martes, 19 de abril de 2011

Conjeturas

Capítulo 6 “Conjeturas”
Tanya estaba muerta.
No le habían dejado verla, y lo necesitaba desesperadamente, porque hasta que lo hubiese hecho por él mismo, Edward lo encontraba imposible de creer en realidad. Se sentía desorientado, incapaz de aclarar sus pensamientos o sus sentimientos porque todos ellos eran contradictorios. Cuando Tanya le había gritado que quería el divorcio, no había sentido nada más que alivio ante la perspectiva de librarse de ella, pero… ¿muerta? ¿Tanya? ¿La mimada, vibrante y apasionada Tanya? No podía recordar ni un día de su vida en que Tanya no hubiera estado allí. Habían crecido juntos, primos y amigos de infancia, y entonces la fiebre de la pubertad y la pasión sexual los había unido en un juego interminable de dominación. Casarse con ella había sido un error, pero el shock de perderla lo tenía atontado. La pena y el alivio batallaban, desgarrándolo por dentro.
La culpa estaba allí, también, a paladas. Culpa, antes que nada, porque se sentía completamente aliviado, no importa que durante los dos años pasados ella hubiera hecho todo lo posible por hacer de su vida un infierno, destruyendo sistemáticamente todo lo que él había sentido alguna vez por ella en su implacable búsqueda de la servil adoración que creyó que ella merecía.
Y después estaba la culpa que sentía sobre Bella.
No debería haberla besado. Tenía sólo diecisiete años, ¡caray!, y bastante inmaduros además. No debería haberla sentado en su regazo. Cuando le había lanzado de repente los brazos al cuello y lo había besado, debería haberla apartado suavemente, pero no lo hizo. En cambio sintió el suave y tímido florecer de su boca bajo la suya, y su misma inocencia lo había excitado. Infiernos, ya estaba excitado por la sensación de su curvado trasero sobre su regazo. En vez de interrumpir el beso, él lo había profundizado, tomando control, empujando su lengua en su boca para convertirlo en un beso explícitamente sexual. La había girado en sus brazos, queriendo sentir aquellos pechos leves, delicados contra él. Si Tanya no hubiera entrado en aquel momento, probablemente habría puesto su mano sobre aquellos pechos y su boca sobre sus dulcemente endurecidos pezones. Bella se había excitado, también. Creía que ella era demasiado inocente para saber lo que hacía, pero ahora lo veía de forma diferente. Inexperta no era lo mismo que inocente.
Sin importar lo que hubiera hecho, dudaba que Bella hubiera levantado una mano o dicho una palabra para detenerlo. Podía haberla tomado allí, sobre la mesa de la cocina, o sentarla a horcajadas en su regazo, y ella se lo habría permitido.
No había nada que Bella no hiciera por él. Lo sabía. Y ese era el pensamiento más horrible de todos.
¿Había matado Bella a Tanya?
Estaba furioso con ambas, y con él mismo, por permitir que ocurriera tal situación. Tanya había estado gritando sus asquerosos insultos, y de repente se había sentido tan harto de ella que supo que esto era el fin de su matrimonio para él. En cuanto a Bella, nunca la creyó lo bastante retorcida para planear la escena en la cocina, pero cuando la había mirado después de la maliciosa acusación de Tanya, no había visto sorpresa en la tan franca y tan expresiva cara de Bella; vio culpa. Tal vez causada por la misma consternación que él sentía, porque no deberían haber estado besándose, pero tal vez... tal vez fuera por otra cosa. Por un instante había visto algo más, también: odio.
Todos sabían que Bella y Tanya no se llevaban bien, pero él además sabía que, durante una temporada, por parte de Bella, la animosidad había sido especialmente amarga. La razón era obvia, también; sólo un tonto y ciego podría no haberse percatado de lo mucho que Bella lo adoraba. Él no había hecho nada para animarla, románticamente hablando, pero tampoco la había desalentado. Estaba encariñado con la pequeña mocosa, y aquella incondicional adoración suya era como un bálsamo para su ego, sobre todo después de una de las interminables batallas con Tanya. Infiernos, suponía que quería a Bells, pero no de la manera que ella lo quería a él; la amaba con la distraída exasperación de un hermano mayor, se preocupaba por su falta de apetito, y la compadecía cuando era humillada por su torpeza social. No había sido fácil para ella, siendo siempre el patito feo frente al hermoso cisne que parecía Tanya.
¿Era posible que creyera la ridícula amenaza que Tanya había hecho, sobre borrarlo del testamento de Tía Kate? Él sabía que era absurdo, ¿pero y Bella? ¿Qué habría hecho ella para protegerlo? ¿Ir a ver a Tanya, tratando de razonar con ella? Él sabía por experiencia que tratar de razonar con Tanya era malgastar el esfuerzo. Se habría lanzado contra Bella como un oso sobre la carne fresca, concibiendo aún cosas más crueles que decir, más amenazas maliciosas que efectuar. ¿Habría llegado Bella a tales extremos para detener a Tanya? Antes del episodio en la cocina, habría dicho que de ninguna manera, pero entonces había visto aquella expresión en la cara de Bella cuando Tanya cayó sobre ellos, y ahora no estaba seguro.
Dijeron que había sido la primera en encontrar el cuerpo de Tanya. Su esposa estaba muerta, asesinada. Alguien le había aplastado la cabeza con uno de los soportes de hierro de la chimenea de su habitación. ¿Bella? ¿Podría haberlo hecho deliberadamente? Todo lo que sabía de ella le decía que no, al menos a la segunda pregunta. Bella no actuaba a sangre fría. Pero si Tanya la había insultado, burlándose de sus miradas y sus sentimientos hacía él, efectuando más de aquellas estúpidas amenazas, entonces, tal vez, puede que perdiera el control y golpeara a Tanya.
Sentado a solas en la oficina de Uley, apoyó la cabeza en las manos mientras trataba de aclarar la confusión de sus pensamientos. Evidentemente era el sospechoso principal. Después de la pelea que Tanya y él habían tenido, supuso que era lógico. Lo hizo sentir tan furioso que le hubiera gustado dar un puñetazo a alguien, pero era lógico.
No lo habían detenido, y no estaba especialmente preocupado, al menos no sobre esto. Él no había matado a Tanya, y a menos que fabricaran las pruebas en su contra, no había modo de demostrar lo contrario. Lo necesitaban en casa para ocuparse de todo. Del breve vistazo que había tenido de ella, la Tía Kate estaba devastada; no estaría en condiciones de de ocuparse de los arreglos del entierro. Y Tanya era su esposa; quería hacer este último acto por ella, llorar su muerte, afligirse por la muchacha que había sido, la esposa que había esperado que fuera. No había funcionado para ellos, pero a pesar de ello no merecía morir así.
Las lágrimas le quemaban los ojos y goteaban por sus dedos. Tanya. Hermosa e infeliz Tanya. Le hubiera gustado que fuera una compañera en vez de un parásito exigiendo constantemente más cada vez, pero no estaba en su naturaleza el dar. No había bastante amor en el mundo para satisfacerla, y finalmente había dejado hasta de intentarlo.
Se había ido. No podía traerla de vuelta, no podía protegerla.
¿Pero y Bella?
¿Había matado ella a su esposa?
¿Qué debería hacer ahora? ¿Contarle a Uley sus sospechas? ¿Echar a Bella a los lobos?
No podía hacerlo. No podía, ni siquiera podía creer que Bella deliberadamente hubiese matado a Tanya. Golpearla, sí. Puede que le hubiese dado una bofetada en defensa propia, porque Tanya era —había sido— perfectamente capaz de atacar físicamente a Bella. Bells tenía sólo diecisiete años, una menor; si la detenían y la juzgaban, y era declarada culpable, su condena por el delito sería leve. Pero hasta incluso una condena leve sería como una pena de muerte para ella. Edward sabía tan cierto como que estaba aquí sentado, que Bella no sobreviviría ni un año encerrada en un reformatorio. Era demasiado frágil, demasiado vulnerable. Dejaría totalmente de comer. Y moriría.
Meditó acerca de la escena en casa. Lo habían empujado fuera del edificio antes de que hubiera podido hablar con ninguno, aunque su madre lo había intentado. Pero lo que había visto en ese breve momento estaba grabado a fuego en su mente: Esme, ferozmente protectora, dispuesta a luchar por él, aunque no esperaba menos de su leal madre; Tía Kate mirándolo paralizada por la pena, Tía Maggie y Tío Liam, con mirada acusadora de horror y fascinación. No había duda, creían que él era culpable, malditos fueran. Y Bella, excluida, encogida y helada, en el otro extremo de la habitación, sin ni siquiera levantar la cabeza para mirarlo.
Se había pasado los diez últimos años protegiéndola. Se había convertido en una segunda naturaleza para él. Incluso ahora, a pesar de lo enfadadísimo que estaba con ella, no podía suprimir el instinto de protegerla. Si pensara que lo había hecho deliberadamente, sería diferente, pero no lo creía así. De modo que aquí estaba, protegiendo con su silencio a la joven que probablemente había matado a su esposa, y la amargura de esta elección le roía las entrañas.
La puerta de la oficina se abrió detrás de él y se enderezó, secando con brusquedad la humedad restante de sus ojos. Uley caminó alrededor del escritorio y se hundió pesadamente en el chirriante sillón de cuero, con los ojos clavados en la cara de Edward, tomando nota de los restos de lágrimas. — Lo siento, Edward. Sé que todo esto es un shock.
—Sí. — Su voz era áspera.
—A pesar de ello, tengo un trabajo que hacer. Se te oyó decir a Tanya que harías lo que fuera para deshacerte de ella.
El mejor camino a través de este campo minado, se figuró Edward, sería contar la verdad, hasta cierto punto, antes que no decir nada en absoluto. —Sí, lo dije. Justo después de decirle que pidiera el divorcio. Quería decir que estaría dispuesto a aceptar cualquier condición.
—¿Incluso cediéndole Davencourt?
—Davencourt no es mío para darlo, es de Tía Kate. Esa decisión es suya.
—Tanya amenazó con hacer que Kate te borrara de su testamento.
Edward sacudió la cabeza con brusquedad. —Tía Kate no haría algo así solamente por el divorcio.
Uley cruzó los brazos por detrás de su cabeza, entrelazando los dedos para formar apoyo para su cráneo. Estudió al joven frente a él. Edward era grande y fuerte, un atleta natural; poseía la fuerza necesaria para aplastar el cráneo de Tanya de un golpe, ¿pero lo habría hecho? Bruscamente cambio de tema.
—Supuestamente Tanya os pillo a Bella y a ti metiéndoos mano en la cocina. ¿Quieres hablarme de ello?
Los ojos de Edward destellaron con un indicio de la helada y feroz cólera que escondía en su interior.
—Nunca le he sido infiel a Tanya —dijo, con sequedad.
—¿Nunca?— Uley dejó que un indicio de duda se filtrara en su tono. —¿Entonces qué es lo que vio Tanya que la hizo estallar?
—Un beso. —Demos a Uley la verdad lisa y llana, por lo que valga.
—¿Besaste a Bella? Por Dios, Edward, ¿no crees que sea un pelín joven para ti?
—¡Maldita sea, por supuesto que  es demasiado joven!— estalló Edward. —No es eso.
—¿No es qué? ¿Qué hacías con ella?
—No hacía nada con ella. — Incapaz de contenerse más tiempo, Edward se puso bruscamente en pie, haciendo a Uley tensarse y posar automáticamente su enorme mano sobre el extremo de su pistola, pero se relajó cuando Edward comenzó a caminar de un extremo a otro de la pequeña oficina.
—¿Entonces por qué la besaste?
—No lo hice. Ella me besó. —Aunque sólo al principio. Pero Uley no necesitaba saber el resto.
—¿Por qué hizo algo así?
Edward se frotó la nuca. —Bella es como una hermana pequeña para mí. Estaba disgustada…
—¿Por qué?
—La tía Maggie y el Tío Liam se habían trasladado hoy. Ella no se lleva bien con Tía Maggie.
Uley emitió un gruñido, como si pudiera entender eso. —Y tú estabas... ¿qué, consolándola?
—Eso, y tratando de conseguir que comiera. Cuando se disgusta o está nerviosa, no puede comer, y estaba preocupado por lo que eso le puede provocar.
—¿Crees que es, cuál es la palabra an…no se qué? ¿Privarse de comida a si misma hasta morir?
—Anoréxica. Tal vez. No lo sé. Le dije que hablaría con la Tía Kate y haría que los demás la dejaran tranquila, si prometía comer. Me lanzó los brazos alrededor del cuello y me besó, Tanya entró, y se desató el infierno.
—¿Era la primera vez que Bella te besaba?
—Sin contar los besos en la mejilla, sí.
—¿Así que no hay nada romántico entre vosotros?
—No —dijo Edward, la palabra quedó prendida en el aire.
—He oído que está loquita por ti. Una dulce jovencita como ella, muchos hombres se sentirían tentados.
—Depende mucho de mí, desde que sus padres fallecieron. No es ningún secreto.
—¿Estaba Tanya celosa de Bella?
—No, que yo sepa. No tenía ninguna razón para ello.
—¿Incluso aunque te llevaras muy bien con Bella? Por lo que oído, tú y Tanya no habíais estado llevándoos bien en absoluto. Tal vez estaba celosa de ello.
—Oyes mucho, Uley —dijo Edward, con cansancio. —Tanya no estaba celosa. Cogía una rabieta siempre que no se salía con la suya. Me estaba volviendo loco para que la llevara conmigo a Nashville esta mañana, y cuando vio a Bella besarme, fue la excusa que necesitaba para desatar un infierno.
—La pelea se volvió violenta, ¿verdad?
—Lancé un vaso y lo rompí.
—¿Golpeaste a Tanya?
—No.
—¿La has golpeado alguna vez?
—No. —Hizo una pausa, y sacudió su cabeza. —Le di unos azotes en el trasero una vez, cuando tenía dieciséis años, si eso cuenta.
Uley reprimió una sonrisa. No era momento para la diversión, pero Tanya consiguiendo que le pusieran el trasero colorado era algo que le habría gustado ver. Muchos niños hoy en día, tanto niños como niñas, se beneficiarían enormemente del mismo tratamiento. Edward habría tenido apenas diecisiete años entonces, pero siempre había sido más maduro de lo que le correspondía a su edad.
—¿Qué pasó entonces?
—Tanya estaba cada vez más y más descontrolada. Me marché antes de que las cosas se nos fueran de las manos.
—¿A qué hora te marchaste?
—Demonios, no lo sé. A las ocho, ocho y media.
—¿Volviste?
—No.
—¿Dónde fuiste?
—Conduje un rato, alrededor de Florence.
—¿Alguien que conozcas te vio, para que puedan confirmarlo?
—No lo sé.
—¿Qué hiciste? ¿Solo dar vueltas en coche?
—Un rato, como he dicho. Después fui al Waffle Hut, en la autopista hacia Jackson.
—¿A qué hora llegaste allí?
—Sobre las diez, tal vez.
—¿A qué hora te marchaste?
—Después de las dos. No quise regresar a casa hasta haberme enfriado.
—¿Entonces estuviste allí aproximadamente cuatro horas? Supongo que la camarera se acordará, ¿verdad?
Edward no contestó. Lo consideró probable, porque ella había intentado varias veces entablar conversación, pero él no estaba de humor para charlas. Uley lo comprobaría, la camarera confirmaría su presencia, y sería el final todo esto. Pero ¿a quién consideraría entonces Uley como sospechoso? ¿A Bella?
—Puedes  marcharte a casa —dijo Uley, después de un minuto. —No hace falta que te diga que te mantengas cerca. Que no salgas de la ciudad en viaje de negocios o algo por el estilo.
La mirada de Edward era fría y adusta. —No se me ocurriría organizar un viaje de negocios cuando tengo que sepultar a mi esposa.
—Bueno, respecto a esto. Considerando la naturaleza de su muerte, tendrá que haber una autopsia. Normalmente eso sólo retrasa el entierro un día o dos, pero a veces puede ser algo más. Te avisaré. —Uley se inclinó hacia delante, su jovial rostro muy serio. —Edward, hijo, te hablaré sin rodeos, no sé qué pensar sobre esto. Existe una lamentable estadística de que cuando una mujer es asesinada, por lo general es el marido o el novio quien lo hizo. Bien, tú nunca me has parecido uno de esos tipos, pero tampoco la mayor parte de los otros tipos a los que he acabado deteniendo. Tengo que sospechar de ti, y tengo que comprobarlo todo. Por otro lado, si tú tienes cualquier sospecha, apreciaría que me hablaras de ello. Las familias siempre tienen sus pequeños enredos y secretos. Vamos, tus parientes estaban seguros de que Bella había matado a Tanya, y la trataron como si fuera veneno o algo por el estilo, hasta que yo les dije que no creía que ella lo hubiera hecho.
Uley era un lugareño, un sencillo y buen tipo, pero hacía mucho que pertenecía al cuerpo de policía y sabía leer a la gente. A su manera, usaba la misma táctica que Colombo había hecho famosa en televisión, dando amables rodeos y manteniendo distendidas conversaciones hasta ir juntando todas las piezas. Edward se resistió a la invitación de abrirse al sheriff, diciendo en cambio, —¿Puedo irme ya?
Uley agitó una carnosa mano. —Claro. Pero como te he dicho, no te alejes mucho. —Levantó su mole de la silla. —Puedo llevarte a casa yo mismo. Ya es de día, así que de todos modos no voy a conseguir dormir nada.


Bella estaba escondida, no del modo en que lo hacía cuando era pequeña, deslizándose bajo los muebles o acurrucada en lo más profundo de un armario, y, aún así, se había aislado a sí misma de la lúgubre y silenciosa actividad de la casa. Se retiró al asiento de la ventana donde una vez había contemplado a Edward y a Tanya columpiándose en el jardín, mientras a su espalda el resto de la familia discutía qué hacer con ella. Seguía arropada con la manta que el sanitario le había echado por los hombros, manteniendo los bordes juntos con dedos helados y exangües. Sentada contemplaba el alba que lentamente arribaba, no haciendo caso del zumbido de voces tras ella, cerrada a todo ello.
Trató de no pensar en Tanya, pero ni con el mayor esfuerzo podría borrar aquella sangrienta escena de su mente. No es que pensara conscientemente en ello, simplemente estaba allí, como la ventana. La muerte había alterado de tal forma a Tanya que al principio Bella estaba allí de pie, mirando boquiabierta el cuerpo sin comprender que era real, o sin tan siquiera reconocer a su prima. La cabeza estaba extrañamente deformada, hundida alrededor de una enorme herida por donde literalmente su cráneo asomaba abierto. Había sido torpemente tumbada con el cuello inclinado, como si su cabeza descansara contra el borde del hogar de piedra.
Bella había encendido la luz cuando había entrado en la suite, parpadeando mientras trataba de ajustar su visión, y caminó alrededor del sofá en dirección al dormitorio para despertar a Tanya y hablar con ella. Había literalmente caído sobre las piernas extendidas de Tanya, y permaneció en estupefacto silencio durante un largo momento antes de comprender lo que veía y comenzar a gritar.
No fue hasta más tarde cuando se dio cuenta de que había permanecido de pie sobre la alfombra empapada por la sangre y que sus pies desnudos estaban manchados de rojo. No recordaba cómo es que ahora estaban limpios, si se los había limpiado ella u otra persona se había encargado de ello.
La ventana reflejaba la escena tras de ella, el enjambre de gente yendo y viniendo. El resto de la familia había llegado, solos o en parejas, añadiendo sus preguntas y sus lágrimas a la confusión.
Estaba la tía Didyme, tía de Edward por parte de su padre, lo que la hacía sobrina de la Abuela. La tía Didyme era alta y blanca, con la belleza de los Cullen. No se había casado nunca, consagrándose en cambio a avanzados estudios de física, y ahora trabajaba para la NASA en Huntsville.
La hija de tía Maggie y su marido, Jessica y Mike Newton, llegaron con sus dos hijos adolescentes, Tyler y Lauren. Lauren era de la edad de Bella, pero nunca se habían llevado bien. Apenas habían llegado cuando Lauren se escabulló hasta donde estaba Bella y le había susurrado, —¿De verdad estabas parada en medio de su sangre? ¿Qué aspecto tenía? Oí que Mama le decía a Papá que su cabeza estaba abierta como una sandía.
Bella no había hecho caso de la ávida e insistente voz, manteniendo la cara girada hacia la ventana. —¡Dime! — insistió Lauren. Un malvado pellizco en el dorso de su brazo hizo que los ojos de Bella se llenaran de lágrimas, pero ella continuó mirando fijamente hacia delante, negándose a reconocer la presencia de su prima. Finalmente Lauren se había rendido y se había marchado para conseguir de otro los sangrientos detalles que ansiaba.
El hijo de tía Maggie, Erick, vivía en Charlotte; esperaban que él, su esposa y sus tres hijos llegaran más adelante. Incluso sin ellos, esto significaba que habría diez miembros de la familia apiñados en la sala de estar o alrededor del consolador servicio de café en la cocina, con la apariencia de los grupos cambiando cuando la gente se movía de acá para allá.
No permitían que nadie subiera arriba aún, aunque hiciera mucho que Tanya hubiera sido trasladada, porque los investigadores continuaban aún sacando fotos y reuniendo pruebas. Con las autoridades y todos los demás representantes allí presentes en varios grados oficiales, la casa bullía de gente, pero aún así Bella logró mantenerlos a todos ellos afuera. Se sintió muy fría por dentro, una frialdad extraña que se había extendido a cada célula de su cuerpo y había formado una cáscara protectora, manteniéndola a ella en su interior y a todos los demás fuera.
El sheriff se había llevado a Edward, y ella casi se ahogó de culpabilidad. Todo esto era culpa suya. ¡Si ella no lo hubiera besado! No lo había hecho con mala intención, pero, claro, ninguno de los líos que causaba era con mala intención.
Él no había matado a Tanya. Ella lo sabía. Había querido gritarles a todos por pensar si quiera algo tan feo sobre él. Ahora era de lo único que tía Maggie y tío Liam hablaban, de lo sorprendente que era, como si él ya hubiese sido juzgado y condenado. Sólo unas horas antes, habían estado igualmente convencidos de que Bella era la asesina.
Edward no haría algo así. Él podría matar; de alguna manera Bella sabía que Edward haría lo que fuese necesario para proteger a aquellos a los que amaba, pero matar en esas circunstancias no era lo mismo que el asesinato. No importaba lo desagradable que Tanya hubiera sido, lo que hubiese dicho o incluso que lo hubiera atacado con un atizador u otra cosa, él no le habría hecho daño. Bella lo había visto ayudar con ternura a un potro a llegar a este mundo, quedarse sentado toda la noche con un animal enfermo, turnarse con Harry para hacer caminar a un caballo con cólico durante horas hasta que mejoraba. Edward cuidaba de los suyos.
No era culpa de ella que Tanya estuviese muerta, pero como consecuencia de que Bella amaba a Edward y no hubiera sido capaz de controlar sus estúpidos impulsos, se había puesto en marcha una cadena de circunstancias que hicieron que Edward fuese culpado de la muerte de Tanya. No tenía ni idea de quién había matado a Tanya, sus pensamientos no habían llegado tan lejos; sólo sabía que no había sido Edward. Con cada célula de su cuerpo, sabía que él no podía haberlo hecho, tal y como sabía que todo esto era culpa de ella y que él no la perdonaría nunca.
Cuando el sheriff Uley se había llevado a Edward para interrogarlo, Bella se había quedado paralizada de vergüenza. Ni siquiera había sido capaz de levantar la cabeza y mirarlo, convencida de que tan solo vería odio y desprecio en sus ojos si se dignara a mirarla, y sabía que no habría podido aguantarlo.
Nunca se había sentido tan sola, como si estuviera rodeada por una burbuja invisible, que impidiera a nadie acercarse. Podía oír a la Abuela detrás de ella, llorando suavemente otra vez, y oía a la tía Maggie murmurando y tratando de consolarla, pero ni siquiera esto la rozó. No sabía donde estaba el tío Liam; tampoco le importaba. Jamás olvidaría la forma en que la habían acusado de matar a Tanya, el modo en que se habían apartado de ella como si estuviera apestada. Incluso cuando el sheriff Uley dijo que no creía que ella lo hubiese hecho, ninguno de ellos se había acercado o le había pedido perdón. Ni siquiera la Abuela, aunque Bella hubiera oído el quedo “Gracias a Dios” que había murmurado cuando el sheriff dijo que creía que ella era inocente.
Toda su vida había tratado con todas sus fuerzas de ganarse el amor de esta gente, de ser lo bastante buena, pero nunca tuvo éxito. Nada en ella alcanzaría jamás los estándares de los Denali y los Cullen. No era guapa, ni siquiera era presentable. Era torpe y desordenada, y tenía la desafortunada costumbre de decir las cosas más espantosas en el momento más inadecuado.
En lo más profundo de su interior, algo se había rendido. Esta gente nunca la había querido, nunca lo haría. Sólo Edward se había preocupado, y ahora había estropeado eso, también. Estaba sola de forma tan intrínseca que dejó un enorme y doloroso vacío en su interior. Había algo devastador en saber que si ella simplemente se iba de esta casa y nunca volvía, nadie se preocuparía. La desesperación a la que se había enfrentado antes, cuando comprendió que Edward no la amaba ni confiaba en ella, la hizo asumirlo en muda aceptación.
Bueno, así que no la amaban; eso no significó que ella no tuviera ningún amor que ofrecer. Amaba a Edward con cada fibra de su ser, algo que no iba a cambiar sin importar lo que él sintiera por ella. Amaba también a la Abuela, a pesar de su obvia preferencia por Tanya, porque después de todo había sido la Abuela quien había aseverado con firmeza, “Bella vivirá aquí, por supuesto,” aliviando el terror de una chiquilla de siete años la cual lo había perdido repentinamente todo. Incluso aunque se encontrara más a menudo con la desaprobación que con la aprobación de la Abuela, todavía sentía un enorme respeto y afecto por la indomable anciana. Esperaba que algún día ella misma pudiera ser tan fuerte como la Abuela, en vez de la torpe y  no querida tonta que era ahora.
Las dos personas a las que Bella amaba habían perdido a alguien querido para ellos. Vale, así que ella despreciaba a Tanya; la Abuela y Edward no. No era culpa suya que Tanya estuviera muerta, pero si Edward fuera culpado de ello, entonces eso si sería por su culpa debido a aquel beso. ¿Quién había matado realmente a Tanya? La única persona que le vino a la mente fue el hombre a quien había visto con Tanya el día anterior, pero no tenía ni idea de quién era y no estaba segura de poder describirlo o ni siquiera de reconocerlo aunque entrara por la puerta. Su susto había sido tan grande que no había prestado mucha atención a su cara. Si ya antes había decidido callar sobre lo que había visto, sus motivos ahora eran aún más cruciales. Si el sheriff Uley averiguaba que Tanya tenía un lío, vería esto como un motivo para que Edward la matara. No, decidió Bella ofuscada, sólo conseguiría hacer daño a Edward revelando lo que Tanya había estado haciendo.
Un asesino quedaría libre. Bella pensó en esto, pero su razonamiento era simple: hablarle al sheriff de ello no garantizaba que el asesino fuese atrapado, porque ella no tenía más información que ésta, y Edward saldría dañado. Para Bella, no existían consideraciones de justicia o verdad, y era demasiado joven y sencilla para sutilezas filosóficas. Lo único que importaba era proteger a Edward. Bien o mal, mantendría su boca cerrada.
Observó mientras un coche del condado recorría silenciosamente la larga avenida y se detenía. Edward y el sheriff Uley bajaron de él y caminaron hacia la casa. Bella miró a Edward; su mirada se pegó a él como un imán al acero. Iba todavía vestido en la ropa que llevaba puesta ayer, y parecía agotado, su sombrío rostro oscurecido tanto por la fatiga como por la barba de un día. Al menos estaba en casa, pensó, el corazón le brincó de alegría, y no iba esposado. Eso debía significar que el sheriff no lo iba a detener.
Cuando los dos hombres se acercaron al semicírculo de la acera pavimentada, Edward echó un vistazo hacia donde permanecía sentada, en el saliente de la ventana, perfilada por la luces tras de ella. Aunque todavía no era completamente de día, Bella vio la forma en que su expresión se endureció, y después apartó la mirada de ella.
Escuchó el confuso y torpe frenesí de los familiares a su espalda cuando Edward entró en la casa. La mayor parte de ellos no le hablaron, y en cambio hicieron un esfuerzo por hacer que sus propias conversaciones parecieran casuales. Dadas las circunstancias, era un esfuerzo ridículo, y simplemente parecían artificiales. Sólo Esme y Didyme se precipitaron hacia él, y se apretujaron en sus fuertes brazos. En el reflejo de la ventana, Bella  vio como él inclinaba su cubriza cabeza sobre la de ellas.
Las soltó y se giró hacia el sheriff Uley. —Necesito ducharme y afeitarme —dijo él.
—Arriba está prohibido por el momento —contestó el sheriff.
—Hay un baño con una ducha al lado de la cocina. ¿Puedes hacer que algún ayudante me traiga ropa limpia?
—Claro. —Se hicieron los arreglos, y Edward se marchó a asearse. Las voces tras de ella recobraron un ritmo más normal. Viéndolas, Bella pudo decir que tanto tía Esme como tía Didyme estaban furiosas con los demás.
Entonces de repente su vista del cuarto fue borrada cuando el sheriff Uley se posicionó directamente detrás de ella. —Bella, ¿te sientes con fuerzas para contestar algunas preguntas?—le preguntó en un tono tan suave que parecía fuera de lugar, viniendo de un hombre tan áspero y corpulento.
Ella se aferró a la manta con más fuerza aún y se giró en silencio.
Su enorme mano se cerró sobre su codo. —Vamos a un sitio más tranquilo —le dijo, ayudándola a deslizarse del asiento junto a la ventana. No era tan alto como Edward, pero si casi dos veces más corpulento. Poseía la constitución de un luchador, con un pecho de tonel que desembocaba en un amplio vientre, y sin una pizca de grasa.
La condujo al estudio de Edward, sentándola en el sofá en vez de en uno de los amplios sillones de cuero, y dejándose caer agotado junto a ella.
—Sé que es difícil para ti hablar de ello, pero tengo que saber que pasó anoche, y esta mañana.
Ella asintió.
—Edward y Tanya discutían —dijo el sheriff Uley, mirándola atentamente. —¿Sabes…?
—Fue por mi culpa —lo interrumpió Bella, con voz monocorde, vacía y extrañamente ronca. Sus ojos chocolate, por lo general tan animados y llenos de destellos dorados, se veían opacos y atormentados. —Yo estaba en la cocina tratando de comer cuando Edward llegó a casa de Nashville. Yo… yo no había cenado. Estaba disgustada... De cualquier manera, yo lo b…besé, y entonces fue cuando entró Tanya.
—¿Tu lo besaste? ¿No te besó él?
Abatida, Bella negó con la cabeza. No importaba que unos segundos después Edward la hubiera estrechado en sus brazos y le devolviera el beso. Ella lo había iniciado.
—¿Te ha besado alguna vez Edward?
—Alguna vez. Pero sobre todo me revuelve el pelo.
Los labios del sheriff se contrajeron. —Quiero decir en la boca.
—No.
—¿Estás encaprichada de él, Bella?
Ella se quedó inmóvil, hasta la respiración se detuvo en su pecho. Entonces cuadró sus delgados hombros y lo miró con una desesperación tan cruda que él tragó en seco. —No —dijo con patética dignidad. —Lo amo. — Hizo una pausa. —Sin embargo, él no me ama. No de la misma manera.
—¿Es por eso por lo que lo besaste?
Ella comenzó a mecerse a sí misma, un movimiento casi imperceptible pero significativo mientras luchaba por controlar su dolor. —Sé que no debería haberlo hecho —susurró. —Lo sabía cuando lo hice. Jamás habría hecho nada para causarle a Edward tantos problemas. Tanya dijo que lo había hecho a propósito, que sabía que ella estaba bajando, pero no lo sabía. Juro que no lo sabía. Estaba siendo tan cariñoso conmigo, y de repente no pude resistirme. Simplemente lo agarré. No tuvo la menor oportunidad.
—¿Qué hizo Tanya?
—Empezó a gritarnos. Me llamó por todos los insultos que conocía, y a Edward, también. Nos acusó de… ya sabe. Edward trató de explicarle que no era lo que parecía, pero Tanya nunca escuchaba a nadie cuando se lanzaba a uno de sus ataques.
El sheriff puso su mano sobre la suya, dándole unas palmaditas. —Bella, tengo que preguntarte esto, y quiero que me digas la verdad. ¿Estás segura de que no hay nada entre tú y Edward? ¿Has tenido alguna vez relaciones sexuales con él? Esta es una situación muy seria, cielo, y solo la verdad vale.
Ella lo miro inexpresiva, y de repente un ardiente rubor se extendió por su pálido rostro.
— ¡No! —balbuceó, y se ruborizó aún más. — ¡Yo nunca…  con nadie! Quiero decir…
Él le palmeó la mano de nuevo, interrumpiendo misericordiosamente su entrecortada respuesta. —No hay ninguna necesidad de avergonzarse —le dijo, amablemente. —Haces lo correcto, valorándote así.
Deprimida, Bella pensó que tampoco se tenía en tan alta estima; si en cualquier momento Edward le hubiera hecho señas con un dedo, ella habría acudido a la carrera y le hubiera dejado hacer lo que quisiera. Su virginidad era debida a su indiferencia, no a su propia moralidad.
—¿Qué pasó entonces?— la animó él.
—Se marcharon arriba, aún discutiendo. O más bien discutía Tanya. Ella le gritaba, y Edward trataba de calmarla, pero ella no lo escuchaba.
—¿Lo amenazó con hacer que lo borraran del testamento de Kate?
Bella asintió. —Pero la Abuela pareció sorprendida por ello. Me sentí muy aliviada, porque no podría haber soportado ser la causa de que Edward perdiera Davencourt.
—¿Oíste si ocurrió algo violento en sus habitaciones?
—Cristales rompiéndose, y entonces Edward le gritó que adelante y que pidiera el divorcio, y se marchó.
—¿Le dijo que haría lo que fuera para deshacerse de ella?
—Creo que sí —contestó Bella, sin dudar, sabiendo que probablemente los demás habrían confirmado esto. —No lo culpo. Yo habría añadido mi paga a su pensión alimenticia, si eso hubiera ayudado.
Los labios del sheriff se estremecieron de nuevo.
—¿No te caía bien Tanya?
Ella negó con la cabeza.
—Era siempre odiosa conmigo.
—¿Estabas celosa de ella?
Los labios de Bella temblaron.
—Tenía a Edward. Pero incluso si no lo hubiera tenido, sé que él no se sentiría interesado por mí. Nunca lo ha estado. Era agradable conmigo porque me compadecía. Después de que organizara tal escena anoche…quiero decir, después de que yo la causara…decidí que podría irme a un internado como querrían que hiciera. Tal vez entonces podría hacer algunos amigos.
—¿Oíste algo en sus habitaciones anoche después de que Edward se marchara?
Bella se estremeció, una imagen de Tanya como la había visto por última vez destelló en su cerebro. Tomó aire. —No lo sé. Todos estaban enfadadísimos conmigo, hasta Edward. Estaba disgustada y me fui a mi habitación. Está en la parte trasera de la casa.
—Bueno, Bella, ahora quiero que pienses con cuidado. Cuando subes la escalera, sus habitaciones están a la izquierda del pasillo de la fachada. Si hay luz en ellas, se puede ver bajo la puerta. Lo he comprobado yo mismo. Cuando te fuiste a tu habitación, ¿miraste en esa dirección?
Ella recordaba eso muy bien. Había echado un vistazo temeroso en la puerta de Tanya, temiendo que se abalanzara sobre ella como la Bruja Mala del Mago de Oz, y había tratado de ser muy silenciosa para que Tanya no la oyera. Asintió con la cabeza.
—¿Había una luz encendida?
—Sí. —Estaba segura de ello, porque además había pensado que tal vez Tanya continuara en el dormitorio y no en la salita adyacente y así no la oiría.
—De acuerdo, ahora háblame de más tarde, cuando la encontraste. ¿A qué hora fue?
—Después de las dos. No había dormido. Seguía pensando en cómo lo había enredado todo y todos los problemas que le había causado a Edward.
—¿Estuviste despierta todo el tiempo? — le preguntó bruscamente el sheriff. —¿Oíste algo?
Ella negó con la cabeza. —Ya se lo he dicho, mi dormitorio está en la parte de atrás, lejos de todos los demás. Se está muy tranquilo allí. Por eso me gusta.
—¿Puedes decirme si oíste a los demás pasar para ir a acostarse?
—Oí a la Tía Maggie en el pasillo más o menos a la nueve y media, pero tenía la puerta cerrada y no sé lo que iba diciendo.
—Liam dijo que empezó a ver una película aproximadamente a las ocho. A las nueve y media es muy pronto para que hubiera terminado
—Tal vez terminó de verla en su habitación. Sé que tienen una televisión en ella, porque la Abuela hizo que instalaran una conexión allí antes de que se trasladaran.
Él sacó su cuaderno y garabateó unas palabras, luego dijo, —Bien, volvamos a cuando fuiste a las habitaciones de Tanya esta madrugada. ¿Estaba la luz encendida entonces?
“No. La encendí cuando entré. Pensé que Tanya estaba en la cama, y entré en su habitación para despertarla y poder hablar con ella. La luz me deslumbro, y durante unos minutos no pude ver bien, y… m…me tropecé con ella.
Se estremeció otra vez y comenzó a temblar. El brillante rubor de un momento antes abandonó su cara, dejándolo cerúlea otra vez.
—¿Por qué querías hablar con ella?
—Quería  decirle que no había sido culpa de Edward, que él no hizo nada malo. Fui yo…actuando estúpidamente, como de costumbre —dijo, apagada. —Nunca quise causarle ningún problema.
—Para, ¿por qué no esperaste hasta por la mañana?
—Porque quería dejarlo aclarado antes.
—¿Entonces por qué no hablaste con ella antes de irte a la cama?
—Soy una cobarde. —Le lanzó una mirada avergonzada. —No sabe lo desagradable que Tanya podía ser.
—No creo que seas una cobarde en absoluto, dulzura. Hace falta valor para admitir que algo es culpa tuya. Muchos adultos nunca aprenden a hacerlo.
Ella comenzó a mecerse otra vez, y la mirada atormentada regresó. —No quería que nada malo le pasara a Tanya, no algo así. Me habría encantado si se le cayera todo el pelo o algo por el estilo. Pero cuando vi su cabeza... y la sangre... Ni siquiera la reconocí al principio. Siempre ha sido tan hermosa.
Su voz se calmó, y Uley permaneció sentado en silencio a su lado, pensando a toda velocidad. Bella había dicho que encendió la luz. Todos los pomos y los interruptores de la luz habían sido ya tratados con polvo para sacar huellas digitales, así sus huellas deberían estar sobre aquel interruptor en particular, algo bastante fácil de comprobar. Si la luz estaba encendida cuando ella se había ido a su habitación, y apagada cuando entró para hablar con Tanya, eso significaba que o bien Tanya la había apagado después de que Edward se marchara, o alguien más lo había hecho. De cualquier manera, Tanya estaba viva cuando Edward había abandonado la casa.
Eso no significó que él no pudiera haber vuelto más tarde y haber subido por la escalera exterior. Pero si se confirmaba su coartada en el Waffle Hut, entonces eso quería decir que no tenían suficientes pruebas circunstanciales para detenerlo. Infiernos, de todos modos no había motivo. No tenía un lío con Bella, y no es que Uley le hubiera dado mucho crédito a esta teoría para empezar. Solo había sido un disparo a ciegas, nada más. Los hechos desnudos eran que Edward y Tanya habían discutido sobre algo que Bella había admitido que era totalmente culpa suya, exonerando a Edward. Tanya lo había amenazado con la pérdida de Davencourt, pero nadie la había creído, de modo que no contaba. En el calor de la pelea, Edward le había gritado que adelante y que pidiera el divorcio, y se marchó de la casa.  Tanya había estado viva entonces, tanto según el testimonio de Bella como según la estimación del forense del momento de la muerte, basada en el grado de rigidez post-morten y la temperatura del cuerpo de Tanya. Nadie había visto u oído nada. Edward estaba en el Waffle Hut en el periodo de tiempo en el que había muerto Tanya. Bueno, tampoco es que habláramos de una gran distancia hasta aquí, conduciendo se podía llegar en aproximadamente quince o veinte minutos, así que entraba todavía dentro del reino de las posibilidades que hubiera regresado, la golpeara en la cabeza, y entonces tranquilamente condujera de regreso al Waffle Hut para establecer su coartada, pero las probabilidades de convencer a cualquier jurado de esto eran bastante pocas. Demonios, las probabilidades de convencer al fiscal del condado para efectuar una acusación con esa base eran aún menores.
Alguien había matado a Tanya Cullen. Bella no. La muchacha era tan dolorosamente transparente y vulnerable, que dudaba que supiera siquiera mentir. Además, se apostaba el sueldo de un mes a que no tenía la fuerza necesaria para levantar el soporte de la chimenea, que era uno de los más pesados que había visto alguna vez, fabricado expresamente para las demasiado grandes chimeneas  de Davencourt. Alguien con fuerza había matado a Tanya, lo cual señalaba a un hombre. Los otros dos hombres en Davencourt, Liam Brennan y el encargado de los establos, Harry Clearwater, no tenían ningún motivo.
Así que, o bien el asesino era Edward—y a menos que Edward lo admitiera, Uley sabía no había modo de demostrarlo — o un extraño. No había ninguna señal de que hubieran forzado la entrada, pero para su asombro había descubierto que ninguno de los que aquí vivían cerraban las puertas de sus balcones, así que la fuerza no habría sido necesaria. Tampoco faltaba nada, lo que les hubiera dado el robo como motivo. Lo que estaba claro es que Tanya estaba muerta y no contaba con ningún móvil evidente para tal hecho, y era condenadamente difícil conseguir que condenaran a alguien por asesinato sin darle al jurado un móvil que pudieran creer.
Este era uno de esos asesinatos que no iba a resolverse. Lo sentía en sus huesos, y le ponía furioso. No le gustaba que los infractores de la ley se fueran de rositas, ni por el robo de un  paquete de chicles, así que mucho menos por asesinato. Que Tanya hubiera sido evidentemente una bruja malcriada no tenía la menor importancia; seguía sin merecer que le aplastaran la cabeza.
Bueno, lo intentaría. Comprobaría todos los hechos, verificaría la coartada de Edward, y presentaría lo que tuviera a Simmons, pero sabía que el fiscal les iba a decir que no tenían caso.
Suspiró, se puso en pie, bajo la mirada hacia la desamparada personita que continuaba sentada en el sofá, y se acercó para ofrecerle un poco de consuelo.
—Date un poco más de crédito, dulzura. No eres estúpida y no eres una cobarde. Eres una muchacha dulce, simpática, y a mí me caes muy bien.
Ella no contestó, y él se preguntó si lo habría oído siquiera. Había pasado por tanto en las últimas doce horas, que era una maravilla que no hubiera sucumbido a la tensión. Le dio unas palmaditas en el hombro y abandonó la habitación en silencio, dejándola a solas con sus remordimientos, y sus espantosos recuerdos de esta noche.

2 comentarios:

  1. oh, dios... ni lo puedo creer... este fic se esta poniendo cada vez maas bueno!!!

    pobre Tanya, no me caia, pero no mercia morir de esa forma, Edward debede confiar en Bella... y Bells se debe de calmar...Magiie es una bruja!!!
    y liam igual... pobre Tia Kate... debe de ser dificl...

    espero el siguiente cap pronto... me esta encantando el fic!!!!

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  2. Tanya murio!
    este fic se pone interesante me encanto el capitulo sigue asi!!
    espero el proximo capitulo con ganas de leerlo
    espero que me visites un besito guapa1!
    te quiere luna de amanecer

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