Mostrando entradas con la etiqueta El hombre bajo la máscara. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El hombre bajo la máscara. Mostrar todas las entradas

jueves, 17 de febrero de 2011

Expedición por el Nilo

Capítulo 20 “Expedición por el Nilo”

—Lo que no entiendo es cómo se las ingenió Riley para hacer todo esto —dijo Bella mientras bebía el delicioso té con coñac que le había preparado Sue. Estaban reunidos alrededor de la chimenea, al amor del fuego—. ¿Y quién susurraba en la cripta cuando me atacó la primera vez?
—¿Todavía no lo adivina? —le preguntó sir Jason con una sonrisa irónica en los labios.
—¿Lord Vulturi? —preguntó ella.
—Nunca sabremos toda la verdad —dijo Edward, que estaba junto a la chimenea, con un brazo apoyado sobre la repisa—. Lord Vulturi y Riley han muerto. Y yo, aunque había oído el relato una docena de veces de distintas fuentes, no conseguí ensamblar las piezas hasta esta mañana, cuando estaba hablando con sir Jason.
—¿Yo lo ayudé? ¿Esta mañana?
—Fue su alusión al hecho de que Riley estuvo enfermo. Yo lo había visto mencionado con anterioridad, en el diario de mi madre —explicó Edward.
—No le entiendo —dijo sir Jason.
Bella asintió en silencio.
—Creo que Riley se puso enfermo porque fue entonces cuando sufrió la primera mordedura. Puede incluso que después de eso empezara a experimentar con los áspides. Por eso se atrevió a permitir que el áspid le mordiera en la fiesta del museo. Sabía que entre los presentes había personas que sabían que había que sajar la mordedura y succionar el veneno. Corrió cierto riesgo, pero consiguió lo que pretendía. Nuestras sospechas se centraron en otros porque Riley, el pobre empleado que había intentado salvar la velada, había estado a punto de sacrificar su vida por otros.
—Pero ¿cómo consiguió traer hoy los áspides? —preguntó Bella, todavía perpleja.
—Fue a buscarlos anoche —dijo Edward.
—¡Anoche! Pero si estaba aquí…
—¿De veras? Anoche hubo mucho alboroto. Tú habías huido al bosque. Y James y yo nos peleamos —dijo Edward.
—Riley… ¿quién lo habría imaginado? —murmuró James.
—Pero no actuaba solo —dijo Bella—. Trabajaba con lord Vulturi. Pero ¿qué interés podía tener lord Vulturi en matar a tus padres, siendo como era un aristócrata?
—Los títulos nobiliarios no impiden que uno se endeude hasta el cuello —comentó Charlie—. Lord Vulturi era un jugador empedernido, ¿no es cierto, Edward?
Edward inclinó la cabeza hacia el detective.
—El detective Banner empezó a hacer averiguaciones después de que mataran a Bewley.
—¿Quién es Bewley? —preguntó Bella.
—Un granuja de mucho cuidado —dijo Charlie—. Waylon y yo ayudamos a atraparlo —añadió con orgullo.
Edward esbozó una lenta sonrisa e inclinó la cabeza hacia Charlie.
—En efecto, así fue.
—¿Qué? —preguntó Bella, mirando con asombro a Charlie—. Pero si estabas tan enfermo que no podías salir del castillo… ¿Desde cuándo estás metido en todo esto? ¡Y tú, Edward! ¿Cómo se te ocurrió arriesgar su vida…?
—¡Mi querida muchacha! —la interrumpió Charlie—, ya soy mayorcito, y he servido en el ejército de Su Majestad. Waylon y yo nos las apañamos bastante bien solos, gracias.
—No sabía que les estaba poniendo en peligro —dijo Edward mirando a Bella y encogiéndose de hombros—. Pero por lo visto Charlie se parece mucho a ti. Es incapaz de no meter las narices donde no lo llaman.
Félix Moreau se aclaró la garganta y dijo:
—Quizá deberíamos empezar por el principio. Lord Vulturi discutía de vez en cuando con tu padre, Edward, lo cual no significa gran cosa, puesto que todos discutíamos de vez en cuando sobre dónde debía ir tal o cual cosa, o sobre cómo había que excavar, o sobre cómo tratar con las autoridades egipcias y los anticuarios. Era natural. En todas las expediciones se discute sobre esas cosas.
—Yo también discutí alguna vez con tu padre —le dijo James a Edward—. Le reprochaba que le preocupara demasiado preservar la historia egipcia para los egipcios.
—Qué raro —masculló Bella con sorna.
—Creo —dijo sir Jason— que tu padre sacó a lord Vulturi de apuros económicos más de una vez. La víspera de su muerte, lady Esme estaba muy emocionada por algo que creía haber leído en uno de los bajorrelieves de la tumba.
—¿Algo sobre una cobra de oro? —preguntó Bella.
—Yo en ese momento no lo sabía, pero ahora, echando la vista atrás, estoy convencido de que así era. Riley debía de estar con ella cuando lo leyó. Así pues, sabía que la cobra existía… y que no había sido catalogada. Lo único que tenía que hacer era buscar con ahínco, y estaba convencido de que la encontraría —continuó sir Jason—. Y el resto de nosotros… simplemente, no nos dimos cuenta de nada —sacudió la cabeza—. Por desgracia, no vimos la inscripción de la pared.
—A lo largo del último año —les dijo el detective Banner—, Riley Biers consiguió sacar pequeñas piezas para monsieur Gathegi, mientras le daba largas con la promesa del increíble hallazgo que aún quedaba por descubrir. Lord Vulturi le presionaba sin cesar. Verán, lord Vulturi era quien tenía contactos en la corte y en el extranjero.
—Pero…
—Sí, sé lo que está a punto de decir —le dijo el detective Banner a Bella—. ¿Cómo se las apañó lord Vulturi? Él no organizó nada. Se limitó a aportar los contactos. Riley se encargaba de sacar las piezas, y entre los dos contrataron al hombre que murió en la plaza, ese tal Bewley, para que les sirviera de intermediario.
—¡Espere un momento! —protestó Charlie—. ¿Quién mató a Bewley?
—El propio lord Vulturi —dijo Banner.
—Todavía no entiendo cómo pudo salir de aquí Riley anoche, regresar a Londres y procurarse todos esos áspides —dijo Bella.
—No tenía que volver a Londres —le dijo Edward—. Ninguno de nosotros siguió el túnel principal que salía de la cripta. Es un pasadizo muy largo y estrecho, pero creo que, si uno se acostumbra, debe de resultar bastante fácil recorrerlo a rastras. Todavía no hemos mandado a nadie a recorrerlo, pero creo que descubriremos que el túnel sale a una carretera, y que en esa carretera habrá casas. Lo más probable es que Riley Biers alquilara una de esas casas y la usara como base de operaciones —se quedó callado un momento—. Creo que torturó a mis padres para hacerles hablar antes de que murieran.
Charlie miró a Sue.
—Entonces… usted no salió para matar a Riley en plena noche.
—¡No! Pero ¡cómo se atreve! —exclamó Sue, indignada.
—He de admitir que yo también tenía mis sospechas —le dijo Bella.
—Fuiste tú quien encontró a los Cullen, Sue —le recordó James.
—Sí, y supongo que yo también tengo mis secretos —reconoció Sue, y miró compungida a Edward—. Cuando llegué, todavía estaban vivos. Pero ya no podía hacer nada por ellos. Estaba aterrorizada, claro, y temía que las serpientes siguieran allí.
—Félix, de ti también sospechábamos, porque eras el que se encargaba de la cobra en el museo —dijo Edward.
Félix dejó escapar un gruñido.
—¿Y qué me dices de ti? No tenía ni idea de que fueras Arboc.
Sue se volvió hacia el detective Banner.
—¿Qué se sabe de ese tal Gathegi? Es absolutamente indignante. Él tenía que saber que los objetos que le estaban vendiendo eran robados.
Banner suspiró.
—Me gustaría verlo pudrirse en prisión el resto de su vida. Creo que sabía que todo esto estaba costando vidas humanas. Pero lo único que he podido conseguir es que se informe sobre sus actuaciones a la reina y a lord Salisbury. Será expulsado del país. Pero no podemos hacer nada más.
—No puedo creerlo —dijo Sue.
—Una asombrosa conspiración —dijo el detective—. Y todos nosotros trabajábamos desde distintas direcciones. Por lo que tengo entendido, lord Cullen, la reina sentía gran respeto por sus padres. Y supongo que debió usted de tener una audiencia con ella respecto a este asunto, porque ordenó movilizarse a todas las fuerzas policiales. Es simplemente que… estábamos buscando una aguja en un pajar.
—Y yo me temo que dudaba de la capacidad de la policía para descubrir lo que estaba pasando —se disculpó Edward.
—Perdonen —dijo Bella, sacudiendo la cabeza—, pero ¿cómo murió lord Vulturi?
—Bueno… un buen amigo mío va a encargarse de hacer la autopsia, pero sospecho que Riley había empezado a desconfiar de su socio. A fin de cuentas, lord Vulturi se estaba llevando todos los beneficios, mientras que, de momento, Riley se limitaba a merodear por el museo, intentando cumplir su cometido, y se pasaba las noches buscando la entrada del túnel para poder registrar las cajas de aquí, además de las del museo. Podía hacerse mucho dinero con las piezas pequeñas, y creo que descubriremos, una vez concluya la investigación, que faltan muchas piezas tanto en el castillo como en el museo. Piezas catalogadas. Pero tanto Riley como lord Vulturi estaban seguros de que la cobra era el único tesoro que podía saldar la deuda de lord Vulturi y procurarle a Riley una nueva vida —dijo Edward.
—Pero ¿cómo murió?
—Creo que fue envenenado con una dosis masiva de arsénico que Riley consiguió suministrarle cuando estuvieron juntos aquí. Sospecho que Riley temía que lord Vulturi se derrumbara, y que había decidido que su amigo estaba sacando mucho más provecho que él de un negocio en el que él corría con todos los riesgos.
Bella se volvió hacia sir Jason.
—¡Y usted! ¿Cómo pudo hacernos creer que estaba muerto?
Sir Jason carraspeó.
—Fue idea de lord Cullen, querida. Es a él a quien debes pedirle explicaciones. Sin embargo, yo habría muerto si él no se hubiera presentado en mi casa dispuesto a interrogarme y a acusarme de lo sucedido.
Edward fijó sus ojos verdes en sir Jason.
—Señor, nunca me ha alegrado más creer en la inocencia de alguien.
—¡Podías habérmelo dicho! —le dijo Bella con un destello de rabia.
Edward se encogió de hombros.
—Lo siento de veras. Pero no quería correr ningún riesgo. Si la gente creía que sir Jason estaba muerto, no habría más atentados contra su vida.
—Imagino que estaremos hablando de esto eternamente —murmuró James—. Sin embargo, habiendo muerto lord Vulturi, Riley y hasta ese tal Bewley, nunca conoceremos toda la historia.
Sue se levantó, enojada.
—Puede que esté mal por mi parte, pero lo único que lamento es que Riley no sufriera como sufrieron lord y lady Cullen. Murió de la misma manera, pero sin duda mucho más rápidamente. Se ha salvado de la horca y del oprobio que le hubiera causado la exposición pública de su repugnante avaricia y su crueldad.
Charlie se levantó y se acercó a ella.
—Ya ha pasado, mi buena señora Clearwater. Ya ha pasado. Tendrá que bastarnos con eso.
—Sí, no nos queda otra —dijo Edward en voz baja, y se volvió hacia el detective Banner—. Voy a acompañarlo a la ciudad. Creo que lo hemos explicado todo lo mejor que podemos. ¿El cuerpo ha sido levantado? —preguntó.
—Sí —respondió Banner—. No culpen a mis pobres compañeros. Les daba miedo que aparecieran más cobras en cualquier momento. Eran como un grupo de mujeres asustadas de los ratones.
—¡No a todas las mujeres les dan miedo los ratones! —exclamó Bella, y le sorprendió que Sue Clearwater dijera casi las mismas palabras al tiempo que ella.
Las dos se echaron a reír con nerviosismo. Todos ellos sentían alivio, pero también una pizca de tristeza porque se hubieran sacrificado tantas vidas humanas por culpa de la codicia.
—Voy contigo —le dijo Bella a Edward.
Él se acarició distraídamente la cicatriz de la mejilla, y Bella comprendió que, pese a que no era una bestia, tardaría algún tiempo en acostumbrarse a vivir sin fingimientos.
—No es necesario, Bella —le dijo él.
—Quiero ir —respondió ella con firmeza. Y luego añadió—: Por favor. Me gustaría acompañarte.
Bella pensó que iba a oponerse. A fin de cuentas, aquélla había sido su obsesión durante mucho tiempo. Ahora, Edward podía permitirse ser el conde de Masen en todos los sentidos y ocupar el lugar que le correspondía en la sociedad. Y ella retornaría a su vida tal y como la conocía. Pero en ese instante sólo quería estar con él.
—Edward… —murmuró.
—Como desees, amor mío —dijo él.


Era tarde cuando por fin salieron de la comandancia de policía, tras repetir una y otra vez el relato de lo sucedido. Edward y Banner habían preparado juntos una nota para la prensa que disiparía cualquier rumor acerca de la famosa maldición y atribuía la responsabilidad a los verdaderos culpables, exonerando de cualquier responsabilidad a la reina, al país y al estamento académico.
De regreso al castillo de Masen, se quedaron por fin solos en la parte de atrás del carruaje.
—Entonces, ¿qué vas a hacer ahora? —le preguntó Bella.
Edward se volvió hacia ella y sonrió.
—¿Contratar un jardinero? ¿Abrir los jardines al público ciertos días? ¿Traer a montones de huerfanitos para que jueguen y celebren comidas campestres?
Ella sonrió.
—Bueno, en cuanto a mí, creo que todavía conservo mi empleo. Sir Jason seguirá siendo sin duda el jefe del departamento. Me pregunto a quién nombrará la junta de fideicomisarios para reemplazar a lord Vulturi.
Él se quedó callado un momento.
—A mí.
Bella pareció sorprendida.
—¿Y tú… quieres el puesto?
—Desde luego. A mis padres los mató la codicia de los hombres, no el saber, ni las maravillas de la historia y el mundo antiguo.
—Bueno, entonces por lo menos tendré trabajo —murmuró ella.
—No.
—¿Es que vas a despedirme?
—Bueno, no veo cómo vas a poder conservar tu empleo.
—¿Por qué? —Bella se sintió de pronto sin aliento, como si el corazón se le hubiera subido a la garganta y le impidiera respirar.
—Una expedición por el Nilo puede llevar muchos meses.
—¿Te estás ofreciendo a contratarme para una expedición?
—¿Contratarte? ¡Cielo santo, no!
Bella pudo ver el destello verde esmeralda de sus ojos, pese a la tenue luz que había en el interior del carruaje.
—Entonces, ¿qué me está proponiendo, lord Cullen?
—Como estudiosa del Antiguo Egipto, amor mío, me superas con creces. Pero, en cuanto a contratarte, no creo que uno contrate a su esposa para la luna de miel.
A Bella le dio un vuelco el corazón. ¡La luna de miel! Y el Nilo, una expedición, algo que antes ni siquiera se atrevía a soñar…
Apartó la mirada de él, sintiendo de pronto el escozor de las lágrimas.
—No hace falta que te burles de mí, ¿sabes? Ya dejaste bien claro que nunca te casarías con una plebeya y, aunque hayas resuelto tus misterios, eso es lo que sigo siendo. Y cuando pase todo este alboroto, algún intrépido reportero descubrirá que mi madre era una prostituta del East End y…
—Bella…
—¿Qué? Sólo estoy diciendo que…
—Pues no digas nada.
—¿Que no diga nada? Pero si eres tú quien…
—¡Oh, Dios mío, qué cabezota eres! Tendré que ir acostumbrándome, o encontrar un modo de que cierres el pico. ¡Ah! ¡Puede que conozca uno! —dijo y, antes de que ella pudiera protestar, la besó. Cuando su beso, tierno y apasionado, acabó, Bella no recordaba ni una palabra de lo que estaba diciendo—. Bien, ya estás callada —bromeó él—. Lo que dije no iba en serio. Lamento de veras que no conocieras a mis padres, porque, a pesar de sus privilegios, eran las personas con menos prejuicios que he conocido nunca. Mi madre te habría adorado. Habría sentido gran admiración por ti y por tu madre, porque no teníais nada y sin embargo conseguisteis salir adelante por vuestros propios medios. Lady Esme, querida mía, era por encima de todas las cosas una madre, y una madre fabulosa. Habría sentido una enorme simpatía por todo lo que tu madre hizo por ti y por tu porvenir.
—Pero no tienes que casarte conmigo sólo porque…
Él posó un dedo sobre sus labios.
—¡Cielo santo, déjame acabar! —su sonrisa suavizó el ímpetu de sus palabras—. ¡Ah, Bella! Eres tan inteligente, tan valiente y sin embargo tan ciega en algunas cosas. Te adoro. Estoy locamente enamorado de ti, de tu determinación, de tu tozudez, de tu inteligencia… y también de la osadía con que sigues los dictados de tu corazón. Pero tendrás que dejar de poner tu vida en peligro. En eso he de insistir, tratándose de mi esposa. ¿Es que no lo ves, Bella? No era sólo una máscara lo que llevaba. Todo en mi interior era feo, amargo y estaba maldito. Luego tú apareciste en mi vida y me libraste de la máscara y de la maldición. Sin ti, me temo que seguiría por siempre maldito. Pero tú no lo permitirás, ¿verdad? —ella era incapaz de hablar—. Ahora te pido que hables —dijo él.
Bella sonrió. Y, en los estrechos confines del carruaje, se lanzó sobre su regazo y lo besó con feroz abandono.
—¿Dices en serio lo de casarnos? —preguntó, incrédula.
—Bueno, sólo si me quieres.
—¡Oh, Dios mío!
—Si no es mucho pedir que una mujer ame a una bestia infeliz.
—¡Te amo! —musitó ella con fervor, y le echó los brazos al cuello—. Absolutamente. Y abriremos los jardines a los niños huérfanos, y haremos lo que podamos por ayudar a los que nacen en la miseria. ¡Y el Nilo! ¡Oh, cielos, descenderemos por el Nilo! —de pronto se puso seria—. Pero Edward, debemos llevar a la niña al castillo para que se eduque con nosotros.
—¿Qué niña?
—¡Ally! Las hermanas son encantadoras, pero tú debes asumir tu responsabilidad —para su asombro, Edward rompió a reír—. ¡No sé de qué te ríes! —le dijo, enojada.
—Yo diría que las hermanas te romperían los dos brazos, querida, si intentaras quitarles a Ally.
—Pero…
—Lo siento, Bella. Debería haberte sacado antes de tu error, pero no sé si me habrías creído. Ally no es hija mía.
—Pero…
—Yo no tengo hijos, amor mío, aunque estoy deseando poner todo de mi parte para convertirme en padre. Me encantaría tener una niña como Ally.
—Pero, entonces, ¿quién…?
—Los padres de las hermanas eran grandes amigos de mis padres. Mi padre les dejó algunas rentas, y ahora ellas son como primas para mí. Conozco la presunta filiación de Ally, pero es sólo una conjetura. Tengo que pedirte que me creas. Ally no es hija mía, pero me llama tío Edward —vaciló un momento—. Tampoco es hija de mi padre. Existe un posible lazo con el trono, pero esto es algo que no debe salir de aquí. Mucho me temo que podría costarle la vida a la pequeña.
—¡Cielo santo! —exclamó Bella.
Él se llevó un dedo a los labios.
—Ha de permanecer en secreto para siempre —dijo, muy serio.
—¡Desde luego!
Edward sonrió.
—Es una niñita encantadora y la quiero muchísimo. Nunca le ha dado miedo la máscara.
—A mí tampoco —le dijo Bella.
—¿Nunca?
—Bueno, sólo un poco.
Edward se echó a reír y la besó.
Cuando llegaron al castillo, entraron de la mano. Sue salió a toda prisa del salón de baile y dijo:
—¡Ah, por fin estáis aquí! Charlie y yo os estábamos esperando para cenar, pero no veníais. Pero en realidad acabamos de empezar.
—Perdona, Sue. Por favor, continuad cenando —dijo Edward y, aclarándose la garganta, miró a Bella, incapaz de ocultar el brillo de sus ojos—. Me temo que siento la necesidad de retirarme inmediatamente.
—Está bien —murmuró Sue, frunciendo el ceño—. ¿Y tú, Bella…?
—Estoy exhausta, absolutamente exhausta —respondió Bella, y subió corriendo las escaleras.
Unos segundos después, Edward estaba a su lado. Y ella estaba en sus brazos. Se despojaron de la ropa… y Bella disfrutó de cada palmo del cuerpo desnudo de su maravillosa bestia.


Abajo, en el gran salón de baile, Sue suspiró y, tomando asiento, miró a Ayax, que dormitaba apaciblemente junto al fuego. Luego miró a Charlie.
—Bueno, sir Charlie, creo que será mejor que vayamos planeando la boda cuanto antes.
—¿La nuestra? —bromeó él.
—¡Pero qué dice! —protestó ella.
—Vamos, vamos, Sue —dijo él, levantándose. Sue se quedó muda de asombro—. Tal vez puedas engañar a otros arrugando así la nariz, pero a mí no me engañas.
—¡Pero qué dice! —repitió ella, con la voz un poco estrangulada.
Charlie rodeó la mesa y se acercó a ella por detrás. Apoyó las manos suavemente sobre sus hombros y le susurró al oído:
—¿Acaso no quieres? —preguntó con una sonrisa insinuante.
—¡Me refería a la boda de ellos! —dijo Sue con firmeza.
—Claro, claro. Y luego a la nuestra —dijo Charlie.
—¡Tenemos que hablar! —respondió ella en tono puntilloso.
—¡Haremos mucho más que hablar! —le aseguró él.
Ella se volvió, dispuesta a protestar de nuevo, pero Charlie la besó. Un beso excelente, pensó él. Sin forzar demasiado su suerte, pero…
Y al fin, cuando se apartó, ella se quedó callada unos segundos.
—Ya hablaremos —le aseguró él.
—¡Y mucho, mucho más! —dijo Sue, mandando el decoro al garete, de lo que Charlie dedujo que debía besarla de nuevo sin perder un instante.

FIN.

martes, 15 de febrero de 2011

Se ha roto la maldición

Capítulo 19 “La maldición se ha roto”

Bella debió de quedarse profundamente dormida cuando por fin consiguió conciliar el sueño, porque pasó mucho tiempo antes de que un ruido la despertara. Durante unos segundos permaneció tumbada, escuchando, hasta que el ruido se hizo molesto. Entonces se percató de que procedía de la puerta de su habitación, y de que estaba durmiendo en la cama de Edward. Y de que Edward no estaba ya a su lado.
Se levantó de un salto, cerró la puerta secreta, buscó una bata y alzó la voz para decir que abría enseguida.
Era Jasper.
—Tengo que llevarla al bosque, señorita Bella —le dijo el sirviente.
—¿Qué?
—Tengo que recoger sus cosas y llevarla al bosque. A la casa de las hermanas —le explicó él con cierta impaciencia.
Bella intentó permanecer impasible, a pesar de que se le cayó el alma a los pies. En su fuero interno intentaba negar lo que Jasper estaba diciendo. Había creído que… que Edward la quería. ¡Que la necesitaba! Pero él nunca había dicho tal cosa. Y se sentía como una tonta mientras un viento helado parecía girar en torno a su corazón. Edward le había dicho la verdad. La verdad pura y dura. Él era un conde. Ella, una plebeya. Él sentía afecto por ella, desde luego. Pero sin duda muchos hombres como él se entretenían con muchachas del vulgo.
Jasper sacó su reloj de bolsillo y lo miró.
—¿Le parece bien dentro de una hora, señorita Bella?
Ella asintió, pensativa. ¡Una hora! Y luego la mandarían al bosque como… como a una niña no deseada.
De pronto se llenó de ira. Así que el conde de Masen, fueran cuales fuesen sus motivos, la quería fuera de su castillo. Pues muy bien.
—Una hora está bien, Jasper. ¿Qué pasa con Charlie y Waylon?
—Sir Charlie ha dicho que irá donde vaya usted, y que no le importa dónde sea.
—Pero la casita del bosque no es muy grande, ¿no, Jasper?
—Sir Charlie y su criado estarán bien. Hay un sitio bastante confortable en el establo, señorita.
—¿Con los animales?
—Oh, no, allí no hay animales. Las hermanas no podrían ocuparse de ellos. ¡Tienen una niña a la que atender!
Si no había animales, no había caballos. Una vez estuviera allí, se encontraría abandonada a su suerte.
—¿Y Riley? —preguntó.
—Está bastante bien, señorita Bella. Mañana lo llevaremos a su casa.
—Una hora, entonces, Jasper. Gracias —dijo Bella amablemente, y cerró la puerta, pensando a toda prisa. Disponía de una hora. Dudó sólo un instante.
Paseó la mirada por la habitación. No había nada que guardar, naturalmente. Todo lo que había usado en el castillo se lo habían dado, y no pensaba llevarse nada. Pero sin duda se esperaba de ella que se llevara algunas cosas a la casita del bosque. Abrió la puerta de golpe.
—¡Jasper!
El criado, que iba por el pasillo, miró hacia atrás.
—Yo… me temo que tendré que llevarme algo de ropa. ¿Le importaría buscarme un maletín o algo así para que recoja algunas cosas?
Él pareció aliviado y asintió.
—Sí, sí, claro, señorita Bella. Enseguida.
Jasper regresó al cabo de un momento. Después, Bella se lavó y se vistió a toda prisa, metió algunas cosas en la bolsa y garabateó una nota que dejó sobre la cama. Luego entreabrió la puerta y dejó escapar un suspiro de alivio. El pasillo estaba desierto.


Edward llamó a la puerta y aguardó. Un momento después, vio que un ojo miraba por la mirilla. Luego la puerta se abrió.
—¿Y bien? —preguntó sir Jason.
—Ya se ha difundido la noticia. Emmett anunció que estaba muerto, que le había mordido un áspid. La persona que metió la serpiente en su piso creerá que ha muerto. La noticia de su fallecimiento ha salido en los periódicos. Así que ya sólo queda esperar a ver qué pasa. Quienquiera que esté detrás de todo esto, debe de haber recibido un anticipo, y seguramente estará desesperado. Anoche, durante la cena, estuvieron en la cripta. Eso no es nada nuevo. Yo sabía que alguien estaba entrando furtivamente en el castillo, a pesar de la muralla y de la verja, puesto que hay un túnel, como sospechaba mi padre. Pero ya hemos tapiado la entrada —hizo una pausa—. Y anoche alguien arrojó a Bella por las escaleras.
Sir Jason dejó escapar un gemido de sorpresa e intentó incorporarse.
—¡Bella! Dios mío, ¿está…?
—Está bien, sir Jason. Y voy a ocuparme de que sea llevada a un lugar seguro, donde nadie pueda hacerle daño.
Sir Jason parecía agitado.
—¿Está seguro? ¿Bella ya está allí?
—Estará allí muy pronto. Y también hay un policía montando guardia en la verja del castillo.
Edward se había ido sin volver a hablar con Bella. Le había dado orden a Jasper de que se encargara de llevarla a casa de las hermanas, de grado o por fuerza.
Sir Jason asintió.
—¿Qué me dice de Gathegi?
—Creo que la noticia de su muerte le asustó, pero no sé si lo bastante como para que acuda a la policía o incluso a mí. Los hombres como Gathegi pueden obsesionarse. Y, naturalmente, la posición que ostenta en su país le obligará a andarse con pies de plomo.
—¿No puede… amenazarlo sin más? —sugirió sir Jason, esperanzado.
—Sí. Pero primero quiero que esté realmente asustado. Jason, sigo creyendo que puede usted ayudarme. Y ya sabe que sólo le he dicho la verdad. Sé que no quería creer que mis padres fueron asesinados, pero si recuerda algo sobre ese día que no me haya dicho, necesitaría saberlo.
Sir Jason suspiró y le indicó que se sentaran en los sillones de la habitación alquilada.
—Hay un agente de policía al otro lado de la puerta, ¿verdad? —preguntó con nerviosismo—. Si no hubiera llegado usted a tiempo… Yo creía estar preparado. Tenía lista mi vieja pistola de la guerra, en el cajón, pero ni siquiera vi la serpiente. Si no la hubiera matado usted de un disparo…
—Eso ya ha pasado, sir Jason. Necesito que me cuente usted lo que sepa.
Sir Jason se recostó en el sillón y sacudió la cabeza.
—Ese día… En fin, ya sabe lo que ocurre cuando se descubre un yacimiento. Todo es muy lento y muy tedioso. Y sin embargo muy emocionante. ¡Y allí había tantísimos tesoros…! Muchas piezas fueron destinadas al museo de El Cairo, y su padre pagó una suma astronómica por las cosas que quería sacar del país. Incluso más de lo acostumbrado.
—Mi padre era un hombre justo en todos sus tratos —dijo Edward.
—Sí, un hombre muy notable para ser un par de Inglaterra, verdaderamente muy notable. Le echo terriblemente de menos.
—Gracias. Yo también. Pero continúe, por favor.
—Bueno, el caso es que habíamos trabajado con ahínco y casi todo estaba ya embalado. Esa noche íbamos a cenar todos juntos para celebrarlo. Tarde, por supuesto, porque habíamos trabajado todo el día y nos hacía falta un buen baño.
—¿Se marcharon juntos del yacimiento?
Sir Jason frunció el ceño mientras intentaba recordar.
—No, Félix se marchó primero. Había estado haciendo el trabajo más duro y estaba agotado. Dijo que necesitaba echarse un rato. Luego se fue Riley. Riley siempre ha sido un poco delicado de salud. Había estado enfermo y durante las semanas anteriores no había trabajado apenas, pero seguía teniendo muy mal aspecto, así que estaba ansioso por irse a descansar. James se marchó justo después que él. Lord Vulturi… ¡no, espere! Fue lord Vulturi quien se marchó primero. Quería enviar una carta, dijo que era sumamente importante. Sue y yo nos quedamos con sus padres y con nuestros colegas egipcios hasta que se hubo cerrado la última caja. Luego regresamos juntos. Nos despedimos en el centro de El Cairo. Sue se fue con sus padres, claro, y yo volví a mi hotel. Ya sabe usted que sus padres habían alquilado un viejo palacete reformado. Sue se alojaba en la casita del guarda —sacudió la cabeza—. Debería usted estar hablando con Sue. Fue ella quien los encontró.
—Los demás se reunieron en el restaurante para la cena, ¿no es cierto?
—Sí, todos los demás. Luego… luego llegó Sue con algunos caballeros de la embajada. Pobre mujer, estaba desolada.
—¿James se quedó con ustedes casi hasta el final?
—Sí.
—Pero ¿se fue antes que usted?
Sir Jason alzó una mano.
—Sí, sí, ya se lo he dicho.
—¿Quién llegó primero al restaurante?
Sir Jason hizo una mueca.
—Yo. Tenía bastante hambre, y me daba la impresión de que no podría estar levantado hasta muy tarde.
—¿Y luego?
—¡Vamos, Edward, de eso hace mucho tiempo!
—Por favor, sir Jason.
—Está bien. Yo llegué primero y luego, veamos… ¿fue Félix quien llegó primero? Sí, sí, fue Félix. ¡No! Fue Riley. Me acuerdo porque estuvimos hablando de su puesto en el museo. Luego llegaron Félix, James y lord Vulturi. Lord Vulturi llegó al último —sacudió la cabeza—. Pero no sé de qué va a servirle todo esto.
—Piénselo bien. ¿A quién vio el día que encontró el recorte de periódico sobre su mesa?
Sir Jason sacudió la cabeza, disgustado.
—Félix estaba allí. Pero de los otros no me acuerdo. Usted también estuvo allí ese día. Y Bella, claro. Y yo… —se detuvo, con semblante preocupado y luego suspiró—. Me había negado a creer que alguien pudiera provocar esas muertes a propósito. Pero cuando Bella pareció convencerse de que estaba usted en lo cierto, empecé a darme cuenta de que yo también había sospechado desde el principio.
—¿Pero de quién, sir Jason?
Sir Jason vaciló un momento.
—Bueno, verá, hay un par de cosas —dijo.
—Sea lo que sea lo que piense, se lo suplico, dígamelo.
—Pero podría estar equivocado.
—Sí, pero si me dice lo que piensa…
—Creo que lord Vulturi tiene deudas. Deudas serias. Aunque, naturalmente, suene ridículo. Se trata de lord Vulturi.
—Sí, está endeudado —respondió Edward.
—Pero lord Vulturi detesta a las serpientes de todas clases —añadió sir Jason—. Ése es el quid de la cuestión. Sólo hay un hombre que yo conozca que sepa manejarlas.
—Félix Moreau.
Sir Jason asintió.

Casi por milagro, Bella pudo recorrer el pasillo, bajar las escaleras y atravesar el salón de baile sin ver un alma. Temía encontrarse con Sue, pero el ama de llaves no andaba por allí. En realidad, el castillo parecía enteramente desierto.
Desde el salón de baile entró en la capilla y de allí bajó a la cripta. Las escaleras estaban a oscuras. Por suerte, Emmett y Jasper habían completado su cometido el día anterior. Bella había tenido la precaución de llevarse una lámpara con la que descendió fácilmente por la sinuosa escalera. Sabía que, una vez en la cripta, podía sorprenderla cualquier persona de la casa, así que se movió con rapidez. Y con el mayor sigilo de que fue capaz. Pero había tantas cajas…
No quedaba más remedio que abrirlas una por una. La tarea no era difícil; Bella estaba segura de que Edward ya las había inspeccionado. Al menos diez de los cajones más grandes contenían momias. Lo único que tenía que hacer era desenvolverlas, lo cual habría hecho estremecerse de espanto a muchos egiptólogos. Pero decidió que las vidas presentes valían más que la historia.
Y así empezó a hurgar entre el polvo acumulado durante siglos. Podría haber descartado las momias de varones, pero no parecía haber ninguna. Al parecer, se había topado con el harén del sumo sacerdote.
Levantó su reloj y miró la hora. Casi se le había acabado el tiempo. Pronto empezarían a buscarla. Con un poco de suerte, harían caso a la nota que había dejado sobre la cama.
Le quedaban tres momias por revisar. Si no encontraba nada, ello significaría que la momia de Hethre estaba en el museo.
Dudó un momento. Su hallazgo no sacaría a la luz al asesino, pero al menos detendría al presunto ladrón y seguramente evitaría más muertes.


El carruaje llegó por fin a casa de lord Vulturi. Decidido a plantarle cara de inmediato, Edward dejó a Emmett en el coche y aporreó la puerta.
Le abrió Demetri, el mayordomo de lord Vulturi, que lo miró con recelo.
—Lord Cullen, me temo que lord Vulturi está descansando. ¿Tenía usted cita con él?
—No —Edward dio un paso adelante, obligándolo a dejarle pasar.
—¡Cielos! Lord Cullen, ya se lo he dicho, Lord Vulturi no se ha levantado. Está en sus habitaciones. Esta mañana no me ha llamado ni una sola vez.
Edward titubeó un momento y luego comenzó a subir las escaleras.
—¡Lord Cullen! —gritó Demetri, alarmado, y salió corriendo tras él.
—¡Quédese ahí! —le advirtió Edward, y abrió la puerta sin contemplaciones.
Tal y como había temido, lord Vulturi estaba tumbado en el suelo. Edward se acercó a él, teniendo cuidado de dónde pisaba. A su espalda, Demetri dejó escapar un agudo chillido.
—¡Cállese! —le ordenó Edward, y se agachó para tomarle el pulso a lord Vulturi. Pero el corazón de éste había dejado de latir hacía tiempo. Tenía los ojos abiertos y la campanilla que sin duda usaba para llamar a Demetri estaba en el suelo, a unos palmos de distancia de su mano.
Llevaba varias horas muerto. Edward examinó meticulosamente el cuerpo y luego se levantó. Demetri empezó a gritar de nuevo.
—¡La maldición! ¡Oh, Dios mío, la maldición! ¡Un áspid! ¡Le ha mordido un áspid! ¡Oh, Dios mío, hay serpientes en la casa! ¡Tengo que salir de aquí! ¡Tengo que salir de aquí! ¡Tengo…!
—¡Demetri! ¡Basta ya! —dijo Edward de nuevo y, agarrándolo por los hombros, lo zarandeó un momento—. Lord Vulturi no ha muerto por la mordedura de un áspid. Le aseguro que habría encontrado las marcas. Por su postura y por el modo en que tiene la boca abierta, creo que debemos considerar algún otro tipo de veneno. Llame a la policía, rápido. ¿Me ha oído? Póngase en contacto con el detective Banner, de la policía metropolitana. Puede que a simple vista esto parezca un ataque al corazón. Pero hay que hacerle la autopsia. Ha sido asesinado.
—¡Asesinado! ¡Oh, Dios mío! ¡Asesinado! Pero yo no me he movido de la casa desde que volvió anoche. No ha venido nadie, lord Cullen, ni un alma… ¡Oh, Dios mío! ¡Lord Vulturi está muerto! Yo… ¡oh! Yo estaba aquí. Pensarán que yo… ¡Pero yo sería incapaz! ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué pensará la policía? ¿Qué harán? ¡Me arrestarán! ¡Es la maldición! ¡Lord Vulturi debería haberse quedado en Egipto!
—Lord Vulturi estaba muerto antes de llegar a casa, sólo que no lo sabía —dijo Edward—. No se preocupe, Demetri, la policía no va a arrestarlo. Yo tengo que irme ahora. Haga lo que le digo, Demetri. ¡Dese prisa!
Edward bajó corriendo las escaleras y salió a la calle. Sabía exactamente quién había cometido el asesinato y por qué. Y debía darse prisa.


Otra momia desbaratada. Los eruditos pensarían sin duda que se merecía doscientos años de suplicio, pensó Bella. Luego empezó a desenvolver la última momia.
Incluso antes de empezar sintió una punzada de emoción. El embalsamamiento había sido hecho con gran esmero, usando un lino finísimo y una resina de excepcional calidad. La máscara colocada sobre la cara representaba el rostro de un muchacho, pero la momia era de una mujer. El vendaje era más grueso en la zona pectoral, posiblemente para aplanar los pechos, pero, pensó Bella, más probablemente para ocultar que se había guardado algo entre la envoltura.
Estaba tan enfrascada en su trabajo que no oyó pasos en las escaleras, ni se percató de que alguien la estaba observando.
Fue cortando con unas tijeras los vendajes, seccionando cuidadosamente las zonas endurecidas por la resina. Luego comenzó a rasgar el lino enmohecido. Sólo cuando oyó una voz se dio cuenta de que la habían seguido.
—¡Has encontrado algo!
Bella levantó la mirada, sobresaltada por la llegada de James. Él se acercó, y Bella sintió miedo.
—No…, nada en realidad. Pensaba que podía dármelas de erudita y encontrar algo, pero, como verás, no he hecho más que revolverlo todo. Si sir Jason estuviera vivo, seguramente me despediría.
James sacudió la cabeza, con los ojos muy abiertos.
—No, Bella, tú tenías razón. Sé lo que estabas pensando. ¡Claro! Hethre era una bruja reverenciada, pero también temida. Y la enterraron así porque querían que su alma quedara encerrada en el mundo de los muertos —hizo una pausa—. ¡Y aquí está!
Bella había encontrado la momia, pero fue James quien sacó la pieza de su pecho. El paso de los siglos no había borrado su magnificencia. No era el oro de la escultura lo impresionante, sino las joyas. La cobra estaba representada con la collera hinchada. En sus enormes ojos refulgían piedras preciosas de colores. Diamantes, zafiros y rubíes tachonaban la collera del reptil.
—¡Bella! —musitó James.
No la estaba mirando. Tenía los ojos fijos en aquella magnífica pieza. Bella se alejó de él. Él no pareció notarlo.
—James, ¿qué estás haciendo aquí? —preguntó.
—¿Qué? —él la miró—. He venido a ver a Edward, a pedirle que me deje echarle una mano en este asunto.
—¿Y por eso has bajado a la cripta?
Él sonrió. Su sonrisa aterrorizó a Bella.
—Lo creas o no, no hay ni un alma por aquí. Había un policía en la puerta. Le dije que venía a ver a Edward y me dejó entrar.
—¿No hay nadie arriba?
—No he subido.
—¿Has venido derecho aquí?
—Sí.
—¿Por qué?
—Bueno, porque…
—¡Eh! ¿Quién anda ahí abajo?
El sonido de aquella voz en lo alto de la escalera produjo en Bella una oleada de alegría tan intensa que empezó a temblar. Se apartó rápidamente de James.
—¡Aquí, Riley! —gritó mientras seguía apartándose de James.
Riley bajó. Iba trajeado y llevaba en la mano una pequeña bolsa de viaje. Bella comprendió que se disponía a volver a casa. Tenía buen aspecto.
Bella se encontró entre ellos dos. Riley esperaba, extrañado, en la escalera. Bella se volvió hacia James, que había ocultado la cobra tras su espalda.
—Riley —dijo ella, sintiéndose mareada—, llama a Jasper, por favor —James frunció el ceño—. ¡Riley!
Bella le dio un empujón a James, pasó a su lado e intentó subir por las escaleras. Pero Riley le cerró el paso.
—¡Bella, apártate de él! —la advirtió James.
Y Riley sonrió.
—¡Ah, sí! El gran aventurero, el explorador, el siempre encantador sir James Gigandet. Qué gran suerte encontrarte aquí.
Anonadada, Bella empezó a retroceder.
—Riley, siempre he sabido que eras patético. Lo que no sabía era lo triste, desgraciado y cruel que podías llegar a ser —replicó James.
—Ah, sí, cruel, mi querido, valiente y noble amigo —respondió Riley—. Veo que has encontrado mi tesoro, Bella. Dámelo, James.
—Riley, si no te quitas de en medio ahora mismo —le advirtió James—, te arrancaré el corazón de cuajo.
—No me digas.
En un abrir y cerrar de ojos, Riley agarró a Bella del pelo y la acercó a él. Al mismo tiempo, dejó caer la bolsa que llevaba. De ella salió una docena de áspides que comenzaron a deslizarse por el suelo, a los pies de Bella. Ella gritó. Riley tiró de ella; luego se detuvo y, agachándose, agarró uno de los reptiles y acercó sus colmillos al cuello de Bella.
—Voy a llevarme ese tesoro, James —dijo—. ¡Dámelo! Si lo haces, tiraré la cobra al suelo y os dejaré a los dos aquí. Así al menos tendréis la oportunidad de defenderos.
James le arrojó la cobra de oro y piedras preciosas. Riley tuvo que tirar la serpiente para agarrarla en el aire. Empujó a Bella. Ella gritó y se precipitó hacia delante, entre aquel campo de áspides.


Edward le había dado instrucciones a Emmett y había tomado prestado uno de los caballos de montar de lord Vulturi. Recorrió a galope tendido el camino de regreso al castillo de Masen y, al acercarse a él, maldijo a sus ancestros. El castillo tenía murallas, verjas de hierro y estaba rodeado por un foso. Pero aun así era vulnerable.
Al llegar a la verja se detuvo un instante para hablar con el policía que montaba guardia allí.
—¿Se ha ido ya mi criado con la señorita Swan?
—No, lord Cullen. Pero sir James Gigandet está en el castillo. Me ha dicho que era importante y que iba a esperarlo.
Edward no dijo nada más, pero recorrió a toda velocidad el camino que atravesaba el bosque y, cruzando el puente levadizo, llegó por fin a la casa.


Bella logró de algún modo pasar por encima de las serpientes sin pisarlas y rodear los cajones de las momias para acercarse a James. Luego oyeron un grito.
—¡Bella!
Riley se detuvo en las escaleras y sonrió.
—¡Cullen! —gritó—. ¡Cullen! ¡Ayúdenos! Es James. Se ha vuelto loco. ¡Intenta matarnos!
—¡No! —gritó Bella—. ¡Edward, no bajes!
Demasiado tarde. Edward estaba en lo alto de la escalera. Pasó junto a Riley… y se detuvo al ver los áspides reptando por el suelo.


—¡Mátalo! ¡Mata a James! —gritó Riley.
—¡Cuidado, Edward! —chilló Bella.
A su espalda, Riley se disponía a empujarlo por las escaleras. El grito de Bella no detuvo a Riley. Pero Edward no cayó. Riley había supuesto que podría hacerle perder el equilibrio, pero Edward estaba alerta. Luchó con Riley y logró empujarlo hacia el suelo. Pero Riley no estaba dispuesto a caer solo. Se agarró a las solapas de la chaqueta de Edward y éste resbaló por los últimos peldaños, cayendo con él.
—¡Dios mío! ¡Dame algo! —le gritó Bella a James.
—¿El qué?
Bella hurgó en el cajón más cercano y arrancó la pantorrilla y el pie de una momia. Hasta ese momento, milagrosamente, las serpientes no se habían acercado a los hombres que luchaban en el suelo. Unos segundos después desaparecerían, se esconderían en las cajas, bajo las mesas… O empezarían a atacar.
Riley, pese a ser más débil que Edward, estaba desesperado. Intentaba meterse la mano en el bolsillo mientras Edward se esforzaba por inmovilizarlo. Riley sacó un cuchillo y lo blandió bajo la garganta de Edward. Estaban enzarzados en una furiosa batalla. Los dedos de Edward se cerraban como alambre alrededor de la muñeca de Riley. Una de las cobras se deslizó hacia ellos y luego se levantó en actitud defensiva.
—¡No! —gritó Bella y, lanzándose hacia delante, golpeó a la serpiente con el pie momificado.
El cuchillo cayó de la mano de Riley. Edward se puso en pie y obligó a Riley a levantarse. Cuando Riley se disponía a lanzarse a por el cuchillo, Edward lo empujó. Riley cayó de espaldas contra la pared y se deslizó hasta el suelo. Justo al lado de una de las cobras. El animal siseó y atacó, mordiéndole en el cuello. Riley casi hizo amago de sonreír. Pero luego le mordió otra cobra. Y luego otra. Riley dejó escapar un grito desgarrador. Y luego quedó en silencio.
Bella lo miraba horrorizada.
—¡Bella!
James se acercó a ella y la apartó de una serpiente que se deslizaba cerca de sus piernas.
—¡Salid de aquí! ¡Rápido! —gritó Edward y, sacando una pistola, comenzó a disparar a las serpientes.
Los disparos resonaron en la cripta. El camino quedó despejado. Bella empezó a subir las escaleras con James tras ella. Cuando se disponía a doblar la primera curva, se detuvo, haciendo que James chocara con ella.
—¡Edward! —gritó.
Sonó otro disparo. Un instante después, Edward apareció tras ella y la obligó a subir el resto de las escaleras a empujones mientras gritaba:
—¿Cuándo demonios vas a aprender a hacerme caso?
—¡Te he hecho caso! —le replicó ella—. Jasper me dio una hora. Sólo quería aprovecharla para… ¡Oh, Dios! —cayó en sus brazos.
—¿Cómo demonios sabías que no era a mí a quien tenías que matar? —preguntó James.
—Es una larga historia. Y me da miedo lo que podamos descubrir en el resto de la casa —dijo Edward, impaciente—. Tenemos que encontrar a los demás. Luego hablaremos.


La ansiedad de Edward despertó nuevos temores en Bella, que subió corriendo las escaleras, con James tras ella.
Al acercarse a la habitación de Charlie, oyó golpes en la puerta. Alguien estaba intentando echarla abajo, golpeándola al parecer con una silla. Y Charlie gritaba con voz ronca, pidiendo ayuda y maldiciendo a Sue Clearwater.
James descorrió el antiguo cerrojo de madera de la puerta, y Charlie y Waylon salieron dando trompicones. Charlie tenía aún en las manos la silla que había usado para golpear la puerta.
—¿Dónde está? Nos encerró, sé que fue ella quien nos encerró.
—¡Yo no os encerré, maldito idiota! —dijo Sue, apareciendo en el pasillo, despeinada. Estaba furiosa y echaba chispas por los ojos—. ¡Llevo una hora encerrada en un armario!
Edward, que todavía parecía angustiado, echó a correr.
—Todavía falta Jasper —dijo.
—¿Los establos? —sugirió James.
Edward asintió y empezó a bajar las escaleras. Todos lo siguieron. Edward echó a correr. El establo también estaba cerrado por fuera. Edward lo abrió y entró, mirando a su alrededor. Oyeron un leve gemido.
—¡Está vivo! —exclamó Sue, aliviada, y se dirigió detrás de Edward hacia las pacas de heno de donde procedía aquel ruido.
Allí estaba Jasper, intentando sentarse. Al ver a Edward sacudió la cabeza, acongojado.
—Le he fallado, señor. Estaba en el altillo, sacando los arreos, cuando ese hombre apareció por detrás y… me empujó. De no ser por el heno, ahora estaría muerto. ¡Ay, Dios mío! —exclamó, intentando levantarse—. Le he fallado, señorita… —dijo mirando a Bella—. No se quedó en su habitación, ¿verdad?
—Es más terca que una mula. Nunca hace caso —dijo Edward.
—¡Terca y encantadora! Una digna esposa para lord Cullen —dijo Sue, y Bella se giró, sorprendida. Sue le sonrió—. Te habría encantado Esme, querida. Ella también era muy terca.
Bella sintió una punzada de culpabilidad. Le devolvió la sonrisa a Sue, y estuvo a punto de decirle que lord Cullen no pensaba casarse con una simple plebeya, pero no le parecía el momento adecuado para hacerlo. Sacudió la cabeza.
—Todavía no lo entiendo. ¿Riley hizo todo esto? Pero si a él también le había mordido una serpiente… Estaba enfermo, vivía en la casa. ¿De dónde sacó los áspides? ¿Cómo se las ha arreglado para hacer todo esto?
—Puede que nunca sepamos todas las respuestas, pero yo tengo unas cuantas —le dijo Edward—. Hay que avisar al policía de la puerta para que vaya a Londres en busca del detective Banner. Sue, hay que curarle la cabeza al pobre Jasper.
—Yo iré a la verja —dijo Jasper.
—No, nada de eso —le dijo James—. Iré yo. Usted tiene suerte de estar de una pieza, buen hombre.
—Y tú también —le dijo Edward a James. Tardó un momento en añadir—: Gracias. No sé qué demonios haces aquí, pero has sido de gran ayuda. Gracias.
James asintió.
—Voy a hablar con ese policía. Creo que, si no, no tardaré en morirme de curiosidad.
—Dile que se asegure de que también traigan a sir Jason —dijo Edward.
—Sir Jason está muerto —le recordó Bella—. Supongo que te refieres a lord Vulturi.
—No —dijo Edward—. Lord Vulturi es quien está muerto. Sir Jason está vivo. Os lo explicaré luego. Jasper, apóyate en mi hombro. Vamos a llevarlo a la casa.
Ayudó a Jasper a ponerse en pie. Por un instante, sus ojos se encontraron con los de Bella, y sonrió con tanta ternura que ella vaciló y luego extendió la mano y tiró del cordoncillo de su máscara.
—Ya no la necesitas —le dijo—. Todavía estoy hecha un lío, pero creo que ya no hace falta que las bestias guarden el castillo de Masen. Me parece que la maldición se ha roto.

jueves, 10 de febrero de 2011

Eres una plebeya

Capítulo 18 “Eres una plebeya”

—¡No confío en ninguno de los dos! —gritó Bella.
James dio un paso hacia ella y la agarró del brazo con fuerza.
—¡Míralo, Bella! No le pasa nada a su cara. Sólo lleva una máscara para engañarnos a todos. ¡Está loco!
Edward avanzó hacia él y lo apartó de Bella de un empujón. James le lanzó un puñetazo. Edward se agachó y esquivó el golpe. Cuando se irguió, James se disponía ya a golpearlo de nuevo. Edward le asestó un puñetazo en la mandíbula justo antes de que James le propinara un golpe en el hombro. Pero se tambaleó, y Edward se lanzó sobre él y lo agarró con fuerza.
—¡Intentas matarnos a todos! —bramó James.
—¡Maldito bastardo! Sólo quiero saber la verdad.
—¡Sir Jason ha muerto! —gritó James.
—Yo no lo maté —replicó Edward—. Cielo santo, podrías haber…
—¡Desgraciado! —James intentó darle un puñetazo, pero Edward se lo impidió y lo agarró de la garganta.
—¡Basta! —gritó Bella, agarrando a Edward del pelo—. ¡Basta! ¡Lo vas a matar!
Edward intentó recuperar la compostura y soltó a James. Éste se levantó al tiempo que del bosque salía una luz. Emmett apareció montado a caballo.
—¡Lord Cullen! —exclamó.
James se incorporó e intentó quitarse el polvo de la ropa. Otros dos caballos llegaron tras el de Emmett. Charlie y Waylon iban en ellos.
—¡Bella! —Charlie se bajó del caballo como una exhalación y corrió junto a Bella, tomándola en sus brazos.
Emmett y Waylon permanecieron un instante sobre sus monturas. James y Edward se miraban el uno al otro con ira, y Charlie los miraba a ambos como a los tigres de un zoológico.
—¡A su cara no le pasa nada! —le dijo a Edward, frunciendo el ceño.
—¡Precisamente! —exclamó James—. ¡Pero a su alma sí!
Bella se desasió suavemente de los brazos de su tutor y se echó el pelo hacia atrás.
—¿Cómo murió sir Jason? —preguntó gélidamente.
Hubo un instante de silencio. Emmett contestó al fin:
—De una mordedura.
—¿De un áspid? —inquirió ella, incrédula.
—Sí.
—¿Cómo?
—Nadie lo sabe —dijo Edward—. Al menos, aún. El áspid estaba en su piso. Al parecer, sir Jason sabía que la serpiente estaba allí. La mató de un disparo, pero no antes de que lograra morderlo.
Bella se acercó a Edward echando chispas por los ojos y le dio una palmada furiosa en el pecho.
—¡Tú estabas allí! ¡Estabas con él en el museo el sábado, disfrazado de Arboc! ¡Qué idiotas hemos sido! ¡Ninguno de nosotros se dio cuenta!
—Estuve allí antes, pero no llegué a ver a sir Jason —le dijo Edward.
—¿A qué fuiste? —preguntó ella.
—A echarle un vistazo al terrario y a averiguar si alguien había manipulado el cierre —titubeó—. Además, Arboc se ocupaba de la limpieza. Tenía que pasar unas horas limpiando y barriendo los desperdicios de la noche anterior.
—¡Me has mentido! —gritó ella.
—Miente a cada paso —masculló James.
Pero Edward mantenía los ojos fijos en Bella.
—No, nunca te he mentido. No te he dicho ciertas cosas porque tenía que asegurarme de que podía confiar en ti, de que no estabas trabajando para ellos.
—¡Trabajar para nosotros! —repitió James—. ¿Para qué?
Edward se volvió hacia él.
—Para encontrar eso por lo que fueron asesinados mis padres. Verás, hay una entrada medieval al castillo y túneles que van de la cripta a la entrada secreta de más allá de la muralla. Creo que, antes de morir, mi padre descubrió dónde estaba la entrada y el trazado de los túneles. Alguien más lo sabe y ha estado entrando en el castillo a escondidas —empezó a moverse de nuevo hacia James—. Puedo imaginar lo que ocurrió en Egipto, y, cuando me lo imagino, vuelvo a revivirlo todo otra vez. El asesino amenazó primero a mi madre, hasta que mi padre le dijo todo lo que sabía. Las cajas ya habían sido embarcadas. Posiblemente había cosas a las que no podía responder. Pero debió de decirle al asesino, o a los asesinos, dónde estaba la entrada exterior a los túneles, y, por lo tanto, a la cripta. Si las cajas estaban aquí, en el castillo, y alguien poseía esa información, podía entrar sin que nadie se diera cuenta. Mi padre habría dicho o hecho cualquier cosa por salvar a mi madre. Así que habló. Seguramente habló mucho tiempo, intentando ganar tiempo, desesperado por salvarle la vida. Debía de saber que, dijera lo que dijera, los asesinos no tenían intención de dejarlos con vida. Pero intentó ganar tiempo, rezando porque alguien fuera en su ayuda…
Edward se detuvo, sintiendo que el dolor lo abrumaba de nuevo. Luego continuó:
—Su muerte no fue fácil. Primero los torturaron. La autopsia demuestra claramente que mi madre tenía hematomas en los brazos. Los asesinos no dejaron nada al azar. Las serpientes mordieron a mis padres una y otra vez. ¿Que si quiero venganza? ¡Cielo santo, sí! Pero no quiero matar a nadie. Sólo quiero saber la verdad y que se haga justicia.
Siguió un silencio. Luego James sacudió la cabeza.
—Edward, lo que estás diciendo… no puede ser cierto.
—Ven a estudiar las notas de la autopsia, James —dijo Edward—. Tengo la extraña sensación de que sir Jason lo sabía. No sé exactamente qué sospechaba, pero algo sabía. Y por eso está muerto.
El triste aullido de un lobo se elevó hacia el cielo.
—Deberíamos volver al castillo —dijo Charlie juiciosamente—. Aquí no podemos hacer nada.
Edward temió de pronto que Bella se negara a volver; que insistiera en que era hora de que Charlie, Waylon y ella volvieran a su humilde hogar, lejos de todo aquello. Pero no fue así.
—Sí —dijo ella—. Es hora de volver —y se acercó a Waylon, que seguía montado a caballo—. ¿Me echas una mano, Waylon? Estoy muy cansada y no tengo ganas de volver andando.
Waylon se inclinó, la agarró del brazo y la ayudó a montar. Charlie regresó a su montura.
Edward se percató de que, pese a que era el conde de Masen, todos habían decidido que James y él podían volver a pie. Dio media vuelta y echó a andar hacia la casa. James se puso a su lado.
—¿Una entrada secreta, dices?
—Mi padre descubrió mientras estudiaba los archivos de la familia que un acérrimo defensor de Carlos I hizo excavar un túnel. Sospecho que en aquella época servía para la entrada y salida de emisarios. En los años que siguieron, dejó de ser necesario. No vuelve a hablarse de él hasta después de la época de Ana Estuardo y la Ley de Unión con Escocia de 1750. Esa historia fascinaba a mi padre. Hablaba de ella de vez en cuando. Su pasión era el Antiguo Egipto, pero también estaba convencido de que había muchos enigmas por descubrir aquí, en nuestra propia casa —se quedó callado un momento—. Si se hubiera quedado aquí…
Ambos tenían largas piernas y caminaban aprisa. Pronto cruzaron el puente levadizo y se acercaron al castillo atravesando el patio. James señaló el carruaje que había al otro lado.
—Creo que es hora de que me despida. Yo… creía realmente que querías hacerle daño a Bella —dijo con esfuerzo—. Supongo que me he comportado como un tonto. En cuanto la conocí… en fin, no sólo era preciosa, sino también increíblemente inteligente y segura de sí misma. Incluso se permitía coquetear un poco, aunque no tenía intención de emprender una aventura romántica de ninguna clase. Yo pensaba que, siendo un noble de poca monta, debía casarme por encima de mi rango. Pero cuando anunciaste tu compromiso, me di cuenta de que era un auténtico imbécil. Oh, Bella sabía que me tenía hechizado. Pero yo me creía demasiado bueno para ella. En fin, esta vez he perdido. Pero seguiré siendo su más ardiente defensor. Y, si tus intenciones no son serias, si te atreves a hacerle algún daño, juro que descubrirás lo temible que puedo ser como enemigo —a Edward lo sorprendió la repentina y apasionada declaración de James—. Verás, he entrado en razón —añadió éste—. Estoy dispuesto a casarme con ella. Y a cuidarla el resto de mi vida.
¿Era todo una farsa?, se preguntó Edward. Tal vez todos estuvieran representando una comedia. Pero ¿era aquello de veras una declaración de amor hacia Bella? ¿O era sólo una argucia para apartar las sospechas de él?
—Puedes quedarte tranquilo, James. No permitiré que Bella sufra ningún daño. Y, si descubriera que alguien intenta causarle algún mal, lo mataría en el acto, aun a riesgo de vérmelas con la horca.
Se sostuvieron la mirada mientras una brisa se levantaba en el patio.
—Bueno, entonces, ¿qué hacemos ahora? Parece que todos sospechamos de todos. ¿Qué podemos hacer? Tiene que haber alguna respuesta. Sir Jason ha muerto —dijo James—. Y el museo es una institución sumamente respetable. La arrastraremos en nuestra caída si no encontramos un modo de salir de esta locura.
—¿Locura? Sí y no. Alguien está sacando tesoros del país. ¿Está loco? Yo creo que no, habiendo de por medio una fortuna.
—¡Gathegi! Sospechas que Gathegi le está comprando piezas robadas a… ¿a quién?
—Si lo supiera, ya tendríamos al culpable —dijo Edward, lanzándole una mirada penetrante.
—Yo jamás le habría hecho daño a tu madre —le dijo James, sacudiendo la cabeza.
—Y yo no iría por ahí matando a la gente sin razón —replicó Edward—. Creo que la policía pronto empezará a interrogarnos a todos.
—Y, si tenemos un poco de suerte, averiguarán lo que está pasando —dijo James.
—Sobre todo, si los asesinos tienen suerte. Porque si soy yo quien descubre lo que está pasando, me temo que no me quedará más remedio que recordar con pelos y señales cómo murieron mis padres. Buenas noches, James —dijo Edward, y se dirigió cansinamente hacia el castillo.


Mientras iban a caballo, Charlie sugirió que abandonaran el castillo.
—No podemos hacer eso —le dijo Bella.
—¿Por qué?
—Porque la respuesta está aquí.
—¡Pero estamos en peligro! La gente se está muriendo —dijo Waylon.
Bella se apeó del caballo al llegar al patio del castillo.
—Waylon, si estás preocupado, debes irte a casa.
—¿Qué?
—Bella, Waylon tiene razón —dijo Charlie—. A Riley lo mordió una cobra, y ahora sir Jason está muerto. No me preocupa Waylon, ni yo mismo, nosotros ya hemos vivido bastante. Pero Bella, niña… ¡Cielo santo! Sé que estás comprometida con un conde, pero, chiquilla, tu vida vale mucho más que un título.
—Charlie, esto no tiene nada que ver con un título. Esta noche hemos averiguado algunas cosas. Estamos a punto de descubrir el misterio. No vamos a marcharnos —dijo ella con firmeza—. Yo, por lo menos, no pienso hacerlo. Pero tal vez vosotros dos deberíais iros.
—¡Y dejarte aquí! —exclamó Charlie, horrorizado.
—No quiero que os pase nada —dijo ella suavemente.
—Bella…
—Perdona, pero voy a darme un baño —le informó ella, y los dejó allí plantados.
Al entrar en la casa, hizo caso omiso de Sue, que se estaba paseando por el vestíbulo, llena de nerviosismo.
—¡Bella! —exclamó Sue, espantada, al verla aparecer—. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Edward? ¿Y James? Me dijo que te vio salir corriendo de la casa. ¡En dirección al bosque!
—Sí, me metí en el bosque. Edward y James volverán enseguida. Buenas noches. Me voy a mi habitación.
—¡Pero Bella!
—Buenas noches —repitió Bella con firmeza.
Al llegar a su cuarto, cerró la puerta con llave y se quitó la ropa sucia. Llenó la bañera, ansiosa por quitarse la suciedad y el polvo y se metió en el agua, sabiendo que Edward iría a verla. Y, naturalmente, así fue.
Bella no lo oyó entrar en la habitación hasta que apareció en la puerta del cuarto de baño y se recostó en el marco, mirándola.
—Creía que ibas a marcharte —dijo con suavidad—. Que seguías enfadada.
—Estoy furiosa —contestó ella mientras se frotaba un codo—. Estoy más que furiosa. Y me apena muchísimo lo de sir Jason. Mi vida es un desastre. Y tú eres un monstruo.
—Pero sigues aquí.
Bella lo miró. Edward tenía las facciones tensas y los ojos oscurecidos.
—Pertenezco al departamento —dijo ella—. Sir Jason ha muerto, y eso me afecta personalmente, lord Cullen.
—Ah.
Ella dejó el jabón y el paño y, levantándose, echó mano de la toalla. Luego se acercó a él con los ojos entornados.
—¡Serás canalla! —le dijo, dándole un empujón en el pecho—. ¡Tenías que saber que tu armario escondía un túnel!
Edward la agarró de las muñecas y dijo:
—No lo sabía, te lo juro. No me he enterado hasta esta noche.
Bella comprendió de pronto que era improbable que fuera de otro modo. Ella había atravesado una pared desmoronada para tomar el camino que conducía a aquella salida del túnel. Levantó la mirada hacia él, consciente de que sus ojos reflejaban miedo.
—Ése no era el único túnel. Había otro pasadizo. En realidad, tomé esa ruta por accidente. Edward, alguien podría entrar y… y subir aquí.
El negó con la cabeza.
—No, ya no. Emmett y Jasper están en la cripta, sellando el túnel con cemento y ladrillo.
Ella escudriñó sus ojos y suspiró.
—Entonces, cuando oías ese ruido, es que había alguien en la cripta.
—Eso creo. Esta noche, desde luego, había alguien. ¿Se puede saber qué hacías allí? ¡Eres una insensata! ¿Cómo se te ocurrió bajar estando la casa llena de gente?
Ella levantó la barbilla.
—Alguien me tiró por las escaleras.
—¿Qué? —Edward le apretó las muñecas hasta hacerle daño.
—Oí murmullos.
—¿En la cripta? ¿Y tú dónde estabas?
—Está bien, reconozco que pensaba bajar a la cripta. Pero me paré en la escalera —hizo una pausa y observó su cara. Creía en él. Había visto la verdad en sus ojos durante su apasionado discurso en el bosque.
Y, sin embargo, habría jurado que James también era sincero.
Abrió la boca dispuesta a decirle que estaba casi segura de saber dónde estaba la cobra de oro, la pieza que parecía espolear la osadía del asesino. Pensaba decirle que los susurros que había oído eran amenazas contra su vida. Pero no tuvo ocasión de hacerlo.
—Bella, voy a sacarte del castillo.
—¿Qué?
—Mañana. Nadie lo sabrá. Te llevaré a casa de las hermanas, para que te quedes allí.
Ella se apartó de un tirón.
—¿Con tu hija? —preguntó.
Él frunció el ceño y la miró con enojo.
—¿Mi hija?
—Están criando a tu hija, ¿no es cierto? Son unas jóvenes encantadoras, pero no pienso ir a vivir a su casa y ser otra carga para ellas —Edward la miró un momento con ira; luego se dio la vuelta y se dirigió a su dormitorio. Ella vaciló y luego lo siguió—. ¡Nos has hecho más que mentirme y engañarme desde que te conozco! —gritó.
—No, Bella, yo nunca te he mentido.
—No, simplemente me has escamoteado la verdad.
—No puedes quedarte aquí —dijo él—. Es demasiado peligroso.
—¡Pues no pienso irme!
Edward dio media vuelta y, acercándose a ella, la agarró de los brazos y la atrajo hacia sí.
—¡Una noche más! —murmuró.
Bella levantó la cara para preguntarle qué quería decir exactamente, pero Edward la apretó contra su pecho y se apoderó de su boca apasionadamente. Bella dejó caer la toalla y se rindió en sus brazos. Edward introdujo los dedos entre su pelo húmedo y los deslizó a lo largo de su espalda; agarró la curva desnuda de su trasero y la apretó contra él. Luego se apartó de ella, observó sus ojos, buscando qué decir, y al fin movió la cabeza y volvió a besarla.
Bella se separó de él y, muy seria, le quitó la chaqueta de los hombros, deshizo el nudo de su corbata y desabrochó cuidadosamente los botones de madreperla de su chaleco y su camisa. Edward se apartó y, mientras observaba intensamente su rostro, se quitó la camisa y volvió a atraer a Bella hacia sí. Ella bajó la cabeza un momento, preguntándose si Edward sabía que estaba dispuesta a arriesgar su vida por estar con él, por sentir su vitalidad y su ardor, por sentirlo respirar. Él acarició su barbilla, le alzó de nuevo la cara y se apoderó de su boca con un ardor apenas refrenado. Y aunque Bella estaba ávida, él se tomó su tiempo; le besó los labios y le lamió los lóbulos de las orejas, pero incluso aquellas leves caricias parecieron robarle a Bella las fuerzas que aún le quedaban. Ella deslizó los dedos sobre su espalda, introdujo las manos bajo la cinturilla de los elegantes pantalones negros que llevaba Edward, encontró al fin los botones de su parte delantera y metió las manos bajo ellos, prodigándole insistentes caricias.
Edward la apretó contra él y, mientras la besaba, se quitó los zapatos. Luego se despojó de los pantalones, y Bella se encontró apretada contra su miembro palpitante, pensando vagamente que era ella la que estaba loca y que no le importaba lo más mínimo, mientras él la levantaba en brazos y caían sobre la cama, donde ella tan rara vez había dormido, a pesar de las colchas, las almohadas y todo lo demás. Sus bocas dejaban rastros húmedos sobre la piel del otro, se unían y se fundían una y otra vez, y volvían a separarse, hasta que se sintieron tan entretejidos como lo estaban sus cuerpos, y la locura del deseo y el ansia los convirtió en uno solo. Y, mientras él se movía, ella comprendió cuánto lo amaba, lo necia que era, y que, pese a todo, estaba dispuesta a arriesgar su vida por él, porque Edward había logrado convertirse en su vida entera, y ya no le importaba lo que era mentira y lo que era verdad.
Sin embargo, esa noche Edward no se quedó con ella.
Cuando parecía que el techo se había convertido en el cielo y había estallado en estrellas y que nada en el universo podía ser tan apasionado y tan ardiente, Edward se levantó bruscamente de su lado.
—Mañana te vas —le dijo con aspereza.
Y, para asombro de Bella, se alejó de ella y regresó a su habitación, cerrando la puerta secreta que comunicaba ambas estancias y que él mismo había abierto.
Asombrada, Bella se quedó mirando el techo, el cual había vuelto a recuperar su prosaica naturaleza. Todavía le ardía la piel y el corazón le latía enloquecido.
Al fin, se incorporó. Buscó el camisón que Sue Clearwater le había dado la primera noche y se lo puso. Luego miró la pintura de Nefertiti. Edward le había dicho una vez que, si lo necesitaba, sólo tenía que empujar el lado izquierdo del marco.
Bella titubeó; luego se acercó al cuadro. Y, poniendo la mano sobre él, abrió de nuevo la puerta escondida.
Edward no estaba en su dormitorio, sino en el despacho que había más allá, ataviado con una bata que llevaba bordado el escudo de armas de su familia. Estaba sentado a su escritorio, estudiando unas notas, y la miró como si fuera una intrusa.
—No voy a marcharme ahora que tengo las respuestas —dijo Bella.
—Nadie tiene las respuestas —dijo él con aspereza—. La policía ya sabe que se están vendiendo clandestinamente antigüedades a compradores de otros países y que ha habido asesinatos. Ahora este asunto está en sus manos.
—Pero yo sé…
—¡Basta ya! Entiende de una vez que estás en peligro. Siempre te empeñas en aparecer donde nadie te llama. Esta noche podrías haber muerto. Pero tenías que internarte en la oscuridad de todos modos. ¡Tenías que lanzarte de cabeza a la muerte!
—¡He encontrado lo que tú no has podido encontrar en un año! —replicó ella, furiosa.
—¿Ah, sí? Ahora que lo pienso, ¿cómo encontraste el pasadizo?
—Lo encontré porque me quedé encerrada en la cripta y tenía que salir. Y porque quienquiera que esté saqueando tu castillo no había colocado bien la lápida.
—Eso es lo que importa. Te quedaste encerrada en la cripta.
—¿Acaso no me metiste en esto para que consiguiera información, para utilizarme como espía? —preguntó ella.
Él la miró con enojo.
—Sí, exactamente. Y ya no necesito tus servicios.
Un arañazo en la puerta los sobresaltó a ambos. Edward levantó una ceja. Ella cruzó los brazos sobre el pecho y dijo:
—Estamos prometidos.
—No. El compromiso se ha roto. Dios mío, Bella, ¿qué pensabas? ¡Eres una plebeya!
Aquellas palabras eran el golpe más cruel que Bella había recibido nunca, a pesar de que se había empecinado en negar que Edward pensara casarse con ella. Sin embargo, la idea de vivir con él, de despertarse a su lado, de dormir con él por las noches, se había convertido en parte de sus sueños.
—¡Cielo santo, no me mires así! El compromiso se ha roto. Serás compensada —dijo él en tono cortante—. ¡Pero no seguirás viviendo en el castillo!
Sonó otro arañazo en la puerta y se oyó preguntar a Sue Clearwater:
—¿Edward? Edward, lo lamento, pero Ayax estaba en mi habitación y se ha puesto a arañar la puerta como un loco.
Temiendo desvelar sus emociones, Bella dio media vuelta, dispuesta a escapar de allí. Pero no le dio tiempo. Edward se levantó bruscamente y abrió la puerta. Ayax entró brincando y se abalanzó sobre él.
—¡Abajo, Ayax, abajo! —dijo Edward, templando sus palabras al acariciarle las orejas al perro.
Sue miró fijamente a Bella. Ésta le sostuvo la mirada. Entonces Ayax saltó hacia ella. La pilló desprevenida, y estuvo a punto de tirarla al suelo.
—Oh, Edward, lo lamento —murmuró Sue.
—No pasa nada, ya está aquí. Por el amor de Dios, a ver si esta noche podemos dormir un poco —dijo Edward con impaciencia.
—Ah, sí. Dormir… —musitó Sue, y se marchó.
—¿Por qué has hecho eso? —preguntó Bella, furiosa y al borde de las lágrimas—. Es probable que Charlie te pida una satisfacción, ¿sabes?
—No te querías ir —contestó él—. ¿Qué iba a hacer? Y no te preocupes por Charlie. Ya no vivimos en la Edad Media. Puede abofetearme una docena de veces con un guante blanco, pero no te preocupes, no le haré ningún daño a tu guardián.
Ella lo miró, atónita. Edward dejó escapar un gruñido y se acercó a ella; la tomó suavemente en brazos, se sentó frente al fuego y la acomodó sobre su regazo. Mientras sacudía la cabeza y le acariciaba el pelo.
—Tengo que esconderte. No puedo poner en peligro tu vida.
—Es decisión mía…
—No. Esta vez, no te toca a ti decidir.
—Creo —dijo ella— que sé dónde está la cobra de oro. O, al menos, sé dónde buscarla.
Edward se apartó de ella y escudriñó su rostro.
—¿Dónde?
—A menudo enterraban a las momias con amuletos entre los vendajes —dijo.
—Sí, claro —repuso él—. Pero para que merezca la pena matar por esa cobra de oro, no puede ser tan pequeña como un amuleto.
Bella negó con la cabeza.
—En realidad no sé qué es. Y no estoy segura de que alguien lo sepa, puesto que nunca ha sido catalogada. Y, si la hubieran sacado de la tumba junto con el resto de los tesoros, alguien la habría visto y sin duda la habrían catalogado.
—Me he perdido. Dices que seguramente no es un amuleto. ¿Entonces…?
—Es una pieza más grande, pero creo que está enterrada con la momia.
Él sacudió la cabeza.
—El cuerpo del sacerdote fue desenvuelto.
—Pero ¿y la momia de Hethre? ¿Está aquí o en el museo? —preguntó ella.
—En ninguno de los dos sitios —respondió Edward—. Que sepamos, al menos. La momia de Hethre nunca fue encontrada… o, en todo caso, identificada.
—Puede que no haya sido identificada porque quienes la enterraron se esforzaron para que no pudiera reconocérsela. Puede que la cobra de oro fuera un objeto mágico, no sólo para ahuyentar a los saqueadores de tumbas, sino también posiblemente para proteger al pueblo.
—¿De qué?
—De la propia Hethre. Puede que los antiguos egipcios también tuvieran miedo de su poder. Tal vez por eso la enterraron sin ninguna señal que la identificara, pero con un talismán que asegurara que no volvería a ejercer su poder mágico sobre ellos.