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sábado, 9 de octubre de 2010

Permiso de Cenicienta: Permiso autorizado que expira a medianoche


Capítulo Cinco
Permiso de Cenicienta: Permiso autorizado que expira a medianoche
Edward la tomó por la cintura y Bella le pasó una mano por los hombros. Parecían hechos el uno para el otro. «Hecha para su alma», pensó Edward, respirando el olor a fresa de su pelo, sintiendo el roce de un mechón en su barbilla.
Los pechos de Bella rozaban sus costillas y tuvo que hacer un esfuerzo para controlarse. Cuando sus muslos rozaron los suyos, creyó que iba a perder la cabeza.
Intentó tragar saliva, pero le costaba trabajo. La canción que sonaba en la radio habría sido un acompañamiento perfecto para un beso o una tarde en la cama... Era lenta y sexy, no el tipo de música para hacer piruetas.
Edward se aclaró la garganta para romper la tensión.
—¿Quién canta? No lo había oído nunca.
—Está claro que has estado fuera del país mucho tiempo —sonrió Bella—. John Mayer. Es muy popular.
—¿Te gusta?
—Sí. Tiene una voz muy expresiva y sus letras también lo son.
Sería muy fácil rozar su frente con los labios, pensó. Muy fácil. Quizá ella no se daría cuenta. Edward se dejó llevar por la tentación del placer ilícito y un escalofrío lo recorrió entero. Si besarla en la frente le hacía eso, ¿qué pasaría si la besaba en otro sitio?
Edward cerró los ojos e intentó no pensar. Seguramente, Bella necesitaba un poco de contacto humano. Un abrazo fraterno. No debería pensar en besarla en los labios, ni en deslizar la mano hasta su trasero para apretarla contra una parte de su cuerpo que se estaba poniendo muy dura.
La oyó murmurar algo y abrió los ojos. Un mechón de pelo se le había quedado enganchado en el mentón y lo retiró con la punta de los dedos.
—¿Qué has dicho?
—Que tienes una barba muy tupida. Jake debía tener celos de ti. El pobre sólo tenía tres pelos.
Edward se pasó una mano por el mentón.
—Siempre he tenido que afeitarme dos veces al día...
—Ya me imagino
Bella estaba mirando su torso. No significaba nada, pero lo excitó aún más. Era evidente que se sentía atraída por él, aunque sólo fuera por la barba. El instinto le decía que llevase aquello más lejos, que buscase sus labios y pasara las manos por cada centímetro de su cuerpo...
Pero su conciencia le decía que no. Estaría aprovechándose. Aprovechándose de la viuda de Jacob Black. Aprovechándose de Jake.
Apretando los dientes, Edward dio un paso atrás:
—La canción ha terminado —dijo mientras se alejaba de ella.
—Tienes razón, discúlpame por incomodarte Edward, no fue mi intención.
Vaya ella se estaba disculpando por incomodarlo, si supiera que era ella quien tendría que perdonarlo por tener aquello pensamientos tan poco correctos hacía una viuda. Sinceramente no tenía perdón, mucho menos el de Jake.
—No te preocupes Bella, ya es tarde y tengo que regresar a casa, muchas gracias por una tarde tan agradable, me gustó mucho jugar Monopoly contigo —terminó con una sonrisa tratando de aligerar la situación incómoda en la que había puesto a Bella.
— ¿Jugar conmigo?, dirás hacerme pedazos en el Monopoly —contestó ella esbozando una sonrisa.
—Como tú digas, ya te daré la revancha. Buenas noches, Bella.
—Buenas noches Edward.
Y se marchó de su casa. Aquello habría sido mucho más fácil si Bella fuera un hombre. Entonces podría darle una palmadita en la espalda, ver algún partido de fútbol en televisión, ir a un bar, ligar un rato... Después de eso, si fuera un hombre estaría como nuevo.
Los hombres eran más sencillos que las mujeres. Un partido de fútbol, una cerveza y un buen revolcón podían resolverlo todo. Las mujeres, sin embargo, eran mucho más complicadas. Y Bella no era una excepción.
Durante el entrenamiento le habían enseñado que, para derrotar al enemigo, debía entender cómo pensaba. Bella no era el enemigo, pero desde luego no pensaba como él.
Edward quería sacarla del agujero en el que estaba metida, de modo que hizo algo que nunca había hecho antes: llamar a la única mujer a la que podía pedir consejo.
—Hola, mamá, ¿Cómo va todo?
— ¡Edward! Estaba muy preocupada por ti. Llamé al centro de rehabilitación, pero nadie sabía tu paradero...
Él hizo una mueca. Tenía tanta prisa por salir del centro de rehabilitación que había olvidado llamar a su madre.
—Perdona, mamá. Es que estaba harto de estar allí. He decidido mudarme a Atlanta.
— ¿Estás en Atlanta?
—No, ahora mismo estoy en Carolina del Sur, en un pueblecito en la playa.
—Ah, el mar. Qué bien —suspiró su madre.
—Sí. Eleazar y tú deberíais ir de vez en cuando. Oye, mira, estaba pensando en ti el otro día...
—Cómo me alegro, hijo. Ya sabes que yo pienso en ti todo el tiempo. Eleazar y yo te echamos mucho de menos. Esperábamos que vinieras a vernos al salir del centro de rehabilitación...
—Yo había pensado ir a veros una vez que me hubiese instalado en Atlanta. Tengo muchas cosas que hacer y... Oye, mamá, he estado pensando en lo que pasó cuando murió papá, en cómo te hiciste cargo de todo. Recuerdo haberte visto llorando muchas veces, pero saliste adelante.
Al otro lado del hilo hubo un silencio.
—Era por ti, hijo. Si hubiera sido por mí me habría metido en la cama para no levantarme nunca más. Me sentía perdida sin tu padre. Pero seguía teniendo a mi hijo y tenía que ser fuerte para él.
El corazón de Edward se encogió. Recordaba aquel momento. Entonces se sentía confuso, perdido, pero su madre parecía tan fuerte... Le sorprendía saber lo duro que había sido para ella.
—Lo hiciste muy bien, mamá. No lo sabía.
Ella suspiró.
—Todo el mundo necesita una razón para levantarse por la mañana. Tú eras la mía. Cuando alguien muy querido muere, es muy difícil seguir adelante, pero hay que hacerlo. Tienes que levantarte, vestirte y seguir viviendo. Hay pequeñas cosas que te ayudan... las flores, tener un niño en brazos, charlar con alguien a quien no conoces. Y, para las mujeres, ir de compras es una panacea, aunque no compremos nada. Recuerdo que yo iba de compras dos veces por semana cuando tu padre murió. Normalmente no compraba nada, pero al menos estaba rodeada de gente. Luego me hice socia de un club de jardinería y busqué trabajo. Y cuando conocí a Eleazar, pensé que podría ser un padre para ti.
Al decir esto último no parecía tan segura.
—Supongo que Eleazar no lo tuvo nada fácil —admitió Edward.
—Los dos sois muy obstinados —dijo su madre.
—Sí, es verdad. A lo mejor por eso nos quieres tanto.
Su madre rió.
—Siempre has sido muy travieso. ¿Te estás cuidando? ¿Comes bien? ¿Tomas vitaminas?
—Sí, mamá —suspiró él.
—Estuvimos a punto de perderte, así que tengo derecho a preocuparme.
—No me has perdido. Sigo aquí.
—¿Y cuándo vendrás a verme?
—Pronto. Dentro de unas semanas.       
—¿Lo prometes?
—Lo prometo. Gracias, mamá.
—De nada, cariño. Cuídate.
—Tú también —murmuró Edward antes de colgar.
Luego hizo una lista mental de las cosas que le había dicho su madre: flores, apuntarse a algún club, buscar trabajo, ir de compras... Edward arrugó la nariz pensando en esto último. Y Bella ya tenía trabajo. De modo que tendría que probar con las otras opciones.
Edward no sabía mucho de plantas, pero compró dos bolsas de semillas que le había recomendado el dependiente de la floristería, un par de tiestos grandes, varias bolsas de tierra y herramientas de jardinería. Después de dejarlo todo en el suelo del porche, llamó al timbre.
Bella abrió enseguida... y parecía despierta. Su corazón se aceleró al verla. Llevaba el pelo sujeto en una especie de moño desordenado... Ojalá lo llevara suelto, pensó.
Ella miró las flores y luego lo miró a él.
— ¿Jake no te dijo que se me da fatal la jardinería?
—Lo que me dijo es que te distraías y olvidabas regar las plantas.
Bella se cruzó de brazos.
—Las plantas no son como las mascotas. Ellas no te recuerdan que debes regarlas... hasta que ya es demasiado tarde.
—Pero yo tengo una solución para eso.
— ¿Cuál? —preguntó ella, escéptica.
—Te lo diré después de que las plantemos.
— ¿Esto es parte de mi recuperación?
—Sí.
— ¿Y quién te ha dado la idea?
—Mi madre —contestó Edward, abriendo las bolsas de tierra.
— ¿Tu madre? No sabía que hablaras con ella.
—Claro que me hablo con ella. La llamo de vez en cuando... incluso le escribí cuando estaba de servicio fuera del país y cuando estaba en el centro de rehabilitación. La llamé anoche y...
—Seguro que se llevó una sorpresa —lo interrumpió Bella—. Y seguro que no sabía desde dónde llamabas.
— ¿Y qué?
—Nada. Que no la llamas tanto como deberías, seguro. ¿Le has hablado de mí?
—No. Sólo le pregunté qué hizo para seguir adelante cuando mi padre murió.
Bella no contestó y, cuando Edward levantó la cabeza, vio que lo miraba con compasión. Normalmente, odiaba que alguien sintiera compasión por él, especialmente después de pasar tanto tiempo en el hospital, pero con Bella era diferente. Tendría que averiguar por qué.
—Supongo que debió ser terrible para los dos.
—Así es. Pero no sabía lo duro que fue para mi madre.
— ¿Y qué hizo ella para salir adelante, plantar flores?
—Eso y otras cosas.
— ¿Y también tendré que hacer yo esas cosas?
—Algunas, no todas.
— ¿Qué no haré? —sonrió Bella, apartando un mechón de pelo de su cara.
—No tienes hijos, así que…
—Ah, ya entiendo. Supongo que tú fuiste la mayor motivación para que tu madre se levantara cada mañana.
—Sí, se supone que eso es lo que hacen las madres.
—Nunca he entendido por qué los hombres no soportan que sus madres los achuchen y les cuiden.
—Porque eso no es más que una trampa. Empiezan por algo tan inocente como hacer tu pastel favorito, luego te dan la tabarra con la salud y luego, antes de que te des cuenta, intentan buscarte esposa y te suplican que les des nietos...
—Y para entonces el pastel se te ha atragantado —rió Bella—. ¿Qué vamos a hacer con esas flores?
—No lo sé, tú eres la artista.
—Sí, ya, pero se me olvida regarlas.
—Éstas pierden la flor todos los años, éstas no —sonrió Edward—. Así que algunas florecerán durante mucho tiempo y otras sólo una temporada.
—Como tú —murmuró ella.
Edward podría haber dejado pasar el comentario, pero sentía curiosidad.
— ¿Por qué como yo?
—Porque no volverán el año que viene. Aunque, claro, con lo despistada que soy, es posible que no florezca ninguna.
Él sacudió la cabeza.
—Si les prestas atención, éstas durarán toda la temporada y éstas otras volverán a florecer cada año.
Si no podía estar con ella la primavera siguiente, al menos las malditas flores lo estarían.
Aunque era una locura. ¿Por qué le importaba tanto? Él no quería estar allí el año siguiente, deseando a la mujer de otro hombre, una mujer a la que no podía tener.
Bella no mordió el anzuelo y se negó a hacerse socia de un club. Aunque Edward le había hecho una lista. Se había suscrito al periódico local por ella, pensando que, al menos, podría leer las tiras cómicas y sonreír un rato.
Cuando llamó a su puerta al día siguiente, Bella abrió con la nariz colorada y los ojos llorosos.
— ¿Qué te pasa?
—Hoy no tengo un buen día. Es mejor que te vayas.
—No pienso irme. ¿Qué te pasa?       
Ella se mordió los labios.
—Es su cumpleaños. El cumpleaños de Jake. Hemos pasado juntos su cumpleaños desde que tenía diez años...
El corazón de Edward se encogió al ver el dolor en sus ojos. Parecía una niña perdida. Incapaz de contenerse, la estrechó entre sus brazos y dejó que llorase sobre su hombro.
—Lo siento, lo siento de verdad. Ya te dije que no deberías...
—No pasa nada. Para eso estoy aquí —murmuró él, acariciando su pelo como acariciaría a una niña, aun sabiendo que era una mujer. Sabiéndolo y sufriéndolo.
— ¿Esto significa que tenemos que comernos los pececitos en su honor?
Bella sonrió.
—No. El día de su cumpleaños le gustaba que le comprase una tarta de limón, con velitas —contestó, secándose las lágrimas—. Oye, perdona.
—No pasa nada. ¿Qué quieres hacer esta tarde?
—No lo sé. Quizá ver fotografías. Brindaría por él, pero no tengo nada de alcohol.
—Yo puedo encargarme de eso.
—No puedes quedarte, Edward. Prefiero llorar a solas.
— ¿No quieres invitarme?
Bella abrió la boca, pero volvió a cerrarla.
—No va a ser una fiesta precisamente.
—Yo también le echo de menos —confesó Edward entonces.
Ella pareció pensárselo un momento.
—Bueno, si quieres estar conmigo mientras lloro...
—Primero voy a comprar algo para brindar. Vuelvo enseguida. No empieces sin mí.
Bella se encogió de hombros.
—Lo que tú digas.
Veinte minutos después, volvía con una botella de tequila, sal, una lima, una tarta de cumpleaños y dos vasitos.
—Qué mezcla tan interesante.
—Después de tomar dos chupitos de tequila, las papilas gustativas se te quedarán insensibles.
—Ah, qué bien.
Edward empezó a cortar la lima en rodajitas, mirando alrededor.
— ¿Dónde está la fiesta?
—En el salón.
—Pues cuando quieras —sonrió él, colocando los vasos en una bandeja.
Por supuesto, Bella había estado mirando viejos álbumes de fotos.
—Empezaremos por su primer cumpleaños. Mira qué guapo era de pequeño.               
—Sí, es verdad —asintió él.
—Le encantaban las cosas con ruedas.
—Sí, era un mecánico estupendo.
—A los catorce años ya tenía una moto y conducía sin carné, pero no le pillaron —siguió Bella—. Nunca le pillaron.
«Excepto esa mina. Entonces sí, le pillaron».
Edward, con el corazón encogido, se echó un poco de sal en el canto de la mano, la chupó, se sirvió un chupito de tequila y luego mordió la lima.
—Siempre me ha parecido que para hacer eso había que tener una gran coordinación de movimientos —bromeó Bella.
— ¿Nunca has tomado tequila?
—No, qué va. Jake siempre me pedía una de esas bebidas que llevan una sombrilla.
— ¿Quieres probar un chupito?
—Sí, pero tendrás que enseñarme.
Edward le enseñó cómo ponerse la sal en el canto de la mano y el resto del proceso.
—Puaj. Qué asco.
—Chupa la lima —rió él.
Bella obedeció, pero se puso a toser.
—Sabe asqueroso. ¿Por qué le gusta a la gente el tequila? No lo entiendo.
Después de ver más fotos de Jake, sin embargo, decidió probar otro chupito. Compartía sus recuerdos con él. Algunos eran divertidos, otros amargos, pero todos dolorosos porque, evidentemente, lo echaba mucho de menos. Entonces se dio cuenta de que no había perdido sólo a su marido, sino a su amigo, a su compañero de siempre. Y nada ni nadie podría jamás reemplazarlo.
Sus ojos se humedecieron cuando vio una fotografía de Jake vestido de uniforme, recién salido del campamento de instrucción.
Bella se secó las lágrimas con la mano y tomó otro chupito.
—Creo que estoy empezando a sentir el efecto del tequila. Debería comer algo. Tarta, voy a comer tarta.
—No sé si eso va a ayudarte —sonrió él.
—Es mejor que nada, ¿no? Aunque después de la tarta, el tequila sabrá más amargo.
—Desde luego.
—Bueno, pero al menos podré decir que he hecho algo arriesgado en el cumpleaños de Jake —suspiró ella.
—Y no has hecho nada realmente malo.
Aunque a él se le ocurrían algunas cosas...
Bella le puso una mano sobre la pierna. Seguramente, no se daba cuenta de que estaba tocándolo.
— ¿Qué habría sido realmente malo?
—Pues... por ejemplo, chupar la sal del cuerpo de otra persona...
— ¿La gente hace eso?
—Sí.
—Yo no lo he hecho nunca —murmuró Bella.
Tenía la misma expresión que cuando estaban bailando, cuando estuvo a punto de rendirse a la tentación. Pero se tragaría la lengua antes de...
Sin embargo, ella lo miraba, expectante. Había bebido suficiente alcohol como para olvidar las inhibiciones y eso era muy peligroso.
—No sé si algún día tendré otra oportunidad y sé que puedo confiar en ti. ¿Te importaría hacerlo conmigo, Edward?

CAPITULO 12


Capítulo 12


Cuando despertó se encontraba en su habitación, la reconoció de inmediato aunque todo estaba oscuro, ¿acaso todo había sido un mal sueño? Se preguntó mientras se sentaba en la cama. Tenía muchas ganas de llorar, se sentía sola, vacía, cómo si su vida ya no tuviera sentido, y sin pensarlo un fuerte sollozo salió de sus labios.
— ¿Bella, qué te sucede? —esa voz, era él. Así que no había sido un sueño.
— ¿Qué haces aquí? —le preguntó secándose las lagrimas.
—Cuidándote, no sabes lo que me costó convencer a Alice de que me dejara quedarme contigo.
— ¿Qué me sucedió? —estaba algo confundida.
—Te desmayaste, debido al estrés y la presión a la que te viste sometida por mi culpa, sufriste una baja de presión. Bella lo siento tanto —le dijo acercándose a ella, hasta llegar a su lado en la cama.
— ¿Pero aún no entiendo qué es lo que haces aquí? —volvió a preguntarle mientras miraba al vacío.
—Ya te lo dije, cuidándote. Me preocupé tanto cuando te desvaneciste enfrente de mí, justamente en ese momento Alice iba entrando por la puerta, mientras estabas inconsciente en mis brazos. Se puso como loca, me gritó, me insultó; sólo paró cuando el médico que llamé tocó la puerta.
— ¿Ella te dejó quedarte conmigo? —le parecía extraño que su prima lo hubiera permitido, Alice lo odiaba mucho, por lo que le había hecho en el pasado.
—No fue fácil convencerla, pero al final lo logré, y pretendo convencerte a ti también —le dijo mientras rozaba su mejilla con el dorso de su mano.
Bella se retiró como si su toque la hubiera quemado, y la verdad si la quemaba, pero de ternura, de amor, y sobre todo de deseo, y no quería rendirse tan fácilmente a sus encantos. Ya no la tendría a sus pies y a su disposición cada vez que él quisiera.
—No me toques, entiéndelo Edward, ya no quiero nada contigo. Nuestro matrimonio desde el principio fue un error; tu mamá y tus hermanas no me querían, desconfiaste de mí, me dejaste y por si fuera poco me obligaste a convertirme en tu amante, ¿y crees que ahora sólo con pedir disculpas todo se arreglará?, pues no Edward, eso no es suficiente.
—Por favor, dame una oportunidad, prometo no decepcionarte, quiero entregarte mi vida, mi existencia, dedicarme en cuerpo y alma a ti, recuperar todo el tiempo perdido Bella, vivir el amor que sentimos al máximo.
—No es fácil, no puedo asimilar tan fácilmente que tú estás aquí, pidiéndome perdón. Tú me ofreces un futuro, pero ¿quién me devuelve tantos años de sufrimiento, de soledad?, nadie Edward, nadie —terminó mientras las lágrimas brotaban de sus ojos.
—Bella, no llores. Sé que no puedo regresar él tiempo, pero también sé que aún me amas, y que yo te amo. No nos condenes al sufrimiento, tenemos la oportunidad de vivir un futuro los dos juntos, no nos hagas infelices a ambos.
—No lo sé Edward, estoy confundida, aturdida, no sé ni siquiera qué es lo que quiero, necesito tiempo. Dame tiempo, por favor.
—Está bien, te daré todo el tiempo que necesites para poner tus sentimientos en orden, pero por favor permíteme estar a tú lado, déjame ganarme tu amor y tu confianza de nuevo, necesito estar a tu lado.
—Lo pensaré, ahora si me disculpas, quiero estar sola.
—Pero no te puedes quedar sola, si te vuelves a desmayar…
—Voy a estar bien, no te preocupes, ahora vete, por favor.
—Está bien, como tú quieras. Nunca volveré a presionarte. Descansa y no olvides que te amo —. Antes de salir de la habitación le dio un beso en la mejilla, pero ella volteó el rostro duramente, ese acto le dolió, pero la entendía, él le había hecho mucho daño, y ahora tendría que trabajar muy duro para ganar su perdón y su confianza de nuevo. Si había sido muy estúpido en el pasado, no cometería los mismos errores; ahora no se separaría de ella. Quería recuperarla, la sola idea de formar una familia con Bella le llenaba el pecho de una calidez que nunca imaginó sentir, y lo más hermoso sería un hijo, una criatura de los dos. Sólo esperaba que Bella pudiera perdonarlo.
En cuanto Edward atravesó la puerta de su habitación, Bella sintió que se moría, lo amaba demasiado, pero no estaba dispuesta a perdonarlo tan fácilmente, ya no la utilizaría.
Tal vez su vida se encontrara vacía en ese momento, pero se recuperaría, ya vería la forma de salir adelante, decidió. Se levantó de la cama, pero sintió un fuerte mareo que tuvo que volver a sentarse. No sabía que le sucedía, aunque seguramente se debía al estrés y la presión a la que estuvo sometida durante esa larga semana, la impresión de enterarse de la relación de Edward con su recepcionista, y sobre todo el cambio de actitud en él. Todo era demasiado repentino, sólo había sucedido en menos de una semana, cuando durante siete años ya se había hecho a la idea de vivir sin un hombre a su lado, por qué si no era Edward, estaba segura que no podría vivir con nadie más.
Sin darse cuenta se quedó dormida, un golpe en la puerta de entrada la despertó, se levantó con cuidado y fue a abrir, era Alice que había ido a verla.
—Hola Alice —dijo algo adormilada, todavía se sentía cansada.
—Bella, ¿cómo estás?, ¿ya te sientes mejor? —preguntó su pequeña duende mientras entraba al departamento.
—Sí, ya me siento un poco mejor, gracias por venir Alice.
— ¿Cómo no iba a venir?, si cuando me fui seguías inconsciente, sólo deje que ese animal de tu marido se quedara contigo porque me dijo que venía explícitamente a pedirte perdón. Pero cuando lo vi contigo entre sus brazos, y tú inconsciente, te juro que pensé lo peor, y me dieron unas ganas enormes de matarlo.
—Así es, vino a pedirme perdón. Pero sólo porque se enteró de la verdad, no porque confiara en mí. Tuvo que recurrir a un maldito investigador para saber una verdad que pudo haber escuchado de mis labios, pero nunca me dejó explicárselo, y ahora viene como si nada a decirme que soy lo más importante para él, y que me quiere de vuelta en su vida —terminó con una sonrisa triste, y el brillo de sus ojos se había esfumado desde que salió del edificio de la naviera Cullen.
— ¿Y tú qué piensas hacer?, ¿lo vas a perdonar?
—Por supuesto que no, no quiero saber nada de él. ¿Para qué voy a volver a su lado?, ¿Para qué sea como la primera vez?, ¿Para qué se enfrasque en su trabajo, y me deje nuevamente con su madre y sus hermanas?, no, claro que no, yo no pienso volver a la misma vida de antes.
—Pero Bella, nadie asegura que él te de la misma vida de antes, ¿a caso no te prometió que había cambiado?, ¿qué ya no era el mismo joven inexperto con el que te habías casado?
— ¿Y tú como sabes todo eso?
—Porque antes de dejarte en sus manos, tuvo que darme explicaciones de todo, y prometerme que te cuidaría con su propia vida si era necesario. Y él me lo contó todo Bella, de verdad está sufriendo y está muy arrepentido por todo lo que te hizo…, incluido lo de esta semana.
Esa respuesta no la esperaba, ¿cómo era posible qué Edward la denigrara con su propia familia?, ¿cómo se había atrevido a contarle a Alice que se había acostado con él por dinero?
— ¿Pero cómo fue capaz de decírtelo?, es un canalla, y yo no creo que en verdad haya cambiado, de seguro tiene más de dos amantes esperándolo en Atenas, incluida la escultural pelirroja.
—Bella, no me lo dijo con el afán de humillarte, le conté por qué le habías pedido el divorcio, y me dijo lo canalla que había sido al hacerte semejante proposición, estaba realmente arrepentido.
— ¿Y a mí de que me sirve su arrepentimiento?, de nada, porque eso no puede remediar todo lo que sufrí por su culpa.
— ¿Y no te has puesto a pensar en su sufrimiento también?, ¿en lo qué sintió cuando te encontró con otro hombre?
—Pero era Emmett, ¡por Dios!
—Pero él no lo sabía, ponte en su lugar, ¿qué hubieras hecho si lo hubieras encontrado en la misma situación con otra mujer?, ¿te hubieras sentado a charlar con él, como si nada hubiera pasado?
—No…, pero él tampoco me permitió explicárselo.
—Bella, ambos cometieron errores, él por dejarte tan sola y no confiar en ti, y tú por ocultarle tus miedos, y sobre todo a tú familia. No lo culpes sólo a él, los dos son humanos y por lo tanto propensos a equivocarse. Yo pienso que tienes que darle una oportunidad.
— ¿Por qué lo defiendes Alice?
—No lo estoy defendiendo, sólo estoy tratando de abrirte los ojos. Tú lo amas Bella, ¿quieres ser infeliz toda tú vida y hacerlo infeliz a él también, sólo por orgullo?, eso sinceramente se me hace muy tonto Bella, tú lo amas y él te ama, ¿qué más quieres?
—Tienes razón Alice, pero es tan difícil. Olvidar tanto dolor, sufrimiento, olvidar siete años de mi vida echados a la basura. Necesito tiempo para pensarlo muy bien.
—Sólo te recomiendo que no lo pienses mucho Bella, porque tal vez cuando te decidas él ya no esté ahí. No desperdicies ésta oportunidad, mírame a mí, tengo a mi hijo al cuál adoro, pero no tengo a nadie a mi lado, estoy sola, y no quiero que te suceda lo mismo.
—Tienes razón prima, te prometo que pronto tomaré una decisión.
—Me alegra escucharte decir eso. Bueno, ahora me tengo que ir porque deje solo al mostrito, y ya sabes que es como un demonio cuando está solo.
—Vete tranquila, yo voy a estar bien. Te quiero mucho Alice, gracias por todo.
—Yo también te quiero, cuídate mucho.
Alice salió del departamento y Bella se quedó pensando en lo que le dijo. Ella tenía razón, la culpa era de los dos, pero aún no estaba segura de poder ser feliz a su lado, y ya no quería que la hiciera sufrir. Con ese pensamiento se fue a la cama a dormir.
Esa noche tuvo un sueño muy hermoso, Edward y ella se encontraban en un hermoso prado, lleno de luz y flores, ambos iban vestidos de blanco, y cuando Edward se dio la vuelta pudo ver en sus brazos a un pequeño bebé. Un hermoso niño de cabello castaño y unos hermosos ojos verdes.
Se despertó con una sonrisa, pero al darse cuenta que era un sueño se sintió triste, vacía, no sabía porque, pero de repente sintió tantas ganas de tener un bebé, un pedacito de Edward y suyo. Aunque ellos no terminaran juntos, ese sería el mejor regalo que él podría darle, un hijo.
Pero solamente eran sueños tontos, se dijo a sí misma. Se levantó de la cama y se dio un baño. Llamaría a Alice para preguntarle que tal iba el negocio del catering, al menos eso le ofrecería una distracción. Iba saliendo de su habitación cuando llamaron a la puerta.
— ¿Quién es? —preguntó antes de abrir.
—Soy yo, Edward —. Esa voz le causaba una excitación que nadie había logrado antes con ella, odiaba que Edward tuviera ese poder sobre ella.
— ¿Qué se te ofrece? —preguntó sin abrirle la puerta, no quería verlo, no todavía.
—Quiero hablar contigo, ¿puedes abrir por favor?
—Yo no tengo nada que hablar contigo, vete —le dijo mientras se recargaba en la puerta, como queriendo evitar que se fuera a abrir sola.
—Bella, por favor…
—Vete, te lo ruego —unas cuantas lagrimas traicioneras abandonaron sus ojos.
—Está bien, no te voy a presionar nuevamente, pero quiero que sepas que no voy a renunciar tan fácilmente a ti, te amo y no estoy dispuesto a perderte otra vez.
Ella se quedó un rato más recargada en la puerta, hasta que no escucho más ruido afuera. Su corazón latía frenéticamente, sus palabras realmente la afectaban.
Cuando se tranquilizó decidió ir a buscar personalmente a Alice al trabajo, necesitaba distraerse.
Parecía que el negocio del catering había crecido considerablemente, tenían una larga lista de clientes exclusivos que buscaron a Alice en cuanto sus deudas quedaron saldadas, también el dinero que Edward le debía ya se encontraba en su cuenta bancaría, se lo daría a Alice para que hiciera nuevas inversiones, ella sabía que era lo que más les convenía y sabría invertirlo adecuadamente.
Acababa de entrar a su departamento cuando algo sobre el comedor llamó su atención, era un gran arreglo de flores lleno de rosas y lilis, sus flores favoritas, se acercó para tomar la tarjeta y averiguar quién lo había mandado.
Sacó la tarjeta y la abrió con manos temblorosas, sabía de quién eran, pero aún así sentía emoción de recibir flores por primera vez en siete años, nunca le permitió a nadie que le mandara flores, le daba nostalgia acordarse de los viejos tiempos. Abrió la tarjeta y la leyó en voz alta.
—"Para la mejor y más extraordinaria mujer que he conocido en toda mi vida. Espero que puedas perdonar todas mis tonterías y regresar conmigo, ya que sin ti mi vida no tendría sentido. Con amor, Edward" —sintió una enorme felicidad al terminar de leer aquel pequeño pedazo de papel, pero aún no podía confiar en él, no quería que la volviera a lastimar, aunque reconocía que estaba haciendo meritos para recuperar su amor.
Con una gran sonrisa se fue a la cama, esperaba volver a tener aquel hermoso sueño, quería volver a ver a aquel hermoso bebé.
Despertó muy feliz, había vuelto a soñar con ese pequeño angelito. Se levantó con mucho entusiasmo y se dio una ducha, esperaba que Edward la buscara, no sabía por qué pero estaba ansiosa por verlo, después de todo Alice tenía razón.
Desayunó, se arregló y arregló su departamento, estaba muy hiperactiva, no podía estarse quieta y la emoción que sentía la animaba a hacer más y más cosas en la espera de que Edward llegara, pero él no apareció, en su lugar llegó otro arreglo de flores idéntico al anterior, al principio se decepcionó un poco, pero pensó que todo estaba bien, después de todo ella le había pedido tiempo, lo esperaría hasta que él se decidiera a buscarla.
Y así en la espera pasó una semana, todos los días llegaba un arreglo de flores con mensajes hermosos, pero Edward no aparecía, estaba empezando a preocuparse cuando llamaron a su puerta. Era él, tenía que ser él, su corazón dio un vuelco con sólo imaginar ver de nuevo sus hermosos ojos verdes. Se vio nuevamente en el espejo, y al ver que se encontraba perfecta se dirigió a abrirle.
—Hola Edward, pasa por favor —le dijo amablemente haciéndole una seña para que entrara.
—Gracias —le contestó algo distraído, parecía como si algo le preocupara, notó Bella enseguida.
—Toma asiento, ¿quieres algo de beber?
—No, muchas gracias —dudó unos segundos— Bella necesito hablar contigo…
—Adelante, habla —le dijo mirándolo a los ojos, esas palabras ya la habían preocupado.
—Necesito regresar a Atenas, ocurrió un problema en la naviera y necesitan mi presencia urgentemente —le dijo evitando su mirada, por eso no se dio cuenta del relámpago de dolor que atravesó por los castaños ojos de ella.
Esas palabras se clavaron como un cuchillo hasta el fondo de su corazón, sintió que su pulso se aceleraba y que le faltaba la respiración. Retomó fuerzas y cómo pudo le preguntó:
— ¿Te vas? —pronunció muy bajito, como si no quisiera escuchar la respuesta a su pregunta.
—No será por mucho tiempo Bella, tú me pediste tiempo y creo que ésta será la ocasión perfecta para otorgártelo, si sigo aquí te presionaré y ya no quiero hacerlo, quiero que tú tomes la decisión que sea mejor para ti.
—Está bien, pero no entiendo porque me estás avisando, no necesitas de mi permiso para irte —le dijo dándole la espalda.
—No quiero volver a ser como antes Bella, pero te prometo que volveré muy pronto, y espero que para cuando vuelva ya tengas una respuesta. Y nunca olvides que te amo —. Terminó dándole un beso en la mejilla, y se fue.
Bella se dejó caer en el sofá, no podía creer que se hubiera ido, estaba segura que no era por el trabajo, sino porque le había pedido tiempo, ella tenía la culpa, y lo peor de todo era que no lo había detenido. Sólo esperaba realmente tener una respuesta definitiva para cuando él volviera.
Pasó un mes desde que Edward había vuelto a Grecia y las flores seguían llegando a su departamento. Los mareos y los desmayos habían aumentado y eso la había preocupado. Se encontraba pensando en eso cuando llamaron a su puerta.
Abrió y el corazón le dio un vuelco al ver quien se encontraba afuera de su puerta, era él, su dios, su amor, había vuelto por ella.
—Edward volviste... —no pudo pronunciar otra palabra, la emoción la embriagaba completamente.
—Así es Bella, volví por ti. Estaba decidido a esperarte hasta que tu quisieras buscarme, pero me di cuenta que no podía pasar un día más sin tí, te quiero Bella, te amo y necesito que me perdones, que vuelvas conmigo. Quiero estar a tu lado y prometo hacerte inmensamente feliz, viviré para ti y por ti, te lo prometo.
—Oh Edward, yo también te amo, pensé que ya no regresarías, que tal vez te habías aburrido o cansado de mí, lo único que me reconfortaba eran tus flores, me hacían saber que seguias ahí, esperando por mi. Edward por favor perdoname también por no comprender que el error fue de los dos. Ambos nos equivocamos y fuimos muy orgullosos, por favor perdoname —le dijo mientras se aferraba fuertemente a su cuello llorando.
—Bella yo no tengo nada que perdonarte, tu no tuviste la culpa, todo fue por mi estupidez, mi orgullo de griego que no permitió escucharte, no quise entenderte, no comprendí la soledad en la que te encontrabas. Pero te prometo que nunca más te volveré a dejar sola, nunca Bella, tú eres mi vida.
—Edward te amo —estaban a punto de besarse cuando Bella se desvaneció de nuevo en sus brazos.
—¡Bella!, ¡Bella reacciona!, maldición —dijo Edward mientras la tomaba en brazos y se dirigía hacía su carro. Alice ya le había informado de los constantes desmayos y mareos de Bella. Así es, él se había ido pero Alice se había encargado de mantenerlo informado de todo lo que le ocurriera a Bella, no la volvería a dejar sola y desprotegida.
Iban camino al hospital cuando ella empezó a reaccionar, al principio se sintió desorientada, confundida, y al sentir el movimiento del auto se asustó, pero todo pasó a un segundo plano cuando se dio cuenta que se encontraba con Edward.
—¿A dónde vamos?— le pregunto todavía aturdida por el desmayo.
—Alice me informó de tus desmayos y mareos frecuentes, no puedes seguir así, te llevo al medico para que te revisen. No quiero que mi esposa se enferme —esas palabras de preocupación la llenaron de ternura, él realmente la amaba, ya no le cabía la menor duda.
—¿Pero si tengo algo grave?
—No te preocupes, vas a ver que no es nada malo, te lo juro.
—Gracias amor, te amo.
—Yo también —aprovechando un alto, se volteo para besarla. Cuanto amaba a aquella mujer y que estúpido había sido al desperdiciar tantos años por unos celos estúpidos, nunca más vovería a hacerla sufrir.
En cuanto llegaron al hospital atendieron inmediatamente a Bella, gracias a la influecia de Edward, el médico era amigo suyo. Le hicieron varios análisis de sangre, en cuanto Bella vio las agujas se puso pálida, le tenía pavor a las inyecciones. Edward siempre estuvo con ella, tomando su mano.
—No te preocupes pequeña, yo estoy contigo —le dijo antes de darle un tierno beso en los labios.
—Gracias.
Terminaron los análisis, tenían que esperar una hora para que les dieran los resultados.
—No voy a soportar la espera Edward, estoy muy nerviosa. ¿Y si tengo algo grave?
—Estoy seguro que no tienes nada de que preocuparte amor, y si así fuera lo afrontaríamos juntos, porque no estoy dispuesto a abandonarte nuevamente, eso nunca. Prefiero morir contigo que vivir sin tí.
—No digas eso, no me gusta. No podría pensar que algo malo te llegara a pasar.
—Está bien amor, pero ya verás que no hay absolutamente nada de que preocuparse.
—Edward, te amo.
—Yo también Bella, te amo tanto —. Terminó mientras le deba un beso, ese beso en el que le prometía un futuro lleno de amor y de felicidad, en ese beso él le estaba entregando su corazón y su alma, y ella se lo estaba devolviendo de la misma manera.
Por fin pasó esa hora que a ambos se les hizo eterna. Entraron al consultorio del medico tomados de la mano, los dos estaban muy nerviosos. La primera en hablar fue Bella, ya no aguantaba la espera.
—Diga que tengo doctor, hable de una vez, no importa si es grave. Quiero saber que es lo que tengo —. Edward trataba de calmarla haciendo pequeños circulos en el dorso de su mano, pero no funcionaba, estaba aterrada de pensar que pudiera sucederle algo.
—Vamos pequeña, no te preocupes, tú no tienes absolutamente nada grave, tus malestares se deben al más grande de los milagros — le dijo el doctor con una gran sonrisa, pero al parecer ni Bella ni Edward comprendían sus palabras.
—No entiendo doctor… —dijo Edward— si no tiene nada grave, ¿por qué son esos desmayos y mareos?
—Vamos Edward, me sorprende que aún no te hayas dado cuenta. ¿Qué acaso no has notado más sensible y cansada a tu esposa? —le preguntó Eleazar, su médico de confianza en Londres.
—Lo siento Eleazar, pero estas semanas no había podido estar cerca de ella, por algunos problemas. Pero ya no le des más rodeos y dinos de una vez que es lo que tiene.
A Bella ya le empezaban a brotar algunas lágrimas de los ojos, no le gustaba sentir aquella ansiendad, se sentía muy nerviosa.
—¿Bella, cuando fue tu último periodo? —le preguntó el doctor suspicazmente.
—¿Mi último periodo?
—Asi es.
—Pues la verdad no lo recuerdo, fue hace más de un mes —terminó vacilante, no sabía porque Eleazar le hacía aquella pregunta. Pero de repente una idea llegó a su cabeza. No... no podía ser —¡NO!, ¿de verdad?, doctor...—le dijo mientras se llevaba las manos al vientre.
—Exacto Bella —le contestó Eleazar con una gran sonrisa en los labios.
Edward no entendía absolutamente nada, pero se preocupó al ver el torrente de lágrimas que se desbordaba de los ojos de su esposa.
—No entiendo absolutamente nada, ¡Eleazar, dime que tiene Bella!, ¡¿Por qué está llorando así?, ¡Dimelo! —terminó muy exaltado, no soportaba ver a Bella llorar.
—Vamos cariño, no te preocupes, no es nada malo. ¿Acaso aún no te das cuenta? —le dijo Bella jalandolo de la mano para que volviera a sentarse y tratar de tranquilizarlo.
—¿No me doy cuenta de qué?, sólo sé que estás llorando.
—Así es amor, pero es de felicidad —eso lo confundió aún más. Podía ser muy suspicaz para los negocios, pero para las cosas más sencillas de la vida era muy despistado, se dijo Bella.
—Edward, estoy embarazada. Vamos a ser papás —. Por fin le explicó con una gran sonrisa.
Papá, esa palabra resono con fuerza en su cabeza. Sería papá, tendría un hijo con Bella, con su Bella. Sintió como su corazón se ensanchaba de felicidad. Por fin tendría una familia. En ese momento era el hombre más feliz del mundo.

sábado, 25 de septiembre de 2010

CAPITULO 8


Capítulo 8
Bella nunca había llegado a disfrutar verdaderamente de la riqueza de Edward. En el pasado, no era él quien se encargaba de gestionar el imperio Cullen, pero ahora sí. Pronto fue consciente de que él se había convertido en una persona muy importante con un papel fundamental en el mundo de los negocios.
Manejaba su flota de aviones como cualquier niño pequeño que guarda sus coches de juguetes en un garaje. Tenía un avión grande destinado para los viajes transatlánticos, varios helicópteros y un avión más pequeño que podía aterrizar en las estrechas pistas de Aspen y en los aeropuertos privados de toda Europa.
De repente, le pareció estar viendo una faceta diferente del hombre con quien se había casado. Cuando contrajeron matrimonio, él acababa de terminar sus estudios y fueron a vivir a casa de sus padres. Su fortuna había estado en un segundo plano.
Pero ahora, ¡vaya! Las cosas habían cambiado. Y mucho.
Volaron hasta París donde había un coche esperándolos para llevarlos a uno de los hoteles más famosos de la capital francesa.
— ¿No tienes tu propio apartamento en París? –le preguntó Bella sorprendida mientras caminaban por la suntuosa recepción del hotel.
Edward se preguntó si Bella estaría haciendo inventario para reclamarle una parte mayor de su fortuna.
—Naturalmente —respondió— pero en esta ocasión prefiero el anonimato de un hotel.
El hotel estaba situado en los Campos Elíseos. A pesar de lo discreto de su exterior, el interior era bastante lujoso. Su suite era enorme, pero sólo era un poco más grande que la que habían tenido en Atenas.
Bella esperaba que Edward le hubiera quitado la ropa enseguida. De hecho, no tenía sentido negar que le deseaba más que a ninguna otra cosa. Pero, sin embargo, al entrar en la habitación se quitó la chaqueta, se aflojó el nudo de la corbata y sacó el teléfono móvil.
—Primero tengo que hacer un par de llamadas —le explicó y, al ver la expresión de su cara, se encogió de hombros y contestó a la pregunta que ella ni siquiera había llegado a pronunciar—. No, no puedo dejarlo para más tarde —le sonrió con dulzura; su voz era aterciopelada—. Lo he dispuesto todo para que te trajeran un vestido para salir a cenar esta noche. Podrás ir de compras mañana —le dijo con cierto brillo en los ojos—. Ve y enséñamelo cuando te lo hayas puesto —añadió dirigiéndose hacia el dormitorio en el mismo instante en que alguien llamaba a la puerta. Se dio la vuelta—. Y no tardes.
Bella se sintió como una niña pequeña a quien le dicen que se dé prisa y se vista. Nadie jamás le había encargado un vestido especialmente para ella y eso la hacía sentirse incómoda. Pero la estilista hablaba inglés con un adorable acento francés además de ser muy amable y diplomática. —Le he traído algo que creo que le gustará mucho al señor Cullen —le dedicó una sonrisa de complicidad mientras le mostraba cuidadosamente el vestido y empezaba a desenvolver de entre papeles de seda, lo que parecía ser lencería fina—. Creo que este modelo será parfait pour ce soir, mademoiselle. ¿Quiere probárselo para que pueda comprobar su talla?
Bella sonrió a la estilista, diciéndose a sí misma que aquella mujer sólo estaba haciendo su trabajo. Contempló el vestido. Era de color rojo brillante y muy extravagante, de un color y un estilo que ella jamás habría elegido. Sobre la cama había lencería a juego: un escandaloso sostén, una diminuta tanga y un liguero.
Bella supuso que habría mujeres a quienes les encantaría todo eso, pero a ella le parecía vergonzoso. Bella se preguntó si la estilista proporcionaría a Edward aquel tipo de servicio regularmente. Mientras tanto, empezó a desnudarse para probarse el vestido rojo de encaje.
Vestida con aquel atuendo parecía que estaba buscando clientes en Pigalle.
Entró en el dormitorio tambaleándose sobre aquellos tacones de aguja de color rojo y Edward, que estaba hablando animosamente por su teléfono móvil, se giró. Al ver la expresión de Bella sonrió de satisfacción. Inmediatamente se despidió y cortó la comunicación.
Había algo en sus ojos verdes que Bella no reconocía, algo que no le gustaba. Un trato como el que habían hecho de tener sexo a cambio de dinero cuando el sexo era estupendo no estaba tan mal. Y necesitaba urgentemente el dinero para su prima. Además, se trataba de tener sexo con su próximo ex marido, no con un extraño.
¿Pero, por qué entonces se sentía ahora tan sucia? ¿Tan barata? ¿Por qué tenía la sensación de que se había vendido? Pues porque lo había hecho. Y porque la cruda realidad no tenía nada que ver con sus sueños. Ser su amante le estaba dejando un mal sabor de boca. De repente, tuvo ganas de ser su esposa otra vez.
— ¿Bella? —le preguntó—. ¿Qué te pasa?
Frustrada y furiosa, se quitó uno de los zapatos de tacón y lo lanzó contra la pared.
Desconcertado, Edward vio cómo le seguía el otro zapato. Después, Bella agarró la cremallera y la desabrochó, dejando que el vestido se deslizara por su delicioso cuerpo. Una vez que estuvo a sus pies, lo recogió del suelo y se lo lanzó a Edward.
Él lo atrapó en el aire y lo sostuvo frente a ella como el capote de un torero.
—Como Striptease dejas mucho que desear —comentó irónicamente.
—Nada más lejos de mi intención.
— ¿Acaso no te gusta el color?
— ¡Lo odio! ¡Me hace parecer una prostituta!
Pero Edward agitó la cabeza, soltó el vestido sobre la cama y se acercó a ella sigilosamente.
—Al contrario, te hace extremadamente bella. Con el pareces toda una mujer. Una mujer vestida tal y como debería vestir. Con la ropa más cara que el dinero puede comprar.
A Bella le enfermaba todo aquello. La disparidad existente entre sus mundos era algo más que perturbadora. Ella se sentía mucho mejor con su ropa aunque fuera barata.
—Con lo que cuesta este vestido puede comer una familia de cuatro miembros durante un mes.
—Puede ser, pero el placer que me produce verte con él tiene un valor incalculable —le susurró tomándola entre sus brazos y besándole el cuello—. ¿Acaso eso no hace que merezca la pena?
Bella cerró los ojos. —Edward, ¡basta!
Él deslizó las manos entre sus muslos. —Sabes que te gusta —murmuró.
—Hay una mujer esperando pacientemente al otro lado de la puerta.
—Pues deja que espere —dijo con arrogancia.
— ¡No!
— ¡Sí!
Posó su boca sobre la de ella y la besó apasionadamente hasta hacer que se derritiera y desistiera de oponer resistencia a su poder.
Por un momento Bella vaciló. El movimiento de sus expertas manos le estaba haciendo estremecerse. El deseo se había apoderado de ella, pero con un esfuerzo sobrehumano, se apartó de la suavidad de sus caricias y, con la respiración entrecortada y las pupilas dilatadas, lo miró fijamente negando con la cabeza.
— ¡No! —repitió.
—No hablas en serio —protestó Edward, preguntándose si sabía lo espléndida que estaba mostrando aquella actitud desafiante y luciendo, de la forma más sexy que jamás había visto hacerlo a otra mujer, y sobre todo con aquella sorprendente lencería. ¿Era ella la misma chiquilla tímida con la que se había casado? ¿Era ella la mujer a quien había arrebatado su virginidad?
— ¡Oh, sí! ¡Claro que sí! No voy a dejar a esa pobre mujer esperando mientras nosotros...
—Le diré que se vaya.
—No lo harás.
—Haré lo que me dé la gana.
—No si quieres mi cooperación.
—Tenemos un trato —le aclaró.
—Que no incluye poner en una situación embarazosa a alguien que está trabajando.
—Se supone que tú también deberías estar haciendo tu trabajo. ¡Eres mi amante!
—Y mientras no haya una sentencia definitiva, también sigo siendo tu esposa. Y como tal merezco un respeto. Así que más te vale mostrármelo.
Ambos guardaron silencio por un momento, pero, de repente, Edward comenzó a sonreír.
—Ciertamente, aún sigues siendo mi esposa. —admitió resistiéndose al deseo—. Pero, dime, ¿qué es lo que realmente te molesta? ¿Que la ropa sea cara o que alguien haya elegido por ti? ¿O quizá sean ambas cosas?
Edward vio cómo ella dudaba y supo que de nuevo se encontraba en la posición de tener que aplacar el genio de su mujer. Pero, ¿por qué iba a molestarse en hacerlo cuando, por derecho propio, podía chascar los dedos y exigir que le diera lo que realmente necesitaba?
Porque, de repente, se dio cuenta de que no quería aplacar su genio. Quería que siguiera siendo Bella. La Bella testaruda, fuerte, exasperante y a la vez cautivadora.
¿No sería más sensato hacer que se relajara?
Edward tomó aire pensando que aquello haría que ella fuera más dócil. Y de repente sintió que el corazón le daba un brinco. Sentía la necesidad imperiosa de verla sonreír.
— ¿Qué te parece si, mañana por la mañana, te doy una de mis tarjetas de crédito para que vayas de compras?
Bella sabía que le estaba haciendo aquel ofrecimiento en son de paz, pero lo que él no sabía era que aquello la ofendía. Para ella sólo era una tarjeta de plástico aunque él probablemente pensara que era el regalo más maravilloso que podía hacerle a una mujer.
— ¿Tanto confías en mí como para dejarme tu tarjeta de crédito?
—No te aconsejaría que despilfarraras —le dijo con cierto tono de humor.
Bella contemplaba la sensualidad de las líneas de su boca. Las mismas que pronto estarían besando las partes más íntimas de su cuerpo. Al pensar en ello, Bella sintió los primeros síntomas de excitación en su cuerpo.
— ¿Cuántas prendas crees que podré lucir en una semana?
—Ahí está la ironía del asunto —dijo encogiéndose de hombros—. Cuanta menos ropa utilices mejor, agapi mu. De eso se trata.
Al menos la obviedad de las palabras de Edward la hizo volver a la realidad. Su corazón empezaba a asimilar que aquel acuerdo sólo era algo temporal, ¿Por qué entonces parecía estar contando las horas como si fuese una mujer encarcelada? ¿Era una amarga verdad que fuera tan fácil acostumbrarse a la cara del hombre al que una vez habías amado?
«¿Y al que aún amas?», le dijo la voz de su conciencia.
No. El deseo no tenía nada que ver con el amor. Dejó a un lado aquellos pensamientos y le lanzó una sonrisa evasiva.
— ¿Entonces por qué perder el tiempo comprando ropa?
—Para que yo pueda quitártela —murmuró consciente de que sus palabras la habían herido.
Deseó entonces haber podido evitarlo. Y deseó mucho más. Por un momento quiso soltar las horquillas que sujetaban su castaña cabellera para hundir su cara en la espesura de su pelo y poder borrar así el pasado como si nada hubiera pasado.
Pero entonces se obligó a recordar la razón por la que ambos se encontraban a solas en la habitación de un hotel de París. Ella quería dinero y él quería sexo. Oferta y demanda, simplemente.
Dejó que su mirada deambulara lentamente sobre su cuerpo como si se hubiera tratado de cualquier otra mujer. Lo estaba haciendo de una forma totalmente provocativa y sensual. Y él lo sabía. Pero cuando una mujer vendía su sexualidad perdía todo el respeto que pudiera merecer ya fuera su esposa o no.
— ¿Por qué no vas a despedirte de la estilista y vuelves luego para que podamos terminar con esto?
Edward deslizó suavemente un dedo sobre uno de los pezones atrapados bajo el sostén de encaje y pudo sentir cómo se excitaba. Como respuesta, los labios de Bella se separaron instintivamente incitando ser besados. Cualquier hombre podría haberse perdido en una mirada como aquélla, pero, haciendo un esfuerzo sobrehumano, Edward se giró mientras sentía que el poder de haberse resistido a aquel beso era un acto casi sexual en sí mismo.
—De hecho —volvió a girarse para mirar el vestido rojo—, como parece ser que no vas a tener nada que ponerte esta noche, sugiero que llamemos al servicio de habitaciones y pasemos aquí la velada —añadió acariciándole el trasero.
Bella sentía ganas de decirle que no jugara con ella como si se tratara de una marioneta, pero la vulnerabilidad que albergaba en su interior la asustaba más que el poder sexual que él ejercía sobre ella. Se sentía atraída hacia él física y emocionalmente, pero lo cierto era que se sentía más viva de lo que lo había estado en años.
¿Qué diría Edward si le dijera que deseaba poner fin a su acuerdo y marcharse de allí en ese mismo instante?
Diría que estaba mintiendo. Y, por supuesto, tendría razón.

domingo, 19 de septiembre de 2010

CAPITULO 7


Despertar en los brazos de Edward le dio una idea de lo que podía ser hacerlo después de haber hecho alguna locura. Y aunque tratara de negárselo así misma, lo deseaba.
—¿Qué hora es? —gruñó él.
—¿Seguimos comprometidos? —trató de encajar las piezas del rompecabezas sin la ayuda de una foto que le indicara dónde iba cada una.
—Sí —sonrió sobre la nuca de ella—. Y, sí, me debes una cantidad obscena de dinero.
Giró para mirarlo y vio que estaba tan maravilloso como el día anterior, con la sombra de barba de la noche. El otro cambio era que por una vez sonreía... era un Edward mucho más relajado del que estaba acostumbrada a ver.
Y aunque sabía que lo más sensato sería apartarse, Isabella se sentía muy relajada entre sus brazos, y le gustaba sentirse de esa manera.
—Buenos días —dijo él con ojos risueños.
—Buenos días.
—Hablas dormida —indicó Edward, ya que la había escuchado pronunciar su nombre varias veces en la noche.
—¡Tú roncas! —replicó Isabella.
—No es cierto, no lo hago.
Y era verdad, no lo hacía.
Los cubrió a ambos con el edredón y luego cerró los ojos. Pudo sentir el calor y la seguridad que emanaban de él. Sería tan fácil aceptar el beso lento que sabía que llegaría, no negar la intensa atracción que había entre los dos... pero, ¿a qué precio?
El dolor de perderlo porque se fuera con Tanya hizo que se pusiera bocarriba. Contempló el techo y lo oyó farfullar su protesta somnolienta. Cuánto más fácil y cómodo sería para él tenerla a su disposición durante esas dos semanas. Y lo horrible que sería para ella tener que reiniciar el proceso doloroso de intentar olvidarlo cuando ese tiempo terminara. Con eso en mente, se levantó y fue a la ducha.

—¿Cómo has dormido? —preguntó Carlisle mientras La señora Cope servía el café.
—Muy bien —respondió Isabella con cortesía, sonriendo al ver la expresión hosca de Edward. Era evidente que estaba sorprendido al comprobar que por una vez, su impresionante encanto no había funcionado.
—¿Qué planes tenéis para hoy? ¿Vais a ir a comprar un anillo? ¿Y luego, Isabella? ¿Vas a trabajar o...?
—Isabella se tomará un breve descanso del trabajo... —respondió Edward por ella—. Desde la muerte de sus padres, no ha logrado pintar bien. Necesita un descanso.
—¡Perfecto! —Carlisle asintió—. ¿Y tú, Edward? Esta semana estás en Melbourne, la próxima en Singapur... Podrías hacer algunas compras... —le sonrió con cariño a Isabella.
Pero Edward lo tenía todo organizado. —Está el baile en Sídney, Isabella se preparará para asistir.
—Y luego viene la reunión del consejo... —Carlisle entrecerró los ojos al observar a su hijo—. Anoche hablé con tu madre, Edward.
—¿La llamaste? —espetó, y de pronto el ambiente en torno a la mesa cambió—. ¿Por qué?
—Nuestro hijo se compromete... es justo que se le informe.
—Perdió ese derecho hace treinta años —se puso de pie—. ¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué se te ha pasado por la cabeza llamarla?
—De hecho, yo no la llamé —respondió Carlisle con calma—. Fue tu madre quien me llamó. Sabes que ha estado haciéndolo durante los últimos meses...
—¡Desde que se enteró que estabas enfermo! —bufó Edward—. ¿Es que no ves lo que pretende?
—¿Te resulta imposible creer que pueda lamentar lo que sucedió?
—Sí —repuso su hijo con sequedad.
—Quiere llamarte esta noche... para felicitarte en persona.
—Dile que no se moleste.
—Necesitas perdonar a tu madre, Edward.
—Es más bien difícil cuando ni siquiera se ha disculpado —se puso de pie—. Vamos —llamó a Isabella mientras salía de la habitación—, debemos marcharnos...
—¿No os ibais a quedar el fin de semana? —inquirió Carlisle.
—No pienso quedarme para ver cómo te toman el pelo... ¡y no tengo nada que decirle a tu ex mujer!
Carlisle le dedicó una sonrisa tensa a Isabella al oír las pisadas de su hijo subiendo las escaleras.
—Debe de ser duro para él.
—Ella no tuvo más hijos y jamás se estableció en un lugar. Se odia por lo que hizo, pero estaba enferma... ¿Soy un tonto, Isabella? —la miró con ojos cansados—. ¿Soy un tonto por creer que me llama porque realmente le importa?
—No la conozco... —susurró Isabella impotente, sin poder darle la respuesta que buscaba—. Sólo tú puedes contestar eso, Carlisle.
—Será mejor que vayas —le dio un beso en la mejilla, como hacía siempre, luego la abrazó unos momentos—. Necesita perdonarla, Isabella. Y no sólo por mí... no es bueno que lleve tanto odio en el corazón. Habla con él...
Fue una tarea imposible.
Cualquier intimidad que hubiera podido cimentarse durante la noche se desvaneció. Edward regresaba a la ciudad conduciendo como si los persiguiera el diablo. Aunque Isabella lo intentó.
—Hizo bien en decírselo. Si tu padre cree que estamos comprometidos, ¡tiene todo el derecho del mundo a contárselo!
—Me importa un bledo lo que le dijo —juró en voz alta—. Lo que me irrita es que aún hable con la pintaría... —observó la expresión consternada de ella—. ¿Piensas que no debería hablar de ese modo de mi madre?
—¡Sí! Y también pienso que estás siendo duro con tu padre.
—¿Así que eso piensas? Mi padre hizo lo que tenía que hacer. No había trabajo en su pueblo y no tenía familia en Australia que lo ayudara a criarme. Acepto que se viera obligado a dejarme en Italia. Pero esa mujer a la que llama mi madre... —movió la cabeza—. Jamás ha sido una madre y ahora es demasiado tarde para empezar a jugar a las familias felices sólo porque mi padre esté enfermo. Si no ve que lo está utilizando, ¡entonces me encantará mostrárselo!
—Merece ser feliz...
—¡Isabella! —espetó Edward—. Si fueras mi prometida de verdad, quizá tu opinión contara. No sería bienvenida —añadió—, pero podría contar. Pero, dado que no eres...
Se detuvieron en el exterior de The Casino y un aparcacoches fue hacia ellos. Isabella se encogió en el asiento.
—¿Qué hacemos aquí?
—Hemos venido a comprar un anillo —repuso, observándola con atención—. A elegir tu ropa y a que te peinen... y podemos hacer todo eso aquí. ¿Algún problema?
The Casino era uno de los lugares más elitistas de Melbourne. Situado junto al río Yarra y lleno de restaurantes lujosos, boutiques de marca y joyerías exclusivas, era el último sitio en el que querría encontrarse Isabella. En muchas ocasiones, había pasado horas allí buscando a Mike en las salas de juego. A pesar del supuesto cambio en la vida de su hermano, en el fondo era incapaz de relajarse... y no podía evitar preguntarse si estaría allí, generando más deudas.
—¿Te causa algún problema venir aquí, Isabella? —La voz de Edward reflejaba una crispación que no entendió.
—Claro que no... —intentó responder con ligereza mientras le abrían la puerta del coche, pero supo que no lo logró.
La acompañó hasta un salón de belleza muy exclusivo y tuvo la desfachatez de decirle a la esteticista lo que esperaba que consiguiera.
—¿Puedo dejarte aquí, entonces?
Isabella le dedicó una mirada asesina.
—Dime a qué hora quieres que nos reunamos y allí estaré.
—Nos reuniremos aquí. Y si terminas temprano, por favor, intenta contenerte.
No sabía de qué hablaba. Se sentó mientras le cortaban el cabello lacio y castaño en capas y le añadían mechas de color caramelo. Luego, se concentraron en la ciclópea tarea de tratarle la piel devastada por noches de insomnio y de eliminarle las ojeras.
Cuando se miró en el espejo, se quedó maravillada. Habían eliminado semanas de dolor. Tenía el pelo sedoso y brillante, y las capas le daban un aire moderno. El cabello perfecto y el nuevo maquillaje le proporcionaban un aire sofisticado que ocultaban a la niña aterrada y dolida que anidaba en su interior.
Edward no hizo comentario alguno cuando regresó. Era evidente que no había mejorado el estado de ánimo de ninguno de los dos. Isabella se sentía como una perrita a la que iban a recoger al veterinario. Pagó la factura y la llevó una planta más abajo a una joyería exclusiva que a Isabella le pareció cerrada. Edward apretó la tecla de un interfono y gruñó su nombre. Fue como un abracadabra, porque las gruesas puertas negras de cristal se abrieron.
—Señor Cullen... —un caballero con traje oscuro los saludó cortésmente y los condujo a unos sillones.
Un asistente entró con dos copas de champán y un surtido de chocolates antes de que comenzara el asunto serio de elegir un anillo. Titubeante, Isabella se probó un par con el beneplácito del joyero mientras Edward movía los dedos sobre su muslo, como siempre que estaba aburrido.
—Son preciosos... —musitó ella—. ¿Qué te parecen? —lo miró en busca de su ayuda, pero su falta de interés era tan obvia como bochornosa, lo que hizo que ella se ruborizara.
—¿Ése te queda bien en el dedo? —señaló el que lucía.
—No se preocupe por el tamaño... —comenzó el joyero.
—Creo que mi prometida ya ha elegido —cortó Edward con la mente en otra parte.
Ni siquiera tuvo que entregar la tarjeta de crédito. Isabella empezaba a comprender que Edward vivía en el mundo de los muy ricos, donde no se intercambiaba dinero ni se requería una firma. Sin duda se enviaría una factura a alguna parte y alguien se ocuparía de ella. Ese era un mundo en el que ella ni siquiera se imaginaria vivir.
Al salir, ella soltó un gemido; se dijo que era preferible que ceder al deseo de llorar que la embargaba.
—¿Qué sucede? —preguntó él irritado.
—¿No podías haber hecho que fuera más evidente? —gimió otra vez, pero de inmediato se contuvo.
—¿Hacer evidente qué?
—Que no somos una pareja... que no... No importa.
—Está claro que sí importa —observó Edward, luego dejó de caminar y giró para mirarla—. ¿Cómo quieres que sea?
—Sólo digo que en público...
—¿No soy lo bastante afectuoso para ti? —Sus ojos reflejaron un destello peligroso.
—No es eso —lo tenía tan cerca, que apenas podía respirar y su proximidad la mareaba
—¿Preferirías que fuera más afectuoso?
—¡No! —espetó—. Pero si vamos a fingir, al menos podrías aparentar que te importa...
—Me confundes, Isabella.
Se acercó más y ella no tuvo otra alternativa que apoyar la cabeza contra un escaparate.
—Me dices que te deje en paz, te vistes como una gitana para acostarte... por no mencionar que esta mañana no te interesaban mis atenciones; pero ahora, de repente, cuando cumplo tus deseos, me acusas de no ser bastante afectuoso.
—Se supone que estamos comprometidos... —tragó saliva—. Se supone que debemos parecer enamorados. Sin embargo, en el salón de belleza, sólo te faltó llamarme con un chasquido de los dedos; no podías parecer menos interesado en la elección del anillo, ¡y ni siquiera me tomaste la mano! —movió la cabeza y quiso alejarse, pero en ese instante él la tomó de la mano.
—¿Así está mejor?
—¡No! —bajó la vista a los dedos entrelazados, al anillo enorme que le habían colocado ahí sólo por una transacción y no pudo contener las lágrimas—. Ya me avergüenza bastante lo que hacemos, a pesar de que tenga mis motivos para llevarlo a cabo. Pero no soy tan buena actriz, Edward. ¡Si mi verdadero prometido alguna vez me tratara o me hablara de esa manera, lo dejaría!
—¡Es justo! —coincidió con sinceridad—. Tienes razón... no parece verdadero... y por si te interesa, si tú fueras mi prometida, esperaría... eh... — añadió al ver que las lágrimas resbalaban por sus mejillas—. Que mi prometida llore en la calle tampoco está bien —pero lo dijo casi con amabilidad detrás del tono pomposo que solía emplear. Aunque no lo admitiera no le gustaba verla en ese estado.
—¡Son lágrimas de júbilo! —ironizó y vio que él sonreía—. No me trates como a un perrito faldero... no me avergüences más de lo que ya estoy avergonzada.
Le soltó la mano y con la yema de los dedos le secó las lágrimas con una ternura que Isabella casi creyó cierta.
—¿Así está mejor?
—Sí.
—¿Estás segura?
—Del todo.
—Y si te avergoncé ahí dentro... —bajó la cabeza y le dio un beso en los labios— entonces obré mal —apartó levemente la cara—. La próxima vez recordaré comportarme mejor en público.
—Gracias.
Pero siguió siendo horrible en privado. Hizo caso omiso de su petición de que pasaran por su apartamento para recoger algunas cosas.
—Edward, me gustaría que me llevaras a mi apartamento, tengo que recoger ropa, zapatos, y otras cosas que necesito.
—No, ya no las necesitas... ¡ahora tienes cosas bonitas! —dijo, abriendo el maletero del coche en cuanto entraron en el patio de un lujoso hotel de cinco estrellas.
—¿Dónde estamos?
—En casa.
Unos botones se llevaron todas las bolsas y Edward la condujo a paso vivo por el vestíbulo hacia la suite presidencial.
—¿Vives aquí?
—A veces —se quitó la chaqueta y los zapatos al responder. Se estiró en el sofá y apretó la tecla de un mando a distancia. Las cortinas se corrieron y revelaron una vista asombrosa de la ciudad y de la bahía—. Divido mi tiempo entre muchas ciudades. Tiene sentido hospedarte en hoteles en vez de mantener varias casas.
Port Phillip Bay se extendía más allá del ventanal como una herradura, con todos los hitos ya familiares: Brighton Pier, luego Mentone y así hasta llegar a la maravillosa punta en el extremo que parecía abrirse para abrazar Queenscliff, en donde se hallaba el hogar de sus padres. Ése no era el hogar de Edward.
A pesar de todo el lujo y de los impresionantes cuadros que decoraban las paredes, era sólo una habitación de hotel. Una habitación que, al marcharse Edward, se prepararía con minuciosidad para el siguiente huésped millonario.
Tenía los ojos tan anegados por las lágrimas, que ya apenas podía discernir su hogar... pero aunque lo fueran a vender en dos semanas, aunque sus padres hubieran fallecido demasiado pronto y aunque tuviera una deuda con Edward, seguía siendo más rica que lo que él nunca había sido. Al menos ella había tenido una familia y un hogar. Dos lujos que a Edward jamás le habían proporcionado, y que ella estaría encantada de acerlo, si al menos el la quisiera un poquito, pero eso no era el cuento de hadas que quería imaginarse, todo era un negocio, un acuerdo que los beneficiaría a ambos, aunque después ella sufriera un tiempo, ese tiempo que tardaría en olvidarlo.