lunes, 29 de noviembre de 2010


Capítulo 5 "Las cobras"

Pese al sigilo con que hablaban, Edward oyó sus susurros de estupor y, supuso, también de alarma.
—¿Lord Cullen? —preguntó sir Jason, asombrado.
—Creía que se había ido —dijo Riley Biers apresuradamente.
—Pues no. Y les advierto que… —dijo sir Jason, pero salió al pasillo sin acabar la frase y exclamó con forzada alegría—. ¡Edward! ¡Qué gran honor! Hacía una eternidad que no te veíamos por aquí y hoy, de pronto… ¡Qué suerte la nuestra!
—Por favor, sir Jason, hará usted que me sonroje —contestó Edward, dándole la mano.
—Entonces, no se ha ido —musitó James al oído de Bella.
Edward vio la mirada de Bella. Parecía recelosa.
Al parecer, el pequeño cuarto de trabajo donde se habían reunido era el de ella. Bella se hallaba al lado de James Gigandet. Riley merodeaba por allí como un gallo asustado, decidido a defender sus dominios a todo trance. Incluso sir Jason parecía haberse puesto a la defensiva. Y, sin embargo, pensó Edward con cierto humor, parecía dispuesto, si bien con algo de reticencia, a entregarle a su joven protegida si con ello conseguía atraerlo de nuevo. Lo cual resultaba muy interesante.
James dio un paso adelante.
—¡Edward, viejo granuja! Te echábamos de menos —dijo con aparente entusiasmo.
James y él habían servido juntos en el ejército y se conocían bien. A decir verdad, habían compartido numerosas correrías nocturnas. Incluso podía considerárseles amigos.
¿Era la natural desconfianza hacia un hombre que podía muy bien ser un asesino lo que motivaba el intenso recelo con que Edward lo miraba de pronto? ¿O se debía ello más bien a la actitud de James hacia Bella? Edward no pudo evitar sentir un arrebato de curiosidad. Deseaba apartar a Bella de aquel hombre. ¿Conocía ella acaso la merecida reputación de James? ¿Eran ya amantes?
Edward sólo conocía a Bella desde hacía unas horas. Y seguía albergando fuertes recelos hacia ella. A fin de cuentas, se había presentado en su casa. Y trabajaba en el museo. Pero ¿era aquello simple desconfianza o había algo más? Él estaba decidido a salirse con la suya. Y ella formaba parte de sus planes. Pero mientras permanecía allí parado, mirándola, se dio cuenta de lo extraordinaria que era su belleza, el color de su cabello, la cristalina electricidad de sus ojos… En efecto, a pesar de su mandil de trabajo y de que su pelo se había soltado de las horquillas, Bella rezumaba elegancia y dignidad, incluso… sensualidad.
A Edward no le gustaba que estuviera tan cerca de James.
—¡Lord Cullen! —exclamó Riley, acercándose. Aunque pareciera apocado y bondadoso, Riley no era menos peligroso.
Edward le estrechó la mano.
—Riley, viejo amigo, me alegra verte —posó sus ojos en Bella—. Y también veo aquí a la más trabajadora de todos —bromeó.
Bella compuso una sonrisa.
—Lord Cullen, me alegra ver que su interés por el museo ha resurgido de nuevo.
—Ya he pasado suficiente tiempo encerrado —dijo él con suavidad—. Es asombroso cómo pasa el tiempo, ¿no creen? Un año pasa volando. Uno camina entre la niebla. Y luego el azar le depara un encuentro fortuito. Imaginen, un accidente delante de mi castillo, y el herido resulta ser un caballero que tiene como pupila a la más bella joya del departamento de Antigüedades del museo. Es como si hubiera… resucitado.
Estuvo a punto de echarse a reír a carcajadas. Incluso sir Jason, que estaba dispuesto a sacrificar a la hermosa doncella, dio un paso hacia Bella.
—Bella es, en efecto, la cosa más bella que hemos descubierto aquí —dijo James precavidamente—. Es un verdadero tesoro para nosotros.
Edward advirtió un extraño destello en los ojos de Bella y supo que estaba pensando: «Sí, ya, un tesoro desde hace poco tiempo». Él conocía bien aquel club de caballeros. Bella tenía suerte de contar con aquel empleo. A no ser, claro, que hubiera conseguido el puesto gracias a su belleza y sus encantos, y no a sus conocimientos…
De pronto se sintió lleno de una rabia que no lograba sofocar, y la tensión se hizo palpable. Él carecía de poder sobre aquella mujer, dejando a un lado las amenazas y el chantaje. Bella podía haberle dicho la verdad o podía haberle mentido sin ambages. Pero aquellos celos repentinos eran casi apabullantes.
Sir Jason carraspeó.
—¿Le interesa ver el trabajo que estamos haciendo?
—Hay tiempo para eso. He visto a lord Vulturi abajo. Vamos a ir a comer juntos. Ahora mismo está hablando con los encargados del banquete, ultimando los detalles para la fiesta.
—Sí, a él le gusta encargarse de esas cosas.
—Parece que las cosas han cambiado muy poco —dijo Edward, y frunció el ceño—. No veo a Félix por aquí.
—Está trabajando, desde luego —dijo sir Jason.
—Desde luego. En fin, denle recuerdos de mi parte —Edward miró de nuevo a Bella—. Veo, señorita Swan, que está usted trabajando con piezas que mis padres donaron al museo.
La mirada de Bella se endureció.
—En efecto. Creo que sir Jason lo ha invitado a ver nuestro trabajo.
—Una invitación muy amable —murmuró él, y vio que ella se sonrojaba al darse cuenta de que el conde de Masen no necesitaba invitación alguna—. He prometido encontrarme con lord Vulturi junto al nuevo Perseo, de modo que tendré que volver luego. Gracias —se volvió para marcharse y estuvo a punto de sonreír, consciente de que todas las miradas estaban fijas en su espalda—. Señorita Swan, mi coche la estará esperando —le dijo.
—¡Cielo santo! —exclamó otra voz, profunda y tronante. Todos se volvieron. Había llegado lord Vulturi en persona—. ¡Todo el personal de brazos cruzados! —dijo, pero sonrió.
Lord Vulturi era un hombre de edad indeterminada. Su aspecto apenas había cambiado desde que Edward era un niño. Tenía una densa mata de pelo negro como el ébano, y unos ojos grises de mirada franca y penetrante. Era alto, delgado y parecía un lord de los pies a la cabeza.
—Me temo que es culpa mía —dijo Edward—. Qué desconsiderado soy. ¡Pasar tanto tiempo fuera y luego presentarme aquí y entretener a todo el mundo!
—¡Ah, pero todos nos alegramos de que haya vuelto! —dijo sir Jason.
—En efecto —murmuró James secamente. Sus ojos se encontraron con los de Edward; en ellos parecía haber cierta amistosa rivalidad—. Ya era hora de que volvieras al redil —dijo—. A fin de cuentas eres el conde de Masen. Un hombre de gran importancia para nuestras empresas.
—Gracias.
Lord Vulturi le dio una fuerte palmada en la espalda.
—Sí, sí, hijo mío. ¡Al diablo con esas heridas! Aunque podías haber elegido otra máscara…
—¡Lord Vulturi! —exclamó sir Jason, escandalizado.
Edward se echó a reír.
—Me gusta mi máscara.
—Pero, hijo mío, todo el mundo anda diciendo por ahí que eres una bestia —le explicó lord Vulturi.
Allí estaban todos ellos: sir Jason, James, Riley y ahora lord Vulturi. Los cuatro que habían estado en Egipto, trabajando con sus padres. Los que habían presenciado sus descubrimientos y los habían visto morir; los que parecían ahora entusiasmados por su renovado interés y le ofrecían sus parabienes, sus ramas de olivo, su comprensión y su amistad. Y, sin embargo, uno de ellos era un asesino.
—La verdad es que disfruto de mi tétrica reputación —dijo, mirando a Bella—. Pero puede que tengáis razón. Ya es hora de que honre la memoria de mis padres volviendo al trabajo.
—¡Tiene mucha razón! —exclamó sir Jason—. Debe olvidar las penas y la soledad del pasado y ocupar el lugar que le corresponde como cabeza de un linaje que ha de ocuparse de la cultura y la educación del país.
—Y de los pobres —murmuró Bella, y se apresuró a bajar los ojos.
Todos la miraron con perplejidad. Edward no creía que a sus compañeros les importara lo más mínimo la pobreza que asolaba Londres. Todos ellos habían recibido un duro varapalo debido a los recientes asesinatos de Jack el Destripador, pero eran hombres de letras. La búsqueda del saber, y el conocimiento del Antiguo Egipto en particular, era el objetivo que impulsaba sus vidas.
Eso, y la riqueza y la gloria que traía aparejadas ese conocimiento.
—Claro, claro, la situación de los pobres —murmuró lord Vulturi—. Hay mucho que hacer, ¿eh, Edward? —le dio otra palmada en la espalda—. Bueno, hijo mío, ¿nos vamos? —preguntó.
Edward asintió y miró a su alrededor, sonriendo bajo la máscara.
—Caballeros, nos veremos pronto. Bella, será para mí un gran placer verla esta noche.
—Muchas gracias —murmuró ella—. Con suerte, sin embargo, mi tutor se encontrará ya lo bastante bien como para abandonar su siempre generosa hospitalidad.
—¡Oh, no debemos precipitar su recuperación! —dijo Edward.
—Es usted muy amable.
—En absoluto. Como le decía, honra usted el castillo de Masen con su presencia. ¿Lord Vulturi? Estoy a su disposición.
—Sir Jason, mañana a primera hora estaré aquí para ponerle al corriente de los últimos preparativos. ¡Va a ser una fiesta espléndida! ¡Sencillamente espléndida! Y además por una causa digna de mérito. Vendrán todos nuestros benefactores, por no hablar de un sinfín de personas interesadas en contribuir desde un segundo plano. Esto tiene que estar impecable… ¿verdad, sir Jason?
—Impecable —contestó sir Jason con cierta perplejidad.
—Adiós, entonces, y no lo olviden —dijo lord Vulturi.
Edward inclinó la cabeza y se volvió para seguir a lord Vulturi. De nuevo sintió las miradas de los demás clavadas en su nuca. Era consciente de que las lenguas se desatarían en cuanto lord Vulturi y él se alejaran. ¡Ah, quién fuera una mosca en la pared! Claro, que en realidad estaba a punto de convertirse en algo parecido.
—¡A trabajar todo el mundo! —ordenó sir Jason. Bella, que estaba ansiosa por quedarse sola en su cuarto de trabajo, se sintió aliviada.
—Verá, señor… —comenzó a decir Riley, pero sir Jason lo atajó diciendo:
—¡A trabajar! Casi se nos ha acabado el tiempo. Riley, vaya al almacén. Hay cajas por todas partes. Habrá que ordenarlo todo sin dañar las piezas. James, haga el favor de venir a mi mesa.
Riley y James miraron a Bella con preocupación, remisos a dejarla sola. Ella les lanzó una seca sonrisa y volvió a encerrarse en su cuarto.
El corazón le palpitaba a toda prisa. Estaba segura de que había alguien en el almacén del sótano cuando había bajado con sir Jason. Y sabía que, fuera quien fuese, había oído su conversación. Alguien había bajado allí con el único propósito de espiarlos.
¿Habría sido Edward Cullen, la Bestia de Masen?
Bella se volvió hacia su mesa y de pronto sintió un escalofrío. ¡Allí estaba! ¡La maldición!
Ella no creía en maldiciones, pero sabía que los hombres podían sufrir la desventura de la envidia y la avaricia. Y, si ése era el caso, quizá el conde tuviera derecho a buscar un culpable.
Cerró los ojos mientras sus pensamientos se agitaban formando un torbellino. No, aquel hombre debía de estar loco. Bella pensó en los caballeros del círculo de amigos, o al menos de conocidos, que acababa de reunirse. ¿Lord Vulturi? Cielo santo, no. ¿Sir Jason? Imposible. ¿James? Era un mujeriego encantador, pero ¿un asesino? ¡Desde luego que no! Y Riley, el dulce Riley…
Todo aquello era una locura. Bella volvió al trabajo, exasperada. Las creencias de los antiguos egipcios empezaban a parecerle mucho más racionales que todo cuanto había oído esa mañana en boca de hombres doctos pertenecientes a la edad de la razón.
Charlie Swan se despertó en una espaciosa cama del castillo de Masen. Era una cama grande y suave; las sábanas tenían un tacto delicioso, y las mantas eran finas y cálidas.
Pero, pese a todo, le recorrió un escalofrío al recordar que se hallaba bajo el techo de aquel monstruo. Aquel hombre era un ogro, de eso no había duda.
Alguien llamó a la puerta.
—¿Sí? —preguntó, indeciso.
La puerta se abrió y apareció la mujer que parecía ser el ama de llaves. Charlie tiró un poco más de las mantas y se preguntó por qué se sentía tan incómodo en presencia de aquella mujer. ¡Sentía vergüenza! En fin, quizá tuviera de qué avergonzarse. Pero hacía demasiados años que se veía obligado a ganarse la vida recurriendo únicamente a su ingenio… y a aliviar un poco a otros del peso de sus riquezas cuando se terciaba. Pero no era del todo malvado, ni egoísta con sus riquezas de dudoso origen.
—Señor Swan —dijo suavemente aquella mujer. Clearwater, ése era su nombre. Se movía con un susurro de seda y un soplo de perfume, siempre majestuosamente, y siempre con esos ojos que parecían mirarlo como si fuera… en fin, peor de lo que era.
—¿Sí? —preguntó él con las mantas bajo la barbilla.
—¿Qué tal se encuentra?
«Bastante bien», pensó Charlie. Pero en voz alta gruñó:
—Dolorido, señora, como si todavía tuviera los huesos un poco magullados —titubeó—. Mi niña, mi Bella… estuvo aquí —se sentó y, olvidando sus presuntos dolores, sintió de pronto una profunda inquietud—. ¡Estuvo aquí! Bella estuvo aquí. Si ese monstruo le ha tocado un solo pelo, juro que… ¡juro que le arrancaré el corazón de cuajo! —concluyó con vehemencia. La mujer bajó la cabeza rápidamente. Charlie dio un respingo, convencido de que se estaba riendo de él—. Si ese hombre le ha hecho algo a mi niña…
—Vamos, vamos, señor Swan. El conde de Masen no es una bestia.
—¿Sí? Pues cualquiera lo diría —masculló Charlie—. ¿Dónde está Bella?
—Trabajando, creo.
Charlie frunció el ceño.
—¿Estuvo aquí?
—Sí, en efecto. Y va a volver.
Charlie frunció el ceño otra vez.
—¿Aquí?
—Pues claro. Se quedará en el castillo mientras esté usted aquí, señor Swan —la mujer descorrió las cortinas, dejando que la hermosa estancia se inundara de luz. Charlie se hundió un poco más en la cama, consciente de que estaba sin afeitar y de que probablemente parecía un viejo borrachín—. Tiene usted mucha suerte. Esa muchacha lo quiere muchísimo. ¡Dios sabrá por qué! —añadió, acercándose a él para verlo a la luz del día. Charlie enarcó una ceja.
—¿La manda el conde de Masen para que me torture de manera más sutil cuando él está ocupado en otros quehaceres?
Ella se rió suavemente. Tenía una risa extrañamente agradable.
—Señor, saltó usted sus murallas como un vulgar ladrón.
—Le juro que me caí.
—¡Es asombroso! ¡Qué destreza la suya!
Él sonrió.
—Soy ágil como un gato, señora. De verdad. En muchos sentidos.
—Pero sigue dolorido.
—Dolorido y confuso —Charlie suspiró—. Si el conde quiere llamar a la policía, debería hacerlo de una vez. Prefiero estar entre rejas que pasar otra noche aquí con ese hombre. ¡Cielo santo! ¡Cualquiera diría que iba a robarle las joyas de la Corona!
—Si hubiera andado usted tras las joyas de la Corona, el conde no se habría enfadado tanto —dijo la señora Clearwater.
—Da la casualidad de que sé un poco de antigüedades egipcias gracias a mi pupila. Esa chica lo sabe todo sobre los faraones, aunque a mí me parecen un atajo de patéticos fiambres, queriendo aferrarse a sus montones de oro hasta después de muertos. A decir verdad, sé que por algunas piezas, aunque sean pequeñas, puede conseguirse una buena suma, ¡pero cualquiera diría que formaba parte de una conspiración para cometer un asesinato!
—Algo así —musitó la señora Clearwater, apartándose de él—. En fin, tengo la impresión de que el conde no piensa presentar cargos, sobre todo teniendo en cuenta que todavía tiene usted dolores. Porque tiene dolores, ¿verdad?
Él frunció el ceño. La señora Clearwater no se lo estaba preguntando: lo estaba afirmando. Y aquel sitio era una delicia. Él nunca había dormido en una cama tan confortable, ni siquiera cuando era joven y había sido elevado al rango de caballero por los servicios prestados a Su Majestad en la India. Y qué decir de la comida…
Charlie observó a la señora Clearwater. Sabía que era una mujer inteligente, y seguramente mucho más que un ama de llaves. Quería quedarse mientras estuviera dolorido. Y ella quería que se quedara.
Su corazón se aceleró. Quizá mucho tiempo atrás hubiera podido hacer suya a una mujer como aquélla. Pero ahora estaba seguro de que la señora Clearwater sentía tan poco respeto por él como si fuera una rata. Pero aun así…
Se sentó, erguido y orgulloso.
—Daría mi vida por esa muchacha. ¡No permitiré que permanezca bajo el mismo techo que esa bestia! —afirmó.
Para su asombro, la señora Clearwater fue a sentarse a los pies de la cama y le dijo, muy seria:
—Es cierto que el conde tiene mucho genio, pero le juro por mi vida que jamás le haría daño a su pupila. No es una bestia. Sólo pretende hacer salir a una alimaña de su madriguera. Por extraño que parezca, sir Charlie, puede que nos hiciera usted un favor al caerse de la tapia.
—No pienso poner en peligro a Bella.
—Bella es una belleza, sir Charlie. Tiene carácter, ímpetu y determinación. ¿Cree usted que correría algún peligro asistiendo a un baile del brazo de uno de los hombres más influyentes del país?
—El poder y la riqueza no importan, si ese hombre es una bestia.
—Las apariencias pueden ser engañosas.
—Pues le aseguro que el conde grita como un tigre.
La señora Clearwater sonrió de nuevo. Luego, para sorpresa de Charlie, pareció suplicarle.
—Concédame un par de días. Sólo un par de días —le pidió. Él la observó con las cejas fruncidas—. Le juro que moriría antes que poner en peligro a Bella —le aseguró.
Charlie le sostuvo la mirada.
—Entonces, Bella va a volver aquí —dijo con precaución—. ¿Y qué hay de Waylon, mi criado? ¿Lo tienen encerrado en una mazmorra?
—No sea ridículo.
—¿Es que no hay mazmorras?
—Claro que sí. Esto es un castillo medieval, pero su criado no está allí. En realidad creo que está bastante cómodo, echándoles una mano a los sirvientes del conde.
—¿Trabajos forzados?
—Creo que, como no tenía nada que hacer, estaba aburrido. Así se distrae. No, sir Swan, nosotros no azotamos a la gente ni le ponemos grilletes. Lo que necesitamos es tiempo. ¡Un par de días!
—Un par de días —repitió él con reticencia.
Ella se levantó.
—Haré que le preparen un baño y le diré a una doncella que suba a afeitarlo. Seguro que tengo por ahí algo de ropa limpia que le sirva. Es usted alto y delgado, como el padre de lord Cullen. Y debe de estar muerto de hambre.
—En efecto. Si usted lo dice, he de estarlo.
Ella sonrió de nuevo altivamente, y se marchó.
Charlie entrelazó los dedos detrás de la cabeza y se recostó sobre las almohadas. No pudo evitar sonreír al pensar que se había comportado como un vulgar ladrón y que, sin embargo, lo habían invitado a quedarse en el castillo.
Lord Vulturi se empeñó en que Edward y él comieran en su club. Los padres de Edward solían frecuentar aquel establecimiento, y él seguía siendo miembro del mismo. Pero, como no le costaba ningún trabajo imaginarse a sus padres sentados en los hermosos sillones de piel, como en otro tiempo, desde su muerte se había mantenido alejado de allí.
Algunos viejos amigos y conocidos se acercaron a saludarlo. Unos miraban con pasmo la máscara. Otros intentaban fingir que no la veían. Algunos militares ancianos que lucían cicatrices y a los que les faltaba algún que otro miembro de poca importancia se apresuraron a mostrarle su simpatía, y algunos de los caballeros de más edad le sugirieron que optara por un atuendo más sutil, para luego, tras andarse un rato por las ramas, advertirle que empezaban a llamarlo la Bestia. Edward se mostró amable y les aseguró a todos ellos que tomaría en cuenta sus sugerencias, aunque debía admitir que hallaba su soledad muy grata.
—¡Bah! —le dijo el vizconde Berty, un anciano oficial de caballería—. ¡Es el mundo moderno lo que hay que agarrar por los cuernos! Inglaterra nunca había tenido un imperio tan glorioso. Usted, mi buen amigo, se pasa la vida hurgando en el pasado. Sé que goza del favor de la reina. Ella habla muy bien de usted, y sacude la mano con fastidio cuando alguien le comenta con preocupación que se ha convertido en un recluso. Pero esa buena señora se ha pasado la vida de luto. ¡Si hasta ha hecho del luto un nuevo estilo de vida! Pero usted, lord Cullen, es un hombre joven, y si oculta su cara, ¿qué más da? ¡Mírese! ¡Alto, fuerte y apuesto!
—Y bastante rico —añadió sir Eleazar Denali, que estaba a su lado.
—Sí, también rico. Eso lo arregla todo, ¿no les parece? —murmuró lord Vulturi con cierta sorna.
—Yo mismo tengo una hija en edad casadera —dijo sir Eleazar.
—Y más fea que pegar a un padre —le susurró el vizconde Berty a Edward en un aparte.
Sir Eleazar pareció oírle, pues se puso más tieso que un atizador.
—Temo que, por desgracia, lord Cullen lleve la máscara no sin razón.
—Sí, pero por fortuna Edward es el conde de Masen —añadió lord Vulturi.
—Sí, claro, está su título —dijo sir Eleazar, todavía envarado… y sin título—. Espero que sepa disculparme, Edward, pero aun así lleva usted una máscara.
—Pero es usted conde, y muy rico —puntualizó el vizconde Berty, retorciéndose el bigote, y dejó escapar un suspiro—. Francamente, Edward, aunque fuera usted más viejo que las montañas y más feo de lo que quepa imaginar, podría encontrar una esposa como es debido.
Él se echó a reír de buena gana, y tomó el brandy que le había servido discretamente el camarero, al que dio las gracias inclinando la cabeza.
—Al parecer da igual cuáles sean mis cualidades; lo que importa es que soy conde. Y rico —murmuró con sarcasmo—. Me temo que aún no me he atrevido a buscar esposa. Creo que todavía no estoy preparado, aunque he de decir que, de estar buscando novia, preferiría que amara al hombre y no su título.
—¡Pero hay que pensar en el qué dirán! —exclamó el vizconde Berty.
—Está el qué dirán y está la vida, ¿no les parece? —murmuró Edward—. Pero esta conversación carece de sentido. Acabo de decidirme a salir de nuevo de mis dominios, a interesarme de nuevo por Londres y por Inglaterra. Y, como se ha sugerido aquí, dado que gozo de tantas riquezas, he de decidir cómo puedo serle de mayor utilidad a mi patria.
Edward se alegró de que, en ese preciso instante, el maître del club los informara de que su mesa estaba dispuesta. Lord Vulturi y él se excusaron.
Cuando estuvieron sentados, lord Vulturi expresó de nuevo su satisfacción porque Edward hubiera decidido volver a interesarse por el museo.
—No hay razón para que un hombre de tu posición se encierre en un castillo medieval día tras día, por más que sobre él pese una supuesta maldición —le reprendió—. El Imperio atraviesa su hora más dulce, Edward. Y aunque tenemos que vérnoslas con los franceses, nuestra importancia en Egipto es monumental.
Edward bebió un sorbo de un excelente clarete.
—Lord Vulturi —dijo—, sin los franceses, hoy no tendríamos la piedra Roseta, ni dispondríamos del conocimiento y las fuentes que están a nuestro alcance.
—Sí, sí, ya, pero… ¡El Imperio, hijo mío! ¡El Imperio! —dijo lord Vulturi, alzando su copa, y a renglón seguido comenzó a hablar del valioso trabajo que los padres de Edward habían hecho en Egipto, empeñados en aumentar sus conocimientos y en aprender a vivir entre sus gentes.
—Y en encontrar tesoros —murmuró Edward.
—¡En efecto! Aunque, por desgracia, no hay mayor tesoro que la propia vida. Eran tan generosos, tan brillantes… Debes retomar su trabajo donde lo dejaron, por respeto a su memoria.
Edward sonrió. Esperaba obtener del almuerzo algo más que un recordatorio del pasado y de sus obligaciones.
Cuando les llevaron la cuenta, lord Vulturi no protestó al decir Edward que pagaba él.
Se despidieron en el vestíbulo. Edward, que se había quedado un poco rezagado, oyó hablar a lord Vulturi con un individuo que le preguntó en voz baja por una deuda.
—Sí, sí, claro, buen hombre —contestó lord Vulturi con idéntico sigilo, pese a lo cual Edward logró oír sus palabras—. ¡Qué despiste! He olvidado hablar con mi contable. Pero no he olvidado nuestra partida —miró a su alrededor rápidamente. Edward fingió estar mirando por una de las bellas ventanas emplomadas del frontal del vestíbulo—. Hay que celebrar otra partida. Podemos probar a doble o nada, ¿qué le parece? —dijo lord Vulturi, y se echó a reír de buena gana.
Cuando el otro hombre se marchó, Edward intentó echarle una ojeada. Tenía la cara chupada y cojeaba. Edward pensó que debía de ser un soldado, y que tal vez había servido en Oriente Medio, pues su tez mostraba indicios de exposición al sol y su cojera sugería una grave herida. Edward no lo conocía de nada.
Sin embargo, al salir del club, tuvo la curiosa sensación de que había averiguado más de lo que parecía a simple vista. Y de que el almuerzo no había sido del todo una pérdida de tiempo, a fin de cuentas.
Bella se echó hacia atrás, consciente de que debía moverse. Tenía los hombros agarrotados y le dolía el cuello. Se levantó, desperezándose, y paseó la mirada por su cuartito de trabajo. Hasta ese momento, los antiguos no le habían revelado más de lo que ya sabía.
—¡Y, además, yo no creo en maldiciones! —dijo en voz alta.
Salió del cuartito. Sir Jason no estaba sentado a su mesa, de modo que Bella se quitó el delantal con intención de dar un corto paseo por el museo y regresar luego a su trabajo. De momento, pensó con sorna, era la niña mimada del departamento, y continuaría siéndolo mientras el conde de Masen siguiera dedicándole sus atenciones. Pero ella no era más que un peón en el tablero de ajedrez de Edward Cullen, y lo sabía.
Fue dando un paseo hasta las salas de arte egipcio. Había allí, como de costumbre, cierto número de personas que miraban fascinadas las momias, algunas de las cuales se exponían desprovistas de sus sudarios y otras envueltas en ellos, con su sarcófago o sin él.
La piedra Roseta, una de las piezas favoritas de Bella, era otra de las grandes atracciones del museo. Pero por lo general los visitantes se alejaban tras echarle una ojeada. A fin de cuentas, no era más que una piedra, un objeto inanimado. Nunca había vivido, ni había caminado por la tierra, había reído, llorado y amado. Las momias, en cambio, atraían la atención de todo el mundo.
Junto con la colección permanente, había también una exposición temporal sobre la vida y la época de Cleopatra. La momia de la legendaria reina del Nilo no estaba expuesta, pero había en cambio una excelente efigie de cera que la representaba, así como numerosa información sobre su vida y su reinado y, para rematar el atractivo de la exposición, un áspid como el que, según la leyenda, había acabado con la vida de la soberana.
Bella se sintió atraída por la urna de cristal de la cobra, a pesar de que estaba ésta rodeada por un grupo de bulliciosos colegiales.
—¡Es sólo una serpiente! ¡Y muy flacucha! —dijo uno.
—Yo podría agarrarla y retorcerle el cuello en un segundo —fanfarroneó otro.
—¿Es que tiene cuello? —preguntó un tercero.
Uno de los niños dio unos golpecitos en el cristal. La serpiente se irguió de pronto y se lanzó hacia los niños, chocando con el cristal. Ellos retrocedieron de golpe.
—¡Vámonos de aquí! —gritó el que había preguntado si tenía cuello.
—No pasa nada porque la miréis, si no la provocáis —dijo Bella, acercándose a ellos. La cobra era en realidad muy hermosa. Bella se volvió hacia los niños—. ¿Sabéis?, según la leyenda, Cleopatra pidió que le llevaran una cesta de higos con una cobra dentro. Veréis, no quería simplemente suicidarse. La cobra simbolizaba la realeza divina, y ella creía que, si la mordía un áspid, sería inmortal.
—¿Y era cierto? —preguntó uno de los niños, que la miraban con los ojos como platos.
—Bueno, Cleopatra es una figura legendaria, así que en cierto modo es inmortal. Pero, en lo que se refiere a la mordedura del áspid, estoy segura de que murió sin más —añadió con una sonrisa.
—¿Hay más serpientes en el museo? —preguntó otro niño.
—Sólo ésta —contestó ella—. Y, cuando se acabe la exposición sobre Cleopatra, ésta también se irá.
—¡Vaya! ¡Es lo mejor de todo! —exclamó otro niño.
—Hay muchas más cosas que ver. Tenéis que leer los carteles y usar vuestra imaginación —les aconsejó Bella—. Será divertido, os lo prometo.
—Vamos a ver la piedra Roseta —dijo uno de los chicos mayores.
Se marcharon, y el niño más curioso le dio las gracias, mirándola con asombro. Bella le sonrió y se despidió de él agitando la mano. Luego se volvió de nuevo hacia la serpiente. Sabía que las cobras mataban a mucha gente. Pero también sabía que rara vez atacaban si no se las provocaba.
Se preguntó cómo se habrían sentido lord y lady Cullen. ¿Habían visto a las serpientes que habían acabado con sus vidas? ¿Y había sido todo un trágico accidente… o un horrendo asesinato?

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