lunes, 7 de febrero de 2011

Por granuja

ladrona de mi destino

Capítulo 6 "Por granuja"

La cálida luz de una vela le mostró en la otra habitación una enorme cama con altos postes tallados y un cabecero barroco incrustado de espejos. Las sábanas de color rosa satén habían sido dobladas en uno de los lados, como en una invitación. En la mesilla, esperaba una botella de vino abierta y dos copas.
—Hola.
Bella estuvo a punto de gritar. Dio un paso atrás, con la mirada fija en la oscuridad del gran dormitorio.
La figura de un hombre dominaba sentado en un sillón, en un rincón oscuro de la habitación. Al mirarlo con los ojos muy abiertos, se levantó y caminó lentamente hacia ella, pero incluso antes de que viera su rostro a la luz de la vela, reconoció esa presencia incandescente, esa voz profunda y envolvente.
Ella se quedó allí quieta, como hipnotizada, mientras el príncipe Edward emergía de la oscuridad, principesco, dorado e inmenso, como un ángel poderoso cayendo sobre ella desde las sombras.
Tenía la vista fija en ella. La luz de las velas contorneaba su cara angulosa en un juego de claroscuros, y alcanzaba las profundidades de su pelo cobrizo. Unas chispas doradas brillaban en sus ojos de mármol verde, y aunque el contorno de su cara era austero, su boca estaba cargada de voluptuosidad. Ella le miró, paralizada, mientras él se acercaba lentamente, con las manos en los bolsillos. Sus movimientos eran despreocupados, casi perezosos, avanzaba cruzando la habitación hacia ella, hasta que se encontró acorralada contra el marco de la puerta.
Se acercó, en toda su altura, a apenas unos centímetros de distancia. Su belleza y su envergadura la humillaban, su aura de fortaleza física le resultaba aplastante.
Bajó la cabeza, respirando profundamente y con rapidez. Nerviosa, confundida, no se atrevía a levantar los ojos hacia él. Todo su cuerpo ardía, para después enfriarse y calentarse a continuación ante el escrutinio al que él la estaba sometiendo.
¿Habría averiguado quién era el Jinete Enmascarado? Si Seth hubiese sucumbido y revelado su identidad, estaba segura de que el muchacho se lo hubiese dicho.
¿Qué podía hacer? ¿Confesar? ¿Suplicar clemencia? ¿Humillarse ante él? ¡Eso nunca!, se prometió, buscando el valor su ficiente para al menos levantar la cabeza y enfrentar su mirada, aunque esto la hiciera temblar de pies a cabeza. Decidió mantener la boca cerrada hasta estar segura de que había sido descubierta.
—Me alegro de que decidiera venir, Isabella. Me estaba aburriendo mucho en mi cumpleaños.
El príncipe Edward deslizó la mano derecha fuera de su bolsillo y recorrió con el dedo el borde de su máscara azul, en una caricia suave que terminó en el puente de su nariz. Su dedo prosiguió el recorrido por sus labios, su mejilla y bajó por la línea de su cuello.
— ¿Sabe —murmuró— lo que quiero como regalo de cumpleaños?
— ¿No es suficiente para usted un país entero? —susurró ella, temblando al contacto de sus caricias.
Él sonrió ligeramente, con un brillo satírico en los ojos. Ella apartó la mirada, nerviosa y avergonzada, con el corazón latiéndole a mil por hora. ¿Era ésta su manera de castigarla por los crímenes que había cometido? Era imposible saber lo que estaba pensando, lo que intentaba, lo que sabía, pero el hechizo de su potencia le hacía temblar.
—Tengo algo que confesarle —susurró—. Estoy un poco borracho, me temo, y no sé si puedo ser responsable de mis actos.
— ¡Por el amor de Dios! —Pálida, intentó alejarse de él, pero sólo pudo aplastar su espalda contra el marco de la puerta. Su cuerpo grande y esbelto le bloqueaba la salida.
Él la miró con una media sonrisa intimidatoria.
—Dicho esto, ¿puedo besarla? Entiéndame, la verdad es que yo... me muero por besarla, Isabella.
— ¡Señor! ¡Alteza!
—Es una orden real, señorita. Soy su soberano, ¿no? —le preguntó suavemente.
Ella bajó la cabeza, con el corazón en un puño, sus mejillas coloradas de la vergüenza.
—Yo no soy de ese tipo de chicas.
—Podrá hacer una excepción conmigo, ¿no, mi amor?
—No. —Ella alzó de nuevo la barbilla y le miró fijamente, enfadada y asustada.
Él sonrió enigmáticamente, con unos ojos llenos de calculada inteligencia, capa tras capa de complejidad. Levantándole la mano temblorosa, se la llevó a los labios con total seguridad en sí mismo. Se detuvo, sonriendo levemente mientras la miraba.
—Lo que quiero para mi cumpleaños... lo que realmente necesito —disfrutó de una pausa— es una nueva y preciosa amante. Debe tener el pelo castaño rojizo y unos increíbles ojos chocolate, y debe saber cómo hacer pólvora. ¿Conoce a alguien que responda a esa descripción?
— ¡Es usted deleznable! —exhaló ella.
—Querida —susurro él— aún no he empezado a avergonzarla. —Con esto, bajó su cabeza y le besó la mano. No en los nudillos, sino en la juntura de su pulgar. Bella gimió al sentir la punta de su lengua lamer suavemente el contorno de su puño. Retiró la mano con rapidez y le miró con la boca abierta por la sorpresa.
Él se limitó a sonreír con tranquilidad, con una chispa peligrosa en los ojos.
— ¿Le gustaría tomar un trago antes de empezar? El vino ha tenido tiempo de respirar y me parece que lo necesita. —Se volvió y caminó hacia la mesilla de noche donde estaba la botella.
Bella estaba paralizada como una estatua de jardín.
Al mirar la anchura de su espalda y la esbeltez de su cintura, sintió que iba a marearse.
Estaba jugando con ella. Estaba segura. Él sabía que era el Jinete Enmascarado y sólo estaba jugando cruelmente con ella, el juego del gato y el ratón. Era eso, ¿no?
Oyó el sonido del vino al caer en una copa y después en otra.
— ¿Se le ha comido la lengua el gato, querida? Bueno, no importa. No la he traído aquí para que me dé conversación, ¿verdad? —Le dedicó un guiño de complicidad al tiempo que le daba la copa—. Venga, tómelo.
Si hubiese sido Lucifer ofreciéndole un vaso de sangre humana, no hubiese tenido más miedo del que tenía ahora.
De repente, encontró su voz.
— ¿Qué significa todo esto?
Él rio suavemente y se sentó en la cama, deshaciéndose el nudo del pañuelo.
—Querida, es usted muy joven, ¿verdad? ¿Cuántos años tiene, Isabella?
—Veintiuno.
—Aparenta dieciséis. Dieciocho, como mucho.
Con el corazón latiéndole fuertemente, miró las sábanas abiertas, el vino, y después, le miró a él: un consumado libertino. Parpadeó sin poder dar crédito. ¿Podía ser cierto? ¿Era ella el objetivo? Le había visto allí, en aquella galería estrecha, escudriñando entre la multitud. ¿Era eso lo que estaba haciendo allí, elegir a su presa?
Casi dejó escapar una carcajada, incapaz de creerlo. ¿Con todas esas hermosas mujeres que había en el baile y la había elegido a ella? Debía de estar borracho. Pero maldita sea, era lo suficientemente atractivo como para tentarla.
Como si él le hubiese leído la mente, le dirigió una media sonrisa de comprensión, haciendo pasar el borde de su copa por sus labios, hasta terminar bebiendo un sorbo.
Le miró fascinada con la forma en la que tragaba el líquido, con la nuez subiendo y bajando en el sitio antes oculto al haberse soltado el pañuelo. Su garganta era dorada, como lo era la pequeña parte de su pecho que mostraba el escote abierto de su camisa.
Bajó el vaso y lo separó de sus labios, lamiéndoselos lentamente mientras su mirada se movía seductora hacia ella. Ella se echó hacia atrás débilmente contra el marco de la puerta, perpleja por una extraña y desconcertante sensación en el estómago. La habitación estaba demasiado caldeada, tan caliente que resultaba difícil pensar. Todo en lo que pudo pensar fue en que, al menos, no estaba arrestada.
Aún.
El dobló un dedo hacia ella, llamándola suavemente con un murmullo aterciopelado.
—Estoy esperando, gatita castaña. Ven aquí y deja que te acaricie.
Su invitación la hizo salir de su ensimismamiento, como en una pequeña llamada de atención.
—Dios mío, me voy de aquí—murmuró. Dando media vuelta, se marchó a la otra habitación, sintiendo unas piernas detrás de las suyas.
—Sólo si puedes traspasar puertas cerradas, me temo —le dijo con una mueca de malicia—. Vamos, grita todo lo que quieras. Nadie va a venir a ayudarte.
Bella golpeó la puerta.
— ¡Que alguien me saque de aquí! ¡Ayúdenme! ¡Quiero salir de aquí! —gritó, golpeando la puerta tan fuerte como podía. De repente recordó su horquilla, la que había usado para liberar a Seth. Se la sacó del peinado, pero estaba tan nerviosa que sus manos temblaban demasiado como para conseguir meterla en la cerradura.
En la otra habitación, podía oír su risa.
— ¿Qué ocurre, Isabella? —la llamó—. ¿Es a ese campesino al que quieres? Mi querida niña, ¿por qué suspirar por él cuando puedes tenerme a mí como protector? ¿Acaso no tienes ningún respeto por tu rango? Me vas a ofender.
Ella se detuvo y dio la espalda a la puerta, mirando sobre su hombro. ¿Tenía acaso que insultar a Jacob también? Era demasiado.
Dejando la horquilla en el ojo de la cerradura, volvió para darle su merecido.
— ¡Qué buena opinión tiene de usted, alteza! Por si le sirve de algo, Jacob es mi amigo y yo nunca he querido ni necesitado un protector. ¡Qué idea tan desagradable! Por si no lo sabe, soy bastante capaz de cuidar de mí misma, y créame —le gritó por que no podía soportarlo—, ¡usted no es ningún premio! Más aún, ¡no puede ir por ahí seduciendo a la gente cuando le plazca!
—Desde luego que puedo —dijo con la mirada perdida, haciendo girar la copa de vino en su mano.
—Pero ¿por qué ha tenido que elegirme a mí? —gritó.
Él le dedicó una amplia sonrisa y asintió.
—Sí, es un gran honor, ¿verdad?
— ¡Un honor que yo preferiría que concediera a otra!
Él empezó a desabrocharse la chaqueta, riéndose de ella mientras sacudía la cabeza.
—Ah, caracolita, ¿cuántas vírgenes crees que hay por aquí?
— ¡Caracolita!
—Es sólo una expresión.
— ¡Tengo un nombre!
—Estoy seguro de que así es. Ven a beber tu vino. Te sentirás más alegre si lo haces. Hace mucho tiempo que no estoy con una virgen —se burló en voz alta—. Menudo regalo. Pensaba que iba a tener que comprar una.
— ¿Comprar una? ¡Ah, es usted despreciable!
La miró con una expresión de seriedad, no obstante, había un brillo en sus ojos que le hizo preguntarse si no estaba riéndose de ella.
—No vas a hacer que esto sea difícil, ¿verdad? —preguntó—. Odiaría tener que atarte. Aunque, bueno —abrió uno de los cajones de la mesilla— creo que debe de haber por aquí un lazo de terciopelo...
Bella entornó de repente los ojos al ver que sacaba una llave de plata del cajón y la colocaba en la mesilla junto a la botella de vino. Ahá, no era tan listo después de todo, si dejaba la llave en un lugar donde ella pudiese verla. ¿Así que caracolita, eh?
Edward cerró el cajón.
—Bien, no está aquí. Debo de haberlo usado con alguna otra.
—Vaya —replicó, dándose cuenta de que estaba tan bebido que había olvidado colocar la llave de vuelta en el cajón. Ahora, todo lo que tenía que hacer era cogerla. Alcanzarla iba a llevarla por un camino peligrosamente cerca de él, pero dada la dificultad que había tenido con la horquilla, la llave era su única esperanza.
Con las manos detrás de la espalda, se balanceó con despreocupación hacia la mesilla. En silencio, él observó sus movimientos. No parecía en absoluto tan tonto como quería hacerle creer, aunque se limitó a palmear su musculoso muslo.
— ¿Por qué no vienes aquí y te sientas en mi regazo? —la tentó con dulzura.
Sus mejillas enrojecieron.
— ¿Porqué?
Su voz era débil, malvada.
—Voy a contarte un cuento para dormir.
—No es hora de ir a dormir, príncipe Edward —dijo con una sonrisa de desacuerdo.
—Maravilloso —murmuró, mirándola—. Creo que es la primera vez que me sonríes. —La mirada de sus ojos había cambiado, y su color se había vuelto de un verde oscuro.
Cuando la llamó de nuevo, su voz fue aterciopelada, y también irresistible.
—Vamos, Isabella, ven aquí. Lo haremos muy despacio. Te lo prometo. Será maravilloso.
Ella le miró por debajo de las pestañas, casi tentada.
—Yo no sé...
—Un beso —susurró, y al verle los ojos, descubrió que la mirada de coqueteo había desaparecido. Se echó hacia delante en el borde de la cama donde estaba sentado, los codos sobre las rodillas y los dedos entrelazados, sin dejar de mirarla—. Eres preciosa, la verdad.
—Y tú eres un descarado mentiroso. Ha sido muy perverso por tu parte traerme aquí arriba. —Con el corazón acelerado, pasó con sigilo los dedos por la superficie llena de polvo de la mesilla, mientras se acercaba peligrosamente a él.
—Lo sé. Pero quería estar a solas contigo. —Su mirada era intensa—. No me crees. ¿Por qué no?
Un paso más y la mesilla estuvo junto a su cadera, y la llave lo suficientemente cerca como para cogerla.
—Bueno, está la señorita Denali —señaló.
El dejó caer la cabeza con un gemido de enfado.
—Siempre hay señoritas Denali.
— ¿La quieres?
—Eso no sería muy inteligente —dijo con rotundidad.
—Tú no me quieres, de eso estoy segura. Yo no soy nada especial. Deja que me vaya, ¿sí? Por favor, podrías tener a cualquier otra en tus brazos...
Él levantó la cabeza y la miró un momento con un brillo distante y sombrío en los ojos.
—Te mueves que da gusto verte, Isabella —murmuró—. Tienes tanta gracia como el viento del mar, y tan asustadiza como una paloma, ¿verdad?
Ella se detuvo, mirándole, bruscamente aterrorizada, aunque no de una manera física.
—Está bien—susurró. Se levantó, sin dejar nunca de mirarla. El corazón iba a salírsele del pecho. Tenía la llave a su alcance, pero estaba tan paralizada como un ciervo delante de su cazador. Él se acercó, le tocó el hombro y la atrajo hacia él. La rodeó tiernamente con los brazos y la abrazó, rozando la mejilla suavemente contra su pelo. Ella cerró los ojos, conmocionada por el reconocimiento, por el sentimiento de tenerle al lado en carne y hueso, exactamente como lo había soñado miles de veces.
Abrió la mano sobre la lana suave de su solapa, sin atreverse casi a tocarle, mientras su mente se retorcía asombrada. «Me está abrazando, el príncipe Edward me está abrazando.» Sin duda se trataba de un sueño. Despertaría mañana y se encontraría otra vez sola, pero por ahora se dejó llevar por esa fuerza cálida de sus brazos rodeándola, el olor embriagador de su colonia.
Escuchó el suave sonido de un suspiro sobre ella, mientras él la acunaba en sus brazos, y se maravilló de lo natural, de lo bien que se sentía siendo rodeada de esa forma. Sentía sus manos cálidas y grandes que la acariciaban lentamente, por toda la longitud de la espalda, hasta la cintura. Después, él le hizo descender la barbilla con los dedos.
El corazón le golpeaba el pecho. Sus ojos eran enormes. Todo su mundo se volteó cuando Edward la miró.
—Me gustaría mucho besarte —le dijo en voz baja.
Sus ojos se llenaron de angustia. Intentó sacudir la cabeza en señal de negación, pero él sólo le decía que sí, con una sonrisa tierna y exquisita que la llenaba de confianza.
Desesperada, le miró, perdida. Edward cerró los ojos, bajó la cabeza y la besó.
La caricia de sus labios fue tan suave como el latido de unas alas de mariposa. Su boca se sentía cálida y sedosa al contacto con la suya. Isabella permaneció con los ojos cerrados y dejó escapar un suspiro desde el fondo de su alma. Sentía la curva de sus labios en una sonrisa contra su boca. El sonido era tembloroso. Él se apartó un poco.
—No ha estado tan mal, ¿verdad? —susurró.
Ella hizo un sonido de angustia con la garganta, negándose a abrir los ojos, despreciándole por el deseo que un solo beso de él había despertado en ella. Después, él la atrajo aún más fuerte entre sus brazos, deslizando un brazo por su cintura para estrecharla con firmeza junto a su cuerpo. Le dio un beso en la frente, como si fuera una niña y después le besó las cejas, los ojos, la mejilla y una oreja. Ella se tambaleó como mareada contra él, con el pecho tembloroso. Él la tranquilizó con sus brazos, abrazándola con tanta delicadeza como si estuviera hecha de porcelana china. Inclinando la cabeza, Edward empezó a besar la curva de su cuello, acariciando su garganta suavemente con la mano que le quedaba libre.
Era la sensación más embriagadora y deliciosa que había experimentado nunca. Sus labios rozaban su piel como si fueran de fino satén, su aliento cálido le hacía cosquillas por detrás de las orejas. Ella le devolvió el abrazo, incapaz de resistirse, cerrando los ojos mientras le atraía hacia ella. Tocó su largo y cobrizo pelo, acariciando con lentitud su melena aterciopelada en toda su longitud. Edward le acariciaba la espalda con sus grandes manos, y después los brazos, y las caderas. Su piel ardía, imposiblemente sensible. Ella se sentía como el aire, perdida en una nube de felicidad, y temblaba. Sus caricias se hacían cada vez más ardientes e intensas.
Cuando él la atrajo aún más contra su cuerpo, un escalofrío de placer le traspasó al sentir la completa unión de sus cuerpos, de arriba a abajo. Podía oír tanto sus suspiros temblorosos como los gruñidos ansiosos de él. Él la apretó por las nalgas, estrechándola contra él. Ella gritó suavemente, una única nota de confusión, deseo y necesidad.
— ¡Ay, Dios, eres tan dulce! —jadeó, besándole el cuello y hasta la boca.
Ella le sintió temblar cuando le cogió el rostro entre sus manos y le besó la boca una y otra vez, abriéndole los labios de placer. Confundida, se rindió a la novedad, y entonces él pudo mostrarle lo que era de verdad besar. Inclinó su boca sobre la de ella y sintió cómo las lenguas se fundían, girando, bailando. La sorpresa le estalló en las venas, y el placer... Edward la tenía completamente dominada con sus besos profundos y lentos. Todo lo que podía hacer era quedarse donde estaba y colgarse a él.
Se había rendido a él, pero en algún lugar recóndito de su mente, la última gota de cordura la reprendió horrorizada por lo que estaba haciendo. ¿Cómo podía dejarse vencer de esta forma? Trató de apartar la cara pero él la atrajo hacia él poniéndole sus suaves y a la vez autoritarios dedos en la barbilla.
—No tengas miedo, cariño —le dijo con un suspiro, sonriendo, con una respiración profunda—. Es mejor si me devuelves el beso, ¿sabes?
—No quiero —mintió, casi sin aliento.
— ¿Ah, no?
— ¡No!
Su risa brotó, juguetona.
—Mírame, Isabella.
Ella dirigió lentamente la mirada hacia él, y abrió los ojos sin poder remediarlo. Encontró los ojos de él en los de ella, y una sonrisa tierna y débil. Aunque sus labios estaban turbios y mojados por los besos, sus ojos eran como un mar verdoso, agitado por la tormenta del deseo.
— ¿Qué? —murmuró ella, casi enfadada.
— ¿Nadie te había besado antes? —Su pregunta no sonó, en absoluto, impertinente.
Ella bajó la cabeza, roja como una granada. Era aún peor que él lo hubiese averiguado. Empezó a temblar en sus brazos, con la cabeza baja. Nunca se había sentido tan vulnerable. Pero él le cogió la barbilla, haciéndole levantar la cara, con una expresión melancólica en los ojos.
—Qué criatura tan maravillosa e inocente eres.
Le acarició la barbilla con los nudillos, sin dejar nunca de mirarla. Después, se guardó lentamente las manos en los bolsillos, como si quisiera obligarse a no volver a tocarla. Dio un paso hacia atrás, como si estuviera incómodo, y bajó la cabeza.
—Tal vez te gustaría simplemente... venir a dar un paseo conmigo. Puedo enseñarte los jardines. Son preciosos a la luz de la luna. Podríamos hablar...
Su voz se quebró al ver que ella le miraba sorprendida.
—Ah, no importa —dijo en voz baja—. ¡Qué desastre! Lo siento. Siento muchísimo lo que ha ocurrido, señorita Isabella. Usted es una señorita, pero sentí que... No lo sé. Lo siento. Vayase, por favor, será mejor que se vaya. Coja la llave de la mesa. La puse ahí para usted.
— ¿Pretendía que me escapara?
—Por el amor de Dios, no sé qué pretendía. —Cerró los ojos un momento y, cuando los abrió de nuevo, aparecieron llenos de una completa soledad, su ligera sonrisa marcada por la miseria—. Váyase —susurró—. Este pozo de almas perdidas no es lugar para usted.
Pero ella no se marchó aunque él le dio la oportunidad.
—Quizás no sea tampoco un buen lugar para ti —le dijo con cariño.
Él buscó su mirada sin un asomo de arrogancia, y guardó silencio un momento.
—Quizás no tengo otro sitio adonde ir.
Ella sintió que su imprudente corazón le tomaba la delantera. Aguantando la respiración al darse cuenta de su propia estupidez, dio un paso hacia delante y le puso la mano en el pecho.
Él la observó, con la mandíbula apretada, como si fuese a apartarse de ella. Después, oyó su respiración cargada de deseo mientras ella le rodeaba el cuello con los dedos. Le atrajo hacia ella y le besó en los labios durante un buen rato.
Él deslizó sus brazos alrededor de la cintura de ella y la abrazó, devolviéndole los besos con ardiente deseo; deseo que se convirtió en sólo unos segundos en una furiosa llama de pasión. Ella le rodeó con los brazos, probándole una y otra vez en glorioso abandono. Enredó sus manos entre su pelo, acariciando su bien afeitada cara. Su respuesta era tan sorprendente, que apenas se dio cuenta de que él la llevaba hacia la enorme cama.
Siempre de la forma más tierna, la llevó hasta el borde y la sentó en él. El cuerpo de Isabella temblaba con las nuevas sensaciones, recién descubiertas. Él se puso de rodillas ante ella, sin dejar de besarla. Lentamente, sus besos pasaron de su cuello a su pecho. Su mano capturó uno de sus pechos y sus besos descendieron un poco más. Ella inclinó la cabeza hacia atrás, en éxtasis, atrayéndole hacia ella mientras su cálido aliento le penetraba el vestido, moldeando la suave seda sobre su piel firme y sensible. Él la mordió ligeramente a través de la tela. Suspirando su nombre, ella se arqueó contra él, dejando que su cuerpo se deslizara un poco más cerca de su entrepierna.
—Te deseo, Isabella, te deseo —susurró. Sus manos hábiles y elegantes le acariciaron el pecho y la garganta, y ella ni siquiera se dio cuenta de que le desabrochaba el vestido hasta que él empezó a bajarle la manga por el hombro derecho, besando el hueco de su cuello.
Un escalofrío de terror le hizo ponerse en guardia, recordando el vendaje de su brazo.
Era demasiado tarde.
Él había ya bajado la manga y lo había visto. Fruncía el ceño al ver la herida.
—Isabella, ¿qué te ha pasado en el brazo...? —Su voz se quebró.
Ella le miró fijamente, con el corazón en la garganta.
Arrugó el entrecejo, levantó los ojos hacia los de ella y después se quedó paralizado, con una expresión de entendimiento.
Bella sintió un escalofrío, al notar la furia que flotaba en sus ojos verde oscuro.
— ¿Tú? —susurró, como si le faltase la voz.
Todo parecía moverse con lentitud. Ella se retiró de su abrazo, se levantó de la cama y corrió, colocándose la manga en el hombro de nuevo. Había apenas dado dos pasos, cuando él agarró su vestido desde atrás.
— ¡Vuelve aquí! —rugió, poniéndose en pie.
Ella chilló, pero él la sujetó del vestido hasta romperle la manga. Le miró por encima del hombro, frenética, y vio cómo él observaba la herida de bala, prueba que la identificaba sin ninguna duda como el Jinete Enmascarado.
— ¡Tú! ¡Maldita sea! —bramó—. ¡No es posible!
— ¡Deja que me vaya! —le gritó.
Cuando la alcanzó, ella le pegó, pero él consiguió cogerle el puño al vuelo y se lo retorció, poniéndole el brazo detrás de la espalda. Su apretón no le dolió, pero resultó implacable.
Ella se retorció.
— ¡Suéltame, bruto!
— ¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó furioso—. ¿Cómo te atreves a venir aquí?
El reloj de pie de la sala de estar empezó a dar la medianoche con sus campanadas engoladas. En la refriega que mantenían los dos, se detuvieron de repente al escuchar un enorme estruendo en la distancia. La explosión retumbó en las contraventanas y sacudió los cuadros de las paredes.
«¡Jacob y los otros habían emprendido la huida!», pensó con pesadumbre, y ¡ella no había conseguido distraer a los guardias porque había estado demasiado ocupada besándole!
— ¡He dicho que me dejes ir!
Encarándosele, levantó la rodilla y le golpeó con fuerza en la entrepierna.
El príncipe aulló de dolor.
— ¡Lo tienes bien merecido, por granuja! —le gritó, mientras él se doblaba postrado en el suelo.
Con un grito entre confuso y furioso, Edward trató de sujetarla por el dobladillo de la falda, pero ella se deshizo de él a sólo unos centímetros de sus dedos. Cogiendo la llave de encima de la mesa, escapó justo en el momento en que el reloj daba la última campanada.




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