miércoles, 22 de diciembre de 2010

Vuelve conmigo


CHICAS AQUÍ LES DEJO UN PEQUEÑO REGALITO DE NAVIDAD.

Capítulo 18 “Vuelve conmigo”

Un destello explotó en la cabeza de Edward, quemando todos sus pensamientos excepto uno. ¡Salvar a Bella!
Con un rugido casi animal, rompió las cuerdas que le sujetaban las muñecas y descargó todas sus fuerzas en un puñetazo que lanzó a Riley contra la pared. Antes de que cayera al suelo, lo agarró y lo empujó hacia James, quien se había levantado y lo estaba apuntando. El disparo impactó en el pecho de Riley, que cayó desplomado. Edward saltó sobre su cuerpo y agarró el brazo de James, se lo dobló hacia atrás y lo golpeó contra su rodilla levantada. El hueso se rompió como una rama seca. James soltó un alarido espeluznante, y Edward lo levantó y lo arrojó sobre la barandilla. En cuestión de segundos se quitó los zapatos y se lanzó él también al agua.
El impacto debió de helarle la sangre, pero ni siquiera sintió el frío. Se sumergió todo lo que pudo buscando a Bella, hasta que se quedó sin aire. Volvió a la superficie, tomó tres bocanadas y volvió a sumergirse, ignorando el dolor que le agarrotaba los músculos y le quemaba los pulmones. Una parte de su mente le gritaba que Bella llevaba demasiado tiempo bajo el agua, que abandonara toda esperanza. Pero él continuó la desesperada búsqueda. Si no volvía con ella a la superficie, él tampoco volvería.
Por fin vio una mancha blanca en las profundidades. ¡Su jersey! Al acercarse y ver sus ojos cerrados y su rostro pálido, casi se le detuvo el corazón. La agarró por debajo de los brazos, inertes, y la sacó a la superficie. Rápidamente, nadó hacia el barco.
Subió la escalerilla con ella al hombro y la dejó sobre cubierta. Acercó la mejilla a la nariz. No respiraba. Le presionó la garganta con los dedos. No tenía pulso.
El horror a punto estuvo de robarle la razón. No, no podía perderla. Le quitó las cuerdas de las muñecas, le echó la cabeza hacia atrás y le hizo la respiración artificial. Siguió con un masaje cardíaco, contó hasta quince y volvió a insuflar aire. Repitió el procedimiento una y otra vez, deteniéndose para examinarle las pupilas. Estaban dilatadas, pero respondían a la luz. Seguía sin pulso.
—Vamos, cariño —murmuraba mientras le presionaba el pecho. Los brazos le temblaban y la cabeza le daba vueltas. La inmersión en las aguas heladas lo había dejado exhausto y tiritando, pero no iba a abandonar a Bella.
Insuflaciones, masajes, comprobación de pupilas, búsqueda de pulso…
—¡Respira, Bella! —gritó—. ¡Vamos, cariño! ¡Respira, por favor!
Insuflación, masaje. Seguía sin pulso.
—¡No me dejes, maldita sea! —más allá de la razón, la agarró por los hombros y la zarandeó violentamente.
Entonces ella empezó a toser y a respirar con dificultad. El alivio amenazó con dejar atontado a Edward. Afortunadamente, había sido entrenado para situaciones como ésa. Le puso sus temblorosos dedos en la garganta y contó. El pulso era muy débil. Y ella seguía inconsciente.
Corrió al puente de mando a pedir ayuda por radio y allí encontró además una manta y una pistola de bengalas. Al volver junto a Bella le tomó otra vez el pulso. Se le había vuelto a detener. Disparó la bengala y siguió con las insuflaciones y los masajes, pero no conseguía estabilizarla.
¿Llegaría a tiempo el helicóptero? ¿O sería demasiado tarde?

Edward aguardaba sentado en un pasillo del hospital. Habían trasladado a Bella en helicóptero después de someterla a un electroshock, pero no conseguían que recuperara el pulso y su temperatura seguía siendo muy baja. Ahora estaba siendo atendida por un ejército de médicos y enfermeras, pero ninguno podía decirle nada definitivo cuando salían de la sala. Le habían pedido que llamara a los familiares de Bella, y él había avisado a Alice, que se presentó enseguida.
—¿Qué ha pasado, An? —le preguntó al llegar, frenética.
—En realidad me llamo Edward Masen y soy agente del FBI —respondió él—. Siéntate. Te lo contaré todo.
Cuando acabó, Alice permaneció en silencio, y él no se atrevió a mirarla.
Finalmente, ella le agarró la mano.
—¿Eres creyente, Edward?
—Ahora sí —respondió en un débil susurro.
Una hora interminable pasó. Y otra más. Edward no sabía si quería que la puerta de la sala se abriera o no. Mientras estuviera cerrada significaba que Bella seguía luchando.
Pasaron tres horas más antes de que la puerta se abriera y una enfermera se aproximara a ellos. Su expresión no revelaba nada, pero el instinto le dijo a Edward que traía noticias cruciales. Hizo acopio de todas sus fuerzas y se levantó para recibirla.
—Hemos conseguido elevar su temperatura corporal, y ha recuperado el pulso —la enfermera sonrió—. Su amiga es una luchadora, pero aún no podemos determinar si hay daños cerebrales. Su falta de conciencia se debe a una conmoción, no al coma, y está respirando por sí misma. La hemos trasladado a la UVI, ya que aún hay riesgo de paro cardiaco.
A Edward le fallaron las rodillas y se desplomó en la silla. Alice se puso a llorar.
—Pero está viva —dijo Alice—. No está en coma. Sobrevivirá.
—Quiero verla —dijo Edward, dispuesto a hacer lo que fuera con tal de recuperarla.
La enfermera los condujo al piso de arriba y al final de un largo pasillo.
—Sólo se permite la entrada de uno en uno y durante diez minutos.
—Supongo que querrás verla tú primero —dijo Alice—. Adelante.
—Una vez que entre, nada ni nadie podrá sacarme de ahí —respondió él dándole una palmadita en el hombro—. Pasa tú, Alice. Puedo esperar unos minutos más.
—¿Sabes? Para ser un hombre eres encantador —dijo ella con una sonrisa—. Quizá cambié de opinión respecto al género masculino —lo besó en la mejilla y entró.
Edward se volvió hacia la ventana y contempló el paisaje gris. Negros nubarrones se cernían sobre la ciudad, adelantando el crepúsculo, pero las luces de los edificios perforaban la oscuridad. Pequeños faros de esperanza en las sombras…
Cuando Alice volvió a salir, tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Tu turno. Pero prepárate —le advirtió con voz ahogada—. Tiene un aspecto horrible.
Edward se armó de coraje y abrió la puerta con la misma determinación con la que había saltado del barco a rescatarla. O salía de allí con ella, o no se marcharía.
A pesar del aviso de Alice, estuvo a punto de derrumbarse cuando la vio. Sus mejillas estaban tan blancas que se confundían con la almohada. Sombras moradas manchaban sus ojos cerrados, y en la piel de los párpados se adivinaban las venas hinchadas y azules. La sangre se filtraba por las vendas que le cubrían las muñecas. Unos tubos intravenosos le inyectaban un líquido de color claro en el brazo derecho, que estaba lleno de magulladuras igual que el cuello, donde le latía débilmente el pulso. Un monitor junto a la cama marcaba su ritmo cardíaco con lentos pitidos.
Frágil, destrozada, y sin embargo aferrada a la vida. Su pulso constante animó a Edward.
—Hola, Houdini —dijo con voz temblorosa—. Estás llevando esta siesta al extremo, ¿eh? ¿Qué tal si despiertas y te traigo un té en una de tus tazas de Elvis? —le tomó la mano y se la acarició. Estaba fría—. ¿Bella? ¿Puedes oírme?
Ella no respondió.
—Vamos, cariño. Vuelve conmigo.
Nada. Ni un sonido, ni un susurro. Ni un movimiento.
—Estoy aquí por ti. Todo va a salir bien.
Le estuvo hablando tranquilamente durante una hora, hasta que una enfermera llegó para comunicarle que debía marcharse. Edward se negó rotundamente a moverse de allí, y al verlo tan destrozado, la enfermera le permitió quedarse, a condición de que no entorpeciera la labor del hospital y pidiera ayuda si notaba algún cambio. Entonces Edward aferró fuertemente la mano de Bella y respiró hondo.
—No voy a dejar que te vayas, cariño. Y si no puedo hacer otra cosa, al menos te contaré lo que querías saber. Te hablaré de mis pesadillas —se detuvo para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta—. Una mañana de verano, cuando tenía cinco años, me levanté y mi madre me dijo que íbamos a hacer un viaje. Yo nunca había ido más allá de la esquina, así que me puse loco de contento y corrí a preparar mi mochila roja —volvió a detenerse para respirar hondo—. Hacía un día magnífico; el cielo despejado, el sol, los pájaros… Mi madre estaba muy callada. Al detenerme para acariciar al perro de una vecina, le pregunté si podría tener un perrito cuando llegáramos a casa y ella respondió que sí. Asidos de la mano, caminamos durante un buen rato hasta la estación de autobuses —miró al vacío, viéndolo todo de nuevo—. Allí me sentó en un banco de madera, tan alto que mis pies no tocaban el suelo. Entonces ella me miró y me dijo: «Quédate aquí, Edward. No te muevas, pase lo que pase. Y no le hables a nadie. A nadie, ¿me has entendido?». Me miró en silencio durante un rato y luego dijo: «Tengo que hacer esto porque te quiero». El rostro se le puso blanco y a mí se me revolvió el estómago —bajó la voz hasta un susurro. —Cuando se dio la vuelta, lo supe. De algún modo supe que nunca volvería. No dije nada. No pude hablar. Por dentro gritaba y chillaba, pero vi cómo mi madre se alejaba y no hice nada. Me quedé allí sentado todo el día, aferrado a mi mochila, hambriento, sediento y tan asustado que quería morirme. No me moví ni un centímetro. No lloré ni hablé con nadie. Pero ella no volvió… Y yo no volví a hablar en un año —la voz se le quebró—. Tal vez si hubiera podido llamarla, si hubiera sido diferente, un niño mejor, ella se habría… se habría detenido, se habría dado la vuelta y se habría quedado —le apretó la mano a Bella—. Ahora te estoy llamando a ti, Bella. No te vayas. No me dejes, por favor. Si vuelves, te prometo que estaré siempre contigo. Me pasaré el resto de mi vida haciéndote feliz —apretó los dientes, pero no pudo evitar un sollozo—. Lucha, Bella. Encuentra el camino de vuelta a mí. Te necesito.
Temblando, hundió la cara en la manta. Tenía el corazón desgarrado por el dolor, el miedo y la traición que había mantenido encerrados durante tantos años, y que ahora volvían a la superficie en forma de lágrimas abrasadoras.
No supo cuánto tiempo pasó hasta que finalmente sintió que alguien le acariciaba el pelo. Levantó la cabeza, avergonzado de que alguien lo hubiera pillado llorando.
Y se encontró con la mirada ambarina de Bella.
—¡Bella! ¡Oh, Dios, estás despierta! —le tomó el rostro y la besó en las mejillas, en la frente y en los labios—. ¿Sabes quién soy?
La boca de Bella se torció en una débil sonrisa.
—Bond —susurró—. Edward Bond.
Edward sonrió, invadido por un alivio inmenso.
—Espera, cariño —corrió hacia la puerta—. ¡Que venga alguien enseguida! —gritó.
El bramido resonó en los oídos de Bella. Confusa, miró a la multitud que entraba en tropel y la examinaba. Una mujer rubia le iluminó los ojos con una linterna. La cabeza le palpitó como si alguien la hubiera golpeado con un martillo.
—¡Edward! —gritó.
—Estoy aquí, cariño —se puso a su lado, aunque una de las mujeres intentó separarlo.
—¿Qué es esto? ¿Dónde estoy?
—Estás en un hospital. Y vas a ponerte bien.
—Haz que paren, por favor —le suplicó agarrándole la mano.
—Ojalá pudiera, pero tienen que hacer su trabajo. Pronto acabarán.
Oía murmullos y zumbidos, la cama vibraba y las luces giraban sobre ella. Se concentró en el rostro de Edward, su única seguridad en un mar de confusión. De repente la cama se deslizó hacia delante, dejó de ver a Edward y se encontró en una cámara de metal.
—¿Edward? —lo llamó muerta de miedo.
—Te estoy hablando por unos auriculares —respondió su voz—. Van a hacerte un TAC. Te sacarán enseguida.
Bella cerró los ojos y perdió la noción del tiempo.
—¿Sigues conmigo, Bella? —el susurro de Edward le acarició los oídos. Se forzó a levantar los pesados párpados y vio su rostro sobre ella—. Estás de vuelta en tu habitación. Siento haberte despertado, pero tenía tanto miedo… —la voz se le quebró.
—¿Qué ha pasado?
—¿No recuerdas nada?
Ella intentó ordenar las imágenes que se agolpaban en su cabeza.
—James intentó matarte. Yo lo detuve. Me caí en tus ojos.
—Te caíste al mar —dijo él riendo—. Con las manos atadas a la espalda. Me diste un susto de muerte —la mano que tenía en su frente empezó a temblar.
—Me duele todo el cuerpo. Mucho.
—Lo sé, pero te pondrás bien. Te lo prometo.
Asustada y aturdida, lo miró, intentando asimilar la información.
—¿Tú no estás herido?
—No. Nos salvaste a los dos, Houdini.
Edward estaba bien y los dos estaban juntos. Era lo único que le importaba a su mente.
—Estoy tan cansada…
—Duérmete. Pero prométeme que despertarás pronto.
—Te lo prometo —volvió a cerrar los ojos y todo se oscureció.
Algún tiempo después, volvió flotando a la conciencia. Oyó las voces de Alice y Edward, hablando en susurros.
—El TAC no ha revelado daños cerebrales, gracias a Dios —murmuró Edward—. El agua helada mantuvo su cuerpo en hibernación, de modo que la falta de oxígeno no la afectó gravemente. El médico cree que podrá darle el alta en menos de una semana.
—Es un milagro —dijo Alice.
—Y tanto que lo es —corroboró él.
—Eh, dejen de hablar de mí —intervino Bella con una voz demasiado temblorosa para su gusto—. Me duelen los oídos.
Edward y Alice corrieron a su lado.
—Hola, Houdini. Al fin estás de vuelta —dijo él acariciándole el pelo—. ¿Cómo te sientes?
—Como el Coyote después de un día entero persiguiendo al Correcaminos.
—No me extraña —respondió Edward riendo.
Alice la abrazó con cuidado. Al retirarse, sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Te quiero, pequeña.
—Yo también te quiero, Allie —le sonrió a su amiga, pero enseguida frunció el ceño al intentar ordenar sus pensamientos—. ¿Qué les ha pasado a James y a Riley?
Edward y Alice intercambiaron una mirada y él le tomó la mano.
—Han… —carraspeó—. Han muerto. No me dejaron otra opción.
Bella asintió. Sabía que Edward hubiera ayudado a James a escapar de Laurent, pero James había sellado su destino cuando eligió el dinero y el poder. Teniendo en cuenta que había estado a punto de asesinarlos, no pudo sentir mucha lástima.
—¿Han llamado a mi madre?
Edward tragó saliva.
—Sí, la llamó Alice. No podía venir.
—Deja que lo adivine. Estaba demasiado ocupada.
—Lo siento mucho, cariño —dijo Edward frunciendo el ceño—. Sé lo mucho que debe de dolerte.
La verdad era que no le dolía tanto como debería, lo cual la sorprendió.
—Ya debería estar acostumbrada.
—Es ella la que más pierde, cariño. No te tiene a ti en su vida.
Bella apartó el desagradable resquemor. No perdería más tiempo anhelando el cariño de Renée. Su futuro era Edward. Por eso tenía que poner todo su empeño en la recuperación.
—Quiero sentarme.
—No creo que sea una buena idea —dijo Edward con una mueca—. Date un poco de tiempo.
—Voy a sentarme, con o sin tu ayuda, señor Bond.
—Maldita cabezota —gruñó él—. Si no estuvieras convaleciente, te daría unos azotes.
Ella sabía muy bien que Edward nunca le pegaría… a menos que se lo pidiera.
—Pervertido —le dijo con una sonrisa.
—Te encanta que lo sea, ¿verdad? —replicó él devolviéndole la sonrisa.
Durante los cinco días siguientes, mientras se recuperaba en el hospital, Edward atendió todas sus necesidades. Le llevaba rosas melocotón cada mañana, y se confabuló con Alice para llevarle golosinas, revistas y películas. Bromeaba y se reía para animarla, pero evitaba escrupulosamente hablar de temas personales.
Ella ansiaba sus abrazos, sus besos, su amor. Y aunque él parecía evitar toda intimidad, cada vez que pensaba que ella no lo veía, lo pillaba mirándola con un deseo tan intenso que la hacía estremecerse.
Al final de la semana, el médico le comunicó que le daría el alta a la mañana siguiente. Se pasó despierta toda la noche, escuchando la respiración de Edward, que dormía en el catre junto a la cama. Se había negado a dejarla sola, ni siquiera de noche. Aquélla era una buena señal, sin duda.
Pero ¿qué pasaría cuando volviera a casa?

1 comentario:

  1. DIossssss... que capitulo, muchas gracias pro actualizarlo tan pronto... si que hay amor ahi, pero que pasará ahora que salga del hospital, el cumplirá su promesa de quedarse con ella???

    Bueno pues Feliz Navidad, y espero que pronto vuelvas a actualizar.
    Ale74

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