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lunes, 1 de noviembre de 2010

Aplastar el colchón: Dormir


Capítulo Nueve
Aplastar el colchón: Dormir
Edward la llevó a su casa. Bella no dijo uní palabra en todo el camino, pero prácticamente podía leer sus pensamientos.
El seguía más excitado que nunca y, respirando profundamente, intentó calmarse o, al menos, controlarse un poco.
Bella había perdido el valor. Y quizá era lo mejor.
—Oye, puedo llevarte a casa. No pasa nada.
— ¿Por qué?
Edward la miró, confuso.
—No has dicho nada en todo el camino. Está claro que has cambiado de opinión y lo comprendo.
—No he cambiado de opinión.
—Bella...
—Estoy un poco nerviosa, es verdad. Todo esto es nuevo para mí. Y tú eres... bueno, diferente. ¿Y si no te gusto en la cama?
Él soltó una carcajada.
—Y ahora te ríes de mí. Mira, a lo mejor me lo pienso —dijo ella entonces, cruzándose de brazos.
Sin dejar de reír, Edward la abrazó.
—No te preocupes.
—Eso es fácil de decir para ti, Romeo.
—Ya te he dicho que no soy ningún Romeo. Yo lo tengo más fácil que él.
—Sí, claro, las mujeres caen rendidas en tus brazos. Y yo soy como las demás.
—No, eso no es verdad.
—Soy igual que las demás. Quiero ser igual que la demás.
No lo era, pero Edward no estaba dispuesto a discutir en ese momento. Aquella situación era rarísima, pero tenía la impresión de que Bella necesitaba explorar, entender qué clase de mujer era.
La besó y su respuesta fue cálida e impaciente.
—Vamos a casa —dijo con voz ronca.
Una vez dentro, le ofreció una copa para relajarse.
—No estaría mal.
Edward sacó una botella de vino blanco de la nevera. Aunque el vino no iba a enfriar su libido. Tendría que atropellarle un camión para eso. Quizá ni siquiera así.
La encontró en el balcón, disfrutando de la brisa del mar.
—Tienes una vista preciosa.
—Sí, es verdad —sonrió Edward, mirándola a los ojos.
—Me refería al mar.
—Me gusta más lo que estoy viendo.
—Eres un halagador —dijo Bella.
—No, sólo estoy diciendo la verdad —musitó él, tomándola por la cintura.
—Estás muy calentito.
—¿Tienes frío?
—No, pero me gusta tu calor.
Edward pensaba hacerle sentir mucho más que calor.
—¿Has hecho el amor en un balcón? —preguntó ella entonces.
—No. ¿Por qué?
—Por curiosidad. Supongo que habrás hecho el amor en sitios más interesantes que yo.
Él dejó su copa de vino sobre la mesa.
—¿Quieres hacer el amor aquí?
—Es posible —contestó Bella, a la defensiva—. ¿Y si quisiera?
—Entonces, haríamos el amor aquí.
Ella se mordió los labios.
—Bueno, a lo mejor en otro momento.
Dispuesta y tímida un segundo después. Eso iba a matarlo. «Ah, pero qué forma de morir», pensó.
Edward le quitó la copa de la mano y buscó sus labios mientras deslizaba la mano por su espalda.
—Me gustas tanto...
—Tú a mí también.
Con cada beso la sentía más excitada, más inquieta. Bella apretaba sus bíceps, sus hombros. Se frotaba contra él, haciéndole sentir sus pezones bajo la tela del vestido. Quería quitárselo, quería verla desnuda...
«Despacio», se dijo a sí mismo. «Es mejor ir despacio».
Pero ella pensaba de otra forma. Dejando escapar un suspiro de frustración, Bella empezó a desabrochar los botones de su camisa. Edward oyó que uno caía al suelo...
—Lo siento.
—No pasa nada.
—Me gusta tu torso —dijo ella entonces, pasando la lengua por su garganta—. Me gusta cómo sabes.
Edward se tragó una maldición. Supuestamente, era él quien tenía experiencia. No podía perder el control como un adolescente.
Entonces Bella se bajó las tiras del vestido, lo dejó caer al suelo y se aplastó contra su torso.
—Lo siento. Necesitaba sentirte.
—No te disculpes —murmuró él, con una voz que no parecía la suya. Luego, medio ciego, se sentó en una silla y la colocó sobre sus piernas.
Se inclinó para chupar uno de sus pezones y la oyó gemir de placer, sintió que se apretaba contra él, ofreciéndose a sí misma.
Edward metió una mano entre sus piernas y la encontró húmeda.
—Quiero estar dentro de ti.
Temblando, Bella le dio un beso con la boca abierta que estuvo a punto de hacerlo explotar. No podía aguantar más, así que la tomó en brazos para llevarla a la habitación. La tumbó sobre la cama y se quitó los vaqueros a toda velocidad. Luego sacó del cajón de la mesilla la caja de preservativos que había comprado una semana antes.
Quería penetrarla de inmediato, pero antes debía comprobar si estaba preparada. La encontró hinchada, húmeda y dispuesta, arqueándose hacia él.
—Edward.
Pronunciaba su nombre con la voz ronca de deseo y eso fue como una droga. Quería consumirla, poseerla. Le quitó la tanga de un tirón y enterró la cara entre sus piernas, besándola íntimamente hasta notar que se rendía… Su orgasmo fue lo más excitante que había experimentado nunca. Incorporándose, Edward se puso el preservativo y separó sus piernas antes de enterrarse en ella.
La oyó suspirar y se detuvo un momento al ver que lo miraba con cara de susto, como si fuera más grande de lo que había esperado.
Empujó despacio, esperando que ella le hiciera una señal. Con el pelo extendido sobre la almohada, los labios hinchados, los ojos oscurecidos y los pezones húmedos de sus besos, aquella mujer era la fantasía más erótica que podría haber conjurado jamás.
Bella volvió a moverse, invitándolo.
—Tómame, Edward.
Y él obedeció, embistiendo con un ritmo feroz y tierno a la vez. Cuando ella enredo las piernas en su cintura, sintió que algo se rompía en su interior... el orgasmo lo golpeó como un huracán.
Transcurrieron unos segundos antes de que pudiera volver a respirar con normalidad. Con el corazón latiendo a toda velocidad, se tumbó a su lado y soltó una maldición.
—¿Eso es malo o bueno? —preguntó Bella.
—Genial. Asombroso —contestó Edward, apretando su mano.
—¿Crees que ha sido tan intenso porque llevábamos mucho tiempo sin hacerlo?
—En parte, supongo.
Pero sabía que no era sólo eso. El deseo que sentía por Isabella Black no era provocado sólo por meses de abstinencia.
—Sólo hay una forma de averiguarlo.
—¿De verdad? ¿Puedes hacerlo otra vez?
Eso hizo que se preguntara qué tipo de relación sexual habría tenido con Jake, pero no quería tocar el tema.
—Sí, puedo hacerlo otra vez. Si tú quieres...
Bella tocó su cara y la combinación de la caricia y el brillo lascivo de sus ojos consiguió deshacerlo.
—Creo que sí quiero —murmuró, buscando su boca.
Horas más tarde, después de haber hecho el amor más veces de lo que parecía posible la encontró sentada en la cama, abrazándose las rodillas.
Edward sintió que había puesto distancia entre ellos y se le hizo un nudo en la garganta. Lamentaba haberse acostado con él, estaba seguro.
—Creo que debería irme a casa.
Le habría gustado preguntar por qué, pero no quería saber la respuesta.              
—Muy bien. Espera, voy a vestirme.
Se vistieron sin mirarse, pero por el rabillo del ojo vio que Bella se pasaba una mano por el pelo, temblando.
—¿Quieres un cepillo?
—No, me peinaré en casa.
Habían estado tan cerca como podían estarlo un hombre y una mujer, pero no podía mirarlo a los ojos. Y eso lo irritó.
Fueron al coche en silencio y se percató de que no quería rozarlo siquiera. Eso lo irritó más. Cuando llegaron a la puerta de su casa, apagó el motor y se quedó esperando.
—Gracias por traerme.
Edward apretó los dientes. Una hora antes había estado gritando su nombre, suplicándole que la poseyera una y otra vez...
—De nada. A mandar.
Bella lo miró entonces.
—Nunca he tenido una aventura. No sé cómo hacer esto... ¿qué debo hacer ahora, Edward?
—¿Qué quieres hacer?
—No lo sé. Me siento rara.
Él asintió, pensando que nunca una velada con una mujer había terminado así. Pero, claro, nunca antes había estado con Isabella Black.
—No intentes averiguarlo todo esta noche.
—Se supone que debo decirte lo maravilloso que eres en la cama, ¿no?
—No es necesario.
—Pero es verdad. Demasiado maravilloso —suspiró Bella—. Buenas noches —dijo entonces, abriendo la puerta del coche.
Mientras la veía entrar en casa, Edward se preguntó qué habría querido decir con eso. Cuando llegó a la suya, no dejaba de darle vueltas a la cabeza: «Demasiado maravilloso». Como si ella fuera un desastre.
Inquieto, se sirvió una copa de vino. Después de lo de esa noche, debería estar muerto de cansancio, prácticamente en coma. Pero no podía dejar de darle vueltas... sabía que Bella lo deseaba tanto como la deseaba él. No podía haberse equivocado.
Nervioso, recogió las copas del balcón, intentando no pensar en ella. Luego puso la televisión, pero no podía concentrarse.
Cuando entró en el dormitorio, la cama parecía reírse de él. Olía a ella y casi podía verla, desnuda, con el pelo extendido sobre la almohada, sus piernas enredadas, pidiéndole que la hiciera suya...
Edward quitó las sábanas, pero antes de guardarlas en la lavadora no pudo evitar la tentación de olerlas. Le había dicho que quería ser como las otras mujeres... Él nunca había tenido problemas para olvidar a una mujer.
Y sería mejor no empezar con Bella.
A la mañana siguiente, sin haber pegado un ojo en toda la noche, Edward se recordó a sí mismo que estaba intentando ayudar a Bella a recuperarse de su pérdida. Era lógico que actuase de forma extraña. Pero debía hablar con ella... Lo de la noche anterior sólo había sido... ¿qué había sido?
Desde luego, no se acostó con ella por pena. Había disfrutado cada segundo y, si fuera por él, iría a su casa y...
Edward soltó una maldición. Tenía que dejar de pensar en Bella de una maldita vez.
Después de correr un rato por la playa, decidió ir a buscarla. Pero cuando llamó a la puerta, ella le abrió en albornoz y con los ojos medio cerrados.
—¿Qué haces aquí?
—Vamos a hacer ejercicio. Venga, te he dejado dormir una hora más.
Bella se cubrió la cara con las manos.
—No me apetece correr.
—Te sentirás mejor.
—No puedo. Anoche me bebí el tequila que había quedado del otro día...
—¿Por qué? —preguntó Edward, sorprendido.
—Para no pensar. Tengo la cabeza como si me hubieran dado un martillazo.
—¿Cuánto bebiste?
—Sólo dos chupitos, pero combinado con el vino, las cervezas y... —Bella bajó la mirada—con las actividades nocturnas, creo que ha sido demasiado.
—Voy a buscar una aspirina —dijo él entonces, entrando en la cocina. Absurdamente, le consolaba que tampoco ella hubiera podido dormir—. Pero antes, come unas galletitas.
—¿Tienes que ser tan amable cuando yo me encuentro fatal?
Edward sonrió. Parecía una niña rabiosa porque no se había echado la siesta.
—Después de tomar la aspirina, podrás caminar un rato.
—No, no puedo.
—¿Por qué?
—Porque no me duele sólo la cabeza —contestó Bella, sin mirarlo.
Edward tardó un segundo en entender.
—Ah, ya.
—Hacía tiempo que no practicaba... o, más bien, hay músculos que nunca había ejercitado —suspiró ella—. Espero que la próxima vez me resulte más fácil.
Él tragó saliva.
—Por tu forma de actuar anoche, pensé que no querrías que hubiera una próxima vez.
Bella levantó la cabeza y Edward vio las emociones reflejadas en sus ojos.
Culpable. Se sentía culpable.
—No debes...
—Aún no lo tengo claro del todo, pero lo que más me sorprende es que me gustó más hacerlo contigo que... con Jake.

lunes, 25 de octubre de 2010

¿Eres un policía o un criminal?


Capítulo 3 ¿Eres un policía o un criminal?

Bella se detuvo, envuelta por la oscuridad. El océano bramaba a su izquierda. Se giró hacia la dirección contraria y echó a correr ciegamente por el bosque, agitando los brazos para apartar las ramas y hojas húmedas. Al poco rato, sin aire en los pulmones y sintiendo una dolorosa punzada en el costado, tuvo que aminorar la velocidad y seguir andando.
La noche la acechaba como un depredador a su presa. Un espeluznante chillido resonó en la niebla. A Bella se le pusieron los pelos de punta. A su lado se removieron unos arbustos. Se esforzó por no gritar y recordó el consejo de Edward: concentrarse en otra cosa para no tener miedo.
Empezó a tararear Are You Lonesome Tonight. Edward era desconcertante. No había perdido el buen humor ni siquiera cuando ella lo golpeó con la puerta del coche al intentar escapar, ni cuando vomitó en el Jaguar. Y en la lancha la había tranquilizado con una historia sobre su madre adoptiva y un beso tierno y reconfortante.
Recordó el atisbo de tristeza en sus ojos y su desesperada súplica en sueños y se le atenazó el corazón. ¿Cuál sería la razón de aquella angustia?
La ironía de la situación la hizo sonreír. No sólo había seguido el consejo de un hombre de quien estaba huyendo, sino que eran los pensamientos sobre él los que mantenían a raya sus temores.
De pronto, sintió una explosión de dolor en la frente y cayó hacia atrás, sobre la hierba mojada. Vio las estrellas danzando ante sus ojos y parpadeó para escudriñar en la oscuridad. Distinguió la silueta torcida de la rama inferior de un árbol.
A tientas se examinó la frente. No sangraba, pero el escozor la hizo llorar. Apretó los dientes para reprimir los sollozos. Lamentándose no conseguiría nada. Tenía que seguir adelante. Se puso en pie, ignorando los escalofríos que le recorrían la columna, y se abrazó por la cintura. Buscando, en la oscuridad cualquier otra emboscada que pudiera tenderle la Naturaleza, echó a andar de nuevo.
Horas más tarde, salió del bosque y se encontró en una carretera, desierta. Siguió la dirección del asfalto hacia la derecha, rezando porque la condujera a un pueblo. Las sienes le latían dolorosamente y a cada paso le costaba más caminar. Hacía mucho rato que había dejado de cantar, y en el silencio de la noche oía los rugidos de su estómago vacío. Las luces del alba empezaban a colorear el horizonte de tonos rosas y dorados, pero Bella estaba demasiada desesperada y dolorida como para apreciar la belleza.
Entonces oyó el ruido de un motor tras ella y sus esperanzas se avivaron. Se giró y agitó los brazos, pero el coche pasó de largo. Una profunda decepción la invadió, sobre todo cuando vio que era un sedán verde. ¿Por qué había esperado un Jaguar gris?
Recorrió unos kilómetros más, muerta de frío y de cansancio, hasta que finalmente llegó a una gasolinera en la que vio aparcado un coche patrulla. Aliviada, fue hasta el vehículo. Un agente alto y fornido salió del mismo y corrió hacia ella.
—Siéntese, señorita —le abrió la puerta trasera. Bella se sentó, temblando—. ¿Qué le ha ocurrido? —le preguntó, agachándose junto a ella.
—Me llamo Isabella Swan. Ayer… fui secuestrada durante el atraco a un banco en Riverside.
El agente le miró la frente.
—¿El secuestrador la agredió?
—No. Por favor, lléveme a casa.
—¿Ha pasado la noche en el bosque?
Ella asintió y él se levantó y fue hasta el maletero. Volvió con una manta.
—Hay un hospital en Forreston, a diez minutos en coche.
—No quiero ir a un hospital. Si no puede llevarme a casa, por favor, llame a un taxi.
El policía le dio una palmadita en la mano.
—En cuanto un médico la haya examinado —se sentó al volante y arrancó el motor. Unos destellos azules se reflejaron en el capó. Sin más opción que esperar, Bella se arrebujó en la manta. Los dientes aún le castañeteaban.
Al llegar al hospital, y a pesar de sus protestas, una enfermera robusta le quitó el traje mojado y la ropa interior y le puso un camisón. Acto seguido, la hizo tumbarse en una camilla y la cubrió con una manta. Al poco rato llegó un médico y se sentó en un taburete con ruedas junto a la camilla.
—Soy el doctor Eleazar —se presentó, estudiándola con sus ojos color avellana—. Me han dicho que ha pasado por una experiencia terrible. ¿Quiere hablarme de ello?
—Tengo frío, eso es todo. Me voy a casa —intentó levantarse, pero sus doloridos miembros se negaron a obedecer.
—No creo que sea lo mejor, señorita Swan. Está usted herida —le tocó la frente, le iluminó los ojos con una linterna y le preguntó si veía doble y si sentía náuseas—. La herida de la frente no es grave, pero ha sufrido una contusión. Le haremos un TAC y la mantendremos esta noche en observación —miró su portafolios—. La enfermera dice que su ropa estaba mojada y desgarrada. ¿Su secuestrador abusó sexualmente de usted?
—¡No! —exclamó ella, dando un brinco.
El doctor Eleazar la miró con el ceño fruncido.
—No tema decirme la verdad, señorita Swan. No hay nada de lo que avergonzarse, pero su vida puede estar en juego. Hay enfermedades que…
Bella sintió que se mareaba y que la sala empezaba a dar vueltas.
—¡Él no me hizo nada! El traje se me rasgó cuando huía por el bosque.
—Está usted en estado de shock, lo cual es perfectamente comprensible dadas las circunstancias. ¿Aceptaría someterse a unas pruebas?
—No me está oyendo. Nada de esto es necesario —intentó bajar de la camilla, pero no tenía fuerzas—. Hasta él me prestaba más atención.
—Ha sufrido un golpe en la cabeza, aparte de pasar por una experiencia traumática. Pero no se preocupe por nada; nosotros la cuidaremos. Mandaré a la enfermera con una inyección —volvió a tocarle la cabeza y le dio unas palmaditas en la mano—. Después del examen la acomodaremos en una habitación. Se sentirá mucho mejor cuando haya descansado. ¿Quiere que avise a su familia?
Bella le dio el número de Alice. La enfermera volvió con una jeringa enorme y la sometieron a la interminable y claustrofóbica prueba del TAC. Durante todo el proceso, se concentró en la única imagen que podía ayudarla, la última que vio antes de quedarse dormida.
Los ojos verdes de Edward.

Bella se despertó al oír el furioso murmullo de Alice.
—¿Qué quiere decir con que no encuentra su ropa? ¿Se supone que tiene que volver a casa con este ridículo camisón? ¡La detendrán por exhibicionismo!
— ¿Allie?
La mirada preocupada de su amiga se posó en ella.
—¿Estás bien?
Aturdida, Bella intentó sentarse, parpadeando al recibir la luz del sol.
—Nada que no pueda curarse con ocho o nueve aspirinas —se llevó la mano a la frente. La cabeza todavía le retumbaba—. ¿Qué hora es?
—Muy temprano. Llevas durmiendo casi veinticuatro horas —le agarró la mano y le apretó los dedos—. Estaba muy preocupada.
—Me siento como si estuviera atrapada en el mundo de Oz. Quiero irme a casa, pero no puedo. ¿Has dicho que no pueden encontrar mi ropa?
—Sí. Estaba discutiendo con la enfermera Mallory. Dice que tu ropa estaba inservible y que alguien la tiró por error.
Bella soltó un suspiro de exasperación.
—Otra violación más.
—¡Oh, Bella! —exclamó Alice, con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Ese tipo no…?
—¡No! La verdad es que fue bastante… encantador.
—¿Un atracador y secuestrador encantador? —preguntó Alice con escepticismo—. Está claro que sigues afectada por el golpe. ¿Te han mirado con rayos X?
—Me han hecho un TAC —dijo ella sin poder evitar una risita—. Y aparte del dolor de cabeza estoy bien. Quiero irme de aquí.
—De acuerdo. Enseguida vuelvo con algo de ropa.
—¿Cómo? Las tiendas aún no han abierto.
—Encontraré algo. Oh, Mike y Lady Dragón están afuera. La enfermera Mallory no les ha permitido entrar. Por lo visto, un novio no se considera un familiar.
—¿Cómo has entrado tú?
—Les dije que era tu hermana —confesó Alice con una sonrisa.
—¡Eres imposible! Pero me alegra haberte visto al despertar. Y ahora, ¿te importa hacer pasar a mi novio y a mi futura suegra, por favor?
Alice salió y a los pocos segundos entró Karen, impecable con su traje beige de Chanel, seguida por Mike. La mujer sacudió la cabeza al verla.
—¡Bella! ¡Estábamos muertos de miedo y la enfermera no nos dejaba pasar!  le miró el cardenal de la frente—. ¡Oh, querida! Espero que esa mancha desaparezca antes de la boda. De lo contrario habrá que retocar las fotos.
Con una sombra de preocupación oscureciéndole los ojos azules, Mike dio un paso adelante. Al lado de su diminuta madre parecía gigantesco.
— ¿Estás bien?
—Sólo ha sido un golpe. Nada serio.
—Mike, querido, espera afuera un momento —aunque se lo dijo como una petición, el severo tono de Karen no toleraba réplica alguna.
— ¿Por qué? Acabo de llegar, y quiero asegurarme de que Bella está bien.
—Me gustaría tener unas palabras con ella. Ya sabes, de mujer a mujer.
—Ah —Mike asintió—. Bella, debes de tener sed. ¿Quieres que te traiga agua o un refresco? ¿O prefieres comer algo?
Bella se pasó la lengua por los dientes. Tenía la boca seca y con un sabor desagradable.
—No tengo hambre, pero me gustaría tomar un refresco, gracias.
—De acuerdo, avísenme cuando hayan acabado de hablar —dijo Mike, y salió.
Aunque Bella apreciaba la atención de su novio, al mismo tiempo la irritaba lo fácilmente que capitulaba ante su madre. Seguro que Edward no hubiera cedido…
Frunció el ceño. ¿Por qué se ponía a pensar en Edward en aquel momento?
— ¿Te atacó ese criminal? —le preguntó Karen en voz baja y con los ojos entornados.
— ¿Por qué todo el mundo me pregunta lo mismo? Se comportó como un perfecto caballero. Y, sinceramente, no me gusta que te entrometas en mi intimidad.
— ¡Bella! Nunca me habías faltado al respeto así —le dio una palmadita en la mano—. Pero seguro que es por el golpe en la cabeza.
Bella retiró la mano. Primero el policía, luego el médico, y ahora Karen. Si alguien volvía a darle palmaditas, se pondría a gritar.
—Me entusiasmaba la idea de tener nietos… —dijo Karen con un suspiro—. Pero supongo que ahora habrá que esperar hasta que nos aseguremos que no has contraído ninguna enfermedad contagiosa.
Bella nunca le había pegado a nadie, pero en aquel momento apenas pudo reprimir el deseo de abofetear el elegante rostro de Karen. Siempre había pensado que casándose con Mike ganaría un marido y una madre. Su propia madre vivía obsesionada con sus amantes, los culebrones de Nueva York y la carrera como tenista de Tyler, su otro hijo. Renée había metido a Bella en un internado, al otro lado del país, y no quería saber nada de ella. Al principio Bella había creído que la intromisión de Karen en la vida de Mike era amor maternal, pero ahora lo veía como un entrometimiento de lo más descarado. Y de ningún modo iba a permitir ella que controlara su matrimonio.
Se obligó a respirar con calma y relajar los puños.
Menudo momento para tener dudas, a menos de dos semanas para la boda.
La puerta se abrió y entró Alice con una bolsa.
—Ya estoy aquí. Hola, Karen, ¿cómo es que estás tú aquí y Mike en el pasillo?
—Hola, señorita Brandon —dijo Karen con voz de hielo—. Eso no es asunto suyo —se inclinó hacia Bella—. Te dejaré para que te vistas.
Alice rió cuando Karen salió de la habitación.
— ¿Qué quería la Dama Carroñera? ¿Controlar la vida de su nuera, tal vez?
Bella tuvo que esforzarse por controlar su ira.
—Vaya, ¿qué ha dicho para dejarte con esa cara? —preguntó Alice, lanzando chispas por los ojos—. ¿Quieres que vaya a romperle esa nariz operada?
—Ya no tenemos seis años, y no tienes que pelearte por mí. Yo la pondré en su sitio. Y si hay que llegar a las manos, yo seré quien me ponga los guantes de boxeo.
—Cielos, nunca te he visto replicarle a Lady Dragón, ni tampoco amenazar con violencia. Ya iba siendo hora. No sé lo que te hizo ese atracador, pero me gusta… —riendo, sacó un vestido naranja de la bolsa—. Cortesía de Al's, un restaurante de carretera, lo único que estaba abierto. Me lo ha vendido una camarera que acababa su turno.
—Ya me imagino por qué —comentó Bella, mirando el vestido manchado con el nombre del restaurante estampado con letras verdes en el bolsillo—. Pero siempre será mejor eso que exponer mi trasero al mundo. Por suerte, la enfermera encontró mis zapatos.
Balanceándose sobre sus temblorosas piernas, se puso el horrible uniforme, arrugando la nariz al recibir el olor a tabaco y patatas fritas. Salieron al pasillo y Karen se lanzó en picado sobre ellas.
—El BMW está aparcado en la puerta. De camino a casa podemos planear el aplazamiento —sus cejas depiladas se arquearon ligeramente—. ¿Qué llevas puesto?
—Tiene buen aspecto —dijo Mike, dedicándole una tierna sonrisa—. Me alegro de verla en pie —miró a su madre y su sonrisa desapareció—. ¿Qué aplazamiento?
—Me voy a casa con Alice —dijo Bella, y besó a Mike en la mejilla—. No te preocupes. La boda se celebrará en la fecha prevista. Nada de retrasos.
—Creo que sería mejor para todos que… —empezó a protestar Karen.
—Les llamaré mañana —la cortó Bella.
—Estupendo —dijo Mike, dándole un fuerte abrazo—. Haremos lo que sea mejor para ti. Llámame si necesitas algo.
Bella y Alice se subieron al viejo Volkswagen rojo de ésta, dejando a Karen en el vestíbulo del hospital. La pequeña mujer parecía una tetera a punto de echar humo.
—Sobre ese atracador tan encantador… —dijo Alice mientras giraba la llave del contacto—. ¿Cómo se llama?
—Ni lo sé ni me importa —mintió.
Después de todo, una pequeña mentira por el bien de todos no era tan terrible, ¿verdad?

A la mañana siguiente, estaba sentada en una oscura habitación de la comisaría de Riverside, examinado fotos de ladrones y sospechosos. Cerró el tercer volumen y lo empujó hacia el oficial pelirrojo sentado al otro lado de la mesa.
—Nada.
—De acuerdo. Le traeré más álbumes y un poco de café.
El agente salió y ella apoyó la cabeza en una mano. Dudaba de que Edward estuviera fichado por la policía. A pesar de robar y secuestrar, su actitud atenta y protectora no era la propia de un criminal. Pero, aun así, iba a pagar por retenerla contra su voluntad.
La puerta se abrió y entró un hombre alto y vestido de negro.
—Félix, del FBI —se presentó, mostrando una placa. Se sentó frente a Bella y asintió brevemente—. Nos ocupamos de este caso.
Le clavó la mirada y Bella sintió un escalofrío.
— ¿Ha prestado declaración? —preguntó él, sacando un bloc y un bolígrafo del bolsillo.
—No, por culpa de la epidemia de gripe están faltos de personal. Me han pedido que le eche un vistazo a las fotos.
Los ojos de Félix se entornaron, como si fuera una serpiente hipnotizando a su presa.
—Entonces ¿puede identificarlo?
El instinto le gritó a Bella que desconfiara de aquel hombre. Se irguió en la silla, espoleada por un intenso y repentino deseo de proteger a Edward.
—No. Llevaba un pasamontañas.
— ¿Y lo llevó puesto durante seis horas? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Sí —mintió ella con la mirada fija en aquellos ojos malvados.
—Entonces ¿por qué está mirando fotos?
—Eso mismo les he dicho a ellos —se encogió de hombros—. Supongo que querrán mantenerme ocupada hasta que puedan atenderme.
— ¿Y su voz? ¿Podría describirla?
Hasta el último matiz de la voz cálida y profunda de Edward resonó en su memoria.
—Sólo una voz masculina, nada especial.
— ¿Sabe dónde la mantuvo encerrada? ¿Podría encontrar el lugar?
—Estaba oscuro. Encontré la carretera por pura suerte.
— ¿Llevaba las bolsas con él? —aunque su tono permanecía constante, Félix se inclinó hacia delante, revelando su interés.
A Bella se le puso la carne de gallina. Aquello era muy sospechoso.
—No tengo ni idea.
—No está siendo de mucha ayuda.
—No puedo decirle lo que no sé —respondió ella, encogiéndose otra vez de hombros.
—Una cajera enfermó ese mismo día, y fue usted quien se hizo cargo de la cámara acorazada —los ojos le brillaban como si fueran de hielo negro—. ¿Abrió el envío de dinero antes de que llegara el atracador?
Seguro que se refería a los cheques de nóminas. Pero ¿cómo sabía él eso? Las bolsas habían estado precintadas hasta que ella las abrió. Y después nadie había visto el contenido, salvo Edward.
—No tuve tiempo.
Los labios de Félix se comprimieron en una línea delgada y cruel.
—Ya basta de juegos. La encargada de la cámara ha confirmado que fue usted quien contó el envío. ¿Qué había en las bolsas?
Bella tragó saliva y consiguió soltar una risa seca.
—Dinero, naturalmente.
Con sorprendente rapidez para un hombre de su tamaño, Félix se puso en pie y se colocó tras ella. Permaneció unos segundos silencioso e inmóvil. Bella sintió su fría mirada recorriéndole la nuca y se agarró al borde de la mesa.
—Es hora de tener una charla privada —la agarró del brazo y la levantó—. Vamos a salir de aquí tranquilamente —le clavó el cañón de una pistola en las costillas—. El arma tiene un silenciador. Puedo matarla y desaparecer antes de que nadie se entere. Un solo grito y disparo, ¿entendido?
Paralizada por el miedo y la incredulidad, Bella consiguió asentir.
El gigantón la llevó hasta la puerta y salieron. Ella se esforzó por controlar la respiración. ¡No podía raptarla en una comisaría! Alguien se daría cuenta. Sobre todo si ponía una cara pidiendo ayuda.
—No intente nada para llamar la atención —le advirtió él, como si le leyera el pensamiento—. Tengo un buen amigo aquí. Él se asegurará de que nadie nos vea.
Fuera, un policía con un vaso de plástico de café se apoyaba en su motocicleta. El casco blanco y las gafas oscuras reflejaban la luz del sol. Félix masculló una palabrota.
—Se suponía que no había moros en la costa —le clavó aún más la pistola en las costillas—. Sonría y camine —le murmuró al oído—. Si avisa al poli, lo mataré.
Con una sonrisa congelada en el rostro, Bella consiguió mantenerse firme y recorrer lo que le pareció una distancia interminable hasta una furgoneta negra. Félix abrió la puerta del copiloto. ¡Tenía que pensar en algo! Y rápido. Tal vez pudiera convencerlo de que la dejara conducir a ella. Una colisión a poca velocidad la ayudaría a escapar.
—Señor —llamó el policía—, su faro trasero está roto.
A Bella le dio un vuelco el corazón. ¡Habría reconocido aquella voz en cualquier parte! Pero enseguida se le hizo un nudo en la garganta. Félix había dicho que lo mataría…
—Ni una palabra —le murmuró él. Se metió la pistola en el bolsillo y ambos se giraron.
Edward avanzaba hacia ellos. Iba vestido con un uniforme azul marino, botas negras, casco y gafas de sol, y sus elegantes movimientos y despreocupada sonrisa apenas ocultaban la amenaza letal que suponían sus poderosos músculos. Bella miró a Félix, quien no parecía advertir el peligro.
—Seguramente habrá sido obra de unos gamberros —dijo Edward—. Echemos un vistazo.
Bella estaba frenética. ¡Tenía que decirle que su captor llevaba un arma!
—Sí —dijo Félix, y avanzó con desgana hacia la parte trasera de la furgoneta.
Bella abrió la boca para gritar, pero Félix se bajó ligeramente las gafas de sol y le lanzó una mirada de advertencia.
Entonces, mientras rodeaba el parachoques trasero, Edward le dio un puñetazo en la nariz. Antes de que Félix pudiera reaccionar, lo agarró por el hombro y le golpeó la cabeza contra la furgoneta. Félix se desplomó en el asfalto como un globo desinflado.
Edward le sonrió irónicamente a Bella antes de agarrarla del brazo y tirar de ella hacia la motocicleta.
—Tenemos que dejar de encontrarnos así, Houdini… —pasó una pierna sobre el asiento—. Súbete la falda para montarte.
Ella se subió la falda blanca hasta los muslos y él se bajó las gafas de sol para mirarla con sus ojos verdes.
—Debería detenerte —dijo sacudiendo la cabeza—. Es un crimen esconder esas piernas bajo una falda tan larga, cariño.
A Bella le dio un vuelco el estómago al ver la expresión de sus ojos. ¿Deseo? No, imposible. Se subió a la moto y se abrazó a su cintura mientras Edward arrancaba.
— ¿Eres un policía o un criminal? —le gritó ella cuando salieron del aparcamiento.
Edward soltó una carcajada.
—Bueno… —la miró por encima del hombro—. Eso depende de a quién se lo preguntes.

sábado, 23 de octubre de 2010

Sándwich de sopa: Una complicación por resolver


Capítulo Siete
Sándwich de sopa: Una complicación por resolver
Necesitaba una cerveza. Necesitaba ver un partido de fútbol en una pantalla gigante. Necesitaba estar con una mujer. Dos de tres no estaba mal, pensó, mientras tomaba una segunda cerveza en el bar de Smiley. Los Braves lo estaban pasando fatal.
Al oír un coro de risas femeninas, volvió la cabeza y vio a una morena mirándolo. Seguramente podría acostarse con ella si le apetecía. Llevaba dos semanas caminando con un problema entre las piernas, así que debería sentirse inclinado, pero, por alguna razón, no tenía estómago para sexo anónimo. Edward se preguntó si ese cambio de actitud sería debido a la explosión. Algo más que su cuerpo había sido afectado por ella.
Suspirando, tomó otro trago de cerveza y se concentró en el partido.
—Los Braves no están muy bien esta noche, ¿verdad? —preguntó una voz femenina tras él.
Era la morena.
—No. Parece que no levantan cabeza. Le pasa a todo el mundo de vez en cuando.
—Soy Ángela Weber —dijo ella entonces, ofreciéndole su mano—. Te he visto muy solo y he decidido venir a saludarte.
—Hola, me llamo Edward.
—¿Eres nuevo aquí?
—Más o menos. Aunque sólo estaré unas semanas. ¿Y tú?
Ella sonrió.
—Debería haberlo imaginado. Todos los buenos se van. Yo vivo aquí y te aseguro que en invierno no hay nada que hacer.
Edward asintió.
—Ya me imagino. Hace frío y los turistas se marchan.
—Sí, desgraciadamente. Además, trabajo en una guardería y la mayoría de mis colegas son chicas. Aquí es difícil conocer a un hombre.
Edward la miró de nuevo, aquella vez con una perspectiva diferente. A lo mejor podría hacerse amiga de Bella, pensó.
—¿Llevas mucho tiempo aquí?
—Este es mi primer trabajo desde que terminé la carrera. Estoy desarrollando un programa de enriquecimiento personal para niños.
—¿Enriquecimiento personal?
—Proyectos artísticos, idiomas, experimentos científicos elementales, ese tipo de cosas.
—Proyectos artísticos —repitió Edward, recordando el viejo proverbio: «Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña»—. Conozco a una chica que hace ilustraciones para libros infantiles.
—¿Ah, sí? A mis niños les gustaría conocerla. ¿Crees que podría estar interesada?
—Le preguntaré. Es un poco tímida, pero seguro que le interesa. Podrías invitarla a comer un día de éstos. Mira, voy a darte su número de teléfono —dijo Edward entonces, tomando una servilleta.
La morena tomó el papel y lo guardó en el bolso.
—Me gustaría más comer contigo, pero tengo la impresión de que estás prometido... o, al menos, distraído —sonrió, levantando una ceja.
Él estuvo a punto de negarlo. No estaba prometido. Aunque no podía decir que no estuviera distraído con Bella.
—Llámala. Seguro que se alegra mucho.
—Muy bien —dijo ella, anotando su número de teléfono en una servilleta—. Pero si cambias de opinión, llámame.
—De acuerdo —sonrió Edward.
Pero sabía que no iba a llamarla.
Edward llegó a la conclusión de que la única forma de no tocar a Bella era ayudándola a seguir adelante con su vida. Y eso significaba ayudarla a encontrar otro hombre. Aunque una parte de él se rebelaba contra la idea, era lo que necesitaba. Claro que nadie podría ocupar el sitio de Jake, pero otro hombre podría abrazarla, besarla y cuidar de ella.
Otro hombre podría hacerle el amor...
Sólo de pensarlo le subía la presión arterial, pero era necesario para que Bella volviera al mundo de los vivos.
Ella era una mujer afectuosa y necesitaba a alguien, además de un gato, a quien darle cariño.
Después de echar un vistazo a su armario, en el que sólo había vaqueros y camisetas, se enfrentó con otra realidad: Bella tenía que ir de compras.
De modo que, con el Atlanta Constitution bajo el brazo, el miércoles por la tarde la llevó a unos grandes almacenes. Le había dicho que iban a dar un paseo, no de compras, y cuando detuvo el coche en el aparcamiento, ella lo miró, confusa.
—¿Por qué paras aquí?
—Vamos de compras.
—¿Qué tienes que comprar?
—Yo no necesito nada. Eres tú quien necesita algo de ropa.
—¿Yo? Pero si...
—Lo necesitas, Bella. Tienes que empezar a practicar otras actividades, además de pasear por la playa, darle de comer al gato y hacer ilustraciones. Necesitas un par de vestidos y una camisa decente.
Bella arrugó el ceño.
—¿Estás criticando mi forma de vestir?
—Sí —contestó Edward, abriendo la puerta del coche.
—Pero si no he traído dinero —protestó ella.
—No pasa nada, usaremos mi tarjeta de crédito. Ya me lo pagarás. Vamos, te espera la aventura.
Bella miró el periódico.
—¿Crees que vas a ponerte a leer el periódico mientras yo tengo que pasar por esto?
—La ropa es para ti, eres tú quien tiene que ir de tienda en tienda.
—Pues tú no vas a librarte, listo —replicó ella—. Sí, vas a hacer esa cosa que los hombres detestan. Tendrás que darme tu opinión, hacer sugerencias... Si yo tengo que sufrir, tú también.
Edward se dio cuenta entonces de que se había metido en un agujero.
Bella lo llevó de tienda en tienda. No contenta con eso, le consultaba sobre colores y tejidos, estilos, pantalones o vestidos...
—Tú eres artista. Sabes mucho más que yo de todo eso.
—Sí, pero quiero que me des tu opinión. ¿No estás convencido de que necesito ropa? Pues eso. Ahora, vamos a buscar lencería.
Edward levantó los ojos al cielo cuando entraron en una tienda llena de diminutas prendas de encaje y seda.                        
—¿Qué te parece? —preguntó Bella, mostrándole un sujetador negro—. Se supone que hace milagros por tus pechos sin necesidad de cirugía. Y yo los tengo más bien pequeños.
—Eso no es malo —dijo él, imaginando que le quitaba el sujetador, que rozaba la punta de sus pezones, que los acariciaba con la lengua...
Su temperatura interna subió varios grados.                                                                
—¿Qué color te gusta más? —preguntó Bella, con un tanga negro en una mano y uno rojo en la otra.
Edward se aclaró la garganta.
—Los dos.
—Muy bien, voy a probármelos. Has tenido suerte.
—¿Por qué?
—Porque mientras me los pruebo puedes leer el periódico. No pienso salir del vestuario en tanga.
Edward salió de la tienda acalorado. Se imaginaba a Bella con un tanga negro, el cabello despeinado y los labios pintados de rojo...
Podía sentir la seda de su piel bajo la yema de los dedos, el sabor de su lengua. Pero quería más. Quería acariciar sus pezones, quería saborearlos hasta que estuviera húmeda e hinchada de deseo. Quería tocarla en sitios secretos y hacer que lo deseara hasta verla temblar.
Entonces se dio cuenta de que quien estaba temblando era él. Estaba sudando. Ni siquiera la había visto en tanga, pero sabía que esa imagen lo atormentaría durante mucho, mucho tiempo.
Dos días después, Edward supo que tenía que ponerse firme con ella.
—Es viernes por la noche, vamos a tomar una copa.
Bella arrugó la nariz.
—No me apetece salir esta noche. Además, ya no me hace falta.
—¿Ah, no?
—No. Me ha llamado una chica, una profesora de primaria, y me ha pedido que la ayude con un programa especial para sus niños. No sé de dónde habrá sacado mi teléfono.
Estupendo, pensó Edward. La morena que conoció en el bar.
—Hemos quedado para comer juntas esta semana, así que ya ves, no tengo que salir esta noche.
—Necesitas práctica —insistió Edward—. Tienes que relacionarte con adultos.
—Yo me relaciono con adultos perfectamente.
—Bella, tú siempre has salido con Jake. Tienes que salir sola, aprender a relacionarte con personas a las que no conoces.
Ella dejó escapar un suspiro.
—Lo sabía, sabía que me harías pagar por haber ido de compras conmigo.
—Lo que es justo, es justo.
—Pero si no conozco ningún bar —protestó Bella—. Además, tengo que trabajar y...
—Excusas. Venga, saca uno de esos vestidos que te has comprado, péinate, ponte las pinturas de guerra y vámonos.
Quince minutos después, Bella salía de la habitación subida a unos tacones de aguja y con un vestido azul que parecía abrazar todas sus curvas. Edward pensó entonces en mil razones para no llevarla de copas. Pero tenía que hacerlo. Estaba intentado ayudarla a encontrar un hombre con el que bailar, besarse, incluso más...
Pero le dolía. No quería que otro hombre la tocase. Apretando los dientes, se recordó a sí mismo que la cuestión no era lo que él quisiera, sino lo que Bella necesitaba.
—Muy guapa —dijo, haciendo un esfuerzo.
—No debería haberme comprado estos zapatos. Me voy a matar.
—No te pasará nada. Y si tropiezas, seguro que habrá al menos media docena de hombres deseando agarrarte para que no te caigas.
—¿Y si no los hay?
—Entonces lo haré yo —suspiró Edward.
Cuando subieron al coche, comprobó que Bella estaba temblando.
—Nadie va a morderte, tonta... a menos que tú quieras, claro.
Ella lo fulminó con la mirada.
—Gracias. Ahora me siento mucho mejor.
Edward puso la radio, riendo.
—Mira esto desde un punto de vista militar. ¿Qué es lo peor que podría pasar?
—¿Lo peor? Podría tropezar y caerme delante de todo el mundo.
—De eso ya hemos hablado, alguien te ayudaría.
—Pero me moriría de vergüenza.
—Bueno, entonces iríamos a otro bar.
—¿Y si alguien intenta ligar conmigo? —preguntó Bella.
—Antes de contestar a esa pegunta, tengo que saber si tú querrías ligar.
—Claro que no —contestó ella, ofendida.
—Pero ahora eres libre.
—No me siento así.
—Porque no sales nunca.
Bella dejó escapar un suspiro.
—No me has contestado.
—Si alguien intenta ligar contigo, puedes decirle que no estás interesada. Y si se pone muy pesado, me llamas a mí.
—Muy bien, ¿y si ocurre todo lo contrario? ¿Y si nadie me habla y me quedo sola como una tonta?
—¿Es mejor quedarse sola en casa como una tonta?
—Sí, es mucho mejor. De esa forma, sólo estoy sola. No sola y humillada.
Edward se pasó una mano por la cara. Aquello iba a ser más difícil de lo que esperaba.
—Yo te invitaré a una copa y... charlaré contigo durante media hora. Luego te dejaré sola.
Bella frunció el ceño.
—Bueno, de acuerdo.                                   
Diez minutos después, Edward detenía el coche en el aparcamiento de un bar, frente a la playa.
—Venga, haz tu entrada triunfal.
—¿Yo sola?
—Claro. Si entras conmigo todo el mundo pensará que estamos juntos y no se acercará nadie.
—A ver si me entero, ¿para qué estoy haciendo esto?
—Para hablar con alguna persona adulta, hombre o mujer. Incluso podrías bailar...
Ella levantó una mano.
—No, no, centrémonos en la conversación. No estoy interesada en bailar con nadie. Y no creo que vaya a estarlo nunca.
Edward no insistió.
—Venga, estás perdiendo el tiempo.
—Pero tienes que entrar justo detrás de mí. Por si acaso...
—Por si acaso todos los hombres del local se lanzan en estampida sobre ti.
Bella soltó una risita.
—Sí, seguro. Como que eso va a pasar.
Edward la observó salir del coche, moviendo las caderas de una forma... a lo mejor no había sido buena idea, pensó. A lo mejor no estaba preparada.
A lo mejor él no estaba preparado.