verla, madame –dijo en francés.

–¿Quién es usted, monsieur? –preguntó furiosamente C.S. en el mismo idioma, antes de que Renée pudiera decir una palabra.

–James Gigandet –dijo él con una sonrisa sin humor.

–¡Gigandet! Entonces usted es el que busca Edward.

–Sí, y he venido aquí para terminar con su búsqueda –replicó James. Desenvainó la espada y dijo–: Bien, ¿dónde está ese joven que quiere verme muerto?

–Llega usted demasiado tarde, porque Edward partió hace dos días. No volverá hasta dentro de por lo menos un mes –replicó C.S. Caminó alrededor de la mesa para enfrentarse con el hombre.

–Vamos, monsieur –dijo James con impaciencia–. ¿Debo buscarlo por toda la isla? Su barco está anclado en la bahía. Por consiguiente, debe estar él allí.

–¡Ese barco es mío! –replicó acaloradamente C.S.–. No tengo razones para mentirle, Gigandet. ¡Nada me importa de su discusión con Edward!

Bella bajó lentamente el resto de la escalera y atrajo la atención de James.

–Ah, mademoiselle Dwyer. Veo que no ha podido escapar a Edward otra vez.

–Ya no deseo escapar de él, monsieur –replicó Bella, tratando de permanecer tranquila.

–Jacob se sentirá desilusionado –dijo James.

Miró el gran vientre de Bella y preguntó: –¿Edward es el padre de su hijo?

–¡Eso no le concierne! –gritó C.S.

James dejó escapar una risita.

–Sí, seguramente Jacob quedará desilusionado. Pero, ¡basta! No tengo intención de esperar aquí el regreso de Edward. –Miró a Bella y sonrió, aunque no había calidez en sus ojos–. Usted, mademoiselle, recoja rápidamente sus cosas. Vendrá conmigo.

Renée dejó escapar una exclamación, y C.S. se puso lívido de furia.

–¡No llevará a mi hija a ninguna parte!

–¿Su hija? Yo pensaba que el padre de ella había muerto.

–Su padrastro, sí, pero yo soy su verdadero padre...

–Esto es divertido, pero no me interesa –dijo James. Hizo una señal a sus hombres para que capturaran a C.S. –. Ella vendrá conmigo, y estoy seguro de que Edward la seguirá. Tengo una pequeña residencia en Santo Domingo, y esperaré allí a Edward. No se preocupen, porque no haré ningún daño a esta muchacha si todo marcha bien. Después de terminar con Edward, entregaré a su hija a Black.

–¡Pero ella no puede viajar en ese estado! –logró decir finalmente Renée mientras C.S. luchaba por apartar a los hombres que lo retenían.

–No tardaremos mucho en llegar a Santo Domingo. A la muchacha no le sucederá nada.

James se volvió hacia uno de sus hombres y le dijo que vigilara a Bella mientras recogía sus cosas. Lo único que podía hacer era ir con él. Lamentablemente, Emmett y el resto de los hombres estaban a muchos kilómetros de la casa, todavía limpiando las nuevas zonas para sembradíos, y tardarían horas en volver.

Cuando hicieron bajar la escalera a Bella, James se volvió hacia C.S. con una última advertencia.

–No trate de rescatar usted mismo a esta muchacha, monsieur. Si viene alguien que no sea Edward, la mataré. Y él debe venir, ¿entienden?

James Gigandet salió de la isla sin pérdida de tiempo. Ya en el barco, llevó a Bella a un pequeño camarote que sólo contenía una hamaca, una mesita y una silla. Cuando se cerró la puerta y Bella se quedó sola, se sentó, sintiéndose mareada. ¿Cómo podía estar sucediendo esto? Ella tendría que haber dicho algo. Tendría que haber dicho a James que Edward no volvería hasta cinco o seis meses después, pero James se habría limitado a volver al lugar cuando Edward estuviera en casa, y entonces se habrían enfrentado. Y Bella quería evitarlo.

James esperaba que Edward llegara a Santo Domingo para rescatarla en el término de dos meses o menos. Pero Bella sabía que Edward se había ido a España y que no volvería en muchos meses. Comenzó a pensar en un plan, y decidió contar una historia a James. Aunque no fuera cierta, ella debería lograr que él la creyera. Cuando el sol se puso Bella fue invitada por James a cenar con él en su camarote.

Fue de buena gana, porque estaba ansiosa por poner en marcha su plan, se había resignado a la posibilidad de no volver a ver a Edward, pero haría lo posible por salvar su vida.

Cuando Bella entró en la cabina de James, vio que su propia habitación era muy pequeña comparada con la de él. La habitación estaba lujosamente amueblada, pero en ella no se veía ninguno de los instrumentos ni cartas que generalmente se amontonaban en el camarote de un capitán. Obviamente James no dirigía su propio barco sino que pagaba a alguien para que lo hiciera.

No hablaron hasta que el sirviente personal de James se marchó de la habitación. Entonces la curiosidad de Bella la ayudó a comenzar la conversación.

–Desde el mar, esa isla parece deshabitada. ¿Cómo sabía usted que era Edward quien vivía allí? –preguntó Bella, tratando de no parecer muy interesada.

–Tenía un mapa –respondió James mientras observaba su rostro–. Aunque hasta que encontré esa bahía escondida comenzaba a pensar que iba por mal camino.

–¡Pero Jacob quemó el mapa que le di! ¿Dónde...?

–De manera que usted lo sabía –interrumpió James riendo–. Bien, el mapa que tengo fue dibujado por una mano femenina.

–¡Eso es imposible!

–Por el contrario, es muy posible. Yo había buscado por todas partes el barco que la rescatara a usted de la isla, pero no tuve suerte. Luego el mes pasado encontré una mujer notable... una tal Tanya Ivanova, se sintió muy feliz de poder ayudarme a buscar a Edward.

Bella hizo lo que pudo por ocultar su enojo y su desprecio. Le subieron los colores a las mejillas y tuvo ganas de maldecir a Tanya por traicionar a Edward. En cambio, comenzó a preguntar otras cosas.

–¿Por qué quiere encontrar a Edward?

James la miró sorprendido.

–Usted conoce la respuesta tan bien como yo, mademoiselle Dwyer. Usted misma me dijo que Edward quiere verme muerto. Sabiéndolo, no podía esperar que él me encontrara sin estar preparado.

–Si es esa la razón, entonces me temo que ha creado un montón de dificultades por nada, monsieur Gigandet. Edward ya no lo busca –dijo Bella.

James rió.

–Debe usted creer que soy tonto. Ese hombre ha pasado la mayor parte de su vida persiguiéndome. Es inconcebible que abandone la búsqueda.

–Le aseguro que es así –replicó Bella–. Edward piensa que es una pérdida de tiempo seguir buscando a un hombre que de todas maneras pronto morirá.

–¿Morir? Me quedan muchos años. ¿Qué tontería es ésta? –preguntó James, alterado.

–Es por mí, monsieur. Cuando Edward me raptó de Saint Martin, yo estaba furiosa. Lo único que él deseaba en el mundo era matarlo a usted. Yo lo sabía, y le dije que nunca iba hacerlo. Le dije que me había encontrado con usted y que usted estaba muy viejo, que en realidad estaba muriendo de una enfermedad incurable. A propósito destruí sus esperanzas para conservarlo conmigo.

–¡Usted le mintió!

–Sí, pero Edward me creyó. Mi madre también juró que era cierto. Edward estaba furioso por no tener la satisfacción de matarlo, pero pronto olvidó todo, y se olvidó de usted. Decidió que no sería ningún placer matar a un moribundo.

–Bien, se sorprenderá al encontrarme tan fuerte cuando venga –replicó James con buen humor.

–No vendrá a buscarme. En realidad, probablemente le agradecerá que me haya tomado en sus manos –dijo Bella con toda tranquilidad. Bebió un sorbo del vino tinto que él le había servido.

–¡Ahora sé que usted miente! –replicó furiosamente James–. ¡Es la madre de su hijo!


–Soy la madre de su bastardo, y a él eso le importa muy poco. En cuanto concebí, Edward me dejó por otra. Se había cansado de mí, de todas maneras. Y como yo ya no tenía que soportar sus atenciones, no vi razones para volver a escapar... la isla era un lugar placentero para vivir.

–Si todo esto es cierto, ¿por qué su padre no la llevó con él? –Preguntó James.

–Eso iba a hacer en cuanto yo diera a luz.

–Por alguna razón no le creo, mademoiselle Dwyer –dijo él.

–Al ver que Edward no viene, usted se dará cuenta de la verdad de mis palabras. Y cuando se canse de esperar, monsieur, ¿qué piensa hacer conmigo?

–De una manera u otra, la llevaré a Jacob como regalo.

–Ya veo –susurró Bella con los ojos bajos.

C.S. no vendría a buscarla por temor a poner en peligro la propia vida de Bella, y Edward no volvería hasta después del año nuevo. Entonces Bella estaría viviendo en Saint Martin, con Jacob, y Edward no querría recuperarla, pensó sintiéndose muy desdichada.

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