martes, 28 de diciembre de 2010

No quiero casarme



Capítulo 30 “No quiero casarme”

El matrimonio de Renée y Charlie Swan fue bendecido en medio de la peor tormenta de la temporada, y lamentablemente, la lluvia los atrapó en el camino de vuelta desde el pueblo. Estaban empapados cuando llegaron a la casa, pero tan absortos el uno en el otro que apenas se daban cuenta.

C.S. estaba de muy buen humor, porque Renée era su esposa y ahora nada los separaría, cuando entraron en el salón ni siquiera la actitud resentida de Edward pudo afectar su estado de ánimo.

–Veo que no has perdido el tiempo en hacer cosas honorables –comentó Edward cuando Renée subió a cambiarse sus ropas mojadas.

–Es lo que yo quería hacer, muchacho –replicó C.S. Se quitó su camisa húmeda y fue a pararse junto al fuego.

–¿Qué habrías hecho si el padre no hubiera podido darte su bendición, C.S.? –dijo Edward–. Después de veinte años de separación de esta señora, ¿te habrías reprimido hasta haber encontrado un sacerdote?

–Es difícil decirlo. Pero me alegro de no haber tenido que pasar esa prueba. Ahora como somos casi del mismo tamaño, muchacho, ¿qué te parece si me prestas unas ropas secas?... Dejé mis cosas en el barco.

–Debería dejar que te murieses de frío.

–Bien, ¿así tratas al abuelo de tu hijo? –rió C.S.

–¡Por Dios! No hace falta que me recuerdes que mi hijo te tendrá a ti como abuelo –gruñó Edward–. Y no creo que puedas decir nada aquí que concierna al niño.

–Olvidas, Edward, que Bella se marchará a final de año, y el niño se irá con ella.

–¡Maldito seas, C.S.! ¿Es necesario que me des una puñalada cada vez que vuelves? –se enfureció Edward, y dio media vuelta dejando a C.S. con una sonrisa alegre en los labios.

Bella no recordaba haber visto a su madre tan feliz. Estaban todos sentados alrededor de la mesa todavía, aunque habían terminado de comer un rato antes. Pero C.S., mientras retenía una mano de Renée entre las suyas, relataba lo que le había sucedido en esos últimos veinte años, y que lo mantuvo alejado de Francia.

Ya había hablado de los primeros cinco años que le llevó amasar una pequeña fortuna. Hasta Edward escuchaba con atención, porque nunca había oído hablar a C.S. del pasado. Edward recordó que había pasado la mayor parte de su tiempo dedicado a ahorrar suficiente oro como para comprar el ‘Dama Alegre’. Sólo que, sus metas eran completamente diferentes. Mientras C.S. había amasado su fortuna por amor, Edward había ahorrado con odio, porque sólo con su propio barco podía buscar a Bastida a voluntad.

–Y así, después de cinco años, emprendí el regreso a Francia –continuó C.S.–. Pero después de siete semanas en el mar, me asaltó la peor tormenta que haya visto jamás. Durante dos días y una noche el pequeño navío recibió los embates de la tormenta, con grandes daños. Cuando terminó la tormenta, se descubrió que seis hombres habían caído al agua, y que el barco navegaría a muy poca velocidad durante el resto del camino. Entonces, dos días después, tuvimos la desgracia de ser avistados por el primer barco. Eran turcos, y despiadados. Al ver el estado en que nos encontrábamos, no perdieron tiempo en atacamos, y en menos de una hora nos abordaron, se desilusionaron al ver la pequeña carga que llevábamos, y rápidamente ordenaron vender a todos los que estuviesen vivos, para que su aventura valiese la pena. Los nueve años siguientes fueron infernales, y sólo la voluntad de volver a Francia me mantenía vivo al comienzo. Pero el estar atado a los remos de un navío egipcio por lo que parecía una eternidad disminuyó lentamente mi voluntad de vivir. Sin embargo, finalmente llegó la oportunidad de escapar, y la aproveché, junto con el resto de las pobres almas que apenas podían llamarse hombres. Habíamos elegido el momento adecuado, porque ese barco llevaba una fortuna en oro y joyas ese día. Cuando se dividió entre los que quedábamos, descubrí que era más rico que cuando los turcos nos atacaron. Tardé un año en recuperar las fuerzas, pero en el fondo de mi corazón sentía que era demasiado tarde para volver a Francia. Compré un barco, y durante tres años libré mi propia guerra personal contra cualquier navío turco o esclavo que encontrara. Pero luego perdí mi gusto por la venganza. De manera que en estos últimos dos años alquilé mi barco para llevar carga a las colonias, y luché con algunos barcos que tenían intenciones de atacarme, pero seguí buscando cualquier barco que llevara esclavos, para atacarlo y liberar a los pobres diablos que viajaban adentro.

–Si al menos no hubieras sido tan orgulloso cuándo éramos jóvenes, Charlie, podríamos haber estado juntos todo este tiempo –dijo Renée con pena, pensando en todo lo que había sufrido C.S., y en todo el tiempo que ella había dedicado a un matrimonio sin amor.
–Lo hecho, hecho está –replicó C.S., llevándose la mano de ella a sus labios–Ahora estamos juntos, de manera que olvidemos el pasado. –Miró a Edward y sonrió amablemente. Si no fuera por ti, muchacho, jamás habría vuelto a encontrar a Renée. Te agradezco profundamente que la hayas traído aquí.

–Eres un maldito hipócrita, C.S. –replicó Edward, aunque sin dureza–. Tu señora sólo está aquí porque traje aquí a su hija. ¿También me agradecerás que haya traído a Bella aquí?

–¿No puedes olvidar tu resentimiento, Edward, y comprender que lo que hago sólo lo hago por el bien de Bella?

–Lo que veo es que no tuviste reparos en hacer el amor con una mujer casada, dejarla encinta, y luego abandonarla –dijo Edward con amargura–. ¿Dónde estaban entonces tus altos principios?

–Yo amaba a Renée y su matrimonio no era feliz. Si hubiera tenido los medios, la hubiera llevado conmigo entonces, pero no lo hice. Siempre quise casarme con ella, de manera que aun entonces mis intenciones eran honorables. ¿Puedes decir lo mismo? –preguntó C.S. con calma.

–¿Por qué estás tan obsesionado con el matrimonio? –preguntó Edward, exasperado–. Yo me he ocupado de Bella y he respondido a todas sus necesidades. Los dos estábamos contentos con las cosas como estaban... hasta que tú llegaste.

–Respóndeme a esto, Edward. Si tuvieses una hija, y es posible que pronto la tengas, ¿permitirías que algún joven malandrín la convirtiera en su mujerzuela?

–¡Bella no es una mujerzuela! –explotó Edward, con el rostro lívido.

–Tampoco está casada.

–¡Casada! Estoy harto de oír esa maldita palabra –se enfureció Edward, con sus ojos tan peligrosos–. ¿Acaso el matrimonio garantiza que un hombre y una mujer sean fieles entre sí? ¡No! ¿Es testimonio de un amor eterno? En la mayoría de los casos, no. Permite que a un niño no se le llame bastardo, pero hay demasiados bastardos en este mundo, en todo caso.

–Para ti es fácil hablar mal del matrimonio, Edward, porque sólo la mujer es condenada por vivir legalmente con un hombre –le recordó C.S.

–¿Quién condena aquí a Bella? –preguntó con furia Edward–. ¡Vive entre amigos!

–Los amigos serían los primeros en tenerle lástima –respondió C.S.

–¡Basta, por favor! –gritó Bella, que ya no podía seguir escuchando. Se levantó de la mesa y fue a pararse junto a la chimenea, mirando las movedizas llamas amarillas.

–Bella tiene razón, Charlie –regañó Renée en un susurro–. Si tú y Edward insisten en hablar tan francamente de ella sin pensar en sus sentimientos, tendrán que hacerlo cuando ella no pueda oírlos.

–Su consejo es innecesario, madame, porque no habrá más discusiones sobre el tema –dijo fríamente Edward.

Se levantó de la mesa y se aproximó lentamente a Bella, que estaba junto al fuego. Cuando quedó detrás de ella apoyó sus manos en los hombros de la muchacha, y sintió que ella se endurecía.

–¿Estás bien, pequeña? –preguntó Edward en voz baja.

–Sí.

Su respuesta fue sólo un suspiro y dejó dudas en su mente. La obligó a volverse para mirarla y vio que sus ojos cafés estaban llenos de lágrimas, y sintió un dolor en el corazón. Enjugó sus lágrimas, y retuvo el rostro de Bella entre sus manos.

–Lo siento, Bella. No quiero que pienses que como no quiero casarme contigo, no te deseo ya. Te deseo más que nunca. ¡Pero el matrimonio me asusta mortalmente! He vivido mi vida en forma independiente, sin responsabilidades... Sin necesitar a nadie.

–No tienes que dar explicaciones –dijo Bella con una sonrisa, Y ahora sus ojos eran profundos pozos de oro fundido–. He llegado a quererte mucho, Edward. En realidad, creo que estoy enamorada de ti. Pero no quiero que te cases conmigo si no lo deseas con todo tu corazón. Es suficiente que lo desees.

Él la besó tiernamente, sintiendo que se le había concedido su mayor deseo, pero sintiéndose a la vez inseguro. Sabía que deseaba a Bella, pero no sabía si la amaba o no, como nunca había estado antes enamorado de una mujer, no estaba seguro de que lo que sentía por ella fuera amor o solamente deseo. Pero se sentía muy feliz de que ella lo amara.

–Bella, cuando el año haya terminado, ¿quieres quedarte aquí conmigo... vivir conmigo como hasta ahora? –aventuró Edward.

–Si fuera solamente por mí, me quedaría. Pero no creo que C.S. me lo permita –replicó Bella.

–¡Otra vez C.S.! Tu maldito padre estirará demasiado la cuerda –dijo Edward con dureza mientras la soltaba.

–No puedo decir nada, Edward. Es mi padre, y sólo desea lo mejor para mí.

–¡Lo que él considera lo mejor!

–Tal vez, pero está en su derecho –replicó Bella, bajando los párpados.

Echó a andar, pero él le tomó la mano para retenerla.

–¿Adónde vas?

–Todos se han acostado ya, iba a hacer lo mismo.

Él vio que el salón realmente había quedado vacío; entonces volvió a mirar a Bella, con un ruego en los ojos.

–Si no podemos ir arriba juntos, quédate aquí conmigo un poco más.

El dolor de Bella ante el estallido de Edward desapareció con sus tiernas palabras. Permitió que la condujera al sofá, donde él se acostó junto a ella rodeándola con sus brazos. Mientras la abrazaba suavemente, oían los truenos afuera, y el crujido de los leños en la chimenea.

–¿Si voy en mitad de la noche, no gritarás? –preguntó Edward.

–Será difícil porque mamá ha llevado sus cosas a la habitación contigua a la tuya, y C.S. llevó tu arcón a la habitación de mamá. Quiere que estemos lo más separados que sea posible.

–¡Ya ni siquiera soy dueño de mi propia casa! –exclamó Edward, exasperado–. ¿Tú no puedes hacer nada, Bella?

–Mañana hablaré con mamá y le pediré que hable con C.S. Tal vez logre que él cambie de opinión.

–Supongo que tendré que contentarme con eso por esta noche. Pero será mejor que C.S. ceda.


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