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jueves, 21 de abril de 2011

Epílogo


Epílogo
Abril, 1817
Las campanas de la iglesia repicaban salvajemente por toda Ascensión el día en que el nuevo príncipe fue bautizado. En la ciudad y en los recién plantados campos, por toda la tierra, nadie trabajó ese día, porque el rey Carlisle lo había declarado día oficial de fiestas y celebraciones.
Los hermanos Black permanecían juntos en medio de la animada multitud, mirando hacia el adornado balcón del palacio donde la familia real en pleno estaba colocada detrás de Bella y el príncipe Edward. Sus caras eran de silencioso asombro. Los orgullosos padres sonreían uno al lado del otro, dejando que el mundo viera al pequeño futuro rey de Ascensión.
Su alteza real, el príncipe Carlisle Cullen, tenía apenas dos meses de edad. Resultaba imposible distinguir su pequeño rostro a esa distancia, pero Paul había leído en los periódicos que el niño tenía los ojos chocolate de su madre y un suave pelo cobrizo igual que el de su padre.
La antigua banda de gallardos bandoleros suspiró a coro. Habían sido perdonados por la Reina y bienvenidos a la tierra que les vio nacer.
«Brava, bella», pensó Jacob, mirando a su amiga de la infancia con una sonrisa en su bronceado rostro. Bella parecía preparada, majestuosa y bella con su hijo en brazos, y era obvio que el hombre grande y elegante que estaba junto a ella la adoraba.
— ¡Mirad, allí está Seth! —dijo Sam de repente, señalando hacia el balcón donde su hermano pequeño podía ser visto con el príncipe Alec, los dos riendo y con los brazos uno en el hombro del otro.
Bella había dispuesto que el pequeño granjero fuese educado junto al príncipe Alec y le había trasladado al palacio como compañía del muchacho. Príncipe y mendigo se habían hecho ya inseparables.
Jacob se rio al ver las payasadas de su hermano y después sintió un suave tirón del brazo. Miró a su lado para ver a su nueva prometida. Su corazón se encogió de amor, como siempre, al descubrir su tímida sonrisa y una confianza poco a poco conseguida reflejada en sus ojos oscuros.
— ¿Crees que de verdad son tan felices como parecen? —preguntó Leah escéptica, cruzándose de brazos.
Jacob le rodeó los hombros con su habitual sentido protector y la atrajo hacia sí con fuerza, aunque de una manera muy cariñosa. ¡Era tan fuerte y a la vez, tan frágil, y tan joven para la vida de sufrimiento que había llevado! Sabía que el destino la había puesto en su camino para que pudiese salvarla. Siempre había querido ser un aguerrido caballero y salvar a las damas.
—Sí, mi amor —murmuró. Leah empezó a sonrojarse al ver su sonrisa—. Pero ni la mitad de lo que lo somos nosotros.
Ella se burló, pero la alegría iluminó sus ojos oscuros. Le tomó la mano y empezó a tirar de él hacia la plaza, donde se habían dispuesto un gran número de puestos de comida. Los aromas de la primavera llegaban hasta allí y se mezclaban con los de los exquisitos platos.
—Vamos, tengo hambre.
—Yo también —dijo el más grande de sus hermanos, Sam. Jacob echó una última mirada al balcón en el que se reunían las tres generaciones de Reyes: la Roca de Ascensión, el recién nacido, y el príncipe heredero que empezaba su época de madurez. Edward parecía que fuese a reventar de orgullo. Bella le miraba con una sonrisa calmada y decidida, llena de amor con el niño cómodamente en sus brazos. Entonces se volvió y la familia real desapareció de vuelta al palacio.
Supuso que hacía falta un demonio para domar a un granuja... y un granuja para seducir a un demonio.
«Adiós, Bells», pensó, con los ojos henchidos de orgullo por la castaña de modales masculinos a la que una vez conoció.
Después Leah tiró de él con impaciencia hacia la plaza y él se alejó de allí, con una amplia sonrisa en la boca por la felicidad que veía en ellos.
FIN

martes, 19 de abril de 2011

Nunca te dejaré


Capítulo 23 "Nunca te dejaré "
—Mamá, ha despertado.
Bella escuchó una voz femenina, ligeramente aguda, que venía de algún lugar cercano, y después un sonido de faldas que revoloteaban.
—No la molestes, Alice. Deja que se recupere poco a poco —parecía reñir una segunda voz femenina.
La primera voz tenía una calidad burbujeante, como un arroyo alegre, pero la segunda era de un timbre más dulce, como el brillo del sol otoñal en la superficie de una jarra de miel.
—Ah, mamá, ¿no te parece adorable? Ahora entiendo por qué Edward está tan loco por ella. Es como una muñequita de porcelana. ¡Es tan pequeña! —Suspiró con melancolía—. Siempre quise tener una hermana.
—Creo que es muy joven —dijo la mujer más mayor, con un tono de voz mucho más maternal. Bella sintió que la mano cálida que había sobre su frente era colocada encima del elegante cabecero.
—Me gustaría que despertase.
La mano le acarició el brazo con cariño.
—Bueno, esta valiente ha pasado por una experiencia horrible, la pobre.
Había tanta dulzura en sus palabras que Bella encontró la fuerza para abrir los ojos. El mundo parecía borroso y distorsionado, pero pudo descubrir dos óvalos sobre ella que empezaban a convertirse en caras.
Los primeros rasgos que distinguió fueron los de un par de ojos increíblemente violetas que la miraban con impaciencia. Nunca había visto unos ojos de ese color antes. Cerró los suyos con fuerza, ordenándoles que trabajaran mejor la próxima vez. Entonces parpadeó para abrirlos otra vez y se encontró con la diosa sonriente del retrato.
Con una expresión expectante, mejillas sonrojadas y una cascada de rizos negros, la princesa Alice era incluso más espléndida en la vida real. Su sonrisa grande y sobrecogedora al ver que Bella despertaba fue como una bocanada de aire primaveral.
Aturdida, Bella giró ligeramente la cabeza y vio que la mujer mayor la miraba más tranquila, con unos ojos sabios y del color de las esmeraldas, bajo unas pestañas largas y doradas en la punta, y unos hoyuelos enérgicos a ambos lados de la cara. No parecía tener ni cincuenta años, con su pelo color caramelo peinado en un ligero recogido.
«¡La reina Esme!»
Al reconocerlas, Bella se sintió horrorizada de estar allí, tumbada como una perezosa mientras la Reina y la princesa Alice la miraban.
—Majestad —consiguió decir, tratando de sentarse en la cama. No podía recordar por qué estaba en la cama ni cuánto tiempo llevaba allí. Sólo sabía que la Reina estaba en su presencia y que había un protocolo que observar. Los expertos de Edward la habrían reprendido por esto.
—No te muevas —le ordenó su majestad, poniéndole una mano en el hombro.
Bella la miró suplicante para que perdonase su horrible falta de etiqueta. Nunca había sido muy buena en esas cosas, pero obedeció, porque la cabeza le dolía de una manera horrible.
—Alice, tráele algo de agua.
Bella volvió a hundirse en la almohada, cerrando los ojos una vez más para encontrar la bendita oscuridad. Entonces lo recordó todo. La fortaleza en ruinas... James... Edward salvándola... y la pequeña cantidad de sangre que había sentido correr entre sus piernas después de que James la golpeara.
— ¡Mi hijo! —gritó, tratando de incorporarse.
—No lo has perdido —dijo la reina Esme con una voz cariñosa, aunque firme.
Bella la miró fijamente, jadeando de miedo.
—Está bien. El doctor ha dicho que tuviste una pequeña hemorragia, pero con una semana o dos de descanso, dice que los dos os pondréis bien.
Todo su cuerpo temblaba al recordar lo que había vivido.
La princesa Alice cruzó la habitación para unirse a ellas, con un vaso de agua en la mano para Bella. Se sentó en el borde de la cama y se lo ofreció.
—Gracias, alteza —dijo débilmente al aceptarlo, asombrada de tanta amabilidad.
Para ser una conocida criminal que se había casado con su querido hijo, había esperado una recepción mucho más fría y distante de la familia real. De hecho, había temido bastante su regreso, segura de que iban a rechazarla. La cabeza le latió al pensar en las cinco princesas que habían seleccionado para Edward y la amenaza de sus majestades obligándole a elegir entre una de ellas o la Corona. Se sentía como si debiera pedir perdón y explicar que le había resultado demasiado duro resistirse.
Madre e hija la miraban intensamente.
Bella bebió un poco de agua y después miró de una a otra, tratando de ordenar sus pensamientos.
—Perdonadme, aún no soy yo misma. No puedo creer estar conociéndolas en estas condiciones. —Se pasó la mano por sus despeinados cabellos.
Alice dejó escapar una risa musical.
—Es la mejor condición que has tenido en los últimos dos días. Nos tenías en vilo. Estoy tan contenta de que hayas despertado. .. Por fin voy a tener una hermana. Bueno, será mejor que vaya a por Edward. Ha estado al lado de tu cama casi a todas horas. Mamá consiguió por fin sacarle de aquí y hacerle dar un paseo con papá antes de que se volviese loco.
— ¿Está bien? —preguntó Bella con ansiedad.
—Estará mejor cuando sepa que has despertado.
—Vamos, Alice —dijo la Reina, dirigiéndose a la puer ta—. No debemos cargarla demasiado. Ya habrá tiempo de sobra para estar juntas cuando se sienta mejor. —Con una mano en el pomo de la puerta, la reina Esme se detuvo y miró volviéndose un poco hacia Bella—. Y tú, jovencita, tienes que dormir un poco.
—Sí, majestad —respondió Bella, volviendo a poner la cabeza sobre la almohada.
La Reina se detuvo. Su sonrisa era cálida y generosa.
—No tienes que tenerme miedo, Isabella. Admito que me enfadé la primera vez que supe que mi Edward había ignorado nuestros deseos, pero en el momento en que oí cómo habías salvado a Alec... y cuando hablé con Edward y vi lo mucho que te ama y cómo le has convertido en el hombre que siempre supe que sería... Tuve claro que eras todo lo que podía desear para mi hijo... y para mi pueblo.
Conmovida, sin poder articular palabra, Bella se sonrojó, bajando la cabeza.
—Gracias, majestad.
—No tienes que llamarme majestad, Isabella.
Ella levantó los ojos con una mirada rápida y nerviosa.
— ¿Có... cómo debería llamarle entonces, señora?
Desde el otro lado de la habitación, Esme la miraba con cariño.
—Puedes llamarme madre, si lo deseas.
Atónita, las lágrimas rodaron por sus ojos.
—Pero ¿qué ocurre, Isabella? —preguntó Alice dulcemente, cogiendo un mechón de Bella y poniéndoselo detrás de la oreja.
Por un momento, Bella se sintió demasiado abrumada para hablar, los ojos húmedos.
—Nunca he tenido una madre.
—Ah, pobre criatura —exclamó Alice con un susurro, abrazándola.
Entonces la Reina retrocedió y se acercó a ella por el otro lado de la cama, abrazándolas a ambas.
—Ahora la tienes, cariño —susurró mientras colocaba la cabeza de Bella sobre su confortable y blando hombro. Bella cerró los ojos y lloró con una mezcla de alegría y alivio entre sus brazos—. Ahora la tienes.
En los jardines de palacio, el príncipe Alec corría rodeado de sus sobrinos españoles, que eran un poco menores que él. Sus risas llenaban el parque real y las enfermeras y niñeras parecían irritadas, porque los nietos del Rey no se atrevían a portarse mal cuando su severo padre les cuidaba.
El conde Jasper Withlock se encontraba a pocos pasos de allí, vigilando siempre a su prole, con los brazos cruzados. De vez en cuando, miraba con igual preocupación al Rey y al príncipe heredero que se sentaban en un banco de piedra más alejado, bajo un gran árbol.
El pobre Edward parecía desanimado. Jasper nunca había visto a su despreocupado y vivaracho cuñado tan serio y cambiado. Carlisle no tenía mucho mejor aspecto, tampoco.
Aunque la salud del Rey había mejorado bastante, recuperando parte de su fortaleza y sana constitución de antaño, había supuesto un duro golpe para él llegar a Ascensión y descubrir que James había sido su hijo. Él no lo sabía.
Deslumbrado por el sol de la tarde que le daba de frente, Jasper miró a sus seis hijos otra vez. Ajenos a todo, se revolcaban en gran algarabía sobre el césped, para alegría del anciano duque de Swan que caminaba en medio de la alegre comitiva.
La habitual expresión dura y fiera de Jasper, su aquilina nariz y cincelado rostro, pareció suavizarse cuando su hija pequeña de dos años, Anita, vino a esconderse detrás de él para protegerse de su hermana mayor Elisabeta, de cuatro. No pudo evitar reírse.
Con grandes lamentos, Anita se arrojó a sus brazos como si se tratara de una columna de piedra. Después, las dos pequeñas, adornadas de enaguas y cubiertas de una greña de rizos negros se enroscaron en las piernas de su padre hasta que Jasper tuvo que cogerlas en brazos y tranquilizarlas con una mirada de desaprobación a cada una.
Era difícil mantener la autoridad cuando podían verle tan bien, pensó con un suspiro de impotencia. La respuesta que obtuvo a tan calculada mirada fue la misma que habían aprendido de su madre: risas y besos.
Se sentía en inferioridad de condiciones. Sus hijas le cubrieron de besos que sabían a caramelo, riendo mientras manchaban su camisa blanca almidonada de chocolate.
Trató de reñirlas.
— ¿Dónde habéis conseguido las golosinas?
— ¡El tío Eddie nos las ha dado! —dijo Anita alegremente. La niña de dos años había seguido a Edward como si fuera una sombra desde su llegada el día anterior. Jasper sabía que era la última cosa que Edward necesitaba, pero a él no parecía importarle demasiado.
—Bueno, ni una más hasta después de comer. Y no molestes a tu tío Edward, ¿entendido? —murmuró—. Está muy preocupado por la princesa Isabella. Intenta portarte bien cuando estés a su lado.
—Sí, papá —dijo la niña de cuatro años, con una disposición que Jasper sabía terminaría en cuanto él se diese la vuelta, otro truco que había aprendido de su preciosa madre.
—Sois unas pilluelas —murmuró, dándoles a cada una un beso en la frente. Ellas se retorcieron y patalearon, riendo tontamente hasta que él las puso en el suelo otra vez. Después salieron corriendo detrás de sus hermanos.
Edward había estado observando a Jasper con sus hijas, preguntándose lastimeramente si alguna vez conocería la dicha que su cuñado parecía haber encontrado como padre de familia.
El médico había dicho a Edward que Isabella se recuperaría y que su bebé había sobrevivido al ataque, pero era difícil creerlo cuando ella continuaba postrada en cama, inconsciente e inmóvil.
No había comido en dos días, y ella ya era de por sí una mujer delgada, pensó angustiado. Tampoco él había ni dormido ni comido. Estaba exhausto, crispado, asfixiado por la preocupación y casi al límite de sus fuerzas.
Aun así, tenía algunas cosas por las que sentirse agradecido. Los cargos por asesinato le habían sido retirados a pesar de su confesión firmada. Alec había testificado que fue James, y no Edward, el que había matado al obispo Marcus. El Rey había enviado un aviso devastador al Senado por su comportamiento con Edward.
Todo el Senado se había disculpado con él y había quedado claro que nadie volvería nunca a reírse de él, pero hasta que Bella no estuviese fuera de peligro, no quería oír nada de ninguno de ellos. Si no le hubiesen detenido, podía haber llegado antes a salvar a su mujer, librándola de las horribles manos de James. No estaba dispuesto a perdonarles tan pronto con todo lo que ella había sufrido.
En cuanto al primer ministro, don Aro estaba tan avergonzado de haber permitido que su rencor le cegara el juicio que había presentado su dimisión.
El Rey había desde luego recuperado su antigua salud, después de pasar algún tiempo sin ingerir las dosis del fatal y lento veneno llamado cantarela. Edward se alegraba en lo más profundo de su alma de que su padre se hubiese restablecido, porque se había sentido superado en su interludio como supremo señor de Ascensión. Ya no tenía ninguna prisa por ser Rey. Había comprendido que todavía tenía mucho que aprender de su padre sobre cómo gobernar un país. Al fin, había encontrado la humildad necesaria para obtener toda la sabiduría que su padre pudiera impartirle.
Al oír la historia de lo mucho que Bella había sufrido para sal var a Alec, y lo duro que habían trabajado Edward y Bella para llegar a la gente, ni el Rey ni la Reina encontraban ninguna razón para desautorizar su matrimonio.
Edward estaba también contento de que su hermano pequeño, Alec, hubiese escapado sano y salvo y de que Emmett hubiese salido de ello sin nada más serio que una simple rotura de tobillo. Por último, Edward se alegraba de que Jasper y Alice hubiesen decidido instalarse definitivamente en Ascensión, y Dios sabía lo mucho que significaba para sus padres tener cerca a sus nietos para poder malcriarlos.
El futuro parecía lleno de alegrías para todo el mundo. Pero si Bella no se recuperaba, Edward sabía que su propio futuro no sería nada más que una maldición para él.
No podía imaginar encontrar a otra mujer tan hermosa como Bella. Ella lo era todo para él. Cada segundo que ella pasaba tumbada en esa cama, él se sentía más abatido y perdido. Todos sabían lo mucho que sufría, por mucho que intentase disimularlo. Sus adorables sobrinos le alegraban de alguna manera, incluso cuando le rompían el corazón por el temor de que su propio hijo pudiera sufrir algún mal.
—Hijo —murmuró su padre, mirando hacia él en el banco de piedra en el que estaban.
Edward le preguntó con la mirada, la garganta seca y los ojos rojos y doloridos.
—Tengo algo que decirte.
—Sí, señor.
—He estado pensando. Con todo el rencor y odio de James, creo que es importante que te lo diga, para que lo sepas... —Su voz se quebró. Una línea de preocupación se dibujó en sus cejas al mirarle, después hizo un segundo intento—. Quiero decirte que quizás he sido demasiado duro contigo todos estos años. Tú has sido un buen muchacho y eres ahora un buen hombre. Quiero decirte que yo... me siento orgulloso de ti. Yo... la verdad es que... te quiero, hijo. Eso es todo —masculló.
Edward miró al suelo con un picor en los ojos. Su padre le puso una mano firme en el hombro. Él tragó fuerte y arrugó el entrecejo.
—Gracias, señor.
Cuando el Rey arrugó también el entrecejo y bajó la cabeza con la misma pose que Edward, se sorprendió de ver lo parecidos que eran.
—Ella se pondrá bien, Edward.
Pensó que iba a partirse en dos en aquel momento. —Sí, señor. —Levantó la barbilla, con la boca contraída. Justo entonces, su hermana salió por la veranda saludándoles con la mano mientras cruzaba el césped.
— ¡Edward! ¡Ven, rápido!
Se puso en pie de un salto y empezó a correr sobresaltado, con el corazón acelerado de repente.
— ¿Qué sucede?
Alice le dedicó una sonrisa cautivadora.
— ¡Se ha despertado! Sus ojos se abrieron.
Toda la fatiga pareció desaparecer como si le hubieran quitado una pesada carga de los hombros. Salió disparado en dirección a la casa. Entró y subió a toda prisa las escaleras, salvando los escalones de dos en dos.
Bella estaba sentada en la cama cuando la puerta se abrió de un golpe. Edward se quedó paralizado al verla, con la cara roja y su melena cobriza despeinada. La miró como si se le fuera la vida en ello.
El amor inundó los ojos de Bella al verle.
Moviéndose de repente, él cruzó la habitación con dos zancadas y se quedó un momento de pie junto a su cama, mirándola con sus ojos verde oro. Luego se inclinó y le tomó la mano entre las suyas.
Lentamente, se arrodilló junto a su cama, llevándose con fervor la mano a sus labios. Sus largas pestañas se cerraron junto con sus ojos.
—Edward —susurró ella.
Él presionó su mejilla sobre la mano de ella y abrió los ojos, llenos de lágrimas.
—Dios, ¡te he echado tanto de menos! —dijo con voz temblorosa.
Ella le ofreció los brazos. Edward la abrazó con cuidado, poniendo la cabeza sobre su pecho. Ella a su vez, le abrazó dejando caer su mejilla sobre lo alto de la cabeza de él. Estuvieron así un rato, en tembloroso silencio, inundados de gratitud, y dolor, y alegría por su encuentro.
—Pensé que te había perdido, Bella —dijo abruptamente.
—No —susurró ella, poniendo todo el amor que poseía en cada una de sus caricias—. No nos has perdido.
Su cuerpo grande y duro temblaba. Bajó la cabeza y le besó la barriga a través de la muselina blanca del camisón. Después cerró los ojos y dejó reposar la cabeza sobre su regazo.
Ella le acarició el pelo y la cara, amando cada una de las líneas de su angulado y bronceado rostro. Después de unos segundos, Edward levantó la cabeza y la miró, con toda el alma contenida en sus ojos.
Para ser un seductor empedernido, parecía haberse quedado mudo de la emoción. Sin embargo, todo lo decían sus tempestuosos ojos.
—Lo sé, amor. Yo también te amo —susurró ella.
Él cerró los ojos una vez más, con pánico, y bajó la barbilla, moviendo la cabeza en busca de sus caricias.
— No me dejes nunca, Isabella — dijo con una voz tensa y encogida —. No puedo vivir sin ti.
— Nunca te dejaré. Ven conmigo, vida mía — murmuró, atrayéndole hacia ella.
Él se levantó del suelo y se tumbó en la cama a su lado, protegiéndola entre sus brazos.
Se quedaron así tumbados, mirándose uno al otro y acariciándose. Él la besaba de vez en cuando en la frente, en los ojos y el pelo.
Ella se acurrucó contra su pecho con un suspiro, sintiéndose maravillosamente protegida y querida, sabiendo que por fin estaba en el lugar al que pertenecía. Edward buscó su mano y entrelazó sus dedos entre los de ella, mientras ella escuchaba el lento y poderoso sonido de su corazón, como el ritmo continuo de las mareas de Ascensión. La luz vibrante de la tarde se reflejaba en su anillo real y lo hacía brillar como si se tratara de una llamarada de miles de soles.
FIN

lunes, 4 de abril de 2011

No me dejes

Capítulo 22 "No me dejes"
Bella espoleó a su yegua blanca por el camino que rodeaba la pared musgosa de la ciudadela.
El animal estaba nervioso, como en un reflejo del estado de Bella después de la espeluznante muerte que acababa de presenciar. Uno de los guardias había caído en una oxidada trampa de oso que James había escondido bajo un lecho de hojarasca. Cerrándose como si fuera la boca de un tiburón, había partido al hombre por la mitad. Era imposible saber cuántos otros dispositivos semejantes les depararía el lugar, o qué otras sorpresas tendría reservadas James para todo aquel que se atreviera a traspasar su guarida.
Bella examinó la pared del fuerte y llamaba al pequeño por su nombre tan alto como le pareció prudente y reconsideró si había sido una buena idea ir allí en su estado. No se sentía débil, pero tampoco podía decirse que estuviera en plena forma, sobre todo después de ver morir a ese soldado.
Después de una dura cabalgada de más de treinta kilómetros, Emmett la había conducido a ella y a un puñado de hombres de la guardia real por el sombrío sendero que llevaba hasta la antigua fortaleza de los Salvatore. Se habían mantenido alejados del foso mortal, escondido por una suave ondulación de la verde campiña, asegurándose de no tropezar con él. Escoltándola, los hombres habían cabalgado en silencio, tensos y vigilantes. Después, se habían aventurado por el frondoso bosque, desplegándose conforme se acercaban a la fortaleza donde Edward había dicho que quizá podrían haber escondido a su hermano.
De repente, Bella creyó oír una voz aguda que gritaba a lo lejos.
— ¡Estoy aquí! ¡Socorro!
— ¡Príncipe Alec! ¡Alteza! —llamó ella de nuevo, más alto esta vez.
Escuchó con todas sus fuerzas.
El viento había amainado. No se oía ni un pájaro en los árboles.
— ¡Socorro!
La voz parecía venir de debajo de la tierra. Cabalgó de un lado a otro de la zona de la que parecían venir los gritos.
— ¡Siga gritando, alteza! ¡Le encontraré!
— ¡Aquí! ¡Estoy aquí!
Saltó del caballo y siguió el sonido de los gritos del chico hasta una parte de la muralla en la que las piedras estaban caídas en el suelo, a unos metros de distancia. Gritó a Emmett mientras ella se arrodillaba y empezaba a retirar las piedras más pequeñas.
Emmett vino corriendo.
— ¿Qué ocurre?
— ¡Creo que está en alguna sala subterránea cerca de aquí! ¡Tal vez en un anexo de las antiguas mazmorras!
— ¡Socorro!
— ¡Alec! ¡Soy Emmett! ¡Vamos a sacarte de ahí! —gritó por la grieta del muro que Bella había empezado a despejar.
— ¡Emmett! ¡Sácame de aquí! —gritó el pequeño príncipe desde las profundidades de la tierra.
— ¿Está herido, alteza? —gritó Bella.
— ¡No!
Después de quitar unas cuantas piedras más pudieron verle a través de un agujero de unos veinte centímetros de diámetro. El príncipe estaba allí debajo, mirándoles desde la oscuridad.
Bella se volvió hacia Emmett con una mueca.
—No podemos sacarle por aquí. Tenemos que entrar y tratar de encontrar la salida desde dentro.
Emmett asintió.
—Está bien. Entraré contigo, pero deja que los hombres intenten retirar estas piedras, sólo por si no podemos encontrar otra forma de sacarle.
—Está bien. —Emmett explicó al muchacho lo que iban a hacer mientras Bella llamaba a los guardias que quedaban y les pedía que tratasen de quitar las piedras caídas de la pared del castillo.
— ¡Alteza, no se ponga debajo de donde están trabajando! ¡Una de estas piedras podría caerle encima! —le advirtió Bella.
—Sí, señora. —Alec se apartó, obediente.
Emmett la miró por el rabillo del ojo, sonriendo, mientras caminaban hacia la entrada de las ruinas del castillo.
—Vas a ser una madre formidable, si me permite que se lo diga, alteza.
Bella abrió la boca.
— ¿Cómo lo sabes?
Él se rio.
—Lo llevas escrito en la cara. Felicidades por la buena noticia.
Agradecida, aunque algo avergonzada, le miró con el ceño fruncido, pero sin reproches. Después apretaron el paso, sabiendo que el destino de Edward dependía de lo rápido que pudieran rescatar al príncipe y llevarlo a Belfort para probar la verdad sobre el asesinato del obispo.
El lugar estaba muy oscuro, excepto por unos rayos blanquecinos que se colaban por las grietas del muro. El interior de la ciudadela aparecía esbozado por el juego de sombras y luces. Todo en planos y ángulos, las columnas partidas reposaban en el suelo otrora lujoso de la gran habitación. Ahora, su único adorno consistía en unas gruesas telarañas que cubrían las esquinas como si fueran de seda. Una escalera parecía conducir a la nada, terminando en medio del aire.
Emmett y ella se acercaron sigilosamente a la gran habitación, buscando la forma de acceder a las entrañas de la fortaleza, donde Alec había sido recluido. La nebulosa oscuridad que lo cubría todo pareció hacerse más espesa conforme avanzaban por el viejo castillo.
— ¿Qué fue lo que provocó la escisión de la familia real y la consiguiente expulsión de los Salvatore de Ascensión? —susurró Bella, rompiendo el silencio conventual que dominaba el lugar.
—Según la leyenda, dos hermanos se enamoraron de la misma mujer—contestó el vizconde, que abría el camino con valentía.
Bella se encogió de miedo.
De repente, se escuchó un golpe como de algo que se rompía y el suelo cedió bajo sus pies. Con los reflejos adquiridos en su etapa de bandolera, Bella consiguió hacerse atrás justo a tiempo, pero Emmett perdió el equilibrio, tambaleándose peligrosamente. Trató de encontrar un sitio donde agarrarse, pero fracasó y cayó en las profundidades del subsuelo.
Bella gritó al ver que Emmett suplicaba auxilio.
Se tumbó en el borde del agujero alargando los brazos.
— ¡Emmett! ¡Emmett! ¡Responde!
Unos segundos más tarde, oyó unas voces aturdidas.
— ¡Estoy bien! —gritó desde abajo—. Creo que me he roto el tobillo. —Oyó cómo maldecía para sí—. Al menos, no he caído en una superficie de lanzas metálicas, por lo que debo considerarme afortunado —añadió con pesar—. Creo que es mejor si vuelve a salir y pide ayuda a alguno de los guardias, alteza.
—No, no puedo dejar a ese niño aquí. Además, no creo que su celda esté ya lejos. —Bella dudó, casi incapaz de verle en la oscuridad. Parecía haber caído en una celda de contención a unos cuatro metros de profundidad—. Volveré a por ti en cuanto haya rescatado a Alec.
—No te preocupes, no voy a ir a ningún sitio de momento —respondió, tratando de parecer animoso—. Por favor, ten cuidado. Edward me cortará el cuello si resultas herida.
—Lo tendré. Volveré lo antes que pueda.
Bella se armó de valor y siguió avanzando sola. Cruzó con cuidado la siguiente cámara que encontró. Al final de ella, un gran tablero parecía cubrir lo que podía ser una pequeña puerta.
Se acercó a ella y retiró el tablero para poder echar un vistazo al interior. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, vio una escalera. No le quedaba más remedio que bajar por ella.
Para su sorpresa, la escalera no se movió ni un ápice y ella pudo llegar a tierra firme sin contratiempos. Al girar sobre sí misma, vio que se encontraba en una especie de mazmorra. Había cuatro puertas rodeando la habitación central. Con la garganta seca por el miedo, fue inspeccionando una a una todas las estancias. Se abrazó el vientre con un instinto maternal, como si quisiera proteger a la criatura que portaba en su interior. El aire parecía traer un olor demoníaco.
— ¡Alec! ¿Dónde estás?
Siguió el sonido de la contestación del niño lo mejor que pudo y después de unos cuantos pasos en falso, por fin llegó a donde él estaba. Sorprendentemente, la llave de la celda colgaba de un oxidado clavo de la pared. Por fin, pensó mientras la cogía, había algo que se ponía a su favor.
Abrió rápidamente la celda y se acercó al muchacho. Le dijo quién era y le dio un abrazo. Alec era un chico robusto de diez años con grandes ojos marrones, mejillas sonrosadas y rizos oscuros. Bella estaba impaciente por sacarle de allí. Le tomó de la mano y le condujo a toda prisa lejos de la celda, deshaciendo el camino realizado hacía sólo unos minutos. Corrieron por la estructura laberíntica que conducía a la cámara de tortura. Allí les esperaba la escalera, su única posibilidad de salir de ese lugar macabro.
Pero justo en el momento en el que Bella pensó que estaban a salvo, sintió una especie de brisa al llegar a la habitación de los horrores. Levantó los ojos y vio que el tablero había sido retirado.
Apenas tuvo tiempo de ver a James caer junto a ella desde el techo, con la agilidad y el sigilo de una pantera negra. Sus miradas se encontraron. Bella tenía los ojos muy abiertos, fuera de sí. Impulsivamente se colocó delante del príncipe, protegiéndole con su cuerpo.
Los brillantes ojos azules de James parecían emitir un destello vivido y felino en la oscuridad reinante.
Dio un paso hacia ella. Bella buscó su espadín, pero él la cogió por la garganta, obligándola a ponerse de puntillas.
—No, señora —dijo con suavidad—. Las manos arriba.
Casi sin poder respirar, obedeció. Él le quitó el arma y volvió a ponerla en el suelo.
—Sabes lo que voy a hacer contigo, ¿verdad? —susurró.
Ella apretó la mandíbula y le sostuvo la mirada, desafiante
Él sonrió levemente, el brillo de sus ojos renovado.
—Volved a la celda, los dos.
Bella se quedó donde estaba, ocultando el miedo que tenía.
—Deja que el muchacho se vaya. Es sólo un niño. Por el amor de Dios, James, él es tu hermano.
—Es demasiado tarde... gracias a ti, doña Isabella. Todo ha acabado ahora. Ese estúpido de don Aro ha empezado a comprender. Tú has arruinado mi futuro. ¿Nos ves a los tres aquí? Pues así es como podía haber sido. Alec en el trono. Yo gobernando Ascensión a través de él. Y tú en mi cama.
Ella hizo una mueca de disgusto y apartó la cara.
—Pero has tenido que venir a arruinarlo todo. Y ahora voy a hacerte pagar por ello. —La empujó, mandándola justo en la dirección por la que acababan de venir.
— ¡Eh! —gritó el príncipe, dando un paso hacia el hombre que le cerraba el paso.
James levantó la mano para golpearle, pero Bella cogió rápidamente al chico con ella, librándole de su aireada respuesta.
Mirándola con odio, James bajó lentamente la mano.
—Vamos, Alec —murmuró Bella, rodeándole los hombros con el brazo mientras le hacía volver a la celda. El corazón le latía con rapidez. James caminó detrás de ellos, por lo que no vio a Bella mirar al techo, donde había dejado a los guardias trabajando con las piedras.
—Siéntate —ordenó James al chico mientras fijaba la vista en Bella y se quitaba lentamente los guantes negros—. Es posible que quieras darte la vuelta mientras yo castigo a tu tía, Alec. Esto no va a ser muy agradable.
Alec les miró aterrorizado.
Bella tiritaba de miedo. No había escapatoria. Sólo podía rezar para que los guardias estuvieran aún cerca y pudieran oírles.
Con este pensamiento como esperanza, levantó su cara pálida hacia el único rayo de luz que había traspasado la roca. Suspiró profundamente y dejó escapar un grito agudo, el grito más fuerte que había dado nunca:
— ¡Socorro!
Su grito se vio apagado por el sonido burbujeante de la risa de James.
Temblando de miedo, Bella bajó la barbilla para mirarle. Cuando él dio un paso hacia ella, retrocedió.
—No hagas esto, James. Yo... yo sé cosas sobre ti —dijo, tratando de entretenerle.
—Tú no sabes nada sobre mí —gruñó, con los ojos iluminados.
—Sé que has sufrido lo indecible —fingió, mirándole con condescendencia—. El hombre que envié para que te investigara me dijo muchas cosas sobre tu pasado. Encontró a tu antigua niñera, Nunzia. ¿La recuerdas? —le preguntó mientras tragaba saliva y continuaba retrocediendo.
Él la conducía lentamente hacia la parte de la celda construida en roca viva.
—Nunzia le contó a mi amigo cómo el rey Carlisle conoció a tu madre dos años antes de que ascendiera al trono. Era sólo un joven que viajaba por el mundo cuando conoció a tu madre una noche en la ópera. Su relación duró tres días antes de que volviera a embarcar. Sé que tu madre se casó entonces con un bruto sin piedad, y que cuando supo que estaba embarazada, trató de hacerlo pasar por su hijo, pero el barón, el hombre que creías que era tu padre, nunca se creyó el engaño. Y sé que te hizo pagar por ello, castigándote todos los días de tu vida por el crimen de haber nacido.
—Cállate, puta —gruñó él, con una voz demoníaca—. Nunca debiste interponerte en mi camino.
—Sé que te golpeaba de una manera horrible, y sé que tu madre te contaba en secreto historias de tu verdadero padre... un Rey bueno, justo y apuesto. Te obsesionaste con él. Pero le odiaste porque nunca vino a salvarte.
—Vas a tener una muerte muy dolorosa, Isabella. —Se abalanzó sobre ella.
Ella consiguió esquivarle.
En ese momento, se oyeron unas voces masculinas provenientes de la cámara donde estaba la escalera. Bella guardó silencio, al darse cuenta de que eran los guardias. Debían haber encontrado la entrada, acercándose en respuesta al grito que había dado.
James se volvió al oírles y después la miró amenazante.
—Cuando vuelva —dijo—, los dos moriréis.
Con esto, salió dando grandes zancadas de la celda, deteniéndose sólo para echarles el candado.
Sobre ellos, una de las grandes rocas había girado hacia atrás, por lo que la luz entraba ahora desafiante.
— ¡Alteza! —susurró una voz masculina.
Deslumbrada por la luz, Bella miró hacia arriba y vio al último de sus hombres. El fornido guardia había seguido trabajando, retirando con determinación las piedras hasta que la abertura fuera suficientemente grande como para permitir que el chico saliera por ella.
Bella no perdió el tiempo.
— ¡Alec! —Le puso una mano en el hombro, dirigiéndose a él con gravedad—. Voy a levantarte. Coge la mano del guardia y él tirará de ti hacia arriba. Después debes cabalgar con él hasta la ciudad y contarle a don Aro lo que ocurrió exactamente con el obispo. ¿Puedes hacerlo?
El chico de pelo rizado miró lleno de miedo hacia la puerta.
—James me dijo que me cortaría en pedazos si decía alguna vez a alguien lo que había ocurrido. Y creo que lo decía de verdad.
—No lo hará, Alec. Nosotros te protegeremos. Edward te protegerá de James, pero primero tienes que ayudar a Edward. Cuéntale todo a don Aro, ¿de acuerdo?
El asintió con valentía.
—Sí, señora.
—Está bien, ahora voy a levantarte.
Abriendo las piernas para no perder el equilibrio, apretó los dientes y puso al muchacho sobre sus hombros. Con cuidado, se puso de pie sobre sus hombros hasta que pudo alcanzar las manos del guardia, quien rodeó con fuerza las del pequeño. Tirando de él con fuerza, consiguió sacarle de allí sin demasiado esfuerzo.
Poco después, el guardia miró brevemente hacia abajo y arrojó una cuerda para Bella. Ella deambuló por la celda, mientras el hombre trataba de apartar otra gran piedra para hacer más grande el agujero. Aunque puso toda la fuerza de su cuerpo en ello, el pedrusco no se movió ni un ápice. El agujero era demasiado pequeño para Bella, por muy delgada que estuviese.
— ¡Isabella, amor mío!
Miró aterrada hacia la puerta de la rejilla, mientras la voz de James llegaba hasta ella como en un eco.
— ¡Voy a por ti ahora!
Levantó la barbilla, miró hacia arriba, pálida, y se dirigió al asustado guardia.
—No puedes dejar que coja a Alec. El testimonio del chico es lo único que puede salvar a Edward. Llévale de vuelta a Belfort... ahora. No hay tiempo. Llévatelo ya. No quiero que... lo oiga.
—Pero...
— ¡Date prisa! —le ordenó angustiada—. Coge la cuerda, para que James no la vea. Y... dile a mi marido que lo quiero.
La cara del guardia se puso lívida.
—Tome mi arma. —Le tiró la pistola por el agujero. Ella la cogió al vuelo, su última esperanza estaba ahora entre sus manos. Después, el hombre arrojó la talega de pólvora y las balas y se despidió de ella con seriedad—. Adiós, principessa —dijo. Se levantó y se llevó a Alec con él.
Bella rezó para que consiguieran salvar las trampas que James había escondido en los alrededores. Las manos le temblaban al tratar de cargar la pistola. Sólo tenía un disparo. No creía tener tiempo para volver a cargar y disparar una segunda vez contra James. ¿Y si no conseguía herirle en una parte vital?, pensó. James estaría herido, pero con la fuerza suficiente como para destruirla. Si al menos tuviera la maldad de incapacitarle de forma instintiva...
El corazón le latía con fuerza, la cabeza le daba vueltas, pero, al coger la pistola, una idea diabólica le sobrevino de repente.
Miró primero la bolsa de municiones y después, la puerta de hierro.
Se convertiría en una trampa mortal para James. Era muy arriesgado, pero James tenía una fuerza casi sobrenatural. Una simple bala no le detendría. Tenía que proteger a su hijo... al hijo de Edward... al futuro rey de Ascensión. Tenía que sobrevivir a esto, aunque sabía que las posibilidades eran casi inexistentes.
«Es mi única esperanza.»
Caminando hacia la puerta de hierro, puso una rodilla en el suelo y extendió la pólvora haciendo un círculo del tamaño aproximado al de un hombre. Cuando James abriese la puerta y entrase en la celda, caminaría directamente al círculo de pólvora negra antes de llegar a ella, y cuando lo hiciera, dispararía su única bala no contra él, sino sobre la pólvora derramada en el suelo. Con el estallido de la bala, la pólvora prendería y haría un gran círculo de fuego. Se quemaría, cogido por sorpresa, y estaría ciego el tiempo suficiente como para que ella pudiera correr y salir de la celda, encerrándole después en ella. Después Edward o incluso el rey Carlisle podrían decidir qué hacer con él.
«¿Y si la bala no provocaba una chispa lo suficientemente grande como para hacer arder el círculo?»
«Tenía que hacerlo.»
El sudor le caía por la mejilla al pensar que su vida dependía de una sola bala.
Podía oír sus pasos acercándose ahora. Se colocó en la esquina más lejana de la celda, junto a un pequeño montículo de piedras. Puso la boca de la pistola sobre la piedra y esperó, con el corazón en un puño, rezando mentalmente todas las oraciones que recordaba.
El apareció en la puerta, los ojos encendidos de triunfo por los dos pobres guardias abatidos y, por un momento, su sonrisa fue tan optimista y encantadora, tan parecida a la de Edward, que dudó si debía apretar el gatillo, sabiendo que podía morir abrasado.
Muerta de miedo, le vio coger la llave y abrir el candado a través de los barrotes.
Él empujó la puerta. Ella contuvo la respiración. Y cuando él puso un pie en la celda, ella disparó al círculo de pólvora negra.
«¡Demasiado tarde!»
James había ya pasado el círculo de pólvora cuando las llamas empezaron a arder. Dejó escapar un rugido de miedo y sorpresa cayendo hacia delante, momento que Bella aprovechó para correr hacia la puerta. Pero con un sonido gutural de furia, James, en el suelo, estiró los brazos para cogerle las piernas y derribarla. Ella gritó al caer, luchando desesperada, con el humo olor acre secándole la garganta.
Él se levantó en medio de la humareda provocada por el fuego. Su cara esculpida en granito presentaba cortes y sangraba por un lado. Su pelo rubio y sus ropas estaban chamuscadas, pero en general no parecía tener nada grave.
Apenas la rabia.
La maldijo con los peores nombres que pudo.
El humo pesado del sulfuro, reminiscencia de las llamas, se expandía por la celda, pero encima de ella, a través de la nube negra, unos ojos azules y espeluznantes la observaban. Bella levantó los ojos hacia él, dándose cuenta de que nunca oiría el primer llanto de su hijo ni volvería a disfrutar de los besos de Edward.
James levantó la mano y la golpeó con todas sus fuerzas.
Cayó al suelo hecha un ovillo.
Él la levantó para volver a golpearla de nuevo.
Era como si algo estuviera explotando dentro de su cabeza. Hubo tres, cuatro, quizás cinco golpes más contra su cuerpo y su cabeza. Se sentía demasiado conmocionada como para reaccionar, luchar, ni siquiera podía gritar, zarandeada como una muñeca de trapo en manos de algún desalmado.
«Va a matar a mi pequeño», pensó, tratando de recuperar las fuerzas para defenderse, mientras su puño volvía a golpearle de nuevo en el estómago. Pero veía doble en su cabeza y no podía pensar con claridad. Sólo quería que todo terminase de una vez, el rugido, el ruido de sirenas en sus oídos y las explosiones haciendo retumbar su cabeza. Podía saborear la sangre que le caía del labio y sabía que le habían arrancado un diente. Estaba semiinconsciente cuando él se echó sobre ella a horcajadas sobre el suelo de piedra y la agarró del cuello de la camisa, partiéndosela para dejar al descubierto sus pechos. James murmuraba furioso contra ella, le decía cosas horribles y crueles.
Entonces, a lo lejos, en la única columna de luz que los guardias reales habían abierto, vio la aparición de un ángel.
Dorado e inmenso se acercó a ella, deslizándose en silencio, alzándose poderoso por detrás de James. Su espíritu respiró aliviado. ¡Estaba tan contenta de verle! Sabía que había venido a coger en brazos su alma para llevársela al cielo.
Pero cuando la luz blanca bañó su pelo de bronce, alcanzó a vislumbrar un duro y anguloso rostro. No vio en él la tolerancia de un ángel tierno lleno de gracia. Era hermoso como un sueño y,sin embargo, sus ojos verdes estaban llenos de la ira celestial. Sabía que era el ángel de la muerte. La empuñadura de piedras preciosas de su espada brillaba como bañada por la luz del sol. «Edward.» El pensamiento se materializó en su cabeza debilitada y la envió flotando a los abismos de la inconsciencia.
Con un rugido, Edward hizo retroceder a James contra la pared de piedra. Los filos de sus espadas chocaron sin piedad.
—Soy tu hermano, Edward. No puedes matarme —resolló James, asestando unos golpes implacables.
Ya no había remordimientos. Edward le atacó aún con más fuerza como única respuesta.
El grito de Bella había servido a Edward para encontrarles. Había encontrado a Emmett impedido en el agujero y el vizconde le había enviado en la dirección correcta.
La pelea se hizo más violenta. Cada vez que James trataba de correr hacia el cuerpo postrado de Bella para utilizarla como escudo, Edward le hacía retroceder. Cada segundo que pasaba, la desesperación de James crecía, y su cara se hacía cada vez más diabólica, retorcida por el dolor. Sangraba y se retorcía, imbuido de la fuerza que da saber que se lucha por la propia vida, pero Edward era implacable, con los dientes apretados y el pelo ondeando sobre sus hombros. Se giró, atacó y de una estocada maestra atravesó a James por el pecho. El golpe fue tan certero, que la punta de la espada alcanzó la piedra que había detrás de su hermanastro.
Ni siquiera pestañeó al ver morir a James.
Para Edward, el verdadero terror yacía en la forma inmóvil de su hermosa y joven esposa. Sacó la espada del cuerpo de James con un último rugido, y la dejó caer junto al cuerpo sin vida de su hermanastro.
Edward cruzó con rapidez la habitación fría cavada en la roca hasta llegar a Bella. Se arrodilló junto a ella, con un nudo frío en el estómago. Pensó que se le iba a romper el corazón allí mismo.
Con delicadeza, le tocó la cara. Apenas podía hablar.
—Amor mío.
Ella no se movió.
Armándose de valor, tragó saliva y le tocó la garganta, después escuchó. Las lágrimas rodaron por sus ojos al sentir su débil aunque aún existente pulso.
Se inclinó un poco más junto a ella y la cogió cuidadosamente en brazos. Le dio un beso desesperado y lánguido en la frente. «Vamos, se valiente, tienes que luchar por mí ahora. No me dejes, Bella. No me dejes.» Levantó su delicado y golpeado cuerpo, con devoción, haciéndole reposar la cabeza contra su pecho. La sacó de ese lugar como si fuera el tesoro más valioso del mundo, que era exactamente lo que significaba para él. Besó su frente fría y tersa y susurró su nombre, pidiéndole que volviera con él, diciéndole que no podría vivir sin ella.
Y aun así, no se movió.

lunes, 28 de marzo de 2011

Complot y peligro


Capítulo 21 "Complot y peligro"
Bella contuvo la respiración miró con los ojos muy abiertos al viejo doctor de la familia real que le palpaba discretamente su tenso y casi imperceptiblemente transformado abdomen. Poco después, retiró las manos y volvió a cubrirla con la sábana.
—Sí, es lo que usted sospechaba, alteza —dijo en tono alegre, volviéndose hacia ella—. Dios ha bendecido a Ascensión y a su matrimonio. Está embarazada.
De repente recordó que debía respirar, pero sintió que el corazón iba a salírsele del pecho y la cara se le puso del color de la cera.
— ¿Qué voy a hacer ahora?
El anciano se rió al ver su temor.
—En primer lugar, deje de imaginar cosas horribles. Muchas mujeres que han sido pacientes mías durante años me han confesado que el dolor del parto se olvida en el momento en el que una coge a su hijo en brazos.
No pudo evitar sonreír.
—Es muy fácil decirlo, cuando se es hombre.
—Todo saldrá bien. Todavía faltan algunos meses hasta que tenga que restringir sus actividades habituales. Sólo le pido que utilice la cabeza, que coma bien y que se tome todo el descanso que necesite. Pero no tenga miedo, hija mía. ¿De verdad cree que ese magnífico marido que usted tiene va a dejar que le ocurra algo?
El viejo doctor sabía cómo tratar a una paciente difícil, pensó, dejando escapar una sonrisa de su rostro. Le dedicó un guiño de abuelo y la dejó al cuidado de las sirvientas.
Lentamente, se puso las manos sobre el abdomen, abrazándose mientras pensaba en todo lo que le ocurría, y en lo difícil que le resultaba creerlo. No podía creer que la imposible y bruta muchacha que había sido, fuera ahora a convertirse en madre. Sus pensamientos volvieron a unas cuantas semanas atrás, el día en el que por fin había llovido, poniendo fin a la sequía y trayendo la esperanza a Ascensión. Aunque Edward y ella se habían comportado más como unos escandalosos amantes que como los representantes visibles de la familia real que se suponía que eran, de alguna forma sabía que a pesar de las muchas veces que habían hecho el amor, había sido aquel día cuando se había producido la concepción. Fue al término de su viaje, al llegar a palacio, cuando sus náuseas mañaneras habían comenzado. Sólo le había dicho a su marido que estaba algo mareada y que necesitaba descansar un rato.
Su primer pensamiento al vestirse fue sacarle de su reunión y comunicarle la noticia cuanto antes. Sabía que Edward iba a ponerse eufórico, pero decidió esperar a que la reunión terminara para decírselo. Necesitaba un poco de tiempo para tranquilizarse ella misma y poner en orden sus sentimientos. Estaba feliz de que su amor hubiese dado fruto, pero aún seguía temiendo la experiencia traumática de los ocho meses que le esperaban y temblaba al pensar que con la llegada del bebé, su vida podía cambiar irrevocablemente.
Se fue a dar un paseo por los jardines reales para ordenar sus pensamientos antes de hablar con él. Estaba inspeccionando algunas rosas de la esquina del jardín de las estatuas, cuando un mayordomo se acercó a ella con rapidez y le ofreció una carta doblada en una bandeja de plata.
—Alteza —dijo el hombre con una reverencia.
Sintiendo curiosidad, cogió la carta y despidió al hombre con un gesto. ¿Sería otra petición de ayuda para el Jinete En mascarado?, se preguntó. Ahora tenía una razón muy importante para declinar cualquier posibilidad de aventura. El doctor se había mostrado bastante permisivo con lo que debía o no debía hacer, pero ella no quería arriesgarse lo más mínimo a poner en peligro su salud o la de su hijo. Algunas veces le costaba creer lo temeraria que había sido, asaltando carruajes en mitad de la noche. Ahora tenía demasiadas cosas por las que vivir.
Desdobló el papel, y contuvo la respiración al leerlo.
— ¡Ah, incorregible! —respiró, releyendo las dos líneas.
No atendiendo al hecho de que podía ser colgado por volver a Ascensión, Jacob la esperaba en la villa de los Swan y pedía hablar con ella inmediatamente.

Las audiencias de esa mañana terminaron antes de lo previsto. Como contaba con tres horas libres, Edward corrió a buscar a Bella, mientras silbaba una de sus canciones favoritas, La ddarem la mano. Miró en los sitios donde sabía que podía encontrarla a esa hora, pero al no verla por ningún lado, mandó llamar a una de sus sirvientas para que le dijera dónde podía encontrarla.
—Pero mi señora ha salido, alteza.
— ¿Ha salido? —dijo, frunciendo el cejo.
—Sí, señor. Salió hace veinte minutos.
— ¿Dónde ha ido? ¿Se llevó a los escoltas?
—Sí, señor. Ellos acompañaron a su alteza. Mencionó que tenía que salir de inmediato a ver a su abuelo.
— ¡Ay, no! —dijo Edward, con expresión preocupada—. Espero que el viejo coronel esté bien.
—Mi señora no dijo nada, alteza, pero si me permite decirlo, parecía preocupada.
—Quizás pueda alcanzarla —murmuró, dando media vuelta y caminando con determinación hacia los establos. Su abuelo era un anciano frágil que podía en cualquier momento sufrir algún percance. Si le había ocurrido algo grave, Edward quería estar al lado de Bella.
Al momento estaba ya montado en su caballo blanco, galopando por el Camino Real junto a los seis hombres que día y noche le escoltaban, y más teniendo en cuenta que James no había sido aún capturado.
El camino hasta la propiedad de los Swan no era largo, y él lo conocía con los ojos cerrados. La casa se encontraba rodeada de andamios debido a la restauración que Edward había ordenado llevar a cabo. Cuadrillas de picapedreros y techadores trabajaban ruidosamente. Sus carromatos, cargados de material, estaban aparcados por todo lo largo del camino de entrada. Vio con alivio que los guardias que escoltaban a Bella esperaban fuera de la casa.
— ¿Qué ocurre? —preguntó al jefe de sus hombres mientras detenía con firmeza a su caballo.
—Su alteza quería visitar a su excelencia, señor —replicó el hombre, deslumbrado por el sol al mirar a Edward para saludarle.
— ¿Su excelencia está bien?
—Sí, alteza, por lo que yo sé.
Edward bajó de la silla y caminó hasta la puerta delantera. Una vez dentro miró a su alrededor, sin ver a nadie. Recordando el raído salón donde se había sentado con el viejo hombre aquella primera noche, se adentró por el pasillo hasta él.
— ¡Bella! —empezó a llamar, pero al abrir la puerta de la habitación, descubrió a su mujer en los brazos de otro hombre.
Sin dar crédito a lo que veía, Edward se detuvo en la entrada mirándoles.
Los tres se habían quedado petrificados, como figuras de cera. El reloj de la chimenea resonó con un campanazo en medio del silencio. Después, fue como si los pulmones de Edward se hubiesen comprimido.
Bella se alejó de Jacob y dio un paso hacia Edward.
—Mi amor...
El levantó una mano para que le dejara en paz, con una sola sílaba en sus labios.
—No.
Bella palideció, era como si hubiese visto la cara de un extraño.
—Edward...
La primera palabra que le vino a la mente fue la de «traición».
El primer pensamiento que tuvo sentido fue el de que ella lo tenía todo planeado desde el principio.
Y tuvo frío.
Dio una paso atrás, salió al pasillo, y cerró la puerta tras de sí. Encogido, dio media vuelta y se alejó de allí, con Bella corriendo tras él. Erguido y tenso, aunque a punto de tambalearse, hizo oídos sordos a las súplicas de su mujer y caminó con determinación hacia sus hombres.
Ni una vez miró atrás.
—No te vayas. No me hagas esto, Edward. Puedo explicártelo...
—Hay un fugitivo en esta casa —dijo tranquilamente a los guardias—. Arrestadle.
— ¡Edward! —gritó, cogiéndole del brazo—. ¡No es lo que piensas! ¡Te quiero! ¡Mírame!
Él se deshizo de ella, la rabia haciéndole un nudo en la garganta, y se alejó caminando. Quería preguntarle por qué, pero no pudo. Le temblaban las manos, sus movimientos eran inseguros al coger las riendas y montar en el semental blanco.
Apenas podía ver, mucho menos pensar, porque la ira le nublaba los ojos.
— ¡Edward! —gritó ella detrás de él. Pero él azuzó al caballo y se alejó cabalgando por el camino inundado de malas hierbas.
Podía sentir cómo los latidos de su corazón se le agolpaban en la garganta.
Al salir al camino principal, vio a tres jinetes galopando hacia él. Sólo se detuvo al ver que alzaban sus manos para decirle algo. Eran tres mensajeros reales.
— ¡Alteza! El vizconde McCarty nos envía a buscarle, alteza.
— ¿Qué sucede? —gruñó. Al parecer, Emmett era la única alma de este mundo en quien podía confiar.
— ¡Le suplica que vaya ahora mismo al palacio del obispo! El príncipe Alec ha vuelto de España. El obispo ha traído al chico, ejerciendo su derecho como guardián legal del príncipe. Su excelencia dice —perdóneme, su alteza—, dice que no confía en usted y que no puede dejar al chico a su cuidado.
— ¿Cómo diablos es posible que mi hermano haya vuelto solo a Ascensión? —preguntó enfadado, instando a su caballo a que se moviera—. ¡Tiene diez años, por el amor de Dios! Mis padres no le hubiesen dejado regresar solo.
Los mensajeros movieron sus caballos para seguirle el paso, flanqueándole.
—Al parecer el príncipe Alec discutía mucho con los otros niños de España y decidieron que era suficiente. Le enviaron de regreso en el barco. El capitán ha dicho que ha sido toda una aventura para él.
—Será granuja... Apuesto a que sí —murmuró Edward—. Iré ahora mismo.
—Sí, señor. El obispo se negó a dejarle con el vizconde o con cualquier otro.
—Ese anciano es una cruz —murmuró.
Con James todavía suelto, sabía que el obispo no estaba preparado para proteger a Alec.
Con sólo su contingente de guardaespaldas cabalgando junto a él, Edward galopó de vuelta a Belfort, tratando de centrarse en cómo iba a poner a buen recaudo a su hermano. Sin embargo, su corazón seguía aún sangrando por la traición de Bella.
Apartó de su mente la horrible visión de ella en brazos de otro hombre y espoleó a su caballo para que fuera más rápido.
La multitud de la calle les retrasó, era día de mercado y todo el mundo tenía algo que vender a aquellos que tuviesen dinero para pagarlo, pensó Edward con amargura. El palacio del obispo estaba situado a pocos metros de la catedral. Los guardias reales gritaron a la gente para que se apartaran, mientras la comitiva se abría paso como podía entre las calurosas calles.
Edward sentía un dolor en el estómago cada vez que pensaba en Bella. Una y otra vez, seguía sintiendo el mismo bofetón en la cara que la propia visión le había provocado.
Había desterrado a Jacob Black. No importaba las excusas que ella pudiera darle, no iba a permitir que se saltase a la torera esto también, cómo no iba a obviar el hecho de que los había encontrado a los dos abrazados al entrar de improviso en la habitación. ¿Qué más podía haber pasado si él no hubiese llegado?
Por enésima vez, trató de apartar estos pensamientos y detuvo su caballo delante de la grande y ornamentada casa del obispo, a la que rodeaba un cuidado jardín.
El y sus hombres desmontaron. Edward superó de dos en dos los escalones del porche. Golpeó la puerta con los nudillos, y desconfió al ver que la puerta estaba abierta.
Advirtió a sus hombres con una mirada de extrañeza. Mientras empujaba la puerta con la mano, se llevó la otra a la cintura para desenvainar la espada.
Ningún sirviente vino a recibirle. Tampoco oyó risas de ningún niño.
Entró con cuidado en el reluciente recibidor de mármol. Miró a derecha e izquierda, y echó un vistazo a la pulida escalera en curva, sin ver a nadie. Siguió caminando.
— ¿Excelencia? —llamó. Hizo una señal a sus hombres para que entraran y registraran las habitaciones—. ¿Alec? ¡Soy yo, Edward! ¿Estás ahí?
— ¡Alteza! —Uno de los hombres gritó de repente en una habitación lejana—. ¡Aquí!
Edward siguió el grito. Atravesó las espléndidas habitaciones.
— ¡Aquí, señor! —dijo otro de sus hombres, indicándole la habitación a la izquierda del pasillo principal.
Cuando entró en el comedor, Edward vio a sus hombres congregados en el centro de la habitación.
— ¡Señor! ¡Se trata de su excelencia!
Edward se maldijo, con un escalofrío en la espalda. Apartándoles, se arrodilló junto al obispo que yacía en el suelo en medio de un charco de sangre.
— ¡No os quedéis ahí parados, id a buscar a Alec! —gritó—. ¡Tú! —ordenó a uno—. ¡Ve al palacio real a buscar refuerzos. Ahora mismo!
— ¡Sí, señor!
Edward le cerró los ojos al anciano e hizo una mueca al ver la raja que tenía en el pecho. Le había traspasado la ropa y Edward se manchó los dedos de sangre al tratar de buscarle el pulso en la garganta. Como no lo encontró, volvió a poner la cabeza del obispo suavemente en el suelo. Una mirada rápida le permitió ver que el obispo tenía cortes en las manos y en los antebrazos, lo que revelaba que había tratado de defenderse.
James había hecho esto. Edward lo sintió con todo su cuerpo. El duque había forzado la puerta, atacado al obispo y después se había llevado a Alec.
Bajó los ojos para mirar al obispo asesinado, y justo Edward se levantó en el momento en el que una voz profunda le hablaba con un acento que no le resultaba familiar.
—Alteza, no se mueva.
Levantó los ojos en regia ofensa para ver quién se atrevía a dirigirse a él con tanta confianza.
Se trataba de un grupo desconocido de hombres vestidos con los uniformes de la guardia real. Entraron cautelosamente en la habitación y le rodearon poco a poco, amenazándole todos con las armas en alto.
—Alteza, baje su arma.
— ¿Qué estás diciendo? ¿Qué significa todo esto? —preguntó—. Vuelvan a sus puestos. —Les miró, sin reconocer ninguna de sus caras.
Uno que parecía ser el jefe dio dos pasos hacia él, apuntándole con una pistola.
— ¿Qué diablos crees que estás haciendo? —preguntó Edward enfadado, pero sin bajar su espada.
—Exactamente lo que yo le he pedido que haga. —Esta vez la voz sí le resultó familiar. James irrumpió por la puerta de la habitación—. Las apariencias pueden resultar engañosas, ¿no crees?
Edward arremetió contra él.
— ¿Qué le has hecho a mi hermano?
— ¡Detente! —le rugió el hombre, mientras los demás cerraban el círculo sobre él.
James se cruzó de brazos y sonrió con desdén a Edward. Edward le maldijo y trató de llegar a él, pero las bestias uniformadas como falsos guardias reales le cerraron el paso. Él hizo balancear, la espada, gritando a sus hombres, que llegaron corriendo para unirse a la refriega. Sin embargo, les superaban ampliamente en número. Unos cuantos fueron reducidos. Luchaban con fiereza, y se precipitaron sobre él como perros sobre un toro herido, y cuando le hubieron desarmado y obligado a caer de rodillas, le pusieron los brazos a la espalda y le esposaron con cadenas.
James se acercó a él, recitando con voz calmada:
—En nombre del Rey y de la autoridad que la oficina del primer ministro me concede... príncipe Edward Cullen, queda arrestado por el asesinato del obispo Marcus Vasari y por otros crímenes de alta traición.
— ¿Dónde está mi hermano?
Pero James se limitó a sonreír, con sus ojos azules de hielo brillando de pura maldad. Hizo una breve señal a sus hombres, y éstos cogieron a Edward y le sacaron de allí pasando de largo ante su jefe. Le arrastraron a un carruaje que esperaba a la puerta, transportándole ante el consejo de sus enemigos.

Bella no pudo hacer nada para evitar que la guardia real apresara a Jacob, según las órdenes de Edward.
Antes de que le llevaran preso, Jacob entregó a Bella las evidencias del peligro que representaba James, pruebas por las que había arriesgado su vida.
Tenía que encontrar a Edward y explicárselo.
Mientras su carruaje marchaba rápidamente hacia la ciudad, ni siquiera se atrevía a pensar en las conclusiones que habría sacado su marido al entrar y verla abrazada a Jacob. No había querido quedarse para oírla, por tanto, ¿cómo iba a saber que la razón por la que Jacob la había abrazado era porque acababa de decirle que iba a ser madre? Jacob sólo estaba dándole la enhorabuena con un abrazo.
A juzgar por la fría reacción de Edward, comprendió que verles así había sido para él la gota que había colmado el vaso de todos sus temores. Se había sentido traicionado. Se sentía fatal por haberle hecho daño, aunque hubiese sido sin saberlo, y se sentía herida por la manera tan fría en la que la había tratado.
Su barrera defensiva era suficiente para hundirla casi en la desesperación. ¿Es que nunca iba a confiar en ella? ¿No sabía que estaba locamente enamorada de él? ¿Cuándo terminaría por creerla?
Había pasado casi media hora, tiempo suficiente para que él estuviese más calmado y razonable. Si nada más lo hacía, esperaba que al menos su gran noticia consiguiera ablandarle.
Finalmente, llegó al palacio real. Acababa de entrar y se estaba quitando los guantes cuando Emmett vino corriendo hacia ella.
— ¡Principessa!
— ¿Dónde vas con esa prisa?
Emmett dejó caer sus hombros. Su cara estaba pálida.
— ¿Qué ocurre?
—Quédese con sus guardias, alteza. James ha movido ficha.
— ¿Dónde está mi marido?
—Don Aro le ha seguido el juego a James. Los dos... ¡ay, Señora! Han arrestado a Edward por el asesinato del obispo Marcus y el príncipe Alec ha desaparecido... Ah, no tengo tiempo de explicárselo. ¡Tengo que irme!
— ¿Cómo? ¿El obispo está muerto? ¿Edward... arrestado? —Le miró horrorizada—. ¿Cómo es posible? ¡Él es el príncipe heredero!
— ¡Todo forma parte del maquiavélico plan de James y la vieja sabandija del primer ministro!
— ¡Voy contigo! ¡Vamos!
—No, alteza, usted debe quedarse aquí y mantenerse a salvo.
—Edward me necesita. Además, ¡tengo esto! —dijo, mostrándole los documentos.
— ¿Qué es eso?
—Te lo explicaré en el carruaje...
— ¡Dígamelo ahora o Edward me cortará la cabeza por meterla en esto!
—James no es el descendiente de la rama real de los Salvatore, Emmett —dijo rápidamente, bajando la voz—. Simplemente asumió esa identidad para explicar su parecido con el Rey. ¡Su verdadero padre es el rey Carlisle! Es el producto de una breve, brevísima, relación que el Rey tuvo con una baronesa florentina.
— ¡Ay, Dios mío! —dijo, con los ojos muy abiertos.
—Esta baronesa, la baronesa Raimondi, intentó hacer pasar a James como hijo de su marido, pero el barón nunca terminó de creérselo. James no se parecía en nada a él. Éste es el testimonio jurado de la antigua sirvienta de la baronesa Raimondi, llamada Nunzia, que fue también la que cuidó de James.
—Pero ¿el testimonio de una sirvienta, alteza? ¿Qué peso puede tener?
—Junto a esto, será más que suficiente para probar que James es un mentiroso. —Le mostró el segundo documento—. Éste es el certificado de nacimiento de James, registrado con el nombre de Raimondi. Si damos a don Aro razón para que al menos dude de James y le cuestione, podremos encontrar un entresijo para entrar en la demoníaca armadura que ha creado.
—Está bien, pero sigo creyendo que Edward me mandará azotar —murmuró, no queriendo perder más tiempo en tratar de convencerla.
Bella se detuvo sólo para susurrar algo al oído a una de las corpulentas sirvientas.
— ¡Ahora mismo, alteza! —dijo la sirvienta, pero Bella iba ya detrás de Emmett.
Durante el rápido trayecto que tardó el carruaje en llegar hasta el Rotunda, el edificio del Parlamento, Emmett le contó a Bella la llegada del príncipe Alec y su casi inmediata desaparición mientras estaba bajo la custodia del obispo. Se quedó pensativa al comprender que James tenía la misma inteligencia privilegiada, la fortaleza y el magnetismo de los Cullen, pero nada de su bondad.
Al llegar al Rotunda, el cochero tuvo que abrirse paso entre una multitud que se agolpaba en los aledaños del edificio después de conocer el escándalo del asesinato del obispo y la detención del príncipe. Todos estaban al corriente del antagonismo que había entre ellos.
Bajaron del coche y mientras los sirvientes y los soldados les rodeaban, Bella y Emmett subieron los escalones de la entrada a la carrera. El interior del edificio estaba casi tan abarrotado como la plaza de fuera, pero como princesa real, Bella pudo traspasar la multitud de hombres y Emmett la siguió de cerca.
Del Senado de estilo románico llegaba un griterío de voces enfadadas.
— ¡Esto es ridículo! ¿Cómo se atreve a esposar al príncipe heredero? —preguntaba el almirante naval, que siempre había sido partidario de Edward.
— ¡Fue cogido en el mismo escenario del crimen!
Bella llegó a la parte superior de las escaleras que conducían al lugar donde tenía lugar la discusión y se quedó horrorizada con lo que vio.
Bajo ella, el senado se había convertido en un violento espectáculo.
Don Aro presidía, de pie, desde la tribuna, y acusaba a Edward en un estado de extremada agitación. Los otros ministros del gabinete se alineaban en las mesas laterales, todos gritando, hablando a la vez y agitando las manos. Algunos se habían incluso levantado de las sillas. James estaba allí, de negro como siempre, paseándose arrogante de un lado a otro de la sala con un paso lento, los brazos cruzados y mirando de vez en cuando su hermanastro con una sonrisa de burla.
Edward, el príncipe heredero, el futuro rey de Ascensión, había sido obligado a permanecer de pie como un criminal común en el estrado tallado en madera adyacente a la tribuna.
Bella no podía creer lo que veía. Su amor, su príncipe... encadenado, como si estuvieran en Francia veinte años atrás, rojo de rabia, y no en la plácida y próspera Ascensión. Sus siempre impecables ropas estaban ahora rotas, su boca torcida en una mueca, sus ojos llenos de odio, y su pelo cobrizo caía despeinado y salvaje. Parecía un bárbaro, un Sansón capturado.
Bella cargó contra ellos, sin saber siquiera lo que estaba haciendo.
— ¡Todo el gabinete estuvo presente la noche en la que el rey Carlisle le advirtió de que si no se casaba con una de las cinco princesas seleccionadas, perdería el derecho al trono y sería su hermano, el príncipe Alec, el que sucedería en el trono a su padre! —gritaba don Aro en el momento en el que Bella entraba en escena—. Ahora que ha desobedecido a su padre en lo que respecta al matrimonio, ¿no es verdad, alteza, que quería evitar a toda costa que el Rey le desheredara haciendo desaparecer a su propio hermano? ¿Dónde ha escondido el cuerpo del niño? —rugió el hombre.
Como respuesta, Edward le miró con profundo desdén, sin decir una palabra, demasiado orgulloso, demasiado altivo y arrogante, pensó Bella, como para decir una palabra en su propia defensa. Su silencio denunciaba, más que cualquier otra cosa, el vergonzoso proceso que estaba teniendo lugar.
Al acercarse, Bella pensó que mostraría al menos un destello de alivio al verla, aunque hubiesen discutido sobre Jacob. Pero en vez de eso, la miró poniéndose pálido, al tiempo que James se volvía y se detenía con una sonrisa lenta y demoníaca al verla.
Emmett trató de detenerla al ver que pasaba al siniestro de James y caminaba directamente a la tribuna con una rabia que la hacía temblar. Demasiado furiosa como para decir nada, levantó el certificado de nacimiento que llevaba y el testimonio de la niñera para que don Aro lo viera.
El primer ministro se agarró a los bordes del atril de madera de la tribuna y levantó su nariz hacia ella con enérgica desaprobación.
—No se permiten mujeres en este edificio, alteza. —Levantó los ojos al senado—. ¡Quizás ahora que la era de la decadencia y el vicio ha terminado, deberíamos volver a las costumbres que nos hicieron grandes como país un día!
—Coja estos papeles y léalos, si es usted inteligente —le ordenó con los dientes apretados.
Algo en su mirada fiera y decidida le hizo dudar. Sin mucha convicción, cogió los papeles y abrió uno de ellos, y echó un vistazo a su contenido.
—Isabella.
Ella miró a Edward, que había pronunciado su nombre con tanta suavidad. Le oyó a pesar del estrépito. Se acercó al momento a él mientras, unos metros más allá, Emmett discutía vehementemente con los guardias para que le desencadenasen.
Cuando ella levantó los ojos y se encontró con los suyos, oscuros y verdes, vio en ellos ira, humillación y condena.
—Estás en peligro —dijo—. Quiero que salgas de este edificio y dejes Ascensión inmediatamente. Intenta ponerte en contacto con mi padre antes de que James lo haga. Cuéntale todo.
—No, no voy a dejarte aquí solo con ellos. ¡Te quiero! —Las lágrimas rodaron por sus ojos al acercarse a él y acariciarle la mejilla con la mano—. No te he traicionado, Edward, nunca lo haría...
Él presionó la mejilla contra la palma de su mano, entregándole toda la tormenta verde y dorada de sus ojos.
—Bella, si de verdad me amas, vete. Don Aro quiere mi sangre y James se la ha servido en una bandeja de plata. Nada podrá detenerles para que, después, vayan detrás de ti. Dile a Emmett que vuelva a la antigua ciudadela de los Salvatore. Creo que James ha llevado allí a Alec. Tengo el presentimiento de que mi hermano está vivo. Creo que James está reservando a Alec como su última carta. Dile a Emmett, que pase lo que pase, salve al chico.
—Ayudaré a Emmett a encontrarle...
— ¡No! No quiero que pongas los pies en ese lugar. Toda la fortaleza está sembrada de trampas mortales.
—Olvidas que estás hablando con el Jinete Enmascarado.
—Bella... ha ocurrido justo como mi padre dijo que ocurriría —susurró.
—No, no pierdas ahora las esperanzas, querido —le ordenó con suavidad—. Ahora tenemos muchas más razones para luchar por el futuro que nunca.
El la miró sin comprender.
Su mirada se inundó de lágrimas de amor, pero trató de guardar la compostura y no dejarse llevar por el llanto.
—Ahora, por el amor de Dios, deja a un lado ese estúpido orgullo tuyo y utiliza tus dotes de orador para defender tu causa.
—Bella, quieres decir que... —empezó.
— ¿Qué está cuchicheando la parejita? —interrumpió James, dirigiéndose a ellos con una expresión de burla en los ojos.
Ellos se miraron, ignorándole.
Los ojos de Bella le dijeron lo mucho que le quería. Sabía que James estaba intentando oír la conversación.
—No te he traicionado, y voy a probártelo —susurró, pero sus siguientes palabras iban dirigidas a James tanto como a él—. ¿Te acuerdas, Edward? Aquel día en el muelle, hace semanas, cuando me despedí de los hermanos Black... Le pedí a Jacob que investigase en el pasado de James por mí. La razón por la que Jacob vino a verme hoy fue para darme la prueba de que tu primo no es quien dice ser.
Los ojos de James se entornaron.
— ¿Qué prueba?
Había empezado la pelea, pensó mientras le miraba de frente.
—Lo descubrirá cuando llegue el momento, su gracia. Acabo de dársela a don Aro.
—Isabella —dijo Edward con toda la autoridad que fue posible—, sal de aquí. Ahora.
Al notar la urgencia de su voz, le miró sin saber muy bien a qué se refería.
«Busca a Alec», parecía decir Edward con su intensa mirada. Al leer la desesperación en sus ojos, no tuvo otra opción que obedecer. Se apartó de allí antes de perder la fuerza de dejarle en aquella situación, y cogió por la muñeca a Emmett y le sacó de allí con ella. Edward envió a su amigo una mirada de dureza, haciendo un gesto en dirección a la salida.
—Te lo explicaré cuando estemos fuera —murmuró al vizconde.
Emmett no discutió. Los dos salieron de allí corriendo, salvando los escalones del pasillo, sin que Bella volviera a acordarse del cuidado que necesitaba su condición. Todo lo que importaba era salvar a Edward de esta quema. Ella y su hijo estaban en manos de Dios, pensó mientras salían del edificio y volvían al carruaje.
Al dirigirse al vehículo, Bella respiró aliviada al ver que su criada había seguido sus instrucciones y no había tardado en traer todas las cosas que necesitaba.
Junto al carruaje en el que Emmett y ella habían venido, estaba la yegua blanca, ensillada y lista para ser montada. La sirvienta le dio un pequeño bulto doblado con las ropas negras y ella entró sola al carruaje, cambiándose con rapidez de ropa mientras Emmett esperaba fuera.
Poco después, salió del compartimento vestida con unos pantalones y una camisa negros, botas de montar y unos guantes de piel negra. Ninguna máscara cubría su cara, y se había recogido el pelo con una simple coleta. Cuando la multitud la vio empezó a bramar enloquecida. Emmett la miró sorprendido al verla subir al caballo armada con su espadín.
— ¡Muéstrame el camino hasta la fortaleza Salvatore! —gritó, haciéndole una seña desde el caballo.
— ¡Sí, alteza! —respondió él, pidiendo un caballo al guardia más cercano.
— ¡Quitaos de en medio! —gritó Bella a la multitud.
La gente empezó a echarse hacia atrás mientras un puñado de guardias reales tomaban obedientes sus caballos y la seguían, sorprendidos igualmente por su transformación.
Al final de la plaza, la congestión era aún mayor.
— ¡Por aquí! —le dijo Emmett, señalándole una ruta alternativa.
Bella espoleó a su caballo y corrió al galope hacia el Camino Real.
El senado se veía envuelto en un caos aún mayor después de que don Aro y los demás miembros del gabinete rodearan a James para hablar con él en voz baja aunque furiosa, en una improvisada reunión creada detrás de la tribuna. Edward les observaba, con el corazón encogido, mientras don Aro interrogaba a James.
Aunque no podía oír lo que decían con claridad por el estruendo que había en la sala, vio que el primer ministro agitaba en las narices de James el papel que Bella había traído, y después don Aro se lo entregaba al ministro de Economía, que estaba de pie junto a él.
Edward rezó para que la revelación les hiciera dudar lo suficiente de James como para quitarle las esposas y dar todo este falso, aunque peligroso, caso por concluido.
El ministro de Economía inspeccionó los papeles. Después miró fijamente a James con sorpresa y se lo entregó a otro de los consejeros del Rey. Don Aro le hizo una pregunta que Edward no pudo escuchar.
— ¿Es culpa mía quién sea mi padre? —replicó James, lo suficientemente alto como para que todos lo oyeran.
—Pero ¿por qué nos ocultaste tu verdadera procedencia?
— ¿Querríais acaso que el mundo supiese que sois hijos no deseados? —replicó con suspicacia.
— ¿Sabe el Rey que eres su hijo?
—Tendréis que preguntárselo a su majestad —respondió con una mueca—. ¿Por qué me interrogáis a mí? ¡Ese hombre de ahí es el único que está manchado de sangre! —gritó, señalando a Edward—. ¡Al diablo con todos vosotros! ¡No he hecho sino cumplir con mi deber y no voy a quedarme aquí para ser insultado! —Girándose sobre sus propios talones con mucha dignidad, James empezó a caminar hacia la puerta.
— ¡Detenedle! —gritó Edward, retorciéndose y tratando desesperadamente de quitarse las esposas. Los pocos guardias que estaban allí corrieron hacia Edward, para tratar de detenerle—. ¡Detenedle a él, maldita sea! ¡Se está escapando, estúpido! ¡Detenedle, si queréis salvar la vida de Alec!
James le miró por encima del hombro, sonriéndole con una expresión de triunfo mientras salvaba los escalones del pasillo. Edward sintió un escalofrío en la espalda, porque estaba seguro de que Bella no le había obedecido. Su mujer no se había ido a preparar la salida de Ascensión. ¿Cuándo la había visto huir de una refriega cuando los suyos estaban en peligro? No, estaba seguro de que Bella había ido con Emmett a buscar a Alec. Lo sabía, podía sentirlo. Y sabía la razón por la que ella actuaba con tan temerario coraje: el amor y la total lealtad que le profesaba.
A su mente vino una vez más aquella imagen de cuando la encontró en la villa con Jacob y ahora lo vio de una manera completamente diferente. Él había creído ver una relación entre los dos, en vez de un abrazo fraternal. Dios mío, ¿cómo podía haber dudado así de ella? La culpa que sintió vino a unirse al pánico. En vez de dejar Ascensión, como él le había pedido, se quedaría y trataría de salvarle. La muerte, vestida de negro en la forma de su hermanastro, le pisaba los talones.
James tenía demasiadas razones para destruir a Bella. Le había rechazado, había aportado las pruebas que habían hecho que don Aro se pusiera en su contra y si Edward lo había entendido bien, ahora incluso portaba en su vientre el hijo de Edward, el futuro Rey, lo que la convertía en un obstáculo para los planes de sucesión de James.
Tenía que salir de aquí. Tenía que protegerla. Pero estaba irremediablemente atrapado.
— ¡Don Aro! —suplicó con voz cada vez más alta.
El primer ministro le miró desde su apresurada reunión con los otros.
—Venga aquí —ordenó Edward con los dientes apretados, echando chispas por los ojos.
A regañadientes, don Aro se acercó.
— ¿Qué es lo que quiere? —gruñó Edward—. Dígame el precio.
El hombre escudriñó a Edward enfadado.
— ¿Qué?
— ¿Quiere mi vida en vez de la de su sobrino? ¿Es eso lo que conseguirá finalmente satisfacerle? Pues la tendrá. Cuélgueme por traición, asesinato, invéntese lo que quiera...
— ¿Inventarme? Nadie se está inventando nada aquí, alteza. Usted fue encontrado en el lugar del crimen, de pie junto al cuerpo de su excelencia...
— ¡Él va a matar a mi esposa, maldita sea! Deje que vaya a salvarla. Es todo lo que le pido...
— ¿Quién?
— ¡James!
— ¿Por qué intenta engañarme? Él no va a matar a nadie. —Sacudió la cabeza amargamente—. Esta vez pienso cogerle, príncipe Edward. ¡Usted mató al obispo Marcus y ha envenenado al Rey!
— ¡No sea absurdo! ¡Míreme! ¡No soy ningún asesino!
—No va a librarse esta vez. James me trajo un testigo, ¿sabe? Su aliado de las cocinas de palacio. ¡Lástima que consiguió asesinar al pobre chico antes de que pudiera revelar sus planes!
— ¿Así que es eso? ¿James fue el que le dijo que yo había envenenado a mi padre?
—Así es. Fue él quien lo averiguó y vino a contarme la verdad.
—Pero don Aro —dijo Edward—, usted y yo éramos los únicos que sabíamos que el Rey estaba enfermo. ¿No lo recuerda? Él ni siquiera se lo dijo a mi madre, no quería que se preocupara. Entonces, ¿cómo podía James saberlo? Él sabía que mi padre estaba enfermo porque fue él el que le administró el veneno.
Don Aro le miró, fijamente, con una expresión entre horrorizada e incrédula. Cuando habló, su voz fue débil.
—James ya me advirtió de que trataría de culparle a él por los crímenes que usted había cometido.
—Maldita sea, hombre. ¡Soy inocente! Él es el único que mató al obispo, y él será el único que gobierne en Ascensión si no me deja salir de aquí ahora mismo. ¿Cuánto va a costarme?
— ¿Está tratando de sobornarme? —silbó, apartando sus dudas—. ¡No hay dinero suficiente para la vida de mi sobrino!
—Entiendo. Esto sigue teniendo que ver con Demetri. Muy bien. Entonces tendrá mi vida a cambio de la de él, pero por el amor de Dios, no coja la vida de Alec o la de Bella y el hijo que lleva en su vientre. Ya sabe que, a pesar de todos mis defectos, soy un hombre de palabra. Deje que vaya con mi mujer y le prometo que volveré y seré juzgado por todos los crímenes que quiera imputarme.
Edward se retorció como un perro furioso al ver que don Aro sacudía con desaprobación la cabeza. Sabía que cada minuto que él pasaba encadenado aquí suponía un minuto menos de distancia para James respecto a Bella. Edward elevó los ojos al cielo y después respiró hondo, mirando al primer ministro.
—Firmaré una confesión. Sólo deje que me vaya.
Una mirada de triunfo vengativa iluminó el rostro de don Aro.
— ¿Firmará una confesión?
—Sí. Démela y abra estas cadenas.
— ¿Y una orden de abdicación? ¿Firmará el derecho sobre Ascensión en mi favor hasta que el Rey vuelva?
Edward le miró, pálido.
—No sé si usted ha estado planeando esto con James desde el principio.
—Y yo no sé si usted intenta hacerse con el trono envenenando a su padre.
— ¡Nunca haría eso! ¡Él es mi padre! —exclamó.
—Y él es mi amigo —respondió don Aro, sin dejar de mirarle.
—Sólo deje que me vaya y salve a mi esposa —suplicó Edward—. Volveré y podrá hacer conmigo lo que quiera. ¡Ella morirá si no deja que me vaya! Se lo suplico, don Aro. —Edward le miró, temblando, lleno de angustia.
—Me está suplicando —murmuró—. Quizás tengamos que confiar el uno en el otro en este caso. —Entonces, levantó la barbilla y estiró la mano hacia su ayudante, pidiéndole con impaciencia—. Déme tinta y papel. —Don Aro se dirigió hacia la mesa y pasó unos minutos escribiendo en una página. Después la levantó y la aireó un poco para que se secara, pasándosela así a Edward.
Con un nudo en el estómago, Edward examinó la confesión, sin poder casi asimilar que con ella estaba despojándose de la Corona y de lo que había sido toda su vida. Pero no le importaba. Cogió la pluma, la introdujo en el tintero y firmó con su nombre completo sin dudar siquiera.
Después, don Aro levantó la mano ansioso, con prepotencia.
—Su anillo real.
Edward apretó la mandíbula y le miró con dureza y consternación mientras accedía a esta última humillación. Se quitó el anillo, el símbolo de su rango, y lo colocó en la mano extendida del primer ministro.
Don Aro hizo una seña rápida a los guardias.
—Desencadenadle.
—Dadme mi espada.
Ellos se la habían quitado cuando le pusieron las esposas. Don Aro le miró con recelo al ver que uno de los hombres se la daba.
La mano derecha de Edward se cerró rodeando la empuñadura lujosamente adornada de la espada. Con ella en la mano y los ojos encendidos de majestuosa cólera, caminó con aplomo por el suelo del senado, sin sentir un ápice de dolor después de los golpes recibidos, sin sentir tampoco ninguna fatiga. Todo lo que podía sentir era rabia al saber que su amor se encontraba en peligro. Los oficiales y dignatarios le abrieron paso hasta la salida.