martes, 30 de noviembre de 2010

"No necesito limosnas"


Capítulo 7 “No necesito limosnas”

Isabella Swan iba vestida de azul profundo cuando Edward la vio en el solario. Al parecer, Sue había encontrado algunas prendas que podían servirle para ir a trabajar.
—Muy bonito —dijo él.
Los ojos de ella, de un hermoso y marmóreo color castaño, centellearon cuando oyó su cumplido.
—Me alegra que le guste, dado que por lo visto no puedo regresar a mi casa para recoger mis ropas.
Bella no parecía alegrarse en absoluto. Pero Edward no pensaba ponerse a discutir en ese momento. Mientras se servía café, se preguntó si ella se daba cuenta de lo encantadora que estaba. Por una parte, sus rasgos parecían perfectamente cincelados; por otra, poseía una hermosa mata de pelo castaño. Era delgada y, no obstante, tenía una figura deliciosamente torneada, con una diminuta cintura, caderas estrechas y pechos perfectos. Su atractivo no procedía, sin embargo, únicamente de su apariencia, sino de las expresiones de su rostro y de su determinación de no dejarse avasallar, ni siquiera por un hombre como él. El brillo de sus ojos denotaba orgullo y una afilada inteligencia.
Edward se apartó un poco de ella. Sí, él había hecho sus preguntas. Y ella había contestado con una vehemencia que no dejaba lugar a dudas. Todo apuntaba a que podía confiar en ella. Y, pese a ello, no podía depositar su fe en ella, ni deseaba sentir la creciente atracción que enervaba sus sentidos cuando se hallaba a su lado.
Dejó su taza de café y, apretando la mandíbula, reforzó su resolución.
—Emmett irá a recogerla esta tarde, a las cuatro.
—¡Pero no puedo marcharme a las cuatro!
—Sí que puede. Sir Jason le dará permiso. Las hermanas tienen mucho talento, pero aun así necesitarán varios días para hacer un vestido de noche.
Bella parecía luchar por conservar la compostura.
—Lord Cullen, todo esto es ridículo. Usted ha emprendido una cacería, no sé si con razón o sin ella. Pero esta farsa debe acabar, y yo necesito conservar mi empleo.
—Confíe en mí. He escrito una carta que Emmett le entregará a sir Jason. Él le dará permiso.
—Lord Cullen…
Él se giró para marcharse. Tenía muchos asuntos de que ocuparse. Bella era turbadora en muchos sentidos, como una rosa con espinas.
—Buenos días, Bella. Nos veremos esta noche, en mis aposentos, para cenar, como de costumbre. Y agradecería un informe completo de lo que suceda en el museo.
Ella se puso en pie, irritada.
—¡Lo que suceda en el museo! Me pondré un delantal y le quitaré el polvo de siglos a unas cuantas piedras. Ahí lo tiene. Ya le he contado lo que sucede en el museo en lo que a mí concierne.
El conde se detuvo y se giró hacia ella.
—Vamos, señorita Swan. Es usted mucho más observadora y lista que eso.
Después se acercó apresuradamente a la puerta, sin darle ocasión de contestar.

* * *

Esa mañana, a Bella le costó trabajo concentrarse. Mientras miraba fijamente la pieza en la que estaba trabajando, los símbolos se desvanecían ante sus ojos. No había logrado hacer una traducción exacta de la continuación del texto, pero al parecer la advertencia hablaba de que la maldición recaía no sólo sobre aquéllos que invadían y profanaban la tumba, sino también sobre sus descendientes, lo cual no le extrañó, pues ya corría el rumor de que la Bestia del castillo de Masen estaba maldita.
Ansiosa por tomarse un descanso, salió de su cuartito de trabajo y se volvió hacia la mesa de sir Jason con intención de pedirle permiso para tomarse una taza de té. Pero sir Jason no estaba allí.
Bella se paseó inquieta por la oficina y finalmente se sentó a la mesa de sir Jason. El cajón superior estaba entreabierto y, al intentar cerrarlo, Bella descubrió que estaba atascado. Mientras luchaba por desatascarlo, lo abrió del todo. Se disponía a cerrarlo cuando sus ojos tropezaron con un recorte de periódico que reposaba sobre los lápices, plumas y demás utensilios de papelería que había allí.
Era una portada del Times de hacía poco más o menos un año. El titular era muy llamativo.

Una antigua maldición siega las vidas de dos aristócratas londinenses.

Debajo del titular había una fotografía. A pesar de la mala calidad de la imagen, Bella comprendió que la mujer de la fotografía era lady Esme Cullen. El caballero que había a su lado, el difunto lord Cullen, era bastante alto y distinguido y poseía un rostro hermoso y bien cincelado. Ambos se hallaban en una excavación y sonreían, radiantes. El caballero rodeaba con el brazo los hombros de su esposa, que iba vestida sencillamente, con una blusa clara y una falda larga. Había otras personas a su alrededor, trabajadores egipcios y algunos colegas europeos.
Bella hurgó en el cajón superior de sir Jason, buscando una lupa y luego siguió estudiando la fotografía. Sentada sobre una lápida de mármol estaba la señora Clearwater. A su lado, con el ceño fruncido, se hallaba lord Vulturi. Junto a la entrada de la tumba había dos hombres que estaban sacando objetos cuidadosamente embalados. Eran James y Riley. En la entrada de la tumba se hallaba sir Jason en persona. Y, al forzar la vista, Bella descubrió que el hombre que daba instrucciones a los obreros egipcios del fondo era Félix Moreau.
Bajo la fotografía y el pie de foto, se leía:

De la euforia, a la tragedia. Lord y lady Cullen han caído víctimas de la cobra egipcia. Hasta la reina llora su muerte mientras la venganza de ultratumba extiende sus huesudos dedos para sembrar la muerte.

Alguien se acercaba. Bella dejó rápidamente el artículo en su sitio y cerró el cajón; luego volvió a poner la lupa en su lugar y se levantó de un salto.
El corazón le palpitaba con violencia, y no sabía por qué. Lo que había hecho no era tan terrible. Había enderezado el cajón. Había visto un artículo y lo había leído.
Entró sir Jason con expresión preocupada, y frunció el ceño al verla allí parada.
—¿Ocurre algo, Bella? —preguntó.
—No, todo va bien, sir Jason, pero estoy un poco cansada. Me apetecía ir a tomar una taza de té. Luego no saldré a almorzar. Ha sido usted muy amable por permitir que salga antes de tiempo para ir a la modista, como ha sugerido lord Cullen.
Para su sorpresa, sir Jason agitó una mano en el aire.
—Aunque no viniera en toda la semana, no importaría, querida. Nos ha hecho usted un gran servicio en un solo día. Ande, vaya a tomar ese té. Su trabajo puede esperar.
—Gracias. Pero le aseguro que no pienso desatender mis obligaciones de ningún modo.
—Hasta yo necesito una taza de té de vez en cuando. ¡O un whisky! Algo que me despeje la cabeza —sacudió la cabeza—. Tómese todo el tiempo que necesite.
Bella se quitó el delantal y recogió el bolsito azul que iba a juego con el vestido que le había procurado la señora Clearwater. Luego salió a toda prisa de la oficina.
Al atravesar la sala de exposiciones, se detuvo un momento. La cobra reposaba tranquilamente, aletargada en su urna. No había niños alrededor. Bella se acercó a la caja de cristal, preguntándose si era sensato exhibir aquella criatura. A fin de cuentas, el cristal podía romperse.
Frunció el ceño. El encargado del cuidado de la cobra era Félix, que tenía algunos conocimientos sobre aquellos animales gracias a sus viajes de expedición. Bella sintió de pronto que un extraño desasosiego se apoderaba de ella. Había visto a Félix en la fotografía de la última expedición sufragada por los Cullen. Igual que había visto a los otros.
Se giró para marcharse, pero se detuvo al sentir un escalofrío. Dio media vuelta, miró a su alrededor y procuró calmarse. ¿Temía realmente que la serpiente hubiera saltado fuera de su terrario y se hubiera abalanzado sobre ella? No, no era ésa la causa de su temor. Había sentido que alguien la estaba vigilando. Sin embargo, no había nadie por allí cerca. Al menos, hasta donde alcanzaba su vista.
Sin lograr sacudirse aquel extraño desasosiego, salió apresuradamente del edificio y se dirigió al salón de té que había al otro lado de la calle.


Eleazar Denali estaba sentado en un taburete, concentrado en el objeto que había bajo la lente de su microscopio. Edward carraspeó para llamar su atención. Eleazar levantó la vista.
—¡Edward! —exclamó, sorprendido—. Perdón, digo, lord Cullen.
—Con Edward es suficiente, gracias —dijo Edward, acercándose para estrecharle la mano. Habían servido juntos en el ejército. Para Edward, ello significaba que podían tutearse.
Eleazar era tan alto y flaco que llamarlo larguirucho era un cumplido. Había adquirido su experiencia como médico en los campos de batalla, pero la metralla que tenía incrustada en la pantorrilla lo había enviado de vuelta a casa. El campo de la medicina ejercía sobre él una fascinación sin límites, razón por la cual estaba allí, pese a que no tenía por qué dedicarse a la enseñanza.
Dado que su pasión consistía en descubrir la verdadera razón de la muerte, Eleazar acostumbraba a trabajar en uno de los laboratorios de disección de la facultad de medicina. Sobre una mesa, un cadáver aguardaba los fríos escalpelos de profesores y estudiantes. Edward no pudo evitar sentir una punzada de lástima por el difunto.
Eleazar observó los ojos de Edward.
—¿Qué tal estás? Sin duda tus heridas habrán curado ya y no darán tanto miedo como esa máscara.
Edward se encogió de hombros.
—Puede que me haya convertido en esta máscara —contestó con ligereza.
Eleazar siguió escudriñándolo.
—Hacía una eternidad que no te venías por aquí. Lamento no haber seguido con las investigaciones que me pediste. Por desgracia, la policía ha solicitado mi ayuda muchas veces estos últimos meses. Ojalá pudiera decirte algo más, Edward.
Edward sacudió la cabeza.
—Has hecho lo que has podido —le dijo Edward, sonriendo con desgana—. Pero me gustaría repasar tus notas otra vez, si no te importa.
—Me temo que he creado una obsesión —se lamentó Eleazar.
—¿Es la justicia una obsesión?
—¿Es la venganza una forma de justicia?
Edward movió la cabeza de un lado a otro.
—Estoy convencido de que algunas personas codiciaban tanto la riqueza y la fama que estuvieron dispuestas a matar por ellas. No es venganza intentar que semejante crimen no vuelva a ocurrir nunca más.
—¡Ah, Edward! —murmuró Eleazar.
—Es cierto, estoy furioso. Y puede que en cierto modo busque venganza. Pero el tiempo va pasando y mi ira es ahora fría y calculadora. Y aunque la cicatriz que llevo en el corazón es mucho más profunda que la de mi carne, sólo persigo que se haga justicia.
—¿Después de tanto tiempo…? ¡Estamos hablando de áspides! ¿Cómo pretendes demostrarlo?
—Tal vez no pueda.
—Entonces…
—Quizá, con los conocimientos adecuados, pueda obligar al asesino a salir a la luz.
—¿No puedo disuadirte?
—Fuiste tú quien me puso tras la pista.
Eleazar se levantó dando un suspiro.
—Iré por mis notas.


El resto del día pasó en un suspiro. Bella se sintió más animada después de tomarse un descanso, y los símbolos parecieron ocupar su lugar con facilidad, constatando lo que ya sospechaba. De pronto entendía cómo se había convertido Edward Cullen en la Bestia, pues al parecer la maldición recaía sobre los herederos de aquellos que se atrevían a profanar la vida eterna. Era lógico que las personas supersticiosas temieran al conde. Por eso se había convertido en una bestia, aunque, a decir verdad, a veces su conducta daba la razón a quienes le temían.
A primera hora de la tarde, Riley se pasó por allí y se quedó mirándola un rato.
—Puede que esté bastante loco, ¿sabes? —dijo desde la puerta.
—¿Cómo dices?
—El conde de Masen, Bella. Tengo miedo por ti.
Ella suspiró.
—Yo no creo que esté loco.
—¿Te parece sensato que haya elegido esa máscara, que haya permitido que sus jardines se conviertan en una selva y que viva entre esos muros como un animal acorralado?
Bella vio tras él al anciano al que Félix había estado buscando la tarde anterior. Jim Arboc, un hombre encorvado y provisto de barba gris y largas patillas grises, estaba barriendo la oficina.
—Uno tiene derecho a sus excentricidades —le dijo Bella a Riley.
Éste negó con la cabeza.
—Ese hombre lo tenía todo. Un aristócrata siempre consigue salirse con la suya. Si yo fuera conde y tuviera su dinero y sus recursos…
—Riley, lord Cullen no está haciendo nada malo. Sencillamente prefiere llevar una vida tranquila entre sus cuatro paredes.
—Uno no echa fama de ser una bestia sin razón alguna.
Ella enarcó las cejas.
—Riley, tú mismo lo has visto aquí. Puede ser perfectamente cortés.
—Ay, Bella, ¡tú también!
—¿Yo también… qué? —inquirió ella, irritada.
—Es por su título. Estás hechizada por su título.
—Riley, te considero mi amigo —dijo ella suavemente—. Te sugiero que salgas de aquí antes de que tus palabras me convenzan de lo contrario.
—Bella… —dijo él, apenado—. Lo siento muchísimo.
—Acepto tus disculpas.
Él entró en la habitación, todavía inquieto.
—¿Y si yo fuera rico? —preguntó.
—¿Disculpa?
—Si fuera… bueno, si tuviera dinero. ¿Te agradaría entonces?
—¡Riley! Tú ya me agradas.
—No me refiero a eso, Bella, y tú lo sabes.
Ella sacudió la cabeza.
—Riley, te repito que eres mi amigo. Pero, en este momento de mi vida, sólo me preocupa mi trabajo. Intento hacer mi oficio lo mejor posible y conservar este empleo.
—Entonces, ¿por qué vives con él?
—¡Yo no vivo con él! —exclamó ella, indignada.
—¿Por qué sigues allí? Llévate a Charlie. Sin duda ya se le podrá trasladar.
—No sé qué pretendes insinuar, Riley, pero me estás ofendiendo profundamente.
—Me importas demasiado como para… en fin, para soportar que te esté pasando esto.
—¿Y qué me está pasando, Riley?
—Habrá un terrible escándalo —le dijo él.
—¿Ah, sí? ¿Y eso por qué?
—Tú eres una plebeya, Bella. No lo digo con intención de ofenderte; sólo es una constatación. Y estás viviendo con el conde de Masen. Él va a acompañarte a la fiesta. Sin duda eres consciente de que se desatarán las malas lenguas.
—Pues que se desaten —contestó ella con aspereza, y se levantó, enfurecida—. Riley, voy a tener que pedirte que te vayas. La gente considera a lord Cullen un monstruo. Yo te aseguro que no lo es. Me ha pedido que asista a la fiesta del museo con él y voy a hacerlo. Y no me da miedo estar en su compañía. En realidad, James y tú os habéis comportado con mucho menos decoro y cortesía. Ese hombre resultó herido y tiene cicatrices, nada más. No me parece repulsivo, ni lo considero en absoluto un monstruo. Si quieres conservar nuestra amistad, te sugiero que te vayas sin decir nada más que pueda separarnos.
—Bella…
—¡Riley, márchate!
Él giró sobre sus talones, lleno de nerviosismo. Bella lo oyó mascullar mientras se alejaba:
—¡Títulos y riquezas!
Dando un suspiro, Bella volvió a enfrascarse en su tarea.


No puedo describir con palabras la alegría que nos ha causado nuestro descubrimiento. Supongo que tampoco puedo aventurarme a explicar la absoluta fascinación que se ha apoderado de mi querido Carlisle y de mí estos días, mientras indagábamos en el pasado y en el presente de este delicioso, aunque desgraciado, país. Los antiguos dejaron grandes tesoros, pero el pueblo sufre ahora sumido en la miseria. Es mi mayor esperanza que, al descubrir las riquezas del pasado, podamos resarcir a los que ahora necesitan nuestra ayuda tan desesperadamente. Si estamos llamados a ser un gran imperio, debernos ocuparnos de no desposeer de su legado a estas gentes. Debemos asegurarnos de que se les procure cuanto necesitan para entrar en el siglo XX, que tan rápidamente se acerca. Dicho esto, intentaré anotar todo lo que pueda sobre ese glorioso día y sobre las maravillas que nos ha deparado el yacimiento desde entonces.
Era temprano cuando Abdul encontró los primeros peldaños. Nos pusimos a excavar frenéticamente, yo incluida. Y allí, lentamente, descubrimos al fin la puerta sellada. Había, como era de esperar, una advertencia sobre ella. Uno de los obreros sufrió un ataque de pánico, convencido de que estábamos profanando suelo sagrado. Sentí tanta lástima por el pobre hombre que le pagué con discreción el salario de un día y lo dejé marchar. A lord Vulturi le molestó que le pagara. Dijo que no eran más que un atajo de necios supersticiosos y que no debían recibir recompensa alguna por semejante conducta. James se encogió de hombros, como de costumbre, y dijo que hiciera lo que quisiera. Creo que a Riley también le molestó, pero el pobre ha estado fuera muy a menudo, a veces gravemente enfermo. Intenté animarlo porque comprendo que con frecuencia se sienta frustrado por no disponer de fondos para financiar algún proyecto con el que resarcirse.
Hicimos venir a otros trabajadores para que rompieran el sello de la puerta. Y, entonces, la tumba salió a la luz. Nos quedamos de una pieza, porque, aunque no habíamos dado con el suntuoso sepulcro de un faraón, acabábamos de hallar el lugar de descanso eterno de un gran visir, un profeta o un santón. Y, mientras trasponíamos precavidamente la entrada, nos dimos cuenta de que habíamos hecho un descubrimiento fabuloso. Sir Jason compartía nuestra euforia, y nos costó contener a Félix para que no irrumpiera en el sepulcro como un elefante, tan ansioso estaba por entrar.
Sabíamos que tendríamos que sacar con sumo cuidado cada pieza. Y que habría que tomar infinidad de decisiones. Algunas piezas deben ir al museo de El Cairo, pues creo de corazón que estos tesoros pertenecen al pueblo egipcio. Pero otras deben ir a parar al gran centro de nuestra cultura y nuestro saber, pues tengo el convencimiento de que es a partir del pasado desde donde debemos aventurarnos en el futuro.
Y aunque no hemos parado de explorar, desempolvar, limpiar, catalogar y embalar, sólo acabamos de empezar a echarles un vistazo a estos tesoros. Estoy exhausta, pero eufórica. ¡Pobre Carlisle! Incluso aquí le preocupan los misterios de nuestro hogar. Mientras yo me fundo en este ambiente, él no deja de hablar de Masen y de lo impaciente que está por volver y descubrir si su teoría respecto a nuestro hermoso castillo es cierta.


Edward dejó el diario de su madre. Lo había revisado una y otra vez, intentando desesperadamente leer entre líneas con la esperanza de descubrir si lady Esme había tenido algún encontronazo serio con alguno de los estudiosos que los habían acompañado en su última expedición. Pero en su diario, lo mismo que en su forma de hablar, lady Esme era siempre amable y considerada.
Edward tomó las notas de la autopsia que había recibido esa tarde, y procuró no pensar en el estado de los cuerpos de sus padres al llegar a Inglaterra. ¿Dónde estaban exactamente las víboras cuando sus padres se habían topado con ellas?
Cerró los ojos. ¿En un cajón? ¿Había metido su madre la mano dentro y había recibido de inmediato una mordedura? Lady Esme presentaba dos mordiscos en los antebrazos. ¿Habrían alertado sus gritos al padre de Edward? Quizá lord Cullen había acudido en su ayuda y la había estrechado entre sus brazos, desesperado.
Ella debía de haberse caído. Eso explicaba la fractura que tenía en la parte de atrás del cráneo. De modo que había gritado, se había caído, y a continuación había llegado su padre.
Pero, entonces, ¿cómo es que su padre también tenía mordeduras en los brazos? Si las víboras estaban en un cajón, su madre se había caído y su padre había acudido en su auxilio, las serpientes deberían haberse o bien quedado en el cajón o bien haberse deslizado hasta el suelo, en cuyo caso habrían mordido a su padre en las piernas o en los tobillos.
Edward estudió de nuevo las notas de la autopsia. Su padre tenía un corte en la garganta. ¿Se lo habría hecho al afeitarse? Y luego estaba el extraño hematoma que tenía su madre en el hombro.
Edward dejó las notas, se frotó la cara y, aliviado por verse libre de la máscara en sus habitaciones privadas, se pasó un dedo lentamente por la cicatriz que le recorría la mejilla.
Desde el principio había estado seguro de que sus padres habían sido asesinados. Siempre había dado por sentado que el asesino se había asegurado de que las víboras estuvieran en un lugar donde pudieran atacar antes de ser descubiertas. Pero ahora empezaba a preguntarse si el asesino no habría estado allí mismo, en la habitación. ¿Habrían visto sus padres el rostro de su ejecutor antes de morir?
Se estremeció, destrozado de nuevo al recordar lo sucedido. La ira se agitó dentro de él, y con ella afloró la pregunta que torturaba su alma. ¿Por qué?
La respuesta estaba en alguna parte. Y por Dios que iba a encontrarla.


—¡Oh, Dios mío, qué maravilla! —exclamó la joven, haciendo entrar a Bella en la casita de campo—. Emmett querido, tú también pasas, ¿no?
Bella se volvió hacia su acompañante, un tanto sorprendida porque alguien pudiera llamar a semejante gigante «Emmett querido».
—Claro, Rose, si no te importa. Nunca me iría sin probar una taza de ese té tan rico y uno de esos bizcochos que huelo en el aire —Emmett se aclaró la garganta—. Rose, ésta es la señorita Isabella Swan, del Museo Británico. Bella, permítame presentarle a Rose y a su hermana, Alice.
Bella se vio forzada a sonreír de nuevo. Aquellas muchachas eran encantadoras y poseían una bella, fresca y juvenil sonrisa. Ambas eran muy hermosas.
Alice era bajita y delgada, poseía un hermoso cabello negro, mientras que Rose era toda una escultura, alta, rubia y poseía unos ojos de un azul intenso. —Bella… Qué nombre tan bonito. Seguro que a tu madre le encantaba la ópera —dijo Alice.
—Vamos, vamos, puede que sólo le gustara el nombre —dijo Rose, sonriendo amablemente y se volvió hacia su hermana—. ¿Verdad que es preciosa? —luego se volvió hacia Bella—. ¡Esto va a ser todo un placer!
Bella se sonrojó.
—Gracias.
—Rose, querida, prepara tú el té —dijo Alice—. Mientras yo tomo las medidas. Ven por aquí, querida.
Alice la agarró del brazo y la condujo a través de la casita, hasta una habitación del fondo en la que había una máquina de coser, un maniquí y estantes llenos de rollos de tela, bobinas de hilo y toda clase de implementos. Las hermanas eran encantadoras y parloteaban sin cesar, haciéndole preguntas sin esperar respuesta. Antes de que se diera cuenta, Bella se halló cubierta únicamente con su camisa mientras las hermanas la recorrían por aquí y por allá con sus metros.
—Alice, ¿de verdad eras maestra? —preguntó en cierto momento.
—Oh, sí, querida. ¡Y me encantaba enseñar!
—Pero ahora… ¿sois las dos modistas?
—¡Oh, no! —contestó Alice—. Aunque la verdad es que nos encanta coser, como verás. Somos hermanas y por el momento las dos seguimos solteras.
—Qué bien que os tengáis la una a la otra —murmuró Bella.
—Sí, es estupendo —dijo Alice.
—Oh, pero también tenemos muchas otras cosas —le dijo Rose—.  Tenemos un hermano, que ahora mismo está con las tropas de Su Majestad en la India.
—¡Y tiene tres hijos! —dijo Alice.
—Entiendo. ¿Por eso conocéis a lord Cullen? —preguntó Bella.
Rose se echó a reír alegremente.
—Oh, no, querida. Tenemos esta casa desde hace… veinte años, ¿no, Alice?
—En efecto.
Bella debía de parecer un tanto desconcertada, porque Alice continuó:
—Estas tierras, querida, pertenecen al conde de Masen. Nuestros padres se mudaron aquí cuando Carlisle y su querida esposa todavía vivían. Nuestra madre y nosotras hacíamos toda la ropa a lady Cullen. Ahora que nuestros padres han muerto, y que por desgracia Lord y Lady Cullen ya no están, nosotras dos sólo hacemos camisas para Edward. ¡Cuánto echo de menos a su querida madre! No es que Edward no sea el más generoso de los hombres. Tiene un gran sentido de la responsabilidad. Ahora, hazme el favor de girarte, querida.
Bella obedeció, y le sorprendió ver a una linda niña de cuatro o cinco años parada en la puerta. Tenía unos hermosos bucles negros, ojos enormes y hoyuelos en las mejillas.
—Hola —dijo Bella.
Alice se giró de repente.
—¡Ally! ¿Se puede saber qué haces levantada?
Ally le lanzó a Bella una sonrisa conspirativa.
—Tengo sed —dijo dulcemente—. Y hambre, tiita Ro.
—¡Ah, conque has olido el bizcocho! —dijo Rose—. Pero, bueno, ¿qué ha sido de mis modales? Ally, quiero presentarte a la señorita Swan. Señorita Swan, ésta es Ally.
No le dijeron su apellido.
—¡Hola, señorita! —exclamó la niña, haciendo una reverencia.
—Hola, es un placer conocerla, señorita Ally —contestó Bella, y luego miró a Alice—. ¿Es sobrina de ustedes?
—¡Oh, no! Nuestros sobrinos viven todos con su madre —contestó Alice.
—Ally es nuestra querida y pequeña pupila —le dijo Rose mientras enrollaba el metro—. Bueno, esto ya está. ¡Ah, querida! Tienes que ver la tela —sacó un rollo de uno de los estantes—. Ésta es para la sobrefalda. Espero que te guste. ¡Estamos tan ilusionadas con este vestido!
Bella admiró la tela. Parecía oro batido y tenía, sin embargo, un leve atisbo de verde.
Ally entró y tocó la tela tímidamente. Luego le lanzó una sonrisa traviesa a Bella.
—Es como tus ojos.
—¡Exacto! —exclamó Alice—. Bueno, eso es lo que nos dijo lord Cullen, ¿Verdad, Rose?
—Oh, sí, y le va que ni pintado.
—Bueno, querida, vamos a volver a ponerte la ropa, y luego, ¡a tomar el té!
—¡Viva! ¡El té! —exclamó Ally batiendo palmas.
Alice le pasó a Bella el vestido azul por la cabeza. Rose le abrochó el corpiño y las enaguas en cuestión de segundos. Las dos eran sumamente eficientes.
Pero, mientras la vestían, Bella no pudo evitar preguntarse de quién era hija aquella niña. Y por qué vivía allí con sus «tiitas». ¿Era acaso la hija ilegítima de Edward Cullen?
—¡Vamos, vamos, el té! —dijo Alice mientras bajaba el gas de la lámpara.
Rose echó a andar delante de ellas. Ally se acercó a Bella y le dio la mano.
—El té, señorita. ¡Venga, por favor! ¡El bizcocho está buenísimo!
La niña tenía razón. Era delicioso tomar el té en la mesa de la acogedora cocina de la casita de campo, donde el aroma del bizcocho recién hecho los envolvía. Emmett, el gigante, gozaba del afecto de las jóvenes y también de la pequeña Ally. La niña chilló de alegría cuando la aupó en hombros y le dio una vuelta por la habitación. Cuando por fin llegó la hora de marcharse, Bella descubrió que se había olvidado de todo mientras disfrutaba de las risas de la pequeña, del té reparador y del delicioso bizcocho.
—Tendrás que volver mañana, querida, para hacerte una prueba —le dijo Alice.
—Aunque todo estará perfecto. ¡Nosotras sabemos lo que hacemos! —dijo Rose con una sonrisa—. Pero queremos que quede impecable, así que tendrás que hacerte una prueba.
—Es necesario, con tantas prisas —murmuró Alice, sacudiendo la cabeza.
—Pero estará usted preciosa, señorita —le dijo Ally.
El cumplido de la niña hizo que los ojos de Bella se llenaran de lágrimas sin que ella supiera por qué. Tal vez fuera porque recordaba haber tenido aquella edad, y luego, siendo un poco más mayor…
Ella no había tenido tías como aquéllas para cuidarla. No, ella había tenido a Charlie, que no era como una tía y que ciertamente no sabía hacer bizcochos, pero que le había entregado todo su afecto… y le había procurado una vida decente.
—Gracias —le dijo a la pequeña, abrazándola con fuerza, y repitió—: ¡Gracias!
Ally se apartó de ella y observó sus ojos.
—¿Te da miedo ir al baile?
—Oh, no… no —contestó Bella—. Y no es exactamente un baile. Es una fiesta de recaudación de fondos para el museo.
—¿Miedo? ¡Serás tontuela! —dijo Alice, revolviendo cariñosamente los rizos de la niña—. Y sí que es un baile, una gran fiesta para el museo. Será muy elegante y muy hermoso, y la señorita Swan bailará horas y horas. ¡Será maravilloso!
—Usted será la más guapa —le dijo Ally, tomando las mejillas de Bella entre sus manos gordezuelas—. Como una princesa.
—Eres muy, muy amable, pero yo no soy una princesa. Trabajo en el museo, ¿sabes?
—¿Y eso te impide pasar una noche bailando como una princesa? —preguntó Rose—. ¡Claro que no, querida! Te pondrás ese vestido dorado, y por una noche todo será mágico. Estoy deseando verte vestida para ir al baile.
—Tenemos que irnos —las interrumpió Emmett—. Lord Cullen estará esperando.
—¡Ah, claro! Desde luego. ¡Vamos, fuera, fuera! —dijo Rose alegremente—. Y no olvides que mañana tienes que venir a probarte el vestido.
Bella se detuvo y las miró primero a ellas y luego a Emmett.
—No sé si podré. Estoy empleada en el museo.
—Lord Cullen lo arreglará todo —dijo Alice—. Ahora, idos de una vez.
Antes de que se diera cuenta, Bella estaba de nuevo montada en el carruaje. Mientras avanzaban, se descubrió preguntándose de nuevo por la chiquilla, y por el modo en que lord Cullen podía «arreglarlo todo». Cuando llegaron al castillo, estaba que echaba chispas. Y ni siquiera sabía exactamente por qué.


Edward descubrió que aguardaba con impaciencia la velada. Emmett le informó de la llegada de Bella inmediatamente, y Edward le dejó tiempo para que fuera a ver a Charlie y se aseara antes de enviar a Sue a su habitación para que la acompañara a sus aposentos.
El día no le había deparado grandes hallazgos en su búsqueda de la verdad, pero le había procurado algunas gratas sorpresas.
Se había dado cuenta de que le agradaba la compañía de Bella, la cual poseía un rápido ingenio y se mantenía firme en sus convicciones. En realidad, se dijo, su compañía hacía algo más que agradarle.
Cuando oyó que la puerta se abría, se volvió rápidamente.
—Buenas noches, señorita Swan.
—¿Lo son? —replicó ella.
—¿Acaso para usted no? —respondió él con el ceño fruncido. Bella se mantenía siempre muy erguida, y cuando caminaba parecía deslizarse sobre el suelo. Aquella noche se movía con majestuoso desdén.
—Es de noche, eso es cierto —convino ella.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó él.
—En efecto. Mi tutor está aquí y, por tanto, yo también —le informó ella, e indicó la mesa—. Me temo que en el museo no ha sucedido nada de lo que merezca la pena hablar, de modo que desperdicia usted su comida.
—Creo que se equivoca usted —contestó él—. Puede que en el museo sucedan muchas cosas de las que no es consciente.
—Mi jornada es muy aburrida —repuso ella.
—Hábleme de ella. Veré si estoy de acuerdo.
Edward retiró una silla para que se sentara. Bella pasó a su lado. Él frunció el ceño, todavía sorprendido por su hostilidad. Cuando ella se sentó, Edward notó el roce de su vestido y el leve contacto de su pelo. Le sorprendió la súbita trepidación que se apoderó de él, y retrocedió, contento de que ella estuviera mirando hacia delante, pues no estaba seguro de que la máscara que llevaba pudiera ocultar la sensación que lo había atravesado. Una sensación simple. Básica. Instintiva. Puramente carnal.
Apretó los dientes, enojado consigo mismo. Tras recuperar la compostura, rodeó la mesa y se sentó en su silla.
—¿Se portaron bien las hermanas?
—Estuvieron encantadoras. Pero sigue desagradándome la idea de que se empeñe usted en que me hagan un vestido.
—¿Por qué?
—Porque no necesito limosnas.
—No se lo ofrezco como tal.
—Si no tuviera que asistir a esa fiesta, no necesitaría ningún vestido.
—Pero va a asistir. Así pues, necesita un vestido. Y va a asistir porque yo se lo pedí. Por lo tanto, el vestido corre de mi cuenta. No se trata en absoluto de caridad.
Edward sirvió el vino y pensó que Bella tomaba su copa y bebía con cierta precipitación. ¿Acaso pretendía armarse valor? ¿O había algo que la preocupaba?
—Cuénteme qué ha hecho hoy.
—Fui a trabajar. Emmett llegó a las cuatro. Luego fui a tomarme medidas para el vestido.
El sopesó su propia respuesta, inhalando lentamente para armarse de paciencia.
—¿Qué ha pasado en el trabajo?
—Que he trabajado.
—Señorita Swan…
—He seguido con la traducción de esa estela. Me temo que los símbolos auguraban que una maldición caería sobre aquéllos que profanaran la tumba y sus descendientes a perpetuidad.
Él sonrió con frialdad.
—Soy muy consciente de que las maldiciones son supuestamente eternas. ¿Creía usted que la noticia iba a preocuparme? Yo no creo en maldiciones, señorita Swan. Creo en la maldad, pero en la maldad humana. Creía habérselo dejado claro. En fin, ha ido usted a trabajar y ha seguido con la traducción. ¿Y qué más?
Ella titubeó y bebió otro sorbo de vino.
—He visto… un recorte de periódico. Sobre sus padres y los demás, en el yacimiento.
—Ah —murmuró él—. ¿Y dónde lo ha visto?
—En un cajón de la mesa de sir Jason —contestó ella lentamente.
—¿Lo ve? Su jornada arroja luz sobre el asunto que apasiona a mi espíritu.
—Sir Jason no es un asesino —afirmó ella.
—¡Ah! ¿Significa eso que cree usted que alguno de ellos pueda serlo?
Ella bajó los ojos y de pronto se inclinó hacia delante.
—Suponga que alguien se encargó de que los áspides estuvieran donde pudieran morder a sus padres. No hay modo de averiguarlo. Es imposible probar que fuera un asesinato. Así que se tortura usted en vano.
Por un instante, la coraza de cristal que Bella parecía llevar esa noche se difuminó. Ella, sin embargo, se envaró rápidamente, como si la irritara haberle mostrado algún indicio de emoción sincera.
—¿Qué hay de mis ilustres colegas en el estudio del Antiguo Egipto? —preguntó él.
—¿A qué se refiere?
—Sir Jason estaba allí. ¿Y los otros?
Ella suspiró.
—Riley estaba trabajando. También vi a Félix. Pero ni James ni lord Vulturi han aparecido hoy; al menos, yo no los he visto.
—¿Y Riley?
Bella lo miró con fijeza desde el otro lado de la mesa.
—¿Qué pasa con él?
—¿Dijo o hizo algo desacostumbrado? ¿Conversaron ustedes?
Ella frunció el ceño.
—Trabajamos en el mismo departamento. Dado que los dos somos personas amables y educadas, solemos conversar todos los días.
—¿Le dijo algo en especial?
Ella apuró su vino. Él aguardó su respuesta con los ojos fijos en los de ella mientras volvía a llenar su copa.
—No dijo nada nuevo. Está preocupado por mí.
—¿Porque cree que soy un monstruo?
Ella levantó las manos, reacia a decirle que Riley había usado esas mismas palabras. Edward bajó la cabeza, sonriendo, y a continuación preguntó:
—¿Qué le dijo usted?
—¿Qué importa eso? A decir verdad, empiezo a creer que todos los hombres son monstruos.
—Y eso sin duda me incluye a mí —murmuró él.
—Bueno, usted se esfuerza con ahínco por convertirse en un monstruo, ¿no le parece? —preguntó mientras tomaba de nuevo su copa—. Claro, que no siempre le cuesta mucho esfuerzo, ¿no es cierto? Algunas veces le sale de manera natural. Los hombres nacen rodeados de privilegios, así que se sienten libres para jugar con aquéllos que están por debajo de ellos.
—Ah, sí, no me acordaba de que debería abrir mis jardines a los huérfanos —masculló él.
Bella se levantó y dejó escapar una exclamación enfurecida antes de arrojar su servilleta sobre la mesa y dirigirse hacia la puerta. Él la dejó llegar hasta ella, y luego la llamó con aspereza.
—Señorita Swan…
Ella se quedó rígida como el acero y lentamente se volvió hacia él.
—Discúlpeme, pero esta noche no tengo hambre. Y mucho me temo que ya le he dicho todo lo que puedo decirle sobre lo que ha ocurrido hoy en el museo —Edward se levantó y empezó a acercarse a ella—. ¡No puede obligarme a comerme la cena! —gritó ella.
Edward se detuvo delante de ella, a pesar de que su cercanía le resultaba incómoda. Cada músculo de su cuerpo parecía arder, tensarse y gemir. Le costó un ímprobo esfuerzo no agarrarla por los hombres, atraerla hacia sí y…
—No puede pasearse sola por el castillo —dijo entre dientes.
Abrió la puerta con los ojos entornados y esperó a que ella saliera. Bella levantó un poco el mentón y salió. Cuando llegaron a la puerta de su dormitorio, Edward le dijo:
—Nunca vague sola por el castillo de noche, ¿entendido?
—¡Sí! Entendido.
—¿De veras?
—¡Desde luego que sí! —replicó ella.
Y, para asombro de Edward, tuvo el valor de cerrarle la puerta en las narices.

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