viernes, 31 de diciembre de 2010

Tan insondable como el fuego


Capítulo 4Tan insondable como el fuego”
Entonces, cuando más lo necesitaba, le llegó el coraje... o algo que se le asemejaba. Sabía que debía mostrarse dulce, agradable y segura de sí misma, o sería el fin de todos.
—El castillo y los bienes del lord de Edenby ahora os pertenecen, lord Edward —dijo sin atreverse a mirarlo—. Es vuestra propia hospitalidad la que os brindamos hoy.
Se oyó un repentino clamor entre los lancasterianos, que empezaron a desmontar. Todo lo que podía ver de él era su verde y penetrante mirada clavada enigmáticamente en ella. La desvió con tanta prontitud como la había posado en la joven y gritó órdenes.
Edward aún no había pronunciado palabra, ni a ella ni a sus hombres. Bella se humedeció los labios y avanzó otro paso.
—Tenemos jabalí y faisán, anguilas condimentadas y barriles de vino en el patio, milord. Y una mesa en el interior a la que pueden sentarse quince de sus hombres.
—¿Quince, milady? —preguntó él.
Ella hizo una reverencia con fingida humildad.
—Somos seis, lord Edward. Mi tía y yo... —Esperó a que Alice saludara con una inclinación—. Sir Jacob, sir Sam, Embry y Paul. Paul es... era el jefe del ejército de mi padre. Embry se ha ocupado de la hacienda y los arrendatarios, sir Jacob lleva las cuentas desde hace mucho tiempo y sir Sam conoce mejor que nadie los puntos fuertes y débiles del castillo.
—¿Creéis que necesito un castillo inexpugnable, milady? —preguntó Edward.
Se quitó el casco y los guantes, y uno de sus hombres se apresuró a recogerlos. Ella le vio por fin el rostro: impresionante, hermoso, frío y orgulloso. Se echó a temblar.
Retrocedió un paso. Parecía impresionantemente alto allí de pie; y, a pesar de las palabras corteses que había murmurado con sorna, su expresión era glacial. Cuando sonrió, los labios simplemente parecieron curvarse. Se pasó la mano por el cabello, apartándoselo de la frente.
—No acostumbro repetir mis palabras, lady Isabella. ¿Necesito un castillo inexpugnable?
—Cualquiera lo querría.
—Lo diré con otras palabras, milady ¿Tengo motivos para creer que voy a necesitar un castillo inexpugnable... pronto?
—Siempre existe la amenaza de un ataque por mar —respondió ella con solemnidad—. Y tengo entendido que Ricardo sigue en el trono. Pensé que querríais toda la información que pudiéramos facilitaros.
—Sois muy amable. Y perspicaz.
—Queremos la paz.
—Y clemencia, supongo.
—La clemencia es una cualidad venerada por los ángeles —murmuró ella con dulzura—. Y una cualidad que vos habéis prometido. ¿Deseáis que os muestre el castillo, milord?
—¡Naturalmente!
Saludó a los demás con una breve inclinación de la cabeza, sin apenas mirar en dirección a ellos. Y sin embargo Bella tuvo la impresión de que había memorizado todos sus rostros, que habría podido repetir todos los nombres y describir cada expresión y gesto de habérselo preguntado más tarde.
—El gran salón, milord —dijo Bella, abarcando la estancia con un gracioso ademán—. Los lores de los alrededores siempre se han reunido aquí; estamos aislados, como sabéis, y a menudo han discutido las leyes y resuelto sus propios conflictos aquí.
Sonrió, pese a que le enfurecía ver a los soldados de Edward entrar y desfilar en el salón de su padre. Pero mientras los observaba, sin cascos ni armaduras, cayó en la cuenta de que eran hombres, jóvenes y viejos, atractivos y marcados con cicatrices. De pronto se mareó y sintió un súbito deseo de sentarse. Allí estaban todos aquellos hombres de carne y hueso, seres humanos, como había recordado a Alice. Sin duda eran hijos, maridos, padres o amantes. Esos hombres no deberían haber entrado jamás en el castillo. De pronto se habían vuelto reales. Era preferible luchar contra un enemigo desconocido, cuando...
—¿Milady?
Edward la miraba con curiosidad. Ella de pronto advirtió que la estaba sosteniendo... que tenía una mano entre las suyas. Por una vez no se mofó de ella, sino que la observó, intrigado.
Reales, aquellos hombres eran reales... como lo era ese atractivo y odioso Edward Cullen. Bella se apresuró a bajar la vista. Ay, lo odiaba y despreciaba, y lamentaba que no se hubiera marchado. Era joven y fuerte, y era una lástima que tuviera que morir.
—¿Os sentís bien, milady?
«¡Por supuesto que no! —pensó ella—. ¡Me pone enferma ver cómo vuestra banda de ladrones desalmados invade mi hogar!» Y, al tiempo que retiraba la mano, dijo:
—Estoy bien. Si me disculpáis... —Se volvió—. Sir Jacob, ¿seríais tan amable de ocupar mi lugar mientras me encargo de que sirvan la comida?
Abandonó el salón y cruzó el arco de piedra que lo separaba de la cocina. Una vez allí, se apoyó contra la pared. Quil, el cocinero insólitamente delgado, la miró por encima de la enorme caldera de estofado hirviendo.
—¡Dales de comer! —ordenó Bella—. Y sirve el vino. Es hora de empezar.
—Sí, milady —musitó Quil—. ¡El vino! —gritó, pasando la orden. Fue en busca de un barril de vino, luego se detuvo y añadió—: Estamos con vos, milady. Contad con nosotros.
Ella asintió y respiró hondo. Tenía toda una larga tarde por delante. Dio media vuelta y regresó al salón.
Unos cuantos caballeros lancasterianos se habían reunido ante el hogar y hablaban en murmullos. Bella no podía seguir la conversación, pero oyó comentar a algunos que les parecía una forma demasiado cortés de conquistar a un enemigo. Otros hablaban acerca del botín y el valor de la propiedad no destruida.
Todos los ojos se clavaron en ella cuando entró en el salón. Uno de ellos, un tipo fornido de ojos pequeños y codiciosos, murmuró algo. Otro rió y un tercero observó que habría sido mejor saquear y arrasar el lugar... y repartirse el botín.
¿Seres humanos? Sus miradas impúdicas e insultantes le recordaron el significado de la palabra justicia. Entornó los ojos mientras los observaba, y luego se volvió experimentando una sensación desconocida.
Edward la observaba. Los sirvientes corrían de un lado para otro y él ya tenía una copa. La balanceaba en la mano, distraído; tenía un codo apoyado en la repisa de la chimenea y un pie sobre la piedra de la base. Sir Jacob le hablaba, pero Edward no dejaba de observarla... y ella tuvo la extraña sensación de que le leía los pensamientos.
Durante un largo e inquietante momento, le pareció que él le sostenía la mirada. Empezaba a parecer menos severo, pensó Bella. Tenía el cabello ligeramente despeinado y rió abiertamente de algún comentario hecho por sir Jacob. Bella se sobresaltó al darse cuenta de lo atractivo que resultaba cuando su sonrisa era franca y divertida.
Se llevó la mano instintivamente a los labios. Luego se ruborizó, recordando las palabras burlonas de Edward. Él era el responsable de la muerte de su padre. La había tratado de forma atroz y escandalosa. Ese hombre alto, atractivo y risueño merecía morir en aceite hirviendo. Era un déspota, un egoísta, un arrogante despreciable. No había dejado las armas de guerra: llevaba la espada al cinturón y un cuchillo sujeto al muslo.
Él le sonrió desde el otro extremo de la estancia. Bella desvió la mirada y se encaminó hacia el grupo. Advirtió que Alice hablaba con uno de los lancasterianos. Un apuesto hombre —si podía llamarse así al enemigo—, joven, alto, delgado, pulcramente vestido y de agradable sonrisa. Tan agradable que resultaba duro matarlo, pensó Bella sintiendo náuseas. Se apresuró a cerrar los ojos y recordó al hombre corpulento que tan alegremente la habría hecho pedazos, sin dejar por un momento de reír. ¡Cómo disfrutaría cuando cambiaran los papeles!
Interrumpió el discurso de sir Jacob sobre cómo construir escaleras.
—Si tenéis la bondad de sentaros a la mesa, podremos empezar a comer.
Momentos más tarde todos se hallaban instalados en torno de la mesa. Bella se sentó en un extremo, al lado de Edward. Los criados se movían en derredor, sirviendo; podría haberse tratado de una fiesta, de no ser porque ella no probó bocado. La pobre Bella habló sin parar acerca de la comida, explicando el mejor condimento para las anguilas, el mejor pescado del mundo.
Edward la observaba, estudiándola con interés. Estaban tan próximos el uno del otro que sin querer le rozó la rodilla con la suya y ella se sintió febril. Y cuando él movió el brazo, ella vio cómo se le tensaban los músculos bajo la camisa, lo que también contribuyó a desanimarla. Veía cómo le latía el pulso en el cuello, y su cutis recién afeitado y sin embargo masculino. A su pesar recordó las caricias de Edward. Recordó, y supo que él sabía lo que estaba pensando. Procuró no ruborizarse, ni traicionarse...
A diferencia de él, había perdido el dominio de sí misma, pensó con tristeza. Se suponía que tenía que mostrarse encantadora con ese hombre. Edward ya había alcanzado con ella cierta intimidad que la había dejado sin aliento, pero él no se había mostrado demasiado interesado en ella.
Edward no bebía tanto vino como Bella esperaba. Parecía ser comedido en sus gustos.
—El jabalí —se oyó decir— es mejor asarlo despacio horas y horas y... —Se interrumpió al ver la mueca burlona de Edward, que la miraba a los ojos.
—Podéis dejar de hablar por los codos, lady Isabella —dijo él—. Cuando tengáis algo interesante que decir, por favor hacedlo. —Se volvió hacia sir Sam—. ¿Cuántos arrendatarios tenéis trabajando la tierra, sir? ¿Y cuántos artesanos?
Sir Sam se aclaró la voz y empezó una disertación sobre los campesinos, criados domésticos, herreros, alfareros y otros artesanos. Edward escuchó con atención. Formuló preguntas inteligentes acerca de la calidad de la lana, la cantidad de ganado y las viviendas de los campesinos.
Bella bebió un sorbo de cerveza y jugueteó con la comida del plato. Se sobresaltó al oír de nuevo la voz de Edward, tan próxima a su oído.
—Esto supone un cambio total, ¿no os parece, lady Isabella?
—No comprendo.
—Os he ofrecido varias veces condiciones de rendición bastante mejores que las que habéis recibido. —Movió un brazo para abarcar la mesa llena de sus hombres—. Mañana me embolsaré vuestras joyas, revisaré las cuentas y me instalaré aquí. Lo perderéis todo, milady. Podríais haber evitado mucho sufrimiento de haberos rendido antes, pero preferisteis luchar hasta tan amargo final. Sin embarco vos sois la misma generosa dama que insiste en meterse en mi cama, cuando la mayoría de señoras con título se acuestan cada noche rezando por librarse del castigo de tan infame destino. Estoy intrigado, milady. Quisiera una explicación.
Bella trató en vano de sostener su mirada. Entrelazó las manos en el regazo y se quedó mirándolas fijamente. Advirtió vagamente que uno de los perros se había alejado del hogar y buscaba restos de comida alrededor de la mesa.
—Si me dieran a escoger entre vos y vuestros hombres, lord Edward, parecéis... el menos perverso. En cuanto a las favorables condiciones de rendición que he dejado escapar... —se encogió de hombros—, he resistido cuanto he podido. Antes de rendirme aún no había perdido. Pero cuando comprendí que no había esperanza y amenazasteis con no mostrar clemencia, pensé que deberíamos... tratar de enmendarlo.
—Entiendo —dijo él—. Así que no habéis olvidado vuestra promesa.
—¿Mi promesa? —murmuró ella.
—Sí, de no comportaos como una víctima, sino tan tiernamente como una novia.
Ella se puso rígida, asustada por aquel tono de intimidad que la dejaba sin aliento e indefensa. Era como si la hubieran abandonado todas las fuerzas. Lo miró fijamente y sintió la intensidad de su mirada, penetrante y enigmática.
—Las novias no siempre son tiernas, milord —replicó.
—Una novia cariñosa —repuso él, y Bella se quedó perpleja ante su tono amargo.
Entonces él se volvió de nuevo, como si la desdeñara, e hizo un comentario jocoso al joven de mirada agradable y semblante risueño.
Ella volvía a temblar. Tenía las palmas de las manos húmedas y trató de secárselas en el vestido. ¿Qué se proponía aquel hombre?, se preguntó horrorizada. Parecía despreciarla; insistía en que no la encontraba atractiva siquiera... Y entonces se mofaba de ella y se reía, y ella sentía calor, un fuego que emanaba de él y la enardecía. Como si pudiera poseerla... más que poseerla.
No necesitaba comprender a ese hombre, se recordó con aspereza, sino hacerle caer en una trampa.


A medida que se desarrollaba la comida, empezaron a alzarse las voces. Los hombres llevaban mucho tiempo combatiendo; el vino era bueno y la comida excelente. Cada vez chillaban más. Bella vio a Quil y lo llamó con un ademán.
—Hay muchas copas vacías —le advirtió cuando acudió a servirla—. Estos hombres... están celebrando su victoria —continuó. Al advertir que Edward volvía a observarla, se ruborizó y añadió—: Creo que es el momento de llamar al juglar.
Quil se apresuró a cumplir la orden. Bella sentía la mirada de Edward sobre ella como una exigencia insoslayable. Se volvió para mirarlo de nuevo a la cara.
—Si hay algún truco, milady —dijo él afable—, viviréis para arrepentiros. Si me sirven con honradez, actúo con honradez, pero cuando me traicionan no perdono ni olvido.
Bella alzó la copa y lo miró, rezando para no traicionarse a sí misma.
—¿Cuál podría ser el truco, milord? Vos sois el vencedor y el señor. Todo os pertenece.
—Y vos parecéis aceptarlo con demasiada tranquilidad —murmuró Edward secamente—. Y tampoco he visto entre los presentes a ningún hombre decidido a defender vuestro honor. —La miró a los ojos—. Es extraño, ¿no os parece?
Bella bajó la mirada y utilizó el sofisticado tenedor de tres púas —otra pieza de la dote de su madre —para juguetear con el trozo de cordero que tenía en el plato.
—No tan extraño, milord —replicó con un tono que esperó sonara negligente—. Ahora no hay más que hombres mayores con nosotros. Artesanos, ceramistas y campesinos. ¿Quién iba a defenderme?
Él arqueó una ceja cobriza con escepticismo y alzó la copa hacia sir Jacob.
—He aquí un hombre joven que debería estar preocupado. Rechacé vuestra magnánima oferta de matrimonio, milady. Debería estar escandalizado, ya que cada vez que os mira sus ojos me recuerdan los de un ternero, enamorado o hechizado, diría yo. Enredado en una madeja dorada. Sin embargo sonríe y me estrecha la mano. La situación es de lo más peculiar.
Bella le sonrió dulcemente y sólo el brillo de sus ojos reveló un indicio de sarcasmo.
—¿Os referís a sir Jacob? Era amigo de mi prometido, a quien asesinaron vuestros hombres. Estoy segura de que le cuesta aceptar la muerte de James. Sin embargo, hemos sido derrotados. No deseamos ver arrasados los hogares de nuestra gente, ni pisoteadas las cosechas, ni queremos que asesinen a los nuestros o abusen de las mujeres hasta que deseen la muerte. Así pues, aceptamos la derrota. Pero debo preguntaros algo: ¿qué pasará si vuestro Enrique Tudor nunca llega al trono?
—Lo hará —se limitó a responder Edward.
—¿Sí? Entonces debemos suponer que derrotará a Ricardo. Y se deshará de él. La sucesión es un problema espinoso, ¿no es cierto? Eduardo IV ha dejado cinco hijas... aunque sus hijos han desaparecido...
—Asesinados por Ricardo —la interrumpió Edward con calma.
—No hay pruebas de que estén muertos —replicó Bella con frialdad—. Pero sigamos. Tengo entendido que el rey Eduardo también dejó unos cuantos sobrinos y cualquiera de ellos podría reclamar el trono. Eduardo, conde de Warwick, podría fácilmente hacerse con la Corona. La rama Tudor que defendéis es bastarda, lord Edward.
Él rió.
—¡Beatería, y nada menos que de la dama que ofrece sus servicios con tanta facilidad! Señora, la parte bastarda del linaje de Enrique se remonta a generaciones muy antiguas... y John de Gaunt se casó con la dama que dio a luz a esos bastardos Beaufort. Los que lo seguimos no hacemos caso de esa tacha.
—Pero ¿y si vuestro Tudor no llegara al trono? Sólo es una hipótesis, lord Edward.
—Entonces lucharía por conservar este castillo del mismo modo que lo habéis hecho vos, milady, pero yo no lo perdería.
Aquella afirmación hizo que Bella deseara clavarle las uñas en su implacable rostro.
De pronto él le cogió la mano. Ella advirtió la fuerza con que la sostenía y deseó soltarse. Sintió la extraña intensidad de su mirada y le invadió una oleada de calor.
¡No debía desfallecer! Se obligó a recordar las crueles imágenes de muerte.
—¿Me pertenece todo? —preguntó él bruscamente.
Ella frunció el entrecejo y respondió despacio.
—Así es.
Él sonrió, acariciándole la mejilla con los nudillos. El tono de su voz era extraño, frío, casi desinteresado. Pero no sus palabras.
—Entonces ordeno que me acompañéis a vuestra alcoba, lady Isabella. Ha sido una larga batalla.
A Bella le latió con fuerza el corazón, presa del pánico.
—Pero, milord, hemos previsto entretenimientos. Yo...
—Sólo me interesa una clase de entretenimiento —respondió él. La recorrió lentamente con la mirada y pareció reírse de su pánico. Se inclinó hacia ella para susurrarle al oído—: Ese «entretenimiento» que habéis insistido tanto en ofrecerme...
Ella miró alrededor. El sol de invierno se había puesto, pero aún no era de noche. Los hombres de Edward estaban borrachos, pero no lo suficiente. Reían con ganas, exigiendo más vino y pidiendo diversión.
—¿A qué vienen esas dudas, milady? ¿Queréis retirar vuestra proposición?
—Yo...
Él se puso de pie y la levantó de la silla de un tirón. Con gran consternación Bella vio que se proponía dar un discurso. Golpeó la copa en la mesa y se hizo el silencio. Todos los ojos se volvieron hacia él.
—Queridos amigos, hoy hemos pedido la paz. Naturalmente no se resuelve con una comida, pero no os puedo negar el premio a vuestro valor. Esta noche podéis beber alegremente y divertiros, pero recordad el trato y no toméis lo que no os ofrecen. —Levantó la mano de Bella—. Lady Isabella es mía... tanto si decido reclamarla como si no. Ella ha sido quien... —hizo una breve pausa, con una sonrisa cínica— ha ofrecido estas condiciones. Y lo que es específicamente mío, no lo comparto. Santiago, Jasper, os quedaréis de guardia. Buenas noches a todos.
Sir Sam pareció atragantarse y Embry se puso de pie. Bella sintió que tiraba de ella.
—¡Un momento! —rogó.
Él se detuvo y la miró con frialdad e impaciencia.
—¿Sí?
—Dejadme ir a la cocina para ocuparme de que la velada prosiga sin nosotros.
Él le soltó la mano y se cruzó de brazos, sonriendo y quizá mirándola con lascivia, no estaba segura. La luz del fuego proyectaba una sombra sobre su rostro y hacía brillar sus ojos verdes de modo perverso.
—¿Eso es todo? Entonces id a cumplir con vuestro deber. No deseo que mis hombres queden insatisfechos. Pensé que tal vez queríais echaros atrás... después de comprobar que mis hombres no tienen cuernos ni garras, y que saben controlarse.
Ella se pasó la lengua por los labios, pero sonrió y habló con la misma voz ronca.
—No, sólo quería...
—Entonces id. Se me ocurrió que tal vez me considerabais responsable de la muerte de vuestro padre. Y al sentarme a vuestro lado, tuve la sensación de que me despreciabais. Os mostráis fría cuando os toco, milady. Pero ahora que he aceptado vuestra oferta, quedaría decepcionado si cambiarais de parecer.
¡Cómo se mofaba de ella! ¡Sabía perfectamente que ella lo detestaba!
—No he cambiado de parecer. Si me disculpáis, vuelvo enseguida —respondió ella con calma. Y abandonó el comedor.
Embry y Paul se levantaron alegando que estaban exhaustos. Los caballeros lancasterianos parecían demasiado absortos en sus risas para ofenderse.
Bella soltó un pequeño suspiro de alivio y cruzó corriendo la arcada. Cogió a Quil del brazo cuando éste acarreaba otro barril de vino.
—Quil, quédate con ellos y no dejes una sola copa vacía. Deben beber y deprisa. ¡Vamos!
Él asintió. Ella volvió a apoyarse contra la pared mientras el joven abandonaba la cocina. ¿Cuánto tiempo podía tardar en regresar? Transcurrieron segundos, luego minutos.
Quil volvió con una mirada inquieta.
—Ha preguntado por vos, milady.
Ella asintió y regresó al comedor, con el mentón erguido y andando con calma y seguridad en sí misma. Cuando pasó por delante de la mesa volvió a sentir todas las miradas clavadas en ella y se ruborizó.
Edward había cruzado unas palabras con el hombre de la sonrisa pronta —Jasper, creía que se llamaba—, pero al verla se dirigió al pie de la escalera para reunirse con ella. Con una mirada intrigada y especulativa, levantó el brazo y lo pasó por debajo del de la joven. A Bella le pareció que se le nublaba la vista y todo lo que veía era esa mano ancha y fuerte de largos dedos. Sintió el calor del brazo de Edward bajo la manga de la camisa y sus poderosos músculos. Lo oyó respirar acompasadamente... estaban tan próximos el uno del otro que hasta creyó oír los latidos de su corazón. Latidos que no iban a tardar en detenerse para siempre.
Por un instante pensó en él como una especie de bestia magnífica, como los sementales de su padre, nacidos y educados para la guerra, sanos y fuertes. Ver muertos a esos sementales le habría dolido, y sin embargo se proponía matar a un hombre en la flor de la vida, tan apuesto que producía escalofríos.
De pronto se estremeció.
—¿Tenéis frío? —preguntó él cuando se disponía a subir por las escaleras.
—No... bueno, sí. No estoy segura —murmuró ella.
Hasta la voz de ese hombre la conmovía. Fuerte y ronca cuando hablaba con tono bajo; atronadora cuando la alzaba. En otras circunstancias —de haberlo conocido como amigo de su padre, ¡en lugar de asesino!—, lo habría encontrado atractivo. Hubiera incluso coqueteado con él para dar celos a James. Miró el rostro hermosamente cincelado de Edward. No. Por alguna razón sabía que no se habría atrevido a jugar con aquel hombre. Amigo o enemigo, la habría detenido esa extraña sensación de peligro y fascinación que emanaba de él.
¡No! ¡Oh, no! ¿Qué demonios le ocurría? Cerró los ojos unos instantes. Gracias a Dios la noche pondría fin a toda esa locura. Edward Cullen pronto estaría muerto.
Todos habían coincidido en que era la única posibilidad de convertir esa derrota en victoria.
—¿Milady? —El tono amable de Edward traslucía cinismo.
—Aquí es... —dijo, y se detuvo frente a la puerta de roble de su alcoba.
Cuando abrió la puerta hacia el interior, sintió que Edward la observaba con aquellos ardientes ojos verdes. Ojos que la perforaban y la hacían temblar con un miedo desconocido, con algo más que miedo, algo que no atinaba a comprender. Tan esquivo como la violenta tensión que provocaba, tanto si se movía como si permanecía inmóvil.
Tan insondable como el fuego... el fuego que ese hombre le provocaba, el estremecimiento que se apoderaba de ella cada vez que la rozaba. Con sólo el recuerdo de ese roce...
Cerró los ojos y confió en haber dado a Embry y Paul tiempo suficiente para esconderse.

No hay comentarios:

Publicar un comentario