martes, 7 de diciembre de 2010

Ruidos extraños

Capítulo 8 “Ruidos extraños”

El perro no se quedó con ella esa noche, quizá porque el conde ya no creía que necesitara un guardián, o quizá porque no creía que hiciera falta vigilarla.
Había sido un día muy largo, y necesitaba darse un buen baño. Cuando acabó, pese a lo cansada que estaba, seguía confusa y no logró conciliar el sueño. El conde no siempre era un monstruo. Durante la cena había intentado mostrarse galante.
Sin duda sabía que ella había visto a su hija. ¿Acaso era tan insensible que no le importaba lo más mínimo que ella supiera la verdad? ¡Por favor! Después de la confesión que le había hecho unas noches antes, sin duda debía haber comprendido que los hombres que tenían hijos ilegítimos y no se hacían responsables de ellos la ponían enferma.
Él, sin embargo, había asumido su responsabilidad. La niña estaba siendo educada por aquellas encantadoras hermanas…, aunque sin padre.
Bella no había conocido a su padre, pero al menos había tenido la suerte de conocer a Charlie. Aunque, a decir verdad, tal vez «suerte» no fuera la palabra más adecuada. Después de todo, no se habría visto metida en aquel lío si Charlie hubiera aprendido a comportarse.
De pronto sintió un ruido y arrugó el ceño. Lo oyó un instante… y luego dejó de oírlo. Se preguntó si serían imaginaciones suyas, y luego se convenció de que no. Aquel ruido casi parecía proceder del interior de su habitación.
Se incorporó y subió la llama de la lámpara de aceite que había junto a su cama. Desde el otro lado del dormitorio, los ojos mortecinos de un gato egipcio de arcilla la miraban fijamente. Bella ignoró al gato; había estudiado la civilización egipcia en el museo desde que era una niña. El pasado no la asustada. Pero aquel ruido…
Salió de la cama y dio una vuelta por la habitación, intentando identificar la procedencia de aquel sonido. Por fin llegó a la conclusión de que no procedía de la habitación, sino de debajo de ella. Vaciló. Luego se acercó sigilosamente a la puerta, descalza. Titubeó de nuevo, preguntándose si estaría cerrada desde el exterior. Pero no lo estaba.
La abrió cuidadosamente y se asomó al pasillo. No vio nada, ni a nadie. Las luces del pasillo eran muy tenues, pero pese a ello tenía la sensación de que no había nadie por allí cerca.
Luego… el sonido le llegó de nuevo desde abajo.
Bella salió al pasillo. Se pegó instintivamente a la pared y siguió las escaleras hasta la entrada del castillo. A la tenue luz de las escasas lámparas, casi apagadas, las armas que colgaban de las paredes tenían un leve pero siniestro resplandor.
Al llegar al pie de las escaleras giró hacia la derecha, pues estaba segura de que aquel extraño chirrido procedía de debajo de su habitación. Por suerte, las grandes puertas que había bajo un arco normando estaban entreabiertas; le resultó bastante fácil deslizarse en la siguiente habitación. Allí, la luz era aún más débil. Sólo una lámpara ardía, espantando las sombras. Bella permaneció inmóvil un momento, dejando que sus ojos se acostumbraran a la penumbra.
Se hallaba en otra amplia estancia que parecía ser un salón de baile. Había sillones y canapés apoyados contra la pared. Un enorme piano se alzaba a un lado, y junto a él descansaban sobre soportes un arpa y varios instrumentos de cuerda.
Al cruzar el salón, Bella sintió que la inquietud la recorría como un escalofrío. Intentó no temblar. Se detuvo en medio del salón y giró sobre sí misma, sintiendo que alguien la seguía. Pero no había nadie tras ella; estaba sola en aquella estancia parecida a una caverna.
Continuó avanzando hasta que llegó a dos puertas de madera bellamente labradas. Vaciló y luego decidió tomar la de la izquierda. Empujó la puerta con el mayor sigilo de que fue capaz. Al parecer, la puerta se usaba con frecuencia, pues cedió sin hacer ruido.
La habitación en la que entró era una pequeña y antigua capilla. El altar era de piedra. Sobre él había un crucifijo de metal y un ramo de flores cuyo denso olor la alcanzó de inmediato.
Bella vaciló de nuevo; en parte deseaba regresar por donde había venido, subir corriendo las escaleras y encerrarse en su habitación. Pero una fuerza más poderosa la arrastraba a seguir adelante, hacia la puerta que había al otro lado de la capilla.
Abrió lenta y cuidadosamente la puerta. En algún lugar por debajo de ella, ardía una luz. De pronto se le ocurrió pensar que, dado que se hallaba en una capilla, las escaleras seguramente conducían a la cripta familiar. Pero ¿por qué había luz en la cripta?
«¡No bajes!», le suplicó con fervor una vocecilla en su cabeza. Pero sus pies ya se movían. Los escalones de piedra eran viejos, pulidos y suaves. Y fríos como hielo al contacto de sus pies.
Aun así, la luz vacilante la atraía como a la proverbial polilla.
La escalera se curvó, y Bella le dijo a su corazón desaforado que lo único que tenía que hacer era bajar lo suficiente como para asomarse a la esquina y descubrir de dónde procedía aquella luz. Luego obedecería la voz de la razón y volvería corriendo a su dormitorio. Sólo unos pasos más y podría marcharse.
Llegó al final de la escalera, pero una vieja columna de piedra le tapaba la vista. Sus manos tocaban la pared húmeda. De pronto, la luz se apagó y todo quedó a oscuras. Se oyó un leve sonido a… ¿a su espalda, en la escalera? ¿O procedía acaso de las tinieblas que se extendían ante ella?
Se quedó paralizada, con los sentidos en tensión, intentando descubrir el origen de la amenaza. Entonces unas manos se extendieron hacia ella y la tocaron.


Era de noche, muy tarde. Pero a sir Jason Jenks poco le importaba la hora.
El resto del museo estaba sumido en sombras. El alumbrado eléctrico era muy costoso, y cuando el museo cerraba se apagaban casi todas las luces. Sir Jason estaba trabajando en su despacho al suave resplandor de la lámpara que había sobre su mesa y que lanzaba sombras fantasmales sobre su rostro.
Ante él había desplegados cuadernos y recortes. Masculló para sus adentros al acabar de leer un artículo, y luego lo dejó, frunció el ceño y lo tomó otra vez. Acto seguido sacó de debajo del montón de recortes un pequeño diario. El suyo. De aquella época. De la expedición a Egipto.
Aquello había sido extraordinario. Todos ellos allí. Discutiendo, por supuesto. Eran eruditos. Tenían opiniones formadas. Eran cultos. Y cada cual tenía sus propias ideas.
Leyó una página del diario; luego cerró los ojos y sacudió la cabeza, entristecido. Todavía veía a Esme Cullen con toda claridad. Su sencilla falda, tan perfecta para las arenas del desierto; su camisa clara y práctica, cuyos bordados, sin embargo, le conferían un toque de feminidad. Podía oír el gorjeo de su risa. Ella siempre sonreía y decía que el día siguiente sería mejor. Nunca se dejaba vencer por el cansancio; nunca perdía el entusiasmo.
Luego estaba Lord Cullen, Carlisle, que no se dejaba engañar, ni cautivar fácilmente. Amaba la investigación tanto como cualquiera de ellos, pero nunca olvidaba que era lord Cullen, un hombre con responsabilidades para con su país y su reina, y también para con su propio hogar. Siempre andaba preocupado por sus tierras, sus colonos y sus obligaciones hacia el Parlamento.
Allí donde iba, se llevaba su oficina. Los cables del telégrafo repiqueteaban constantemente. Pero ello no le impedía estar al corriente de cuanto sucedía en el yacimiento. Aquel hombre estaba dotado de un agudo poder de observación. Encerraba en su cabeza un minucioso catálogo y sabía si cualquier objeto, por insignificante que fuera, había sido embalado y trasladado.
Lady Esme era la amabilidad personificada. Y lord Carlisle era un hombre de acero. Pero los dos habían muerto. La muerte no perdonaba a nadie. Todos ellos lo sabían, pues habían visto los patéticos restos de los antiguos egipcios, que creían que podían burlar a la muerte y llevarse sus tesoros al otro mundo.
Lord Carlisle había sido el primero en entrar en la tumba, con lady Esme a su lado. Y sobre la tumba pesaba una maldición.
De pronto, sir Jason se puso a hurgar entre los papeles con cierta desesperación, buscando cierto documento. Un sonido lo sobresaltó. Miró a su alrededor en la oscuridad, pero no vio nada.
—¡Vaya por Dios! —se reprendió—. ¡No creerás ahora que las momias se levantan y van andando por ahí!
Era el cansancio. Era hora de marcharse.
Metió a toda prisa los papeles y los cuadernos en el cajón de la mesa y lo cerró de golpe. Se levantó, dándose cuenta con sorpresa de que estaba asustado. Realmente asustado.
—¡Ya me voy! —anunció en voz alta.
Salió corriendo, sin detenerse a cerrar la puerta del despacho. Al llegar al vestíbulo del museo, saludó con una inclinación de cabeza al policía de guardia, dio media vuelta y salió a todo correr del enorme edificio.
Sólo más tarde, cuando se hallaba ya en su pequeño y acogedor apartamento, bebiendo té con whisky, se dio cuenta de que había huido del museo al darle la impresión de que alguien lo acechaba, a pesar de que era su deber asegurarse de que nadie invadía las salas.
Entonces se acordó de su diario, y las manos empezaron a temblarle, haciendo tintinear la taza sobre el platillo.


Bella no gritó, para su propio asombro. Al menos, no muy alto. Claro, que estaba tan aterrorizada que de sus labios no podría haber salido sonido alguno. Sin duda el latido ensordecedor de su corazón se oía en todo el castillo.
A pesar de que la oscuridad la cegaba por completo, sus demás sentidos se aguzaron. Aquellas manos desconocidas se posaron sobre sus hombros. Unos nudillos rozaron sus pechos, apenas cubiertos por la fina tela del camisón. Bella comprendió de forma instintiva quién era aquella figura incluso antes de que un áspero susurro llegara a sus oídos.
—Bella…
El conde estaba furioso. Y no llevaba puesta su máscara.
Por extraño que pareciera, ella ya no tenía miedo. Sin embargo, mientras el alivio se apoderaba de ella, una voz se despertó en su interior. El instinto le gritaba que debía confiar en él, pero la lógica se lo impedía.
Extendió las manos a ciegas y tocó la cara de Edward, notando la textura de su piel. Sus dedos se deslizaron sobre los altos pómulos, la nariz fuerte, los labios carnosos. Se disponía a hablar cuando él la agarró de la mano y susurró:
—¡No!
Bella tragó saliva. Él le indicó que se quedara donde estaba. Luego desapareció.
Ella aguardó en vano a que un chorro de luz traspasara las tinieblas, negras como el ébano, y permaneció totalmente inmóvil, pegada a la fría pared de piedra. Pensó que el conde debía de estar buscando una lámpara. Y que, cuando la luz se encendiera, ella vería su cara. Vería lo que había de abominable tras la máscara.
Pero no surgió ninguna luz. Bella estuvo a punto de gritar cuando él regresó a su lado, pues no lo había oído acercarse. Unos instantes antes de que la tocara, algo en su fuero interno le advirtió que estaba cerca. Quizá su olor, el calor que irradiaba su cuerpo, un soplo de aire, pero no sonido alguno. Tal vez la oscuridad la enloqueciera, pues cuando el conde volvió a tocarla, se abrazó a él, temblando. Bajo la tela de algodón que cubría los brazos y el torso de Edward, sintió la tensión y la fortaleza de sus músculos. Edward se apoyó contra ella. Bella sintió su aliento en el oído cuando él le susurró:
—Arriba.
Ella asintió con la cabeza. Aferrándose todavía a su brazo, se dio la vuelta. A su izquierda, la pared de piedra era fría como hielo. A su derecha, en cambio, se hallaba el calor y la vitalidad del cuerpo del conde y la presión reconfortante de sus dedos sobre la muñeca. Llegaron a lo alto de la escalera que llevaba a la capilla. Entraron y él cerró la puerta con firmeza.
Bella se percató entonces de que no se había separado de ella para ir en busca de una lámpara; había ido a buscar su máscara. Debía de tener varias, pues aquélla era distinta, de un cuero fino y sencillo, marrón, sin el menor parecido a una bestia, real o mitológica.
La luz de la capilla seguía siendo débil.
—¿Por qué ha hecho eso? —preguntó Bella.
—Le dije que no vagara sola de noche por el castillo —repuso él.
—Yo…
—Le dije que no vagara sola de noche por el castillo.
Ella se desasió de su mano y salió a toda prisa de la capilla. Edward salió tras ella, dando largas zancadas. Bella se dio cuenta de que se aproximaba y se giró. Para su sorpresa, el conde la levantó en volandas y se la echó sobre el hombro. La brusquedad de aquel movimiento la dejó sin aliento, y durante unos instantes no logró articular protesta alguna. Entre tanto, el conde la condujo a la escalera. Mientras subía los primeros peldaños, ella intentó incorporarse, pero Edward se la colocó otra vez sobre el hombro con brusquedad, dejándola de nuevo sin aliento.
Dejaron atrás la habitación de Bella y llegaron a las puertas labradas de los aposentos del conde. Éste abrió la puerta empujándola con el pie, la cerró de golpe del mismo modo y depositó a Bella sin ceremonias en uno de los grandes sillones que había frente a la chimenea.
Para entonces, ella temblaba de indignación. Le castañeaban los dientes y se agarró con fuerza a los brazos del sillón, mirando a Edward con ojos que parecían escupir rabia mientras decía:
—¡Cómo se atreve! No me importa que sea usted conde y yo la hija de una prostituta. ¡Cómo se atreve!
Él se agachó frente a ella. El brillo de sus ojos verdes era como una llama de combustión lenta.
—Cómo se atreve usted. Le dije que no anduviese por ahí. ¿Cómo puede una invitada abusar de su posición con semejante descaro?
—¡Una invitada! ¡Soy una prisionera!
—Le dije que no anduviese por ahí de noche. En nombre del cielo, ¿qué le da derecho a entrar en la cripta de mi familia en plena noche?
—Oí… un ruido.
—Ah, y pensó que pasaba algo. ¡Y corrió a ver qué era!
Bella no sabía por qué había hecho lo que había hecho, no sabía cómo explicarle que se había sentido impelida a seguir adelante a pesar de que el sentido común le decía que diera marcha atrás.
Las siguientes palabras del conde la dejaron de una pieza.
—¿Qué está haciendo realmente aquí?
—¿Qué?
—¿Para cuál de esos canallas trabaja?
—¿Qué?
—Hay una entrada, ¿verdad?
—¡No sé de qué demonios me está hablando! —exclamó ella, asustada.
El conde ardía de furia, tenía la mandíbula apretada, los ojos brillantes y los músculos tan tensos que ella notaba su leve temblor bajo la camisa de algodón. Se acurrucó en el sillón.
—¡Por todos los santos!, después de lo que ha pasado, no se haga la inocente conmigo —la advirtió él.
Ella exhaló un suspiro, comprendiendo de pronto lo que quería decir.
—No es sólo una bestia, ¡es usted un lunático! —dijo con frialdad—. Está obsesionado y ha llegado a ver tanta maldad en el mundo que cree que está por todas partes. Yo no trabajo para nadie. Trabajo para el museo.
—¿Y por qué anda por ahí desnuda en plena noche? —preguntó él.
—¡Yo no estoy desnuda!
—Como si lo estuviera —masculló él.
Bella no se había percatado de que el camisón fuera tan fino, ni de que aquellas palabras pudieran surtir sobre ella un efecto tan intenso e inmediato. De pronto se sintió arder, como si su carne, su sangre e incluso sus huesos se quemaran. Aquella sensación la dejó sin respiración.
Luego se preguntó si eran las palabras lo que habían suscitado en ella aquella reacción, o el hecho de que procedieran de él.
Por primera vez en su vida sintió una efusión de deseo. Ansió que Edward la abrazara, ansió sentir la dureza de acero de sus brazos rodeándola, el susurro de su voz reconfortante. Deseó conocer al hombre que se escondía tras la máscara, al hombre lleno de pasión, de furia y de determinación.
—Yo…
—¿Qué? —preguntó él.
Bella sacudió la cabeza, indefensa, y cruzó los brazos sobre el pecho.
—No sé qué decirle. No sé cómo demostrarle que no tengo malas intenciones. ¡Maldita sea! Lo ayudaría si pudiera, si hubiera algún modo… ¿Es que no lo ve? ¡Pero no hay ningún modo! No se puede llevar ajuicio a una serpiente. Y yo no tengo responsabilidad alguna en el museo. Ni siquiera trabajaba allí cuando tuvo lugar la expedición. Ojalá pudiera ayudarlo, pero no puedo.
Él permaneció inmóvil durante un rato y, cuando por fin se movió, Bella se quedó paralizada, temiendo que quizá fuera a agredirla. Pero, para su sorpresa, él le tendió la mano, la levantó y la estrechó entre sus brazos.
Tal y como ella había deseado.
El conde se sentó en el sillón y la acunó sobre su regazo, envolviéndola en sus brazos para darle calor.
—Tiemblas como una hoja arrancada por el invierno —dijo con voz hosca—. Maldita sea, muchacha, no voy a hacerte pedazos. Sólo intento darte calor.
Ella asintió, incapaz de hablar. Su corazón se había desbocado de nuevo. No necesitaba entrar en calor; quizá su piel pareciera fría, pero dentro de ella ardía un fuego voraz. Cerró los ojos y rezó porque Edward siguiera creyendo que temblaba de frío.
No podía soportar que adivinara que había disipado las certezas y la lógica de toda una vida, haciéndola creer que podía olvidarse del mundo y del mañana, que todo lo que importaba en la vida se resumía en aquel abrazo. Se sentía ebria. No alcanzaba a entenderlo, pues la lógica batallaba ferozmente con el placer dentro de su espíritu. Debía sentirse horrorizada, repelida, pero no era así.
Él la agarró de la barbilla y le alzó la cara. Bella miró sus ojos verde esmeralda, profundos e insondables. Edward empezó a acariciarle la mejilla con el pulgar mientras musitaba:
—O eres la mujer más honesta y valiente que he conocido nunca, o la más mentirosa.
Ella se envaró y procuró refrenar el deseo de quedarse donde estaba. Nunca antes se había permitido un signo de debilidad semejante.
—No te enfades, Bella. Me inclino más bien por lo primero. Como tú misma has dicho, estoy amargado, furioso y confundido. Eso no ha cambiado con el tiempo.
—Podrías estar equivocado —musitó ella—. Puede que…
Él sacudió la cabeza y sonrió con desgana.
—No. Un áspid, una mordedura, puede. Pero ¿mis dos padres? Y hay más. Han desaparecido demasiadas piezas. Y luego están los ruidos.
Ella se quedó mirándolo, confundida.
—Este castillo está rodeado por una enorme muralla. Y por un frondoso bosque. Y tienes al perro. Si hay ruidos…
—Tú sabes que los hay —le recordó él.
Ella movió la cabeza de un lado a otro.
—Pero deben de ser normales en un edificio como éste. Es un castillo medieval. Además, es imposible que alguien entre aquí, ¿no?
—Tu tutor lo consiguió.
—Sí, pero lo sorprendisteis de inmediato.
Él se removió un poco para ver mejor sus ojos, y lo absurdo de su posición sorprendió de nuevo a Bella. Había algo mucho más íntimo en el modo en que permanecían sentados, hablando en susurros al calor de las llamas que si… Bella no se atrevía a pensar en ese sí. Sus mejillas se tiñeron de rojo.
—Creo que hay un pasadizo debajo del jardín que lleva a la casa —dijo Edward, mirando hacia el fuego.
—¿Un pasadizo?
—Un túnel subterráneo.
—Pero ¿no lo sabrías, si así fuera?
Él se encogió de hombros.
—Hay toda clase de historias relacionadas con el castillo de Masen. Las primeras murallas se construyeron poco después de la conquista. Durante la Guerra de las Dos Rosas, los diversos bandos encontraron refugio aquí. Se dice que los monárquicos se escondieron en el castillo en tiempos de Cromwell y que el príncipe Carlos escapó una vez a Escocia tras cobijarse en el castillo. Es muy posible que haya una entrada secreta.
—Pero tú eres el conde. ¿No deberías saberlo?
—Hace mucho tiempo que no hay una guerra civil —respondió él en voz baja—. Mi padre estaba convencido de que ese pasadizo existía. Era un explorador, le encantaban los misterios. Y Dios sabe que pudo encontrar algo. Yo llevaba mucho tiempo fuera, en el ejército, cuando mis padres murieron. Mi padre me escribía siempre con tremendo entusiasmo, convencido de que estaba a punto de descubrir algo portentoso. En otra época, yo compartía con ellos el entusiasmo por el pasado, por la historia, por las civilizaciones perdidas. Pero has de recordar que mi padre era un conde inglés. Eso significaba que teníamos responsabilidades. Un hombre de mi posición debía servir al Imperio, y no había más que hablar. Por suerte, a mí me gustaba el ejército. Así que pasé largos años fuera de casa. Sólo regresaba de permiso. A veces me reunía con ellos en Egipto. Pero perdí la pasión por la historia que sentía cuando era más joven y vivía aquí, en Masen. Así que no sé si mi padre descubrió su túnel secreto. Pero, si lo hubiera encontrado, estoy seguro de que me habría escrito hablándome de ello.
Entornó los ojos y se quedó mirando el fuego. Bella pensó por un instante que se había olvidado de ella, tan sumido parecía en sus pensamientos. Temía moverse, distraerlo, aumentar su contacto. Sentía el deseo arrebatador de acercarse más a él, y ello la asombraba. Las palabras que Edward había pronunciado poco antes seguían resonando en su cabeza. De pronto se sentía casi desnuda, como si sus pieles se tocaran. De nuevo intentó recordarse que aquel hombre podía estar loco, que su ira podía ser tan ardiente como las llamas que crepitaban ante ellos. Pero su sentido común flaqueaba cuando aspiraba el olor de Edward y sentía su poderoso cuerpo bajo ella.
—Me habría escrito —murmuró él, mirando de nuevo a Bella—. Debería haber… no sé, una carta a medio escribir en alguna parte. Mi madre escribía un diario. Mi padre, en cambio, escribía cartas. Mandaba una y enseguida empezaba la siguiente. Pero, cuando murió, no dejó ninguna.
Bella tragó saliva y procuró concentrarse.
—Acababan de descubrir el yacimiento, ¿verdad? Habían pasado sólo unos días. Puede que tu padre no tuviera tiempo de ponerse a escribir —sugirió.
—Puede. Pero era muy obsesivo.
—Ya me lo imagino —murmuró ella.
—¡Bella! —ella lo miró y vio que sonreía bajo la máscara—. Creo que, si estuvieras en mi lugar, tú también estarías obsesionada. A fin de cuentas, estás aquí, soportando nuestra hospitalidad forzosa, a fin de salvar a un desgraciado ladronzuelo de su justa recompensa.
Ella comenzó a envararse de nuevo, enfurecida, pero entonces se dio cuenta de que Edward había pretendido enojarla, pero sin malicia.
—¡Ladronzuelo!
—Sí, ladronzuelo. Pero lo que importa es que no podías hacer otra cosa. Porque no habrías podido vivir con tu conciencia. Así que sin duda comprenderás mi situación.
Edward se había inclinado un poco hacia ella y la miraba con intensidad, aunque con expresión levemente burlona. Bella cobró conciencia nuevamente de la trepidación de su corazón, del temblor de su aliento, de la vitalidad que irradiaba de él. Deseó tocar sus mejillas bajo la máscara, sentir su piel. Estaba tan cerca… y sin duda iba a besarla en cualquier momento. Bella sentía su contacto. Era como un ensalmo o una forma de embriaguez. Quería, deseaba…
Él se echó hacia atrás, de nuevo hosco y distante, y se levantó de un solo movimiento, dejándola de pie en el suelo.
—Te he tenido despierta casi toda la noche. Voy a acompañarte a tu habitación.
Cuando se acercó a la puerta, parecía más rígido y severo que nunca, y sin embargo ardiente bajo su decorosa apariencia.
La acompañó hasta su dormitorio.
—Hablaba en serio, Bella. No andes por los pasillos de noche bajo ninguna circunstancia. Creo haber dejado claro que puede ser peligroso.
Ella asintió.
—A mí… me gustaba tener a Ayax.
—Sí, bueno, Ayax está montando guardia. En el jardín.
—Ah.
—Bella…
Su nombre nunca había sonado hasta tal punto como un cálido suspiro arrastrado por el aire seductor de la noche. Parecía haber incluso un toque de ternura en la voz de Edward.
Él se hallaba de nuevo muy cerca, con la cabeza inclinada sobre ella. Y ella, que había jurado que aquellas cosas no podían existir, ansiaba más y más.
—Que duermas bien —susurró él, y retrocedió—. Mañana será un día muy largo para ti.
Se dio la vuelta y echó a andar.
—¡Espera! —se oyó gritar Bella. Edward se detuvo en la puerta—. ¿Y si oigo algo? —preguntó.
Él sonrió.
—Grita con todas tus fuerzas.
—¿Tú me oirás?
Su sonrisa se hizo más amplia.
—Sí, te oiré.
—¿Tan cerca estás?
—Ese retrato de ahí, ése de Nefertiti…
—¿Sí?
—Es una puerta. Da a mi habitación. Sólo tienes que empujar el lado izquierdo del marco. Buenas noches, Bella —dijo. Y se marchó.

1 comentario:

  1. A si k a solo un paso está. Np pues hay k gritar toda la noche.

    Nos seguimos leyendo.

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